A qué esperas.

A qué esperas.

Artículo publicado el domingo, 29 de marzo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«A qué esperas. Sí, tú, no leas hacia otra parte. Mírame a las letras, que te estoy escribiendo a ti. Hoy me apetece cogerte por las solapas y sacudirte hasta despeinarte las cejas. Que a qué esperas, digo. Que igual no te has dado cuenta, pero desde que naces se te va la vida. Que igual no te has parado a pensar, que ya estamos en tiempo de descuento. Que el día menos pensado, alguien o algo nos dice que ya está. Que un día te vas, coño, que ese día podría ser ya.

A qué esperas. Tu miedo te está ganando la partida. Cada segundo que dejas pasar sin hacerle frente, es un minipunto que sube a su marcador. Y la remontada se hace cada vez más difícil. Y aquí no hay prórrogas, ni tanda de penaltis, ni ná de ná. Recién acaba de empezar el partido y tú ya te estás metiendo goles en propia puerta. Y aún así me dirás que pretendes empatar.

Que a qué esperas, te digo. Y aún te vas a creer que esto no va contigo. Nadie va a venir a buscarte. Nadie vendrá a sacarte de este letargo existencial al que llamas espera. Esperar para qué. Esperar hasta cuándo. O hasta quién. Nadie está pendiente de quien no tiene nada que hacer ni mucho menos de quien no demuestra que quiere hacerlo. La espera sólo va a hacerte más viejo, más agotado, menos ágil y más lejos de lo que realmente quieres, que te recuerdo que se mueve, que avanza, se va.

No me digas que vendrán tiempos mejores. El mejor momento para hacer las cosas es ahora. No porque ahora sea mucho mejor que antes o después. Es porque es el único momento que realmente tienes. Lo demás es mentira. Lo demás vete tú a saber si volverá. Que no, que no te estoy diciendo que aproveches el tiempo, sino que dejes ya de esperar. Ni carpe diem ni leches. Que espabiles. Que venga, va.

Esperar es decirle a tu vida que en realidad te van a sobrar días. Que ya se los podrían haber dado a otro. Porque tú no los piensas usar. Menudo desperdicio. Menuda decepción. Anda, aparta y deja sitio para los que vienen detrás. Porque jamás has estado solo, porque tú y tu generación tenéis sólo una ventana de oportunidad. Y por cierto, una edad. Estamos todos en una carrera de fondo a ritmo de sprint final: si no consigues que te persigan, te adelantarán.

Que pase un tiempo prudencial, pensarás. Malas noticias, la prudencia ha muerto. La inmediatez es el nuevo estado de las cosas. La experiencia ya no es un grado, sino una cuenta atrás. Que la vida ocurre en directo, darling. Lo que llega tarde ya nadie lo escucha, ya ha pasado, ya no está. Y lo que no esté ocurriendo ahora es falso hasta que no se demuestre lo contrario. Y cuando se demuestre, será en otro ahora, será en otro ya.

Con los años, además, te das cuenta de que la espontaneidad es lo único creíble, lo único real. Fíate sólo de lo que ocurra de forma espontánea y natural. De la gente que siempre dice lo que piensa, que suele ser la que no se para demasiado a pensar cómo te lo dirá. Hazlo o vivirás siempre colgado de un artificio. Hazlo o jamás volverás a escuchar ninguna verdad.

Lo preparado es siempre fruto de alguna estrategia. O lo que es lo mismo, una conspiración. Y yo ya estoy cada vez más harto de conspirar. Creo en la gente que va de frente por la vida, la que no necesita estratagemas para triunfar. Si me quieres así, me adorarás. Y si no, eso es que nunca me has querido, ni me querrás.

Por eso, te agarro hoy por las ganas y te digo que a qué esperas. Por eso te ruego que esto no lo leas como una amenaza. Que lo leas como un subidón vital. El que me da cada vez que me digo tira millas. El que siento cada vez que veo la suerte echada, que es lo mismo que ponerla a descansar. Porque ya no dependes de ella, porque ya no la esperas, porque ya te vas.

A qué esperas. Dímelo porque cada vez estoy más convencido de estas dos frases que he dejado para el final.

Morir es dejar la vida en espera.

Vivir es decidir que la vas a buscar.»

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Jo sóc andorrà.

Jo sóc andorrà.

Artículo publicado el domingo, 22 de marzo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Se llama sinécdoque. Es el tropo o figura literaria que consiste en tomar la parte por el todo. Y dependiendo del nivel de abuso que se haga de ella, puede ser desde un mero recurso retórico y simpático, hasta una injusticia, una simplificación y una generalización abusiva. Una manera muy efectiva de engañar al que te escucha. Lo saben los políticos. Lo saben los gabinetes de comunicación. Lo saben los que lo tienen que saber. Y lo utilizan a placer y sin piedad cuando algo o alguien les invita a hacerlo.

Un político no es todo un partido, ni toda la clase política, ni siquiera la representa. Un militar no es todo el ejército, ni seguramente pueda convertirse en su estandarte. Un empresario nunca será lo mismo que toda la clase empresarial, por mucho que facture o que presida la CEOE. Por eso, por muy corrupto que sea una persona, por muy mal que lo haya hecho o por mucho que su comportamiento haya sido indigno de la institución a la que representa, jamás deberíamos permitirle a sus adversarios realizar sinécdoques que les permitan arrimarse a nuestra vera al grito de yo estoy contigo, y ésos son los malos.

Pues mire, no.

Eso es tratarnos de idiotas. Y si entonces encima le aplaudimos, nos estamos demostrando que efectivamente lo somos. Así, que si no le importa, déjeme decirle que como mínimo esta semana, jo sóc andorrà.

Jo sóc andorrà. Porque Andorra no son ni sus bancos ni sus banqueros. Al igual que todos los españoles no somos Rodrigo Rato. Afortunadamente. Porque conozco a suficiente gente en Andorra que ni blanquea dinero ni evade impuestos, y que llevan años luchando y esforzándose honradamente para hacer del país de los Pirineos un destino apetecible durante todo el año. Porque, como he dicho en Twitter, #AndorraEsMásQueBancos.

Jo sóc andorrà. Porque ante cualquier injusticia siempre tiendo a posicionarme de la parte más débil, la que no se puede defender. Y porque en este caso, el más débil es el ciudadano andorrano al que ni le va ni le viene lo que hayan hecho o dejado de hacer algunos ciudadanos.

Jo sóc andorrà. Porque me molesta mucho que decir que vas a viajar un fin de semana a Andorra de pronto sea sinónimo de contrabando, evasión de impuestos, herencias ocultas o blanquear. Y si me molesta a mí, imagínate a ellos.

Jo sóc andorrà. Porque aunque haya nacido en Barcelona, también he tenido que sufrir la degeneración de otra marca que es la catalana. Una marca que hace no tanto tiempo era sinónimo de trabajo, discreción, pequeña empresa, pragmatismo y capacidad de generar negocio y valor. Lo que Rajoy intentaba decirnos con “hacer cosas”. Una marca que abanderaba aquello de que la pela es la pela. Una marca que por culpa de algunos, ahora es sinónimo de bronca, de pataleo, de corrupción, de soberbia y de insolidaridad. Así que les entiendo perfectamente. Lo que deben de estar sintiendo ahora. Lo que les va a costar salir de ahí.

Jo sóc andorrà. Porque estoy convencido de que algún día sabremos toda la verdad sobre el caso BPA. Porque en cualquier lugar pequeño, como todo el mundo sabe, las acusaciones llevan nombre y apellidos, y los intereses fluctúan con peligrosa facilidad entre lo que le conviene al bien común y lo que le conviene a uno en particular.

Jo sóc andorrà. Porque estoy orgulloso de que salgan estas cosas a la luz pública. Y que lo pague quien lo tenga que pagar, faltaría más. Y porque espero, como la mayoría de los andorranos, que no se vuelvan a repetir. Pero también porque estoy tan perplejo como ellos al comprobar que aún no se haya puesto en marcha una campaña de comunicación que intente contrarrestar tanta sinécdoque aprovechada y ventajista. Porque a medida que pasan los días, la bola se hace más y más grande y la gran perdedora es y será la marca Andorra. Y por ende, los andorranos y ese porcentaje altísimo de su PIB que depende del sector servicios, del turismo y de la gente que no va a evadir ni a blanquear, sino a disfrutar y a deslizarse por lo blanco, que no es lo mismo.

Jo sóc andorrà. Porque pago mis impuestos en España. Y porque miro con envidia a cualquier país que sea capaz de atraer capitales y por tanto negocio y por tanto empleo gracias a una fiscalidad más favorable que la de los de su entorno sin ser considerado paraíso fiscal, y aún así ser capaz de funcionar. Y pagar carreteras, y hospitales, y todo lo demás.

Jo sóc andorrà. Y no pienso dejar de serlo mientras todo esto continúe.

Eso sí, tranquilo señor Montoro, que no estoy pidiendo la doble nacionalidad.»

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Cosas que pasan.

Cosas que pasan.

Artículo publicado el domingo, 15 de marzo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«A medida que acumulas calendarios, te vas dando cuenta de que sólo existen cuatro estados de la materia vital. Las cosas que te pasan, las cosas que tú haces que pasen, las cosas de las que tú pasas y las que pasan de ti.

Las cosas que te pasan suelen ser siempre las más importantes. Es todo aquello que tú no decides. Es todo aquello que otros han decidido por ti. Mira si son relevantes, que entre ellas está siempre tu nacimiento, tu venida a este mundo y seguramente se encuentre también tu despedida de él. Pero también están muchas de las enfermedades graves. Pero también están los enamoramientos más inevitables, que no dejan de ser otro tipo de enfermedad. Tú intentas que florezca el amor donde no crece, y de repente se te cruza alguien por tu vida que arrasa con tu invernadero artificial y te deja en pelota picada a la intemperie del que tiene que volver a empezar.

Las cosas que nos pasan son preguntas que nos hace la vida en esta ruidosa conversación a la que llamamos supervivencia. De las respuestas dependen las siguientes preguntas. De nuestras reacciones depende el nivel de acción que al final se nos propondrá.

Por eso son tan relevantes las cosas que tú haces que pasen. Porque son las que intentan compensar, ordenar, o incluso ayudar a contrarrestar el efecto de las primeras. Y digo que intentan porque hay gente que se piensa que ésta es su única biografía. Se creen que sus decisiones son tan importantes, tan determinantes, que nada ni nadie ha influido en su devenir. Al final decidí no hacerlo. Se me ocurrió tal cosa y la llevé a cabo. No paré hasta conseguirlo. A mí me pone nervioso la gente que quiere hacerme creer que todo en mi vida depende sola y exclusivamente de mí. Como si el azar no existiese. Como si no jugase la mala suerte. No hay que pasarse, señores. La suerte no deja de ser una equilibrada y anómala mezcla de talento y oportunidad. Y cualquiera que lo niegue, está intentando vendernos su cursillo.

Y ahí es cuando llegamos irremediablemente a las cosas de las que tú pasas. Y hablo de las que pasas porque necesariamente has de pasar. Porque es imposible atender a todo. Porque al final vivir es seleccionar. Las cosas que dejas de lado en ocasiones simplemente mueren sin ti. Lo cual no deja de ser una buena noticia, pues progresar significa librarte de todo aquello que dependa de ti. Y luego hay otras cosas que al abandonarlas, empiezan a ir incluso mejor. Eso también es bueno, pues lo que te demuestra es que en ese caso, el lastre eras tú. Que menos mal que te quitaste del medio. Que menos mal que ya no estás.

Claro que también hay cosas de las que pasas y no te deberían ser indiferentes. Pero es que no me apetece hoy moralizar.

Por último están las cosas que pasan de ti. Las que te ignoran sistemáticamente. Las que parece que te rehuyen. Las que por más que las persigas, ellas siempre corren más. Ellas son las que nos condenan a una vida corriendo, a un sudar por sudar. Son tu gran Talón de Aquiles, tu maldición. Por más que te digan, es imposible no querer atraparlas, y suelen convertirse en obsesión.

Y como hoy quiero acabarlo por todo lo alto, qué mejor que citando a un grande, y quién más grande que Ortega y Gasset: lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa, por eso nos pasa lo que nos pasa.

Y por eso él es grande y yo no. Porque donde él nos describió en 20 palabras, yo he necesitado 626.

Veintisiete.»

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El coño que tiene que pasar.

El coño que tiene que pasar.

Artículo publicado el domingo, 8 de marzo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Qué coño tiene que pasar para que Rajoy deje la Moncloa y baje al barro. La pregunta -retórica hasta que Mariano baje y moje su presidencial culo- se la hacía el líder de una de las oposiciones tras visitar las zonas inundadas por el Ebro. Y dado que en determinados temas seguimos comportándonos como en un gran colegio al que llamamos país, enseguida opinión pública y medios de comunicación se echaron las manos a la boca, hala has visto, ha dicho coño, qué fuerte. Jijiji. Jojojo. Uyuyuy. Y a mí, aparte de echar de menos las paritarias pollas de compañeros y compañeras, siempre me maravilló la batalla de Cela por incluir la palabra “coño” en el diccionario de la RAE, así como el poder de la palabrota bien usada en su justa medida y proporción. Por eso iría más lejos aún. Pero mucho más.

Qué coño tiene que pasar para que los que la hacen, realmente la acaben pagando. Qué coño tiene que pasar para que los chorizos de guante blanco se vean obligados a dar con sus huesos en la cárcel hasta que devuelvan todo lo robado. Qué coño tiene que pasar para que Urdangarín no siga riéndose de todos nosotros desde su casoplón en Suiza. Para que Bárcenas no se descojone de ti y de mí mientras sigue esquiando en Baqueira. Para que la familia Pujol deje de darnos lecciones de impunidad tirando encima de cachondeo, ironía y retintín. Para que no nos despertemos cada día con un nuevo imputado. Para que desaparezca esta sensación de que al final todos se irán de rositas. Para que deje de gobernarnos una presunta pandilla de gángsters a golpe de corrupción.

Qué coño tiene que pasar para que los jueces no sean apartados de los casos más incómodos para el poder. Para que magistrados como Ruz, Castro, Andreu o Alaya ostenten cargos vitalicios y puedan seguir investigando y sacándonos los colores hasta que se harten ya de tanta sinvergonzonería y decidan jubilarse por hastío, por edad o por vocación.

Qué coño tiene que pasar para que dejen de vendernos tanta recuperación macroeconómica sin mencionar siquiera la desigualdad. Que mientras haya un solo parado, una sola familia desahuciada, un solo niño con síntomas de desnutrición y un solo paisano tan dependiente como olvidado o por debajo del umbral de la pobreza, se nos tendría que caer la cara de vergüenza por permitir cánticos triunfalistas como los que empezamos a tener que aguantar. Eso es tratarnos de más idiotas de lo que ya fuimos por haberos votado. Los que os votaran, claro.

Qué coño tiene que pasar para que dejen de salirnos candidatos y partidos políticos de debajo de las piedras como si fueran pop-up stores. Para que dejen de taparse el culo entre ellos. Para que dejen de dar este espectáculo lamentable de luchas fraticidas que no hacen más que dejarlo todo perdido y ensuciarse y ensuciar. Para que dejen de poner su mano en el fuego y pongan todo lo demás. Para que alguien ya no necesite darnos la chapa todo el tiempo porque por fin ese alguien sea creíble. Para que exista realmente libertad de voto. Y no el candidato menos molesto y más mediocre que un sistema corrupto y corruptor haya decidido aupar.

Qué coño tiene que pasar para que los sindicatos entiendan que su tiempo ya pasó. Que les adelantaron por la izquierda, que se hicieron viejos esperando la última reencarnación de Georges Sorel. Que son un producto obsoleto, la vieja propuesta tocada y hundida que ya nadie compra, porque ya nadie se cree. Que su renovación está en las nuevas propuestas de izquierdas, menos vinculadas a consejos de administración de cajas quebradas. Más pequeñas. Más por estrenar.

Qué coño tiene que pasar para que los partidos recién llegados se den cuenta de que lo nuevo no es siempre y necesariamente mejor. Que además de decir que se es nuevo, hay que demostrarlo. No repitiendo las peores prácticas. No heredando los viejos vicios. Y sobre todo, comportándose distinto, que ya sólo eso, siempre será infinitamente mejor.

Qué coño tiene que pasar para que defender al empresario no signifique estar defendiendo la explotación laboral sino la creación de empleo. Qué coño tiene que pasar para que defender a Amancio Ortega no signifique estar de acuerdo con contratar esclavos en Brasil o en Bangladesh. Pero también qué coño hay que hacer para que algunos entiendan que la PYME es el motor de la economía productiva de este país, la principal generadora de empleo y el 90% de nuestro tejido empresarial. Y que si no existe autónomo y pequeño empresario, no existe mucho más. Que sin ellos, no sólo gestionaríamos miseria, sino que pronto no quedaría nada que gestionar.

