Cartografía ignorante.

Cartografía ignorante.

Publicado el miércoles, 16 de marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

risto“Nos reímos del Pequeño Nicolás porque admite en televisión que no sabe dónde está Australia, y las búsquedas de la palabra “Australia” se disparan en la red justo en ese momento, qué casualidad. Nos indignamos con los 5 años de conflicto sirio, cuando la mayoría no sabría ni situarlo en el mapa. Y hablando de Siria, nos abochorna el trato que reciben los inmigrantes, mientras el perfil de @hotmigrants triunfa en Instagram a base de mostrar chulazos inmigrados. Parece que el bimoralismo ha llegado para quedarse y ya podemos declarar oficialmente que somos de una pasta en público y de otra muy distinta online. Bienvenidos al paraíso del postureo hipócrita y bipolar, donde la vida íntima y la pública son nuestro Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

De todo, lo que más me fascina es nuestra gestión de la ignorancia. O mejor dicho, lo que hacemos con ella. No hace falta irse hasta Sócrates, el mismísimo Einstein reconoció que todos somos muy ignorantes, lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas. Es de nuestras primeras elecciones importantes: cuánto decides ignorar. Unos deciden ignorar mucho de muy poco, a cambio de saber muy poco