Yo no sé si el coño que tiene que pasar se llama Pablo o se llama Albert o se llama Pedro o se llama Susana o se llama ninguno de los anteriores.

Lo que sé es que ese coño llega justo cuando estamos todos hasta la polla.

Con perdón.»

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Yo no me hago mayor.

Yo no me hago mayor.

Artículo publicado el domingo, 1 de marzo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Yo no me hago mayor. Es el mundo el que se empeña en hacerse cada vez más joven. En disimular sus arrugas. En comportarse como un chaval. Y a mí la verdad es que me da cada vez más pereza seguirle la corriente. Es como ese amigo que lejos de reconocer su edad, se gasta cada vez más dinero en engañarse a sí mismo. Un día te hace gracia. Dos, puede que hasta te sigas riendo. Y a partir del tercero ya no le encuentras el chiste por ninguna parte. Y empiezas a ponerle excusas. Y acabas por no cogerle el teléfono. A ver si quedamos un día, eso sí.

Yo no me hago mayor. Es la vida la que se hace vieja. La que se repite con cosas que ya te pasaron. Una vieja que parece que perdió la memoria. Pero sólo lo parece. Porque eres tú quien debería recordar. Que a cada vuelta de tuerca, la vida se enrosca. Que cada paso que das ya no es un paso, sino un escalón más en esta empinada escalera de caracol. Que aunque parezca que vuelves al mismo sitio, siempre te encuentras a una altura diferente de la anterior. Si estuviste arriba, volverás para verlo todo desde alguna planta inferior. Y viceversa. La vida se repite y es a ti al único que le huele el aliento. La vida se repite y a nadie más le suena lo que ya se vivió.

Yo no me hago mayor. Es mi cuerpo que ya no está en garantía. Y como cada vez les quedan menos recambios originales, mi piel es este libro abierto donde queda tatuada para siempre la fecha de cada reparación. Y el dolor es ese huésped que una vez entra, lo hace siempre para quedarse, tan sólo cambia de habitación. Yo sigo queriendo como cuando siempre podía. Así que échale la culpa a mi cuerpo, cariño, que este cuerpo hace tiempo que no soy yo.

Yo no me hago mayor. Es el corazón el que se me ha quedado pequeño. Entre la gente que estuvo, la que jamás se ha ido, la que espero que siempre se quede y la que algún día tiene que entrar, a mí no me da la vida, a mí no deberían haberme dado un corazón, sino dos. Hace años que siento desde el camarote de los hermanos Marx emocional. Y sin embargo, siempre pienso que es injusto que los nuevos se encuentren con lo que hay. Una víscera ajada, reutilizada y en ocasiones hasta maltratada que aún así reacciona y se emociona como una fiel mascota cuando llegas a casa después de trabajar.

Yo no me hago mayor. Porque en realidad me siento cada vez más pequeño. Más idiota. Menos sabio. Y sin embargo, los hay que incluso empiezan a llamarme de usted. Me pregunto si cuando ya no sabes nada es cuando ya mereces que te llamen vuecencia, usía o de vos. No sé.

Yo no me hago mayor. Tengo siempre la edad de la mujer a la que acaricio. Y ellas, como bien sabes, a partir de los treinta dejan de contar.

Hoy he decidido que yo no me hago mayor. Que la edad jamás debería ser un número cardinal, sino ordinal. El que cuenta tu posición en la vida de alguien. El que convierte tu postura ante el mundo en un lugar. El que te recuerda que si no eres algo para otro, en realidad no estás.

No, yo no me hago mayor. Y sin embargo, empiezo a sonar como un viejo. Me leo cansado. Cuando en realidad por dentro me está ocurriendo todo lo contrario. Cuanto más me atizan, mejor recibo. Cuanto menos duermo, mejor me levanto. Cuanto menos bebo, antes me emborracho. Cuanto menos practico, mejor se me da. Cuanto más escribo, menos me importa que alguien me lea. Y sin embargo, sé que si intento convencerte de que estoy mejor que nunca, pensarás que estoy fatal. Así que me callo y sonrío.

Por fin sonrío.

De tanto llorar.»

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Dos piedras.

Dos piedras.

Artículo publicado el domingo, 22 de Febrero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Sólo tropiezan los que están avanzando. O dicho de otro modo, la única forma de evitar un tropiezo es quedarse quieto. No moverse de donde se está. Tropezar, por lo tanto, es una buenísima señal. Señal de que las cosas se mueven. Señal de que te diriges hacia algún sitio. Lo que es malo en la vida no es tropezar, sino quedarse ahí, tirado en el suelo. No volverse a levantar. Y ya no digamos lamentarse. Autocompadecerse. Lloriquear.

Lo que ocurre cuando tropiezas, todo el mundo lo sabe, porque todo el mundo lo ha vivido alguna vez. Lo más humano es sentir una cierta sensación de ridículo. Ojalá que nadie me haya visto caer. Qué bochorno. Calla, que me levanto enseguida y aquí no ha pasado nada. Natural.

Lo siguiente es buscar la causante del tropiezo. Encontrar la piedra. Reconocerla. Tu cara me suena. Culpabilizarse por no haberla visto antes. Y darse cuenta de nuestra miserable e inefable humanidad. Es entonces cuando todo el mundo lo veía venir. Es entonces cuando surge el yo ya te lo dije. Maestrillos del día después, que no se dan cuenta de lo mediocre que resulta llegar tan tarde.

Y hablando de mediocres, bajo cualquier piedra aparecen siempre los gusanos. Las larvas. Los bichos. Personajillos acomplejados y torturados desde bien pequeñitos, cuando en el patio del colegio ya canjeaban su bocadillo por un par de collejas. Suelen ser los más cobardes de la clase, los que jamás se atreverían a decirte nada a la cara, gallinas que con el tiempo han desarrollado una visión deformada del mundo, pues piensan que todos estamos pendientes de sus pataletas. Por eso andan buscando a ver quién se ha caído últimamente para acudir a la merendola de buitres, porque sólo saben alimentarse del presunto derrotado, porque ellos jamás han creado nada que haya tenido éxito, porque son incapaces de triunfar por sí mismos y porque se sienten acomplejados ante el talento ajeno. En el fondo les encantaría formar parte de la fiesta, ser incluso tus amigos, vivir lo que tú has vivido, en realidad es una forma de envidia, pero claro, el rechazo sigue ahí, y como respuesta al rechazo, ellos han decidido rechazarte a ti. Pero piensa que no es contigo. Es con la vida que jamás tendrán.

Como no pudieron ser interesantes, se convirtieron en pedantes. Como las chicas se reían de ellos, se hicieron los misóginos; no es que yo no les guste a ellas, es que ellas no me gustan a mí. Como no han dado un palo al agua en su puñetera vida, se volvieron clasistas, racistas o xenófobos. Y como nadie les aguantaba ni en su propia casa, se fueron a vivir de la primera caverna mediática que les subvencionó, oye tú que luego igual esto desgrava. Por ponerle un nombre al azar, yo lo llamo Complejo de Sostres, no me preguntes por qué.

Bueno sí, pregúntamelo, va.

Pues resulta que Salvador Sostres fue mencionado en mi ya añorado Viajando Con Chester. Fue el gran chef David Muñoz, quien me contó que en años de profesión, el único comensal que se había negado a pagar la cuenta había sido justamente él, Sostres. La conversación siguió por otros derroteros mucho más interesantes, pero por lo visto, para Sostres, el hombre que no pagaba en los restaurantes, la cosa no quedó ahí. Al día siguiente, la productora del programa me hizo llegar el número de móvil y la petición de Sostres para hablar conmigo. Según me trasladó la productora, su intención era “aclararme lo que realmente sucedió”. Y a mí, que me encanta conocer gente interesante, cultivada e inteligente, no me quedó otro remedio que declinar amablemente la invitación. La explicación, le dije a la productora, se la debe al chef, no a mí.

Durante los siguientes días, los mails con las peticiones de Sostres se fueron sucediendo, hasta que al final imagino que el personaje desistió. Pero claro, supongo que el rechazo empezó a crecer de nuevo en su interior. Nos cruzamos físicamente un par de veces por Barcelona, que en realidad es un sitio muy pequeño, y el personaje en cuestión me vio, me esquivó y no me dijo ni mú. Lo que yo te diga, “semejantes invertebrados” (sic) no atacan nunca de frente. Siempre a tus espaldas. Cuando no estás. Y esta semana, tras mi salida de Viajando Con Chester, la bilis ha corrido en forma de tinta por su columna a la que por cierto, le tengo un aprecio especial, pues me parece más que cómica, hilarante. No es sólo que me haya criticado a mí, que ya ves, llega tarde, llevo años saliendo criticado de casa. Es que además se cree que puede con gigantes como Luis del Olmo o compañeros de periódico como Jordi Évole y Ana Pastor, gente que le viene tan grande que antes de ni siquiera mentarlos debería aprender a lavarse la boca con agua y jabón.

Todo esto no hace más que darle lo que él quiere, pensarás. Y es verdad. A los bichos no hay que darles visibilidad. Porque es justamente lo que buscan. Vuelve a dejarlos bajo dos piedras. Tápalos bien y deséales un algo feliz. Si hoy te los destapo no es para hablarte de ellos, sino del síndrome que lleva su nombre.

Aléjate del Complejo de Sostres. No porque sea contagioso, qué va. Sino porque nadie que sufra ese complejo ha hecho nada importante en la vida. Jamás.»

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La estrategia del cruasán.

La estrategia del cruasán.

Artículo publicado el domingo, 15 de Febrero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«La vida es una sucesión de desajustes. Notas discordantes y agrupadas en sinfonías dodecafónicas de 24 horas. Agujeros aleatorios en unos folios tamaño día que jamás podremos encuadernar. Nos creemos que todo tiene un porqué. Que la gente tiene un plan. O peor, un destino. Que en realidad, todo lo que sucede conviene. Que no hay mal que por bien no venga. Y yo qué sé qué cantidad de tonterías más. Y así hacemos ver que por fin lo hemos entendido. Cuando la verdad es que casi nada se entiende, porque casi nada ocurre por obra y gracia de nuestra voluntad. Simplemente ocurre y ya está.

En esta teoría del caos de andar por casa, hay ciertas cosas que todos sabemos que en algún momento deberíamos dejar de hacer y sin embargo, por algún mandato divino, contubernio neocapitalista o simplemente por mera superstición, tomamos la iniciativa e insistimos en convertirlas en tradición.

Tú entra en cualquier bar y pídete un cruasán. Me juego el tipo a que jamás te lo traerán solo. Entre el platillo que lo sostiene y tu bollo de luna creciente, ahí está, ahí está, la servilleta de Alcalá. Ese puñetero trozo de papel de una sola capa que siempre se engancha, que deja tu cruasán perdido de trocitos de papel y que encima no te servirá ni para limpiarte la boca, pues acabará perdido de migas que se reproducirán por todo el lugar. Un gasto estúpido e innecesario pues si el plato se supone limpio, a santo de qué había que protegerlo y sobre todo contra qué. Un gesto que intenta dar una imagen de higiene y servicio, cuando lo que en realidad te está suponiendo es un verdadero incordio, una señora incomodidad, para ti y para los que te rodean, obligados a presenciar un espectáculo tan finolis como levantar el meñique para beberse el café. La versión pyme de la falta de urbanidad.

Pues bien. Nuestra existencia está plagada de momentos cruasán. Detalles que hacemos con la mejor de las intenciones y que no sólo no hacían falta, sino que lo que vienen es a empeorar lo que ya había. Momentos en los que alguien debería hacernos ver que en ese caso, menos es más.

La intención es lo que cuenta, algunos dirán. Ya. Vale. Anda cuéntame otra, porque el cementerio está plagado de gente que sólo quería ayudar. Eso está bien para Flanders de Pleasantville vestidos de Teletubbie. Pero los que hemos pasado ya el primer divorcio y el último gatillazo, deberíamos intentar ir más allá.

Parejas que celebran por todo lo alto San Valentín y sin embargo llevan años sin construir ni un equipo cohesionado ni un proyecto en común. Empresas que desatienden a los clientes que tienen para gastarse ingentes sumas de dinero en conseguir más. Partidos políticos que intentan alzar en vuelo a lomos de un titular sobre limpieza y honestidad cuando hace años que no barren su propia casa, el clásico síndrome de Diógenes político, de mierda hasta la azotea.

No lo atribuyas sólo a la mala fe. A otra cortina de humo. A la incoherencia humana. Al maquillaje del marketing. O a la falta de arrestos para iniciar una transformación de verdad. Que también.

Piensa en lo que hacemos cada uno de nosotros en nuestro día a día. Nos empeñamos en ser imprescindibles allá donde no nos necesitan, y dejamos a menudo desatendidos aspectos de nuestra vida donde sí deberíamos liderar. Con demasiada frecuencia no hacemos falta donde actuamos, y seguramente si incidiésemos sobre otras áreas, nuestra ayuda se notaría mucho más. Somos más servilleta que cruasán.

Y es que el liderazgo no consiste sólo en saber hacia dónde dirigir las naves. Sino también en escoger quién se quedará en el puerto y sobre todo a bordo de qué se navegará.»

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Somos ficción.

Somos ficción.

Artículo publicado el domingo, 08 de Febrero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Somos ficción. Tú, yo, aquél y el de más allá. Somos mentira. Bien construida, pero mentira al fin y al cabo. Y no es sólo que no existamos como nos creemos que existimos. Productos de nuestro cogito ergo sum. Accidentes del amor y la causalidad. Es que encima a menudo se nos olvida que somos una trola muy fea con patas y acabaremos todos muertos de realidad.

Somos ficción ya viejuna. Nuestra Historia, eso que nos retrata deformados y nos enseña que es imposible no repetirse, no deja de ser un grupo de datos y hechos cronológicamente ordenados y convertidos en un relato más o menos contrastado que suele tener la manía de buscar varias causas para cada efecto, escrito encima por todos aquellos que sobrevivieron para poder contarlo, con lo cual tampoco cuenta con la opinión y el enfoque de los que en el momento de contarlo ya no están. Es el curriculum abultado de la Humanidad. Y como todo curriculum está lleno de exageraciones, mentiras y omisiones importantísimas sobre las que mejor nadie nos pregunte, porque la podríamos liar parda. Pero si incluso Fukuyama morirá algún día y pasará a ser su propia víctima. No hay mayor ironía que el propio destino. No hay destino más honesto que la sinrazón de la verdad.

Somos ficción social. Nos inventamos dioses para explicar lo que no entendíamos. Nos inventamos idiomas para entendernos entre nosotros. Nos inventamos medidas para poder coincidir en espacio y tiempo. Nos inventamos países para justificar esas distancias. Nos inventamos culturas para tener algo que defender. Nos inventamos patrias para justificar conflictos. Nos inventamos guerras para ganar más. Y nos inventamos el dinero. Y las personas jurídicas. Y las marcas comerciales. Ficciones que nos permiten hablar de cosas que en realidad no existen como si existieran aunque todos sepamos que no existen, pero como hablamos de ellas, ahí están. Y mira si están, que al final incluso hay gente que sí que existe dispuesta a morir por algo que si lo piensas bien, no ha existido jamás.

Así las cosas, no debería extrañarnos que seamos también ficción, sí, pero emocional.

Nos inventamos que nacemos acompañados. Llamamos familia a mucha gente que en el fondo nos da igual. Decimos que encontramos pareja. Que por fin abandonamos la soledad. Hacemos de nuestro hallazgo un relato y lo empezamos a estirar. Hasta que un día se rompe algo y hay que empezar a reescribir la trilogía. Y hacemos un clásico Star Wars. Ahora te explicaré lo que no te conté en su momento y debí contarte, el apasionante mundo de la precuela. Y tal como ocurre con La Guerra de las Galaxias, esa pre-historia suele ser aburrida, de cartón piedra y menos creíble, menos verdad.

A veces las incongruencias matan la coherencia de la trama, así que o bien las olvidamos o acabamos incorporando detalles que hacen que parezca todo de lo más lógico y normal. Nos dejamos por esto y aquello. Hubo ese matiz que lo cambió todo. Estas fueron las causas reales de nuestra ruptura. Estaba claro que lo nuestro no podía durar. Ahora no repetiría los mismos errores. Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir. Si hubiese sabido lo que ahora sé. Conecta los puntos. Analiza tus errores. Fracasa mejor que ayer. Unas veces se gana y otras se aprende.

Mentiras que nos contamos para que todo pueda avanzar. Porque si no ficcionamos lo que sentimos, curiosamente, nos es imposible dar un paso adelante, ni odiar lo que se consigue, ni amar lo que se deja atrás. Va a ser verdad lo que escribe Cercas, que es la realidad la que nos mata, y la ficción la que siempre nos viene a salvar.

Mañana te volverás a enamorar de quien no debes. Mañana la volverás a cagar. Volverás a arruinar ese negocio. Y las oscuras golondrinas, también volverán. Y volverás a sentirte tan estúpido como siempre has sido. Y antes de ponerte a reconocerlo, antes de echarte a ti mismo la culpa, algo que en su momento no viste te tendrás que inventar. Para que todo siga siendo coherente. Para que te puedas seguir mirando al espejo sin reconocer que sigues sin tener ni puñetera idea de nada. Que el tiempo pasa por tu cuerpo dejando de todo, menos lo que tendría que dejar. Conocimiento, sabiduría, experiencia y ganas de volverlo a probar.

Somos ficción. Y curiosamente sólo se otorga un Goya al que cobra dinero -cuando cobra- por dedicarse abiertamente a ello. Sólo te premian por mentir cuando de entrada todo el mundo sabe que no es verdad. Y bien que hacen. Pero echo en falta unos premios a la ficción de la vida cotidiana. Al hay que ver cómo te la metí doblada. Al es verdad, ahí me he vuelto a pasar. Al no, si yo no soy fiel, pero soy muy leal.

En un país que se ha inventado varias veces, estaríamos de premios todas las semanas. En un país podrido de mentiras y mentirosos, esto iba a ser un no parar.»

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Bimentalismo.

Bimentalismo.

Artículo publicado el domingo, 25 de Enero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Vivir es elegir. Decantarse por algo. Tomar partido. O tomar la decisión de no hacer nada, lo que ya se conoce como hacer un Rajoy. Por eso, si quieres que un niño coma sano, dale siempre a elegir entre dos opciones que te interesen. Qué quieres, fruta o verdura. Carne blanca o pescado azul. Agüita fresca o zumo de frutas. De este modo, se sentirá vivo. Se sentirá libre. Se sentirá bien. Le estarás creando una falsa sensación de independencia, una pecera de plástico para el alma, unas urnas en pequeñito y un entorno controlado en el que elija lo que elija, ganarás tú.

El cerebro humano, incapaz de retener más de tres opciones sin ponerse a contar, se encuentra muy cómodo entre sólo dos polos. Cada vez que le simplificamos las cosas, nos lo agradece. Tal como se estudia ya en las escuelas de negocios, una de las claves del éxito irrefutable de Mercadona fue reducir el número de referencias en el lineal. Y es que para nuestras neuronas, menos es más.

Yo lo llamo bimentalismo. El proceso por el que siempre buscamos las dos principales opciones por las que decidirnos. La decisión encubierta de no buscar una tercera, para no complicarnos la vida. El Principio de Pareto para avanzar. La reducción a la parejita, que para qué va a haber más.

Es lo que usan los magos y trileros para engañarnos. Nada por aquí, nada por allá. Para que no te plantees el acullá. Porque es acullá donde están todos los trucos, donde siempre se esconde la pelotita, donde están los matices y los detalles y las trampas que nos ayudarían a entender y a descubrir lo que no quieren que veamos, lo que nos daría algo en lo que pensar.

Bimentalismo publicitario. Porque también lo utilizamos los publicistas. O eres de los míos, o te dejas engañar por los demás. Si no compras mi solución tienes un problema. O peor, te vas con otro que crees que te lo va a solucionar. Y si encuentra algo mejor, cómprelo. Polarizar, si puede ser contra la competencia, es la manera más rápida de vender. O eres de Nocilla, o de Nutella. O eres de Nesquik, o de Cola-Cao. El gran Alex Bogusky, uno de los mejores publicitarios del último siglo, defiende que para tener una marca poderosa es necesario dividir a tu audiencia entre los que están contigo y los que están contra ti. Ojo al verbo que utiliza. No es optativo. Es necesario. Que si no lo consigues, no estás contra nada o contra nadie. Que si no polarizas, no eres marca, ya no estás.

Y por lo tanto, bimentalismo propagandístico también. Porque los políticos lo saben como si lo hubieran parido. Y porque de hecho, lo siguen pariendo cada día. En Catalunya parece que murió la tercera vía, y se llevó por delante a todos los que se atrevieron siquiera a pronunciarla. En España, tan cómodos que estábamos viviendo en una sencilla línea que dividía a las izquierdas y a las derechas, hasta que llegó un señor que nos dijo que ellos eran la casta, e introdujo en nuestras cabezas el eje vertical, descubriendo el discurso de los de arriba y los de abajo. Y ahora surge otro que nos añade la tercera dimensión, los nuevos y los viejos partidos. El tercero en discordia ya no sale en la foto, así que mejor volver a hacer la lista desde cero, y hasta el infinito y más allá.

George Lakoff hablaba de resituar el marco de referencia. Los matemáticos y los científicos hablan de un cambio en el sistema de coordenadas. Y en cine, se dice que hay que evitar el salto de eje, si no se quiere confundir al espectador. Vamos, que si alguien te quiere liar la cabeza, hacerte dudar o simplemente cambiar tu decisión, te salta de eje y listos.

Por eso, me entra la risa floja cada vez que escucho que estamos viviendo el fin del bipartidismo. Cuando creo que estamos viviendo justo lo contrario. Estamos en la edad de oro del bimentalismo. La era de los nuestros y los suyos. Los de aquí y los de allá. Moros y cristianos. Separatistas y unionistas. Casta y populismo. Blanco y negro. Sin escala de gris. No me seas aburrido, por dios.

Es el momento en el que brillan las encuestas, esa otra falacia colectiva que nos encanta agitar cada vez que alguien nos predice lo que pasará simplemente porque lo ha preguntado. Como si no mintiésemos descaradamente cada vez que se nos pone una alcachofa delante para conocer nuestras decisiones más íntimas. Como si no fuésemos mucho más miedocres ante unas urnas. Tú pregúntale a todos los matrimonios de más de 10 años de este país por sus respectivas parejas, y concluirás que en el próximo año un 99’99% se divorciará. Ahora bien, ponles la demanda de divorcio delante y conocerás la realidad. Una realidad mucho más compleja, matizada y que, seguramente, siempre nos sorprenderá. A los de arriba y a los de abajo. A los de aquí y a los de allá. A la casta y al populismo. Al que se viene arriba y al que se va.

Y es que, aunque no nos guste reconocerlo, simplificamos la realidad con la cabeza.

Pero acabamos eligiendo con el corazón.»

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La Voz.

La Voz.

Artículo publicado el domingo, 18 de Enero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Excelentísimos artistas, ilustrísimos amigos, señoras y señores, autoridades…

Querido Julio,

Te estarás preguntando por qué papá te ha traído a este sitio. Qué hacemos aquí rodeados de tanta gente importante. Y sobre todo, cuándo te voy a dar las chuches que te he prometido si te portas bien.

Hoy es un día grande por muchos motivos. Tal día como hoy nació el señor que inventó la máquina de vapor, James Watt, así como escritores y artistas de la talla de Edgar Allan Poe, Paul Cézanne, Janis Joplin, Robert Palmer o Dolly Parton. También hoy algunos países celebran el día del cervecero, otro tipo de artista sin el cual no habrían existido muchos de los primeros. Pero a ti todo eso dudo que aún te importe mucho.

Supongo que en algún momento te preguntarás por qué han elegido a papá para hablar aquí. No sé, eso tendrías que preguntárselo a ellos, pero sólo espero que no sea porque piensan que soy un experto, ni en ópera ni en ninguna otra cosa, o alguien que vaya a arrastrar multitudes, más que nada porque a mí no se me sigue, a mí más bien se me persigue.

Da igual. Ya no hay tiempo de encontrarme sustituto. Además, si estamos aquí, no es por nada de todo eso. Si estamos aquí es para celebrar la quincuagésimo segunda edición del Concurso Internacional de Canto Francesc Viñas. O dicho de otro modo, si estamos aquí es para celebrar, durante más de medio siglo, el triunfo de La Voz.

Para los de tu generación, seguramente, La Voz no pase de ser el último concurso televisivo antes de que Melendi se hiciera la permanente. Puro divertimento. Entretenimiento para el prime-time. Pero La Voz es mucho más que eso. Mucho más.

Curiosamente, La Voz es lo único que no nos ha llegado de la mayoría de los personajes que han construido nuestra manera de ver el mundo. Nos han llegado sus vidas, sus pensamientos, sus conquistas, hasta sus devaneos amorosos y más personales. Pero nadie sabe cómo era la voz de Jesucristo. O la de Buda. O la de Aristóteles. O la de Leonardo da Vinci. Y no sé por qué, pero no me imagino al sanguinario Atila, rey de los hunos, conocido en Occidente como El Azote de Dios, con voz de pito. O al general Aníbal Barca cruzando los Alpes a lomos de sus fornidos elefantes, para matar romanos con su voz dulce y aterciopelada.

La voz es muy importante. Es tan importante, que es lo primero que te llegó a ti antes incluso de que llegaras tú. Cuando eras todavía algo que crecía dentro de mamá, lo primero que fuiste capaz de reconocer fue la voz… de papá. Que conste que no me apunto el tanto yo, lo dice un tal Tomás de Andrés, del departamento de Psicología del desarrollo y de la Educación de la Universidad Complutense de Madrid, y cito: «el tono más grave de la voz del hombre es capaz de atravesar la barrera placentaria y llegar hasta el feto. Por este motivo, al nacer, el bebé distingue con más facilidad la voz de su padre que la de su madre”. Es el único momento en el que nos adelantamos a ellas. A partir de ahí, vamos siempre por detrás.

Ya irás descubriendo que a tu padre, como a cualquier publicista, le gustan mucho los aforismos, porque es una buena forma de parapetarse tras el pensamiento de otro que normalmente sabe mucho más que tú. Por eso, no paré hasta que encontré otra sorprendente cita al respecto: “Las mujeres no quieren escuchar lo que piensas. Las mujeres quieren escuchar lo que ellas piensan… con una voz más grave.” pero claro, después supe que era de Bill Cosby y lo entendí todo, decidí que quizás era mejor no utilizarla en estos momentos y menos aún en este pregón.

A lo que iba. La voz. La voz es también eso que estrenaste el día que naciste. Es nuestra primera demostración de vida, nuestro primer canto a la libertad. Berreamos para hacernos un lugar en el mundo. Anunciamos nuestra llegada con lo más propio que tenemos. Inhalamos la primera gota de oxígeno que entra en nuestros pulmones y la transformamos en poderosa llamada de atención. Es nuestro primer spot publicitario. Nuestra primera inspiración. Nuestro primer mensaje comercial.

Y digo comercial, porque a partir de ese momento descubrimos enseguida el mecanismo acción-reacción. O como decimos en marketing, problema-solución. Que quien no llora no mama. Y que el que algo quiere, algo le cuesta. Es nuestra primera herramienta, nuestro canal generalista de comunicación con el mundo. Existen apps de móvil que aseguran que son capaces de traducir el llanto de un bebé. Pero que no te engañen, NADA como la mirada atenta de una madre. Y como mirada suplente de segunda B, la de un padre.

Bueno, pues a partir de ahí, todo es evolucionar. Que es lo mismo que decir que a partir de ahí todo se complica.

Porque pronto verás que la voz no se queda en una simple vibración de las cuerdas vocales inferiores. En algún momento, la voz te empezará a cambiar. Y no sólo en ámbito. No sólo en afinación. Sino también en colocación.

Pronto descubrirás una voz interior. Es una voz callada. Sigilosa. Susurrante. Aparentemente inocua. Pero fundamental. Es la voz que aparecerá cuando no estés haciendo lo correcto. Es la voz que te dará consejos sin pedirte nada a cambio. Sin motivo aparente. Por eso has de escucharla. Porque te lo dice por tu propio interés. Por eso, y porque es la única voz que te hará triunfar de verdad. El éxito consiste en aprender cuándo hacerle caso y cuándo no.

Algunos la llaman conciencia. Otros, intuición. El señor que diseñó la tablet con la que tú juegas dijo una vez: “Jamás dejes que el ruido de los demás apague tu voz interior. Y lo más importante, ten el coraje de seguir tu corazón y tu instinto.” Otro genio llamado Vincent Van Gogh mantuvo toda su vida una competición con ella: “Si escuchas una voz dentro de ti que dice ‘no sabes pintar’, entonces debes pintar por todos los medios, y verás como esa voz acaba siendo silenciada”. Pero fíjate, ya sea para seguirla, como para acallarla, jamás dejes de tenerla en cuenta. Jamás.

Esa voz es un ser vivo. Y como todos los seres vivos, necesita alimentación. ¿Que de qué se alimenta? Pues de otras voces. Por eso has de nutrirla bien, procurarle una dieta equilibrada. Que se enriquezca bien. De las voces de un lado y de las del otro. De los que están en contra y de los que están a favor. De los de aquí y de los de allá. De las mezzos y de los tenores. De los muertos y de los vivos. De los que hablan tu idioma y de los que no. Porque sólo así crecerá tu voz sana y fuerte. Y porque quien conoce una versión, en realidad no conoce ni media.

Cuando lleves unos años en el mundo, quizás más de los que desees, empezarás a descubrir tu voz propia. Y ojo que ésta no tiene nada que ver con la que te sale de la laringe. Con ésta no se nace. Con ésta se lucha. Se influye. Se cambian las cosas. O se intentan cambiar. Por eso hace falta cierto tiempo sobre el planeta. Para ver lo que funciona y lo que no. Para ganarse el respeto ajeno, que no es otra cosa que el turno de palabra vital. Y para darse cuenta de que la única forma de ganarse la herencia recibida de manos de las generaciones pasadas es mejorar la que se entrega a las futuras.

Lo notarás enseguida, será cuando te llamen idealista, utópico o incluso traidor. “Prefiero quedarme sin estado que sin voz.” dijo un tal Edward Snowden. Y ahí está.

Tú tira, no hagas ni caso, sigue adelante, lo cual no significa que no escuches. Como dijo desde este mismo atril Eduardo Mendoza, se hace difícil dar un pregón de este tipo sin citar a Shakespeare, y si él no fue una excepción, yo no me voy a atrever a serlo: “Préstale a todo hombre tu oído, pero a muy pocos tu voz”. Fin de la cita.

Fíjate lo que dice Shakespeare. O más bien, lo que yo interpreto. Primero, que para tener buena voz hay que tener buen oído. Que para poder hablar, antes hay que saber escuchar. Y después, que hay que prestar a muy pocos tu voz. Es probable que la vida te dé alguna oportunidad para prestarla a los que no la tienen. Aprovéchala bien. Lamentablemente la voz no se le otorga siempre a quien más la merece, y si no, mira la Gran Bola que le hemos dado a un Pequeño Nicolás.

Si consigues llegar a tener voz propia, la gente te reconocerá aunque jamás te haya escuchado antes. Es lo que les pasa a las grandes marcas, a las grandes personalidades o a los grandes artistas. Que son reconocibles incluso en temas inéditos. Porque tienen una voz única e inconfundible. Porque nos parece que eso que estamos escuchando ya sólo lo podrían expresar ellos de esa manera.

Això és exactament el què li passava a la gran mezzosoprano Elena Obraztsova, guanyadora del primer gran premi del Concurs Viñas el 1970, y que malauradament ens ha deixat aquesta setmana, una pèrdua irreparable per a la seva estimada Barcelona, per tot el món operístic i per l’art en majúscules i en general.

Eso es justo lo que te ocurrirá si lo haces MUY bien. Que por mucho que tú te vayas, tu voz se quedará para siempre.

Desde luego que no todo será tan fantástico. Tener voz te traerá sus problemas. Si tu voz se vuelve lo suficientemente influyente, habrá gente que la hará propia. Con la responsabilidad que eso conlleva. Y si no llega a ser importante, da igual, porque habrá gente que, con mala intención o sin ella, te intentará secuestrar la voz. Hacerte decir algo que tú no has dicho. Hacerte luchar como alguien que no eres tú.

No te preocupes si por el camino haces enemigos. Preocúpate si crees que no los tienes. Porque eso significará que tú no los conoces a ellos, pero ellos a ti sí. Hubo un señor que por cierto cantaba tan bien que le pusimos el sobrenombre de La Voz, que dijo que para tener éxito hay que tener amigos, pero para tener MUCHO éxito hay que tener enemigos.

Y hablando de enemigos. Estamos viviendo tiempos difíciles para alzar la voz. A pocos kilómetros de aquí, un grupo de salvajes creen que pueden silenciarnos atentando contra nuestras libertades. Y no se dan cuenta de que la voz de un pueblo es mucho más poderosa que la voz de cualquiera de sus individuos. Que el miedo no nos mata, sino que nos hace más fuertes. Que podrán asesinar a decenas, cientos, miles de civiles, pero jamás podrán matar la civilización. Una civilización que hoy cierra filas tras un simple lápiz y la sacrosanta libertad del individuo para utilizarlo con el único límite que su talento imponga.

Para terminar, tampoco te fíes del que utilice su voz para decirte siempre lo que esperabas oír. “El político con más éxito será el que diga lo que la gente piensa, que lo diga más a menudo y que lo diga con la voz más chillona.” Esto lo dijo justamente un político, se llamaba Theodore Roosevelt y -hombre- mal no le fue. Y aunque lo dijera ahora hace más de un siglo, me temo que cada vez es más vigente en nuestro país. Mira si es vigente, que ese señor también fue famoso por luchar por la independencia de Cuba y por tratar de acabar con la corrupción.

Todo esto para que entiendas la importancia de lo que se celebra hoy aquí. No se trata sólo de congregar en espacio y tiempo a las 607 voces líricas y dramáticas más prometedoras sobre la faz de la tierra. No se trata sólo de traerlas desde sus más de 60 países, configurando así la edición más internacional en la historia de este concurso.

Se trata de celebrar todo aquello que nos hace seres humanos. La belleza de sus voces nos recuerda que, aparte de equivocarnos, aparte ser capaces hasta de ignorar nuestra propia naturaleza, y aparte de decirle y hacerle barbaridades a nuestro prójimo, también somos capaces de cosas maravillosas. La belleza de estas voces nos recuerdan que podemos mejorarnos a nosotros mismos, que todavía existe esperanza, que en el fondo, muy en el fondo, aún tenemos remedio. Eso sí, con esfuerzo, dedicación y sacrificio, dominando lo difícil para que parezca fácil, que es la condición sine qua non para que todo parezca bello.

Somos lo que hacemos con nuestra voz. Somos lo que hacemos de ella. Y sobre todo, lo que ella acaba diciendo de nosotros.

Francisco Araiza, Enedina Lloris, Vicente Sardinero, Anna Riera, Helga Müller Molinari, Dalmau González, Aquiles Machado, Elena Obraztsova y tantos y tantos otros, así como los nuevos talentos que salgan de la presente edición.

Escucha sus voces cada vez que te entren las dudas. Escúchalas hoy mientras te comas las chuches. Y no dejes de escucharlas jamás. Ellas te reconciliarán con lo que realmente eres.

Una bella voz con infinitas cosas bellas por decir.

Un bello ser humano con infinitas cosas bellas por hacer.»

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Lo que yo te diga.

Lo que yo te diga.

Artículo publicado el domingo, 11 de Enero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Lo que yo te diga, ponlo en cuarentena otras cincuenta noches. Lo que yo te diga, acuérdate de olvidarlo por ahí. Haz oídos sordos mientras me escuchas. Y quizás así, y sólo quizás, lograrás hacerme entender. Y quizás así, y sólo quizás, lograré hacerte explicar. Que nadie te eche cuentas sobre lo que yo te diga. Porque serán palabras que fueron tomadas prestadas. Y eso es mucho más triste que pedir y mucho menos honrado que suplicar. Lo que yo te diga, sí.

Lo que yo te diga será siempre válido, que no verdadero. Es lo que pasa con la lógica, que le gusta jugar al escondite con las palabras, amagando significados hasta que ya suele ser demasiado tarde para emocionarse. O demasiado pronto, vaya usted a saber. Sofismas del corazón. Pero es que a veces, para llegar a una conclusión verdadera, es imprescindible partir de premisas falsas. Los expertos en filología natural -también conocidos como matemáticos- lo practican constantemente. Supongamos que tú y yo somos pareja. Supongamos que nos querremos para toda la vida. Supongamos que además lo cumplimos. Supongamos que no deseamos a nadie nunca más. Que evolucionamos juntos. A la misma velocidad. En la misma dirección. Y ahora, suponiendo eso, veamos qué sentimos. Porque lo que nos pase por dentro sí que será real.

Jamás busques la coherencia entre todo lo que yo te diga. Porque la coherencia es como la presencia, la vida o la libertad de expresión: sólo nos acordamos de ella cuando ya ha sido transgredida, cuando se la echa de menos, cuando ya no está. La coherencia es base, paisaje, fondo de armario. Si aún no tienes nada en tu armario que desentone, no te mereces ni segundas rebajas. Porque para ser coherente con uno mismo, a medida que te haces mayor y coleccionas pasados -que es lo mismo que ir criando hermanos pequeños que pretenden adelantarte en edad- es imprescindible ir cambiando de opinión. Corregir el rumbo. Desdecirse, pasar la vergüenza de contradecirse y rectificar. Y porque el compromiso con el destino es incompatible con el compromiso con el camino. Donde ayer dije digo acabo diciendo lo que más se parezca a lo que quiero decir hoy. La eficacia es enemiga de la eficiencia. Y el resultadismo, de la veneración del proceso. Tan absurdos los dos como imposibles de optimizar a la vez. Un conocido director de Hollywood daba a elegir a sus productores dos de las tres opciones posibles: coste, calidad o plazo. Tú elige qué dos factores pretendes controlar, porque el tercero se te disparará en el peor de los sentidos posibles.

Tampoco te importe demasiado la consistencia de lo que yo te diga. Demasiado a menudo, mis propios argumentos no se sostienen ni sobre el bastón de tu silenciosa condescendencia. Ya me doy cuenta de que no hay por dónde pillarlo, de que no te lo crees ni de coña, de que al final nada tiene demasiado sentido, de que de aquí a diez minutos podría decirte lo contrario con la misma convicción y seguridad, y tú volverás a callar y a esperar pacientemente a que me dé cuenta. Y sin embargo, igual necesito pasar por ahí. Como quien sabe que ya ha cerrado la puerta y la luz, pero necesita comprobarlo una vez más.

Por último, piensa siempre que lo que yo te diga te lo digo siempre porque creo que es lo que tú en realidad querías oír. Si no te gusta, habérmelo hecho saber, que para eso están los sondeos. Ahora es demasiado tarde, princesa. Porque este mensaje lo has pagado tú. Y éste. Y éste también. No es casualidad que lo que yo te diga lo llames propaganda. Porque propagarse, lo que es propagarse, sólo se propaga el fuego, las epidemias y cualquier elemento que todo lo queme, que todo lo vuelva cenizas o cadáver hasta consumirse incluso a sí mismo.

Por todo ello y porque durante este 2015 sobreelectoralizado te lo diré muchas veces y de muy diversas urnas, recuerda esto.

Desoye todo lo que yo te diga. Desóyelo y quédate sólo con lo realmente importante.

Y qué es lo realmente importante, te preguntarás. Te lo resumo en cinco palabras cinco.

Lo que yo te haga.»

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112 cm.

112 cm.

Artículo publicado el domingo, 21 de Diciembre de 2014 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«112 cm. Es lo que a día de hoy levantas del suelo. Es ese punto que muy pronto vas a dejar atrás. Y a partir de ahí, tantas y tantas cosas que te irás dejando por el camino. A mí, entre ellas. Pero no es momento de ponerse triste. Al menos ahora no me apetece. Hoy, que celebramos el inicio del invierno, la noche más larga del año y el fin de una nueva cosecha de Sagitarios, hoy que también estamos de enhorabuena por tu quinta vuelta completa al sol, déjame hablarte desde la ignorancia de alguien que ha dado la misma vuelta la friolera de ocho veces esa cantidad. Déjame hacer como si tuviera la experiencia que en realidad siempre me iluminó tarde, y por tanto que jamás me sirvió.

112 cm. Es hoy por hoy la máxima distancia entre tu cabeza y tus pies. Una distancia que se irá haciendo cada vez más insalvable con el tiempo. Y no sólo físicamente. Porque pronto verás lo difícil que es dirigirte hacia donde realmente quieres. Y porque un día te encontrarás de pie en cualquier otro sitio, menos aquél en el que te gustaría estar. Ese día, habrá llegado el momento de cambiar de brújula. La buena noticia es que la has llevado siempre instalada. La llevas ahí, protegida entre tus costillas, junto a tus dos únicas bolsas de oxígeno y bien cerquita del estómago, para que lo pueda escuchar también. Es la que te da punzadas cuando no estás haciendo lo correcto. Es la que se te encoge ante la injusticia y la falta de humanidad. Síguela y descubrirás la necesaria distancia entre equivocarse y arrepentirse, entre una vida con sentido y una muerte consentida por quien jamás la mereció.

112 cm. No de altitud, sino de altura. Supongo que aún no habrás percibido la diferencia. No pasa nada, ya la percibirás. La altura es la distancia vertical con la superficie que pisas. Mientras que la altitud, hace referencia siempre a tu distancia con el nivel del mar. La altura es un concepto relativo, y como tal, depende de dónde partió la medición. Y tú partiste de unas condiciones más que favorables. Eres realmente un privilegiado, y espero que eso lo tengas siempre muy presente. Te pase lo que te pase en la vida, jamás olvides que lo que para ti fue normal, para muchos -pero muchos son muchos- fue una meta a la que aspirar. Y no hablo de condiciones socioeconómicas, que también. Es que encima naciste sano. Y eso ya fue un punto diferencial con respecto a tantos niños que no obtuvieron semejante regalo. Pero es que además naciste deseado. Y con una familia que -pese a todo- se quiere y se quiere mucho, de hecho se quieren tanto que hasta a veces duele. Jamás lo olvides, porque quien olvida lo que tiene, acaba perdido por culpa de lo que desea. Y tampoco te olvides de los que no tuvieron tu suerte. A los que nacieron a nivel del mar. E incluso por debajo, esos que aún no pueden ni respirar. Ellos merecen no sólo tu atención, sino tu apoyo, tu compromiso, tu dedicación. Nadie se puede sacar a sí mismo de un pozo. Y tu felicidad dependerá siempre de la capacidad para hacer felices a los demás. En realidad la felicidad es un proceso social, no somos plenamente felices hasta que aprendemos a hacer felices a los demás. Lo otro se llama satisfacción, y dura menos que cualquier garantía. Así que aunque sólo sea por egoísmo, jamás te olvides de ellos. Jamás.

112 cm. Y apuesto a que a estas alturas del texto ya habrás alcanzado los 113. Ya llego tarde. Seguro. Otra cosa que también te pasará a ti. Llegar tarde a tantas y tantas cosas. Algunos lo llamarán fracaso. Te dirán que esto y aquello era imposible. Pero tú no te dejes decir eso. Sólo hay una cosa imposible en este mundo. Que alguien te quiera más que tu madre y yo. El resto, está todo por inventar.

112 cm. Algo me dice que serás más alto que yo. Y más guapo. Y más listo. Y más todo. Pero poco a poco, descubrirás que hay algo muchísimo más importante que ser alto, guapo, listo y todo. Y ese algo es algo tan difícil y a la vez tan sencillo como ser querido. Y eso significa serlo sin condiciones y sin cobro revertido, vamos, de verdad.

Ahora sí, desde mis ya menguantes 184 cm. te lo puedo desear. Feliz cumpleaños, peke.

Feliz vida. Y feliz Navidad.»

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Tu regalo.

Tu regalo.

Artículo publicado el domingo, 14 de Diciembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Mírate bien estas líneas. Repásalas atentamente con ese par de ojazos que dios te ha dado, porque por aquí está tu regalo. Escondido entre tanta palabra, párrafo y espacio, bajo esa expresión más propia de una orgía multirracial y sodomita a la que llamamos negro sobre blanco, se encuentra lo que realmente te voy a regalar por navidad. Por favor desenvuelve con cuidado cada letra y sobre todo no rompas el silencio con su sonido, pues si no te gusta, al final guardaré mi mejor recibo por si te da por devolver.

Tu regalo no puede ni debe fabricarse. Ni mucho menos ponerse a la venta. Mereces algo que no pueda figurar en un vulgar catálogo. Algo que te mueva tanto que salgas borrosa en todas las fotos. Qué quieres, el anuncio de IKEA me ha acabado de desamueblar. Si ya me faltaban jugadores y un horneado ahí arriba en la dirección, imagínate después del maldito viral. Les pides a ellos explicaciones, que fijo que te las harán pagar para que al final te las montes tú.

Tu regalo, por tanto, jamás será expuesto. Escaparates del mundo, dejad de hacer el ridículo. Sé que no lo hacéis con mala intención, que hacéis lo que buenamente podéis. Sé que os mueve la necesidad de agradar, de mover al consumo, de ganaros el bonus, de intentar seducir nuestra cartera camino a nuestro corazón o viceversa. Pero dejadlo ya, de verdad. Terroristas del marketing, deponed las almas y salid con las mañas en alto. Y el último que pague la luz.

Tu regalo no se vende al detalle. Y mira que soy fan de la palabra detalle. Hace poco, mi hijo, que está en première continua de vocabulario, me hizo una de esas preguntas que hay que solventar con la primera respuesta que tengas a mano. Papi, ¿qué es un detalle? Y todo lo que se me ocurrió decirle fue que un detalle es algo muy muy grande que aparentemente es muy muy pequeño. Creo que se lo creyó. O igual es que no creyó que fuese a sacar nada mejor de mí. El caso es que quedó en silencio y siguió haciéndose el satisfecho.

De todos modos, tú sigue leyendo, porque te juro que tu regalo está por aquí. Tampoco lo busques en las letras de los villancicos, esas composiciones satánicas que cada año nos cuelan como tiernas sólo por el hecho de ser cantadas por niños con voz de castrati, que no dan más miedo porque están siempre acompañados de hirientes cascabeles, de producción casiotónica, de zambombas onanistas y de un adulto, que no es lo mismo que alguien mayor, porque alguien maduro y en sus cabales jamás haría pasar por semejante calvario a un menor de edad. Esos atentados sonoros contra el buen gusto sólo han sido contrarrestados con villancicos flamencos, como si ésa fuese la única forma de hacerles frente. De qué le sirve al Gobierno expulsar a Series.ly, Uber y Google News de España si la epidemia de villancicos pitufoides con sobredosis de helio sigue infectándonos a placer cada año sin que ni un mísero protocolo de la difunta Ana Mato nos proteja. Eh? De qué.

Para terminar, tampoco busques tu regalo bajo un árbol, en el saco del Olentzero o en el culo de un Tió. Ahí sólo encontrarás lo que yo llamo un tesorero del PP: raíces falsas, mucha tela que cortar y bastante mierda que repartir para todo el año.

No lo busques porque tu regalo seguro que no está ahí. Y es que la pregunta no es dónde. La pregunta es cuándo. Porque tu regalo empieza cuando sale el sol y no se acaba ni cuando desaparece al otro lado del horizonte. Porque en cada entrega, la vida te da un dos por uno. Y cuando parecía que ya se acababa, te da otro. Y otro. Y otro más. Tu regalo está cada vez que abres los ojos. Y cuando te despiertas, también. Tu regalo es eso que das por hecho que mañana volverá a pasar sin habértelo ganado. Y eso no le resta valor. Es al revés, se lo da. Así que por un día, por una vez al año, hagamos ver que nos damos cuenta de nuestro mayor regalo, del único que realmente tenemos y es nuestro y nadie aún nos ha podido quitar.

Admitamos que nuestro regalo es ahora. Celebremos que nuestro regalo es ya.»

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He perdido el tiempo.

Artículo publicado el domingo, 7 de Diciembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«He perdido el tiempo. Que alguien me ayude, porque no sé dónde lo dejé. Era un tiempo así como breve, hermoso, delicado, lleno de buenos momentos y de alguno malo también. Seguro que lo reconocerás enseguida. No tiene pérdida posible, por eso me extraña haberme despistado con tanta facilidad. No hay otro tiempo así. O al menos yo no lo recuerdo. He perdido el tiempo y necesito encontrarlo. Razón aquí y ahora. O mejor dicho, ya.

He perdido el tiempo contigo. Y la verdad, no sé cómo ha podido volverme a pasar. Porque esta vez lo teníamos todo atado y bien atado, a buen recaudo, y encima sin necesidad de pasar por ningún sitio a firmar. Sabíamos que lo nuestro era especial. Lo sentíamos, no hacía falta ni decirlo, lo sabíamos y ya está. Lo teníamos tan claro que lo único que nos daba miedo era dejarlo escapar. Y en cambio, lo tratamos como si fuese de lo más rutinario. Lo capullos que fuimos, dios. Lo irrepetible que era esta ocasión, y la oportunidad que la vida nos brindó. Como si después de lo que hemos vivido, nos mereciésemos volver a querernos bonito, volver a volar. Y tú y yo ahí, como si no fuese con nosotros. Hemos vuelto a hacer lo de siempre, darlo todo por hecho, sin darnos cuenta de que lo que se estaba haciendo en ese momento no se volvería a dar más. Nunca más.

Pero que no cunda el pánico, porque he perdido el tiempo solo también. He creído que las cosas que no pasaban era porque no tenían que pasar. Viéndolas venir, esperando a la vida repanchingado, en vez de mover el culo e irla a buscar. Y de ese modo sólo te vienen malas noticias. Porque esa es la gran diferencia entre las buenas y las malas noticias. Que las malas siempre vienen solas, sin necesidad de que hagas nada. Las buenas, en cambio, sólo les llegan a los que se embarcan dispuestos a naufragar.

Le he exigido a la vida tantas veces una nueva oportunidad. Como si fuese algo más que un derecho, como si fuese su responsabilidad. Y ella, que ya es de por sí puta cuando no le exiges nada, imagínate cuando encima le vacilas y le vas de guays.

He perdido el tiempo dedicándoselo a gente que no valía la pena. Y echando de menos a los de verdad, diciéndoles a ver cuándo nos vemos, mintiéndoles a ellos y a mí una y otra vez, dejando sus vidas pasar. Borrándome de sus fotos futuras, comiendo en casa solo, en vez de ir a comer con mamá. Llamando a tipos y tipas irrelevantes, gastando minutos en cosas urgentes en vez de hablar de lo que de verdad importa, repasando agendas y dietarios en vez de las curvas y líneas rectas que tienden hacia la felicidad.

Por eso aquí ando, buscando de nuevo ese tiempo perdido. Otra pérdida de tiempo, pensarás. Pero la verdad es que me importa muy poco lo que pienses ahora. Necesito encontrar ese tiempo y ponerlo de nuevo a pasar. Además, habérmelo dicho entonces, cuando perdía el tiempo. Haberme avisado cuando todo me daba igual.

Hoy me queda menos que entonces, hoy el paso del tiempo se ha acelerado y ha cogido velocidad. Y sin embargo aquí estoy, como un imbécil gastándolo en algo tan improductivo como recordar. Echo de menos el tiempo perdido. Y lo quiero recuperar. Lo pienso recuperar. Y lo voy a recuperar.

Hoy quiero decir las cosas que siento cuando las sienta. Esté sentado con quien esté sentado. Y si estamos acostados ya ni te cuento. Y si cuando se lo digo no le gusta, él o ella verá. Hoy me da lo mismo caer mal o regular. Porque si para caerte bien tengo que ser otra cosa, prepárate para aguantar. Hoy, además, soy menos exigente con los demás. Porque ahora sé lo que cuesta arriesgarse y lo difícil que es acertar. Es curioso, cada vez juzgo menos y cada vez me juzgan más. Pero también soy menos transigente con la falta de inteligencia, de higiene y -sobre todo- de humanidad. Hoy creo que una conversación puede ser sanadora. Y que un silencio fuera de tiempo te puede acabar de condenar. Callarse es cada vez más peligroso. Y negarse a aceptar algo puede ser un principio para encontrar un pedazo de eso que llamamos verdad.

Quiero decir ‘te quiero’ cuando me dé por ahí, sin miedo a lo que me puedan contestar. Porque el miedo es eso que te pasa por dentro cuando estás a punto de hacer lo que tienes que hacer.

Hoy salgo de casa como quien aterriza en una ciudad que no ha visitado jamás. Con un mapa distinto cada día, con miles de monumentos a visitar. Y con una guía que se llama intuición. Y una maleta llamada recuerdo. Y una divisa que no admite cambio alguno y se llama honestidad.

No me malinterpretes, puede que todo esto te parezca una parida, una pérdida de tiempo, o puede que incluso le hayas encontrado algo de utilidad. Pero te lo digo con todo el cariño, me la suda. Como que me da igual. Con amor del rico rico. Muá.

Porque yo ya he perdido el tiempo, pero del muy bueno y en cantidad.

Puede que me haya vuelto loco, o viejo, o todo a la vez.

Y puede que eso sea lo único que me vaya a volver jamás.»

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Los 40 son los nuevos 40.

Los 40 son los nuevos 40.

Artículo publicado el domingo, 30 de Noviembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Queridos amigos, qué coño, iba a empezar con queridos amigos, pero prefiero empezar diciendo amados cabrones.

Porque sois unos cabrones. Todos.

Quería cenar con mis 40 principales. Y me he dado cuenta de que los de verdad apenas pasáis de los 30.

Quería que viniera todo el mundo sin pareja. Y sólo lo he conseguido con la mitad.

Quería montar una cena especial. Y he acabado montando la cena de siempre.

Al final, uno ya puede desear lo que quiera. Que será la vida la que te dará lo que le dé la gana.

Yo que voy por el mundo predicando eso de “Crecer es aprender a despedirse”, a la hora de la verdad lo que realmente deseo es crecer con vosotros.

Por eso, un año más, me siento orgulloso de lo que veo alrededor de esta mesa.

Estáis los de siempre, los de toda la vida. Los que corríais conmigo alrededor de la piscina de Bará. Los que os burlabais de mi primera moto en Vidreres. Los que compartíais campanas conmigo en ESADE. Los que me sufristeis cantando en un grupo de música. Y los que me enseñasteis a dejar constancia del desastre en mi primera maqueta. Los que me conocisteis en una boda extraña. Los que me pusisteis delante mi primer contrato en publicidad. Y mi primera empresa. Estáis los que vinisteis más tarde, y lo hicisteis para quedaros. A alguno de vosotros os conocí en una reunión. A otros, en una agencia. A otros, en un plató de televisión. Y al resto, mejor no lo explicamos.

Yo, que pensaba que la vida no te regalaba amistades después de los 30. Y aquí estoy, comiéndome mis palabras, estrenando comensales años después. Y todo porque la vida sigue demostrándome cada año que no tengo ni puta idea. Que el único eslogan que siempre se cumple es el que siempre me digo vayan bien o vayan mal las cosas: Y ESPÉRATE.

Os admiro. Os admiro a todos y cada uno de vosotros. Por cosas distintas, es verdad, pero os admiro tanto que no soy capaz de expresarlo sin que suene cursi. Os admiro hasta cada uno de mis límites, que como sabéis, son muchos y muy variados. Y ése es el principio de la verdadera amistad. Una profundísima admiración. Y esta necesaria inseguridad de sentirme mucho peor que vosotros en tantas y tantas cosas. Sois el tipo de personas que algún día me gustaría llegar a ser.

Este año, como sabéis todos, ha sido uno de los más intensos de mi vida. Iba a decir difíciles, pero prefiero decir intensos. Hace exactamente un año, cumplía 39 a punto de desabrochar la relación más importante de mi vida, de reestructurar mi proyecto empresarial más importante, de intentar ganar un premio literario prácticamente inalcanzable y de presentar un piloto más para un programa en el que muy pocos creían. Cualquiera diría que estaba anticipando mi crisis de los 40. Pero es que me temo que éste que tanto os quiere lleva 40 años en crisis. De hecho, la última vez que estrené década, celebraba mi cumpleaños con unos amigos colombianos, en Miami, felizmente casado y a punto de cambiar de trabajo, de residencia y de estado civil.

Y hoy, hoy digamos que todo ha complicado. Para bien y para mal. Porque la vida se complica. Sobre todo si pretendes vivirla siendo fiel a lo que sientes. Y yo me siento MUY orgulloso de lo que siento.

Me he equivocado mucho con gente a la que quiero. Y vosotros habéis estado a mi lado, aunque supierais que no tenía razón. La amistad, ese reducto del apoyo irracional e incondicional.

Por eso os llamo cabrones. Pero también porque en algo debo de haber acertado. Porque aún así, y pese a todo, aquí estáis. Porque hacéis como que me queréis. Y porque yo estoy dispuesto a creérmelo.

Esto, lo que hoy hay alrededor de esta mesa, junto a un pequeño trozo de carne que aún no levanta un metro veinte del suelo, es lo que yo llamo éxito en la vida.

Esto y saber que existís, más allá de que lo comprobemos menos de lo que quisiéramos.

Aprovechad esta cena. Conoceos un poco mejor y entenderéis por qué digo lo que digo.

Quería cenar con mis 40 principales. Y me he dado cuenta de que los de verdad, afortunadamente, apenas pasáis de los 30.

Quería que viniera todo el mundo sin pareja. Y ahora echo de menos a la otra mitad.

Quería hacer un buen discurso. Y me ha salido esto.»

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Una relación es frecuencia.

Una relación es frecuencia.

Artículo publicado el domingo, 23 de Noviembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Una relación es frecuencia. La frecuencia con la que hacéis cosas juntos. La frecuencia con la que no hacéis cosas por separado. La frecuencia con la que os veis y os dejáis ver. La frecuencia con la que os echáis de menos. La frecuencia con la que os estáis de más. La frecuencia con la que sentís. Con la que os reís. Y con la que lloráis, también. La frecuencia de vuestros planes. La frecuencia de vuestros recuerdos. La frecuencia de las benditas discusiones y de las malditas reconciliaciones. Frecuencias y más frecuencias. Frecuencia con la que os acostáis. Frecuencia con la que os abrís los ojos. O la cabeza. O el corazón. Frecuencia con la que os apartáis estando juntos y con la que os unís desde la distancia. Qué fácil se olvida uno de la frecuencia con que se hacen las cosas. Qué pronto se nos pudren y se tornan rutinas. Y qué fácil es olvidarse de que si no hay frecuencia, ni hay relación ni hay nada, pues puede que aún se sea, pero desde luego que ya no se está.

Un hábito es una frecuencia que nos gusta. Y un vicio es una frecuencia que nos hace mal. Cuántas relaciones que son hábito las mantenemos simplemente por vicio. Y cuántos vicios habituales acaban siendo un mero problema relacional.

Mi primera frecuencia en importancia fue, sigue siendo, y siempre será el error. Como le dije hace poco a alguien a quien aprecio, en esta vida encontrarás básicamente dos tipos de personas: la mala gente y los torpes. No hay punto medio, o vas a mala fe, o seguramente serás de los que se equivocan. Frecuentemente, sí. Por eso, hablar de frecuencias es hablar de distorsiones, de errores y de meteduras de pata. Dos veces en la misma piedra. Dos piedras de vez en vez.

Porque una vez es un punto, no tiene dirección en el espacio. Dos puntos, en cambio, marcan una línea recta. Y tres ya definen un plano. En cuanto existe más de un punto, ya intuimos un patrón. Una frecuencia. Y todo lo que se salga de ese tempo, es lo que acabamos llamando equivocadamente error.

Y hablando de errores. No hay mayor fallo que confundir frecuencias que se parecen mucho en apariencia, y sólo en apariencia. Por ejemplo, la frecuencia con la que se habla, que no tiene nada que ver con la frecuencia con la que se comunica. Porque hablar no es comunicarse. A que parece obvio. Pues no lo es. Uno puede hablarse todos los días y no decirse nada. Repasar la agenda como quien recita el listín telefónico y dejar congelado el sentimiento de hoy, por si lo recaliento precocinado para otro día. Hablar es sólo emitir. Comunicarse es preocuparse por que, además, te reciban. Y por supuesto, por la calidad de lo que se haya recibido. Y qué es la calidad sino la correspondencia entre lo que se estaba emitiendo y lo que se recibió.

Otro error básico muy pero que muy mío. Explicarme a mí mismo y a los míos por qué hago lo que hago y siempre del mismo modo. Distintas frecuencias, sí, pero siempre con la misma explicación. Y no. Así no funcionan las razones. Las razones son seres vivos. Mascotas emocionales que adoptamos tras cada acto llevado a cabo, y que desde el nacimiento mismo de nuestro recuerdo, se vienen a vivir con nosotros. Y las alimentamos, y maduran, y se desarrollan, y nos hacen compañía, y nos ayudan a estar mejor. Las razones son el mejor amigo del hombre y la más fiel amiga de la mujer. Un día, viendo la tele, te las miras por un momento y piensas cómo es posible que hayan crecido tanto, que ya no las reconozcas, con la poca cosa que eran cuando te las llevaste. Porque están vivas, y donde dijiste digo, dices Diego, y la verdad es que las dos suenan igual de bien y de adecuadas para el momento actual. No es que seas un puñetero incoherente, que también. Pero qué significa ser incoherente. Significa que tus razones crecieron y se fueron de casa. Y te dejaron solo otra vez. Las muy putas. Qué decepción.

Una relación es frecuencia. Cambia cualquier frecuencia y estarás cambiando la relación.

O mejor aún, cuida mucho tus frecuencias. Estarás cuidando tu relación.»

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Lo que faltaba.

Lo que faltaba.

Artículo publicado el domingo,16 de Noviembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Lo que faltaba. Ahora vas y me recuerdas lo que no hice. Me señalas lo que nos faltó. Lo que debería haberte hecho y no te hice. Lo que debería haberte dicho y no pronuncié. Lo que debería haber sentido y jamás sentí. O lo que no fui capaz de poner. La omisión, esa culpa por lo que no se ve, ese reproche al vacío de lo que ya se fue. Nadie debería echarse en cara lo que faltaba. Y sin embargo, cuántas ausencias fueron más causa que consecuencia, cuántas relaciones se acaban por razones ajenas a la realidad.

Lo que faltaba. Siempre lo que faltaba. Sólo y únicamente lo que faltaba. No sé qué tiene lo que faltaba, que jamás puede llegar a ser compensado por lo que sí estuvo, por todo lo que sí se dio. Es así de jodido. Así de inexorable. Así de mal. Te guste o no. Y es que por muy completa que fuese tu relación, por mucho que se exprimiese el amor, siempre habrá más cosas que se quedaron fuera. Porque todo fuera será siempre más grande que cualquier dentro. Por definición. Por eso el dentro es más precioso. Por eso hubo que protegerlo lo mejor que supimos. Por eso al cabo del tiempo se nos escapó. Por eso se nos escurrió entre los dedos. Porque se diluyó lo que sí teníamos entre todo lo que faltaba y todo lo que al final nos faltó.

Lo que faltaba. Lo que ya no puedes ni deseas cambiar. Por mucho que lo intentes, ya es tarde y ahora sería hasta de mal gusto, fatal. Como ese beso en la mejilla de cualquier ex. Como esas cartas que no son ni devueltas al remitente porque el destinatario ya cambió de dirección. Como esa llamada perdida en el móvil del que ha muerto, que nadie se molesta ni en contestar. Las cosas que llegan tarde no es sólo que estén desfasadas, es que están mal. No sólo por su momento, sino por su intención. Porque es la intención la que se nos quedó caduca. Y nos recuerda lo que sentimos y ya no está vivo. Lo que fuimos y jamás volveremos a ser. Porque volveremos a ser otra cosa. Pero eso ya no.

Lo que faltaba. Verte preciosa. Verte radiante. Verte feliz. Todo lo que siempre quise para ti. Y resulta que sólo lo consigues gracias a no estar conmigo. Esa luna llena que hoy todos admiran está patrocinada por este sol que ya se va. Justamente el único selenita que sobraba en el firmamento de tu vida. Me voy atardeciendo y tornándome rojizo, enfriándome de a poco y a sabiendas de que cuanto más me ausente, mejor estarás, mejor te irá. Para que otros puedan contemplar la belleza de lo que hicimos juntos. Lo mucho que tú eres gracias a lo poco que yo fui. Y mientras, sigo vagando por la otra cara del mundo, tratando de convencerme de que volveré a encontrar otro satélite, aunque los dos sepamos que ya no hay más.

Lo que faltaba. Encima va y me dices que ahora sí que has cambiado. Que has aprendido tanto de nuestra ruptura y de nuestra relación. Que cometerás quizá otros errores, pero esos ya nunca más. Ahora que ya aprendiste, ahora va y lo va a disfrutar el siguiente. Él, ese individuo al que aún no conoces ni tú, pero que ya puede contar con toda mi envidia y frustración. Él, sin duda algo menos capullo que yo, que te encontrará al final de nuestro camino y no tendrá que pasar por lo que pasamos los dos. Él, un cualquiera que te llevará hasta vete tú a saber dónde, y si lo consigue, si es que tiene el valor y el coraje de conseguirlo, siempre habrá sido gracias al recorrido que juntos hicimos los dos.

Dale las gracias por conseguir todo aquello que yo no supe.

Y una buena patada en los huevos.

Que eso también nos faltó.»

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De muros, tapias, tabiques y paredes maestras.

De muros, tapias, tabiques y paredes maestras.

Artículo publicado el domingo, 9 de Noviembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Veinticinco años de la caída del Muro de Berlín, veinticinco años del fin de la guerra fría y del inicio de la Europa tal como la conocemos hoy, veinticinco años de la Glasnost y la Perestroika de Gorbachov, veinticinco años de una pregunta incómoda de un periodista italiano que llegó tarde a la rueda de prensa de un alto mando del Politburó, y veinticinco años de una respuesta errónea e improvisada que cambiaría el curso de la historia.

Y sin embargo a mí, que cumplía entonces 15 años por primera vez, lo que más me inquieta ahora es la necesaria diferencia entre un muro, una tapia, un tabique y una pared maestra.

Todos parecen lo mismo, porque todos están pensados para separar. Dividir. Segmentar. Esa tarea tan humana y tan divina, digámoslo de una vez. Porque si hay algo que nos acerca a los dioses es esta manía por separar a los semejantes mediante cualquier invento, ya sea la raza, el sexo, la altura, el peso, la religión, la ideología, la procedencia, el nivel socioeconómico, la lengua o la cultura. Da igual. Cualquier excusa es buena para olvidar durante un rato lo iguales que somos todos y lo mal que a la hora de la verdad llevamos tanta igualdad.

Alguno se creerá aún que todo lo que se separa está más protegido. Suele ser quien cree que los demás son una amenaza porque cree que todos son de su condición. Él verá. Pero vayamos al lío. Veamos en qué se diferencian un muro de una tapia de un tabique de una pared maestra. Porque no sé si lo has notado, pero no tienen absolutamente nada que ver.

Un muro es una vergüenza levantada con la piedra del prejuicio y sostenida con el cemento más resistente que existe, esa amalgama compacta de miedo e ignorancia a partes iguales. La mayoría de muros son de exterior, aunque los más altos e infranqueables se encuentran dentro de nosotros. Son los que no se ven, pero se notan. Caray si se notan. Basta con fijarse en que al construirlo, se crean automáticamente dos bandos, y siempre ocurre lo mismo, a un lado crece la mala hierba de la demagogia, y al otro la de la contradicción. A un lado la casta, al otro el populismo. A un lado la tarjeta black, al otro la cartilla del paro. No hay que preocuparse mucho por su durabilidad: ninguno resiste ante la suficiente dosis de sentido común y humanidad.

Una tapia, en cambio, es alguien que parece que oye, pero no escucha. Como Rajoy a Catalunya. Como Mas a Madrid. Como Monago a las Islas Canarias. Como Esperanza Aguirre a su número dos. El runrún está al otro lado, pero no deja de ser ruido. Molesta, pero no mueve a la acción. Alimenta, pero no engorda. Yo a lo mío, y a los del otro lado que les den.

Un tabique no deja de ser muy parecido a un muro, pero es como más fino, más sutil y encima de interior. Afecta a lo que creemos, a lo que pensamos, a nuestra manera de actuar de puertas para adentro. Es algo que hemos levantado porque antes no estaba ahí, y sin embargo lo pusimos nosotros consciente o inconscientemente, y ahí se quedó. Es algo que podríamos derribar y seguir funcionando perfectamente. Y sin embargo, siempre nos da miedo hacerlo, vete tú a saber por qué. La verdad es que el día que lo hacemos, que lo tiramos abajo, de pronto, nuestro espacio es más amplio, ganamos en metros y qué coño, hasta se respira mejor. La infanta al banquillo, oye pues por qué no. Que ya va siendo hora.

Para terminar, están las paredes maestras. Parte fundamental de la estructura de nuestra vida. Esqueleto de lo que sabemos o creemos saber. Principios básicos de funcionamiento. Para pasar por ahí, debería mudarme de habitación, de casa y hasta de edificio, pues cualquiera se queda a vivir después de agujerearlo. Puede haber un antes y un después, y seguramente hacerlo nos deje abocados al derrumbe. Un por ahí no paso. Un hasta aquí hemos llegado.

Al final, hace veinticinco años no éramos mejores personas, pero igual sí más felices.

Hace veinticinco años derribamos un muro y hoy todavía lo celebramos.

Como si no hubiéramos levantado ninguno más desde entonces.»

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Un artículo de los de antes.

Un artículo de los de antes.

Artículo publicado el domingo, 2 de Noviembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Quiero dejar de vivir después. Quiero que mi vida sea siempre antes. Un antes continuo. Uno que no se acabe jamás. Quiero con todas mis fuerzas que nada de lo que haya ocurrido pueda seguir ahí simplemente para hacerme daño. Vivir después es una mierda. Vivir después es lo que nos mata. Lo que nos hunde. Lo que nos hace mal. Causa y defecto. Acción preocupación.

La vida es antes, porque la felicidad está siempre antes. Antes de llegar. Antes de conseguirlo. Aunque haya sacrificio. Aunque cueste. Sobre todo si cuesta. Conseguir algo es el primer paso para dejar de desearlo. Porque el deseo es antes, también. Porque vivir después ya no vale. Vivir después ya está.

En cambio, vivir después es vivir donde está el recuerdo, la nostalgia, el dolor y el resentimiento. Los resultados de tu analítica. El divorcio. El desengaño. La experiencia, dirás. Y una mierda, te digo yo. Por cierto, la mierda es siempre después. Antes se le llamó comida.

Antes hay anhelo, antes puede que haya hambre y haya sed, vale, pero es que después hay empacho o gastroenteritis en el mejor de los casos, o más hambre y más sed en el peor de ellos. Así que ya me dirás.

La distopía, esa sensación continua de que pase lo que pase vamos a peor, la inefable regla del 3, ésa que asegura que a partir de los 30 años, de las 3 de la mañana y de los 3 gintonics, todo siempre es susceptible de empeorar. Un poco lo que nos pasa en este país. Un poco lo que pasa cuando ya has llamado mujer de tu vida a tres mujeres. Y te das cuenta de que lo fueron. Aunque ocuparan sólo su trozo. Porque ése trozo es suyo. Y siempre lo será. Y no por eso has de dejar que lo llamen mentira. Porque la mentira es la única actividad humana que convierte cualquier antes en un después.

Y ahora qué. Preguntarás. Y ahora hacia dónde.

Pues yo qué sé. De mí no esperes respuestas. Ni mucho menos sentido. Ni muchísimo menos dirección. Que yo soy de los de antes. De los que busca siempre vivir antes, que ya te lo he dicho. Porque no hay nada más peligroso que lo que alguien te vende como un antes y un después. Desconfía de quien quiere sacarte de tu antes para llevarte a su después. Porque no hay malo conocido peor que malo por conocer.

Claro que es bueno ir haciendo cosas. Y necesario. E inevitable. Y esas cosas son ellas mismas las que se ordenan en el tiempo. Pero eso no las hacen mejores por el hecho de estar más acá o más allá. Porque si así fuera, sólo iríamos a mejor. Y ya me dirás.

Yo prefiero perseguir antes como quien persigue la luz del sol y no quiere saber nada de ese después al que llamamos sombra. Y así me va. Acumulo ya más finales de los que jamás he empezado. Comienzo a menudo por el final para no tener que enfrentarme tanto a mis principios. Y sonrío de tanto llorar. Y me enamoro sin quererme enamorar.

Seguramente debería ahora hacer una apología del momento, del carpe diem de toda la vida, de aprovechar el momento, cambiarle las letras a vivir por beber y acabar este artículo por todo lo alto provocando en ti una sonrisa, y en mí la desazón de siempre.

Pero es que esta línea es justo la que va después de la anterior. Y ya no se me ocurre cómo mejorarla. Ya está escrita, ya está después. Lo que yo te diga. Seguramente habré perdido el tiempo escribiéndolo, y lo peor de todo, te lo habré hecho perder a ti.

Haberlo pensado antes.»

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Semanas de 7 vías.

Semanas de 7 vías.

Artículo publicado el domingo, 26 de Octubre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Que a quién voto. O a quién he votado. O a quién votaría si se celebrasen hoy las elecciones. Menuda preguntita. Sobre todo ahora, que la mayoría del país se arrepiente de haber votado a los que luego se lo llevaron crudo, y encima tampoco se vislumbra una alternativa ya no útil, sino simplemente decente.

Claro que se podría votar en blanco, pero mientras la ley electoral no cambie, eso es ponérselo más fácil al poder, al status quo, a los partidos mayoritarios y más difícil a las minorías, o lo que es lo mismo, a los que se supone que les tendrían que dar una patada en el culo. En este país, votar en blanco significa respaldarles con los ojos en el mismo color.

Y por tanto, en qué quedamos. No me rehuya la preguntita. Que a quién voto. Que a quién he votado. Que a quién votaría si se celebrasen hoy las elecciones. Venga, va, valiente, democratícese y mójese, que no está el país para medias tintas.

Pues mireusté. Depende del día de la semana. Sí, sí, llámame chaquetero, pero es que igual que me cambio todos los días, la política para mí no tiene dos vías o tres como algunos nos intentan hacer creer, sino, como mínimo, siete. Y porque no hay más días. Que si no, me faltarían partidos.

La semana de 7 vías comienza con un día negro. Los lunes al sol en los que se encuentra más de una quinta parte del país. Por eso, los lunes votaría muy fuerte a Podemos. Es el día que más estoy cabreado y me da igual hacia dónde vayamos, me da lo mismo si no tiene proyecto, ni dirección, siempre y cuando nos saquen de donde estamos. Un aplauso en toda la cara a los que nos han llevado hasta aquí. Un desahucio en toda regla, pero por fin en sede parlamentaria.

Claro que de Guatemala siempre podríamos acabar en Venezpeor. Así que los martes, que ni te cases ni te embarques, votaría a Izquierda Unida, que no se sabe si va o si viene, si es casta o novia sumisa del anterior. Los martes además tienen algo del cabreo del lunes, pero ya se va matizando. Que si no hay que ser tan rupturistas, que si veamos cómo avanzan las encuestas, que si refundemos semana a semana, que si Inmoral Santín, que si tenemos más historia que los nuevos lunes, que si ni contigo ni sin ti…

Enseguida nos encontraríamos en un miércoles cualquiera. A medio camino de la semana laboral. Un gris de lo más fondo de armario. El día del espectador en los cines. Una jornada ideal para que nos cuenten películas. Un PSOE en toda regla. Una alternativa tan creativa que no es capaz de exigir la dimisión de Ana Mato al día siguiente de su extraordinaria gestión del ébola, pero eso sí, igual te propone acabar con el ministerio de defensa, como que se realicen funerales de estado cada fin de semana. Y cada día una nueva desilusión.

Una vez desengañado de tanto soufflé, llegaría el jueves. El día que está en medio de todos los saraos. Desde la Gürtel hasta la Falla que tienen montada en Valencia o los papeles de Bárcenas, pasando por el gobierno del plasma, que no le pregunta a nadie ni acepta ser preguntado. Si me da por estar en el epicentro del mamoneo, de la soberbia parlamentaria y del desgobierno generalizado, me daría de pronto por votar al PP. Hala, ahí la llevas. Cuatro años más a comulgar con ruedas de molino del tamaño del Aeropuerto de Castellón. O de las gónadas de Rodrigo Rato. No sé cuáles pesarían más.

Y por fin es viernes. El día que llevabas toda la semana esperando. Es momento de desmadre. Del descontrol. Ahí hay que votar a los verdes. A los naturistas. A los veganos. Hala, a follar todos bajo un árbol. Y que le den a las estructuras, todos a pillar las bicis, a dejarse los pelos del sobaco y a comer tofu.

Y no abandonamos el sexo, porque el sábado sabadete, votaría a alguien simplemente para joder. Un UPyD, un Esquerra Republicana, o mejor, un CiU con Jordi Pujol al frente de nuevo. Aunque también les puedes dar a muchos por detrás con un Ciutadans, un Guanyem o un PNV. Siempre que no hagan como las telecos o como las parejas: que ni te exijan compromiso de permanencia ni te llamen a media siesta para preguntarte si estás satisfecho con tu actual relación.

Qué maravilla sería tener siete días para votar. O quince, como en la consulta de Mas. El problema es que nos suelen hacer votar en domingo. Y ése es justo el día en el que tengo que escribir.

Eso sí es una papeleta.»

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Palabrotas.

Palabrotas.

Artículo publicado el domingo, 19 de Octubre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Dicho ofensivo, indecente o grosero. Así lo define el diccionario de la RAE. Así deberíamos empezar a utilizarlo todos. Y sin embargo, aún creemos que esto va de evitar palabras malsonantes. Los Pujol, los Bárcenas, los Urdangarín y los Fabra jamás tiraron de palabros vulgares. Y sin embargo, indecentes, groseros y ofensivos lo han sido un Rato. Por eso, te invito a que hoy actualices tus palabrotas. Porque decir tacos no es lo mismo que ofender, ser indecente o resultar grosero. Porque decir palabrotas ya no es lo que era, me cago en diez.

Palabrota es tarde. No hay nada más palabrota que la palabra tarde. La castración voluntaria de cualquier futuro. Toda una autolimitación resignada en el tiempo. La sensación de que todo esto ya no toca. La convicción de que todo aquello ya no es. Que hasta un reloj de muñeca puede más que tú. Y sin embargo, cuánta gente la sigue desafiando más allá de los 40 y de los 50 y de los 60 también. Gente que descubre al amor de su vida, gente que monta su primera empresa, gente que decide tener su primer hijo, gente que vuelve a estudiar por primera vez. Gente que vive sin contar las vueltas que haya dado al sol. Y lo disfruta todo como si fuera ayer. Porque lo es.

Palabrota es fácil. Me lo contó hace poco un Gabilondo, uno de tantos y tan buenos, y realmente me convenció. Cualquiera que te venda algo fácil, te estará mintiendo. Aprenda inglés fácil, mentira. Adelgace fácil, mentira cochina también. Lo fácil es el alpiste favorito de los necios. Y el caldo de cultivo de todo timo, estafa y frustración. Nadie da duros a cuatro pesetas. Y si lo hace, ya me dirás tú qué coño haces con cinco pesetas hoy.

Palabrota es culpa. La guarida de todos y cada uno de los reproches. La cueva donde van a refugiarse las sombras de cualquier relación. En cuanto se deja de buscar soluciones para buscar culpables, se está tapiando la salida, se está emparedando un sueño en vida, se está cerrando toda esperanza por defunción. Aprender a avanzar sin culpa es la asignatura pendiente de tantas parejas rotas que no cabrían ni en su propia tristeza.

Palabrota es lejos. Porque la distancia es la religión que practican los vagos. Sea la distancia a una meta, o al prójimo, da igual. Quien pone unos kilómetros por medio como motivo para no hacer algo, se está limitando a sí mismo, ya sea su altura moral o la talla de su vida, y siempre se verá superado por algo tan sencillo como una cinta métrica. O un triste GPS, qué más da.

Palabrota es falso. Porque la credibilidad ha sustituido al resto de los valores. Tú ya puedes ser lo que quieras, que si nadie te cree, estás jodido. Y esto hay demasiada gente que aún no lo ha entendido. La credibilidad es el cemento de todo prestigio. Y el prestigio es lo único que te puede salvar de la mediocridad, del olvido y de la nada. El largo plazo es la única esperanza para el que pretende crear valor. Pan para mañana y hambre para hoy. Dejemos de encumbrar a los honestos sólo porque hacen lo que deberían hacer todos los demás. Y prescindamos de los que no lo son, porque simplemente no nos merecen. Ya está.

Y para terminar, la más palabrota de todas, es imposible. La madre bastarda de todos los retos. El no hay huevos del corazón. Detrás de cada imposible está esperándote una nueva vida, algo que jamás llegaste a imaginar. Lo hicimos porque no sabíamos que era imposible. Lo conseguimos porque jamás lo dejamos de intentar.

Dejemos de decir palabrotas. Dejemos de creérnoslas. Eliminémoslas de nuestro vocabulario. Y a lo mejor, de ese modo, volveremos a ser personas bien educadas. Qué coño. Joder ya.»

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Por qué no volvemos.

Por qué no volvemos.

Artículo publicado el domingo, 12 de Octubre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Por qué no volvemos. Recuérdamelo, por favor. Por qué no nos queremos de vuelta, de segunda mano o de ocasión. Por qué. A ver, si es que había tantas razones, es que te juro que las había. Es que hasta las llegué a apuntar en algún sitio. Y ahora va y no las encuentro. Justo cuando más las necesito. Justo cuando sólo recuerdo todo aquello que juré olvidar. Así que si no te es mucha molestia, recuérdame por qué no nos dejamos de hostias. O por qué me las sigo dando yo.

Por qué no volvemos. Por qué me despierto y lo primero que hago es pensar en tus fotos. Pero si las metí en el fondo del cajón ese que ya ni abro. El de las cosas perdidas aposta. El de los recuerdos que son demasiado grandes para llevarlos encima. Malditas fotografías. Malditas emulsiones enmarcadas en vidrio. Escaparates de 15×9 que ya sólo te venden saldos, instantáneas con retraso de lo que pudo ser y no fue. Por qué las escondí allí, si se me agarran a la retina día sí día también. Por qué hago ver que no las veo, si no me hace falta ni mirarlas, si ya me las sé.

Por qué no volvemos. Por qué no dejo de seguir tus pasos. Por qué entro de puntillas en las redes sociales como quien entra a por algo que se dejó. Por qué analizo tus fotos, tus gestos, tus lugares y tus palabras. Por qué veo en cada nuevo amigo o contacto tuyo un potencial enemigo. Por qué me da miedo que me olvides con ellos, que me entierres sin mí. Por qué busco señales que al fin y al cabo tú ya no emites. Por qué. Eh. Por qué.

Por qué no volvemos. Por qué no he sido capaz de volver a sentarme en la única mesa maldita de nuestro restaurante. Por qué salgo todas las noches como si nada, como si jamás te hubiese conocido. Y por qué les acabo pidiendo a todas que hagan de ti. Que les gusten tus mismas cosas. Que se rían como lo hacías tú. Por qué las comparo siempre contigo. Qué culpa tendrán ellas de no alcanzarte. De no saber que me exististe. De no poder acabarse este final.

Por qué no volvemos. Por qué sigo mirando el móvil cada dos horas simplemente para ver si estás en línea. Por qué empiezo a escribir siempre el mismo mensaje. Uno que arranca con un por qué no volvemos. Uno que sigue explicándote cuánto te echo de menos. Que ya casi olvidé tus defectos. Que me quedé solo a soportar los míos. Que ya es mucho soportar para una sola persona. Y por qué, cuando acabo el mensaje perfecto, le doy siempre al borrado completo en vez de al enviar. Por qué no te llamo cuando tengo tantas ganas de hablar.

Por qué no volvemos. Dímelo, de verdad, tan sólo recuérdamelo una vez más. Aunque te cueste algún que otro esfuerzo. Hazlo por este pedazo de vida tuya que sigue a la deriva de los recuerdos. Por los viejos tiempos. Por este mal sabor de boca después de algo tan dulce. Por lo que fuera yo en tu vida. Por lo que sea. Por lo que fui.

Yo la verdad es que no he aprendido. Sigo estando igual. Me siguen haciendo daño las mismas cosas. Me siguen emocionando las canciones de siempre. Sobre todo ahora, que sé que en realidad todas me hablaban de ti. Me sigo haciendo muchas trampas al solitario. Me veo con los mismos amigos a los que les ruego que no me hablen de ti. Hasta que les acabo preguntando yo. Ah, y he vuelto al microondas, que cocinar para uno ya sabes que no vale la pena. Supongo que soy aún más difícil. Imagino que el gas noble de mis manías se habrá expandido hasta ocupar parte del hueco que dejaste tú. Y seguramente, a base de vivir conmigo, me habré vuelto mucho más yo.

Por eso, te podría decir que he cambiado. Que ahora sí que sí. Que ahora entiendo por qué no funcionó lo nuestro. Que por qué no volvemos. Que por qué no intentarlo, sabiendo lo que sabemos. Pero te estaría mintiendo, y lo haría simplemente para conseguirte de nuevo, para volverte a tener, para volverme a dar a ti.

Nos estaríamos engañando de nuevo.

Y volveríamos dispuestos a ello, tan sólo por lo mucho que nos queremos.

Tan absurdo como cuando estábamos juntos y tras cada silencio resonaba siempre la misma pregunta.

Por qué no lo dejamos.»

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Y si soy Risto.

Y si soy Risto.

Artículo publicado el domingo, 28 de Septiembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Y si soy Risto. Y si me he dado de alta en una red social de contactos. Y si me he inscrito justamente con esas cuatro palabras: Y si soy Risto. Y si aún nadie me cree cuando les digo quién soy. Y si todo eso me ha ocurrido la misma semana. Y si me sigue pasando hoy. Eh. Qué pasa. Qué.

Y si lo primero que he debido afrontar es el prejuicio del entorno. Pero si tú no lo necesitas. Pero si eso no es para ti. Pero si es sólo para desesperados. Pero qué haces tú en ese lío. Pero si es que te vas a meter en un follón. Y si al principio te dan ganas de justificarte, de encontrarle una explicación racional, como si tu vida fuese la primera edición de Gran Hermano, un mero experimento sociológico con fines humanitarios y en el que al final seguro que a base de descartes, encuentras a un ganador que se quede en la casa.

Y si pronto te das cuenta de que todo eso no es cierto. Que ya no es verdad. Que ni todos son desesperados -aunque alguno hay- ni estás haciéndolo tan mal. Que si lo haces es justamente porque no lo necesitas. Como si sólo fuese lícito actuar por necesidad. Y dejas de engañarte a ti mismo y a los demás. Lo que te mueve es el acierto o error. El mismo que te movió en tu vida personal, que no es que tampoco lleve una tasa de aciertos como para echar cohetes.

Y si soy Risto. Y si me divierte mucho entrar en el mercado de la carne digital. Aquél en el que los errores son detectados por un antivirus. Aquél en el que siempre existe la función de bloquear. Y si quiero tener siempre a mano un control z. Y si no pienso avanzar en nada que ya no tenga marcha atrás.

Y si desde el principio te hacen elegir si quieres hacer nuevos amigos, tener una relación o simplemente chatear. Vaya. Y si uno quiere follar, qué responde. Resulta que tengo que pasar por una mentira de todo menos piadosa. Por disfrazarme de otra cosa. Por ocultar mis verdaderos intereses. Y si todos mentimos. Y si todos van a lo que van. Y yo no, qué va.

Y si alucino con las fotos que la gente sube. Fotos hechas con la sana intención de gustar. Una foto de una chica sentada en el water. Otra de una maquillada por su peor enemiga. Muchas fotos en aseo de plato de ducha con postura de portada de Intervíu. Pasillos de casa de los padres convertidos en improvisada alfombra roja. Camas deshechas con actitud gatuna para alguna ocasión. Diosas de mercadillo buscando lentillas a cuatro patas en una sala de estar.

Y si me empiezan a contactar chicas. Y si alguna incluso me gusta. Y si casi todas me preguntan por qué me he reemplazado a mí mismo. Y si con ninguna sé muy bien que decir. Y si mi timidez se ha digitalizado y de pronto encuentra su propia expresión online.

Y si la mayoría se acaba aburriendo porque nunca paso a la acción. Y si me convierto en un triste mojabragas de las redes sociales. Y si todo siempre se va al traste porque no me atrevo a quedar. Y si lo que de verdad me pasa es que no me apetece mucho conocer gente nueva. Porque con la antigua hace demasiado que no me veo, y cada vez tengo menos tiempo al que encima le exijo una mayor calidad. Y si lo que me pasa es que follar me da igual. Dios, no puede ser que me haya hecho tan de mi edad. Con lo que yo he sido. Con lo que no fui.

Y si después un día sale la noticia: Risto se ha dado de alta en una red social de contactos.

Y si todo lo anterior en realidad me importa una mierda.

Y si me rechaza otra chica que vale la pena.

Y si me vuelvo a enamorar.»

 

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Convergencia y unión.

Convergencia y unión.

Artículo publicado el domingo, 21 de Septiembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que las cosas tenían una sola función. Un teléfono era un teléfono, y no servía para otra cosa que no fuese comunicarse con otro teléfono. Una cámara de fotos era una cámara de retratar, punto pelota. Y una agenda era tan inteligente como lo fuese su propietario. Ni más ni menos.

Como explica Bill Bryson en su libro “En Casa”, al final las cosas son fiel reflejo de las personas que hacen uso de ellas. Son nuestras intenciones cosificadas. Rutina en estado sólido. Y tal como ocurre con el camino más corto sobre cualquier césped, podemos saber mucho de nosotros mismos simplemente observando nuestras herramientas, y sobre todo cuánto y cómo las utilizamos. Porque al final, nos daremos cuenta de que nos utilizan ellas a nosotros en cierto modo también. Es una relación interesada. El gen es egoísta, el meme es egoísta y las cosas no van a ser menos. Su única forma de perpetuarse consiste en reencarnarse mudanza a mudanza, trastero a trastero, de armario en armario, de generación en generación.

Pero la vida se complica, igual que se complica cualquier relación. Y al final, uno acaba exigiéndole a la misma persona una oferta multifunción. Ahora que eres amante, seamos también amigos, ah y acompáñame en la vida, espera, y además quiero que me estimules intelectualmente, eh pero sorpréndeme cada día, no me digas que no te llevas bien con mis amigos, ésta es mi madre ¿eso de ahí es un delantal? Nace el concepto de convergencia, ya sea tecnológica o vital, que no dejan de ser una perversión. El famoso ya que estamos. El nefasto más difícil todavía. El maldito y ahora verás.

La otra persona, que lo único que pretende es no perder sus privilegios, hace lo que puede por adaptarse a semejante abuso de concentración de carteras. Y un día, sin venir a cuento, nos damos cuenta de que no. De que nos hemos equivocado. Porque no lo hace todo tan bien como pensábamos. Y los hay que hasta vuelven a la divergencia, que es una forma fina de decir que se buscan un amante.

Un día, nuestro teléfono se convirtió en nuestra cámara. Y desde entonces se acabó la necesidad de seleccionar qué valía realmente la pena ser retratado. Y méritos como el de pasar a la posteridad, o el de estar en el lugar correcto en el momento adecuado con el equipo necesario, perdieron todo su valor. Además, eso nos convirtió a todos en becarios del paparazzismo. Pero es que luego, ese mismo gadget asumió también las funciones de principal y casi único reproductor de música de nuestras vidas. Se quedó con el monopolio de nuestra banda sonora. Nacionalizó nuestros momentos de evasión. Y desde entonces, se acabó algo tan fundamental como las llamadas con música de fondo. Cuánto daño habrá hecho la convergencia en las conversaciones telefónicas entre amantes y amados.

Y lo peor no es eso. Lo peor es que si estás en contra de la convergencia, parece que estés en contra del progreso y de la evolución. La convergencia se ha apropiado del concepto de lo que está bien. Y hay un consenso generalizado en que dos funciones son siempre y en todo caso mejores que una. Eso es porque aún hay gente que no ha hecho suficientes tríos. Gente que cree que su batería podrá con todo. Y luego, pasados los 30, te das cuenta de que no.

Yo lo que siento es que haya cada vez más convergencia y menos unión. De hecho, creo que cuanta más convergencia tenemos, lo que observo en términos generales es menos unión. Igual es que para unirse de verdad hace falta simplificarse, quitarse de encima todo aquello que no resulte imprescindible, desapuntarse de lo superfluo. Igual es que, a veces, más es menos y mucho es aún peor.

Y mientras, tú, pensando que te iba a hablar de política.

Lo ves como estamos fatal.»

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Qué mal nos queremos.

Qué mal nos queremos.

Artículo publicado el domingo, 14 de Septiembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Qué mal nos queremos. Qué mal andamos de cariño del bueno. Qué poco nos paramos a darnos lo nuestro. Y ya no digamos lo de los demás. Qué pronto se acabó lo que se nos daba, si es que se nos dio. En este déficit emocional globalizado y transnacional no existen ya ni clases medias ni clases altas, aquí todos somos mileuristas de un amor hipotecado, aquí todo el mundo es un sin techo de amor del que duele cuando sana, amor del de verdad.

Y todo por querernos mucho, muchísimo, sí, pero mal, con lo cual acaba siendo peor el remedio que la enfermedad. Porque cuando algo es malo y sin embargo escaso, no hay que preocuparse demasiado, es mucho más fácil de evitar, y ya no digamos de erradicar. Pero si encima te lo profesan en cantidades industriales, si hablamos de una pandemia a nivel mundial, inténtate tú escapar. Es imposible. Y así nos va.

Qué mal nos queremos. De verdad. Existen quereres de los que damos por descontados. Su único gran defecto es que siempre estuvieron ahí, sin pedir nada a cambio, sin hacer demasiado ruido y tampoco hubo que hacer mucho para currárselos. Es el querer de una madre, sí, pero también cualquier amor que llegue demasiado pronto, demasiado fácil, demasiado incondicional, ése que cuando te vienes a dar cuenta de que lo tenías, te giras y ya no está. Y es entonces cuando empiezas a echarlo de menos. Cuando ya es tarde. Cuando ya no se le puede corresponder… ni apartar.

Y es que no sé si lo ves, pero mal, nos queremos un rato. Mira el amor propio, el amor a uno mismo. Ése que alguno confunde con soberbia o prepotencia y a otros les da vergüenza manifestar. La gente aquí no tiene punto medio: o se pasa de frenada, como es mi caso, o en su vida no lo llega ni a probar. Esta última es la humildad mal entendida, la que te divide día a día como individuo y te apaga como una vela en medio de esta tempestad a la que llamamos rutina. Lo necesario que es pasar más tiempo con uno mismo, para poder pasarlo con los demás. Lo difícil es encontrarle el punto, apretarle a la vida, exigirle siempre un poquito más. Conocer los propios límites y ponerlos cada día a prueba, y comprobar que cuando tú te acercas, siempre se acojonan y acaban refugiándose un poco más allá.

Y así no es de extrañar que haya gente que se quiera tan flojo. Nos enamoramos y hacemos ver que nos da igual. Vayamos poquito a poco, no te vaya a soltar un te quiero demasiado pronto, no nos vayamos a precipitar. Como si esto que te sale del corazón fuese agua del grifo. Ahora lo caliento, ahora lo enfrío. Ahora le doy a chorro. Ahora gotita a gotita y no más. Y el día menos pensado se te olvida quitar la llave de paso y te encuentras flotando empapado en medio de tu propia soledad. Uno no elige cuándo ni de quién se enamora, como tampoco se puede elegir la velocidad. Falacias que nos contamos a nosotros mismos, tratando de convencer a un amigo que ya hace tiempo que ni nos cree, ni nos ha dejado de escuchar.

Dentro de este ramillete improvisado de amores nocivos, no podíamos olvidar los que encuentran placer simplemente en hacerse daño. Los yonkis de la intensidad. Es difícil llegar a admitirlo, pero algunos lo consiguen. Y entonces qué. Porque destruirse es como acariciarse: por muy bueno que seas contigo mismo, siempre hay alguien que lo hará mucho mejor por ti. Aunque sea porque llega adonde tú no llegarías jamás. Y es que nadie me hiere como tú.

Qué mal nos queremos cuando quererse es atraparse, meterse en una urna y verse marchitar. Entramos en el mundo de los reproches, de las libertades fingidas, del tú verás, del te quiero tal como te imagino. T’estimo, ets perfecte, ja et canviaré.

Y para terminar, para que nadie se sienta excluido, aplaudamos la inmensa horda de amores pantalla. Los que lo son de cara a la galería, porque a nadie se le ocurre nunca profundizar. La cantidad de parejas que cenan siempre en silencio. Parejas que si se cuentan el día, lo hacen como quien repasa sin hambre la carta. Parejas que han olvidado que el hecho de hablar no tiene nada que ver con el acto de comunicarse. Para lo primero basta con mover la boca y emitir fonemas. Para lo segundo, además, hay que mover el corazón. Propio y ajeno.

Y hablando de ajenos.

Por muy mal que nos queramos todos, jamás olvides que siempre estarán peor los demás.

A que sí, cariño.»

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Diccionario Básico Miquelet – Botifler / Botifler – Miquelet, edición 2014.

Diccionario Básico Miquelet – Botifler / Botifler – Miquelet, edición 2014.

Artículo publicado el domingo, 7 de Septiembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Artur Mas: tu President naranja, y cada día el de menos gente.

Asamblea Nacional Catalana: organización con 53.800 cotizantes que, tras ser hackeada, no ha sido capaz de filtrar ni un triste selfie guarrillo.

Bandera: trozo de tela. Al principio siempre encoge y a la larga todas destiñen.

Barcelona: capital universal y cosmopolita que últimamente se conforma con la capitalidad de Catalunya.

Botifler: dícese del que practica su amor a Catalunya con demasiada independencia.

Catalunya: territorio, sentimiento y punto de partida que, como todos los territorios, sentimientos y puntos de partida, se hace más grande cuanto más lo compartes.

Consulta: delito, en español.

Democracia: recolecta pública de papel higiénico con el que tus políticos se limpiarán los próximos cuatro años.

Diada: su propio nombre lo indica, día que da. Miedo, ilusión o pereza, según el barrio en el que uno esté empadronado.

Estatut: la precuela de “Voluntad de un Pueblo”, fin de la trilogía “El Tripartit”.

Felip Puig: presunto hermanísimo.

Generalitat: oficina donde se despachan, como mínimo, el 3% de los asuntos de este país.

Hemeroteca: la vergüenza del incoherente, del mentiroso y del ladrón. Vaya, que los que se salvan es porque aún no llevan suficiente tiempo en el ajo.

Inmigración: fuente de todos nuestros males, salvo en aquellos casos en los que acepten los trabajos que no queremos ni tú ni yo.

Jordi Pujol: después de lo que ha hecho, puedes llamarle Jorge.

Junqueras: el President del President.

Kilos: lo que se llevaban los Pujol a Andorra mientras tú sufrías por haberte traído un After Eight, todo presuntamente, claro.

Ley: aquello que para CiU está debajo de la Democracia y para el PP está encima, con lo bonito que es hacerlo de pie.

Marta Ferrussola: Guía turística con vocación de GPS. Tú pregúntale y ella te indicará con claridad meridiana adónde te manda.

Millet: un señor que aún pasea.

Miquelet: dícese del que practica su amor a la independencia con demasiada Catalunya.

Nóos: o la nobleza de sacarle la pasta a los plebeyos.

Oriol Pujol: dotándole de nuevos significados a la palabra concesionario desde 1966.

Palau: proyecto de hotel.

Quico Homs: Sancho Panza, con algo menos de barriga y sin burro. Que se sepa.

Rajoy: no, en catalán.

Referendum: figura mítica, el unicornio de la democracia.

Regeneración Democrática: hagamos ver que lo cambiamos todo para que todo pueda seguir igual.

Robar: gestionar dinero público para mostrarle el camino más corto hacia mi bolsillo.

Sánchez-Camacho: tendrá muchos defectos, pero lo que sí ha demostrado es que sabe escuchar.

Tricentenari: de momento, más de 6 millones de euros en actos y festejos que serán muy celebrados en escuelas y hospitales catalanes.

Unió: el Silencio de los Corderos, pero en vez de con máscara, con barretina.

Urdangarín: otro que aún pasea.

V: una serie sobre lagartas alienígenas que comían ratas.

Via Catalana: 400 km de sueños, indignación, hartazgo y rabia. 50 km según la Delegación del Gobierno.

Victoria Álvarez: la garganta profunda del Pujolgate.

Votar: últimamente, equivocarse a sabiendas.

X: calificación de películas para adultos, metáfora de lo que harán contigo tarde o temprano tus gobernantes.

Yo: un votante sin voz ni voto.

Zzzz: vale, vale, me vuelvo a la cama.»

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De qué hablo cuando hablo de descansar.

Artículo publicado el domingo, 20 de Julio de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Lástima que terminó el festival de hoy, pronto volveremos con más diversiones. Si no has podido evitar cantarlo mientras lo leías, enhorabuena porque a estas alturas la vida ya te habrá enseñado lo que es una estría, el ácido fólico y una colonoscopia.

El caso es que yo también me voy de vacaciones y dejo de dar por un tiempo la vara en esta mi amadísima página. Sí, ya sé que preferirías que siguiera encadenado al ordenador mientras tú disfrutas de tu tan merecido descanso.

Pero uno también tiene una vida. O algo así. Y también necesita descansar. O algo parecido.

Estoy hablando de despertarte cuando sea y no cuando toque. Obligarte a no abrir los ojos hasta que te lo exija el cuerpo o la vejiga. Quedarte soñando hasta que salgan los créditos. Y utilizar las ganas como único despertador. Salir de la cama como quien se quita un yeso. Liberado y torpe, arrugado y sin ninguna flexibilidad. Desayunar antes de meterte en la ducha, y no al revés.

Vestirte con lo mínimo indispensable para evitar rozaduras. Salir a la calle y olvidarte el reloj. O el móvil. Y a veces, hasta la cartera. Sentarte en un sitio simplemente porque hace una sombra que no se puede aguantar. Tratar de adivinar el día de la semana que debe de ser hoy. Leerte un periódico de cabo a rabo y darte cuenta en la última página que es el de hace dos días. Comprarte el de hoy y tampoco hallar tantas diferencias.

Empezar por fin ese libro que tanto te apetecía leer. Y acabar dejándolo a medias por falta de tiempo. En vacaciones, sí. Ya. Vale. Acabarte otro libro y no estar muy seguro de si en algún momento lo llegaste a empezar. Releerte a Murakami de pe a pa.

Bajarte a la playa. Buscar tu lugar en el mundo en ese patchwork toallero cosido por una delgadísima costura de arena fina, la cual sólo remonta el vuelo en cuanto ve posibilidades de colarse por cualquiera de tus orificios.

Tumbarte de un lado. Contar minuciosamente los minutos para darte la vuelta y permanecer el mismo tiempo del otro. Desarrollar de memoria y sin ayuda externa una tesis doctoral sobre la sofisticada ciencia del moreno uniforme aplicado a un corpúsculo blanco nuclear. Versión 2014. Ahora con más arrugas. Y más pecas. Ojo con ese lunar. Me vigilas la toalla, que me remojo y vuelvo. Este calor no hay quien lo sude. Que me vuelvo al bar.

Quedar para comer con unos amigos. Que lleguen todos tarde y que a todo el mundo le dé igual. Se habrá quedado siempre por aproximación. Tanto en el espacio como en el tiempo. Así seguro que nadie se equivoca. Porque esa es otra máxima del descanso. No hay nada que exigir, porque no ha habido nunca mayor exigencia. Ya nada importa porque todo lo que queda es lo importante.

Alargar la sobremesa. Empalmarla con una cena. O con dos. Levantarse de la mesa a la luz de la luna. Dedicarle a ella esos cuantos kilos de más. Pasar por casa sólo para quitarse la arena. Y volver a salir hasta que no haya más que vivir por hoy. Jamás irte a dormir por lo que vaya a pasar mañana. Sino por lo que ya no vaya a pasarte hoy.

Amar la vida. Pensar, divagar, filosofar. Arreglar el mundo varias veces antes de perder el hilo de lo que se estaba diciendo. Y mientras tanto, atender religiosa y puntualmente a las cuatro F: follar, follar, follar y follar.

En definitiva, cambiar de rutina. Estrenar nuevos modos de aburrirse. Llegar a echar de menos todo aquello que el resto del año te acabó hartando. Y eso sí, un año más, como siempre, odiar la playa. Todavía más.

Y así volver en septiembre.

O quizá no.»

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Tienes talento.

Tienes talento.

Artículo publicado el domingo, 13 de Julio de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Tienes talento. No te conozco de nada, pero ya sé que lo tienes. Y si yo lo sé, tú deberías saberlo ya. Créeme, que de esto algo he aprendido, que de esto algo sé. Te lo dice un jurado de talent-shows que ha visto unas cuantas decenas de miles de concursantes tratando de demostrarlo e incluso triunfando a pesar de mis esfuerzos por hacerles fracasar.

Tienes talento. Entendido como lo entiende José Antonio Marina, inteligencia bien dirigida, que elige adecuadamente sus metas y los medios para conseguirlas, y ahí que va. Imparable, implacable, rotunda y eficaz. Entendido también como lo entiendo yo, talento como capacidad de provocar algo en los demás. Si eres un líder, capacidad de hacer que te sigan. Si eres un artista, capacidad de conmover, de emocionar. Si eres un contable, capacidad de que todo encaje.

Porque tienes talento. Puede que aún no te hayas dado cuenta, pero oye, ahí está. Escondido entre tus frustraciones y tus miedos al qué dirán. Igual está disfrazado de hobby, vestido de algo que siempre haces simplemente por disfrutar. Aquello que te daría vergüenza tener que cobrar, porque harías con gusto incluso gratis. Aquello que piensas que deberías pagar para poderlo desempeñar. Aquello que jamás llamarías trabajo. Aquello de lo que jamás te quieras jubilar.

Tienes talento. Esa habilidad para sorprender al que te lo descubre. Ese don, ese no sé qué. Esa facilidad. Seguramente te cueste creer que alguien pueda llegar a valorarlo algún día. Pero esa persona existe, y seguramente no esté sola, seguramente sean más.

Entre lo que te gusta y lo que se te da bien está lo que les gusta a los demás, que es lo mismo que decir que en algún lugar, en algún momento, existirá un grupo de personas dispuesto a compensártelo. Una vida sin trabajo ni obligaciones te está esperando si aciertas con aquello a lo que te quieres dedicar. No está mal, como promesa ni como beneficio racional.

El problema no es, por lo tanto, tener talento. Eso ya hemos quedado todos que ahí está. El problema está en descubrirlo a tiempo. Antes de que la vida te haya hipotecado. Antes de que te dirijan la vida unas cuantas facturas que sí o sí, algún día, tendrás que empezar a abonar.

Cómo despertamos a tiempo. Ésa ha sido y sigue siendo la verdadera tragedia de toda la humanidad, desde que el hombre es hombre y desde que la mujer no ha tenido más remedio que mirárselo y aguantar, hasta hace muy muy poco. Porque incluso eso ya está empezando a cambiar, menos mal.

De ahí que, cuando se es joven, lo inteligente sea endeudarse. Una solución que propone otro sabio, Alfons Cornella, y con la que no puedo estar más de acuerdo. Se trata de conseguir los medios para hacer lo que quieras, que como tienes talento, ya los devolverás.

Y si ya no eres tan joven, tampoco hay excusa, pues nunca es tarde para empezar a respirar. Ahí está Sir Alexander Fleming, descubriendo la penicilina a la tierna edad de 47 primaveras. O un cartero de Los Ángeles que en 1969 dejó su trabajo para acabar publicando su primera novela rondando ya los 50 tacos. Igual te suena, se llamaba Charles Bukowski. Y qué me dices de un tal David Chase, que creó una serie de televisión una vez pasados los 54, a la cual tituló así: Los Soprano.

Por lo tanto, si el problema no es tener talento, porque lo tienes, si el problema no está en llegar a tiempo, porque aún lo estás, si el problema no está en haberse dedicado toda la vida a lo que uno se debería haber dedicado, ni siquiera los medios con los que uno cuenta para arrancar. Si el problema no es nada que tenga que ver con todo eso, mírame a las gafas y respóndeme.

Dónde.

Está.

El.

Puto.

Problema.»

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Artículo publicado el domingo, 06 de Julio de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«La humanidad no se divide en hombres y mujeres. Creo que ya deberíamos haber superado eso. Para empezar, porque eso significa confundir sexo con género. Y somos lo bastante mayorcitos para saber que no es así. Pero sobre todo, porque eso es obviar lo que realmente divide a los seres humanos a la hora de enfrentarse a la vida, que poco o nada tiene que ver con lo que tienen entre las piernas.

Tampoco creo que sea de recibo pensar en la atracción por un sexo u otro para determinar la posición de cada uno. Eso vuelve a ser retrógrado, manido y demasiado simplista. Yo creo en que hay hombres muy tía a los que les gustan las mujeres y que hay tías muy hombre que se sienten atraídas por el otro sexo. Hay tías muy hombre que se sienten atraídas por otra mujer y por supuesto tías muy tío que hacen lo propio. Lo mismo para nosotros. Y si, también hay mujeres muy mujer y hay machos muy machos. Y todas las combinaciones que podamos imaginar entre medio.

Por eso también al menos a mí me gustaría que fuésemos dejando de decir “soy” gay o “soy” hetero. No deberías “ser” nada diferente por el hecho de que te gustase alguien del mismo o de distinto sexo. La sustitución de ese verbo “ser” por otros menos “existenciales” y “trascendentales” sí que debería ser un motivo de orgullo. Y satisfacción.

Pero entonces, ¿cómo lo hacemos? ¿De qué manera nos enfrentamos al reto continuo que supone pasar de simplemente respirar a, además, existir?

Yo creo que deberíamos dejar de identificarnos en nuestro DNI con un género, pues ya hemos quedado que eso es estúpido. Pero es que además, creo que nos iría mucho mejor si nos identificáramos con una pregunta. Al fin y al cabo, las preguntas son eternas, son las respuestas las que van cambiando. Al fin y al cabo, todos abrimos un interrogante al nacer y nos pasamos la vida tratando de cerrarlo, sin darnos cuenta de que cada decisión planteará nuevas preguntas que saldar.

Somos una pregunta con patas. Somos el final de toda contundencia, el principio de todas las dudas que vendrán. Vidas retóricas en busca de respuestas que jamás nos darán. Y en ocasiones, hallamos la respuesta a otra pregunta que ni nos habíamos planteado, pero que ahí está. Y nos casamos con ella. O la dejamos pasar. O cualquier punto intermedio entre las dos.

Hay gente por qué. Se pasan la vida preguntándose eso, a ellos mismos y al resto del mundo. Por qué a todo. Y si no se lo contestan, te lo preguntan a ti. Y si tú no les das respuesta, la buscan en datos y hechos. Y si no los encuentran, van a por ellos. Algunos se los llegan a inventar. Tenemos que estarles muy agradecidos a los por qué, pues son las personas que nos han ayudado a evolucionar como civilización. Básicamente lo forman tres grupos, los científicos, los filósofos y las exparejas. Cierto es que el carácter femenino es muy por qué. Pero insisto, no se confunda con el género, pues no siempre coincidirá. Ni mucho menos.

Después está la gente para qué. Ante cualquier problema, es la primera pregunta que se plantean. Si no tiene utilidad, simplemente es una pregunta inútil, gratuita y descartada. Es la pregunta de los ingenieros, de los mecánicos y de la gran mayoría de los hombres de este planeta. O como mínimo, de los tíos demasiado tíos. Los para qué son los que sienten que si alguien les explica un problema, es para que les ayude a encontrar una solución. Y se la dan. Y no entienden el valor analgésico de simplemente compartir lo que te pasa, sin estar pidiendo a cambio un consejo. Los para qué viven felices hasta que se enamoran de un por qué. Y no me preguntes ídem, pero siempre acaban con uno de ellos.

Por último, pero no menos importante, está la gente por qué no. Estos sí que van muy buscados. Y no precisamente para hacerles un homenaje, sino para quitárselos de en medio. Son los más peligrosos del mundo. Porque son los que lo acaban cambiando de verdad. Por eso nunca se enamoran de algo que ya existe. Su único amor verdadero es aquello que todavía está por inventar.

Al final, seas del grupo que seas, tarde o temprano descubres que buscar la felicidad jamás está en encontrar todas las respuestas.

Sino en conocer cada vez más preguntas.»

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Hoy tengo gamas de ti.

Hoy tengo gamas de ti.

Artículo publicado el domingo, 29 de Junio de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Una relación jamás se rompe. Como mucho, uno de los dos, cualquier día, constata el roto. Pero la relación ya venía rota para entonces.

Pudo romperse en un gesto, en una decisión o en una epidemia de decepción que te dejó al amor en cuarentena, en algo en un principio imperceptible e inocuo pero que a la larga acabó dejando sin aire a quien creía tener aliento para sobrevivirse a los dos. O también pudo romperse durante un proceso, lo que dura el descubrimiento de lo que creías ya conocer, y sin embargo te das cuenta de que no. Un día descubres que el claroscuro no es sólo una técnica sino una manera de entender el alma, y ese día ya te es imposible estar enamorado sin dejar de buscar la razón para dejar de estarlo.

Lo que sí te deja cualquier relación son más colores en tu paleta de sentimientos, son muchas más capas en ese cuadro emocional al que llamamos vida. Un cuadro que, como en aquel de Van Gogh en el que fue descubierta una escena de lucha bajo un bodegón, se ha ido pintando encima una y otra vez, enterrando al que un día lo llenó todo y que ahora aún está ahí, aunque ya no se pueda ni se deba estudiar. Porque lo seco que hay debajo igual no te gusta. Porque lo fresco que hay encima igual no te acaba de encajar.

Quien lo pinta no es consciente de lo que tapa. O quizás sí. Al caso, es lo mismo. De manera consciente o inconsciente, ese alguien tarde o temprano descubre que el color ya no aplica directamente sobre el lienzo blanco e inmaculado, con lo que ya la pintura no agarrará igual, pues ya nunca más volverá a ser un color sin impurezas, con lo que necesitará aplicar más cantidad para conseguir el mismo efecto, o como mucho, similar.

También verá que, sin salirse del marco, debe saberte ocupar. Eso sí que acaba siendo todo un arte. Inundarte sin que te llegue a ahogar. Esparcirse sin llegarse a dispersar. Dejarlo todo amado y bien amado.

Y uno va acumulando gamas. Y desarrollando matices. Y acumulando bocetos. Y trazos por esbozar. Sea cual sea tu estado, siempre habrá un momento en cualquier relación en el que te preguntes y qué pinto yo aquí. Y ahí es donde te empiezas a barnizar.

Un día echas de menos los tonos cálidos. Ver una peli refugiado en otra piel, alimentarte sólo de palomitas y sexo y dejar que llueva sobre el resto del mundo mientras ruge el fuego en esa chimenea que jamás tendrás.

Otro día te descubres anhelando colores fríos. Borrarlo todo, comprar nuevo lienzo, tener una nueva película que poder estrenar. Empezar de Cero, como canta Dani Martín, que más que un tema ha compuesto un himno generacional.

Y en cualquiera de los dos casos, lo que sí vas descubriendo lámina a lámina son nuevas gamas de grises. La única que jamás deja de crecer. La duda como único credo creíble. La única religión basada en la curiosidad.

Y antes de acabar el cuadro, volver a estampar tu firma y exponerte, ya sea en un museo, o en una galería comercial, no hay que olvidarse nunca del título, dejar patente ante cualquier marchante las palabras que mejor describan esta obra de arte con brocha gruesa que configura tu historial sentimental. Puedes titularlo con algo que suene a canción de Miguel Gallardo, novela de Moccia y peli de Mario Casas.

O puedes optar por un título más realista, cotidiano y vulgar.

Recién pintado.»

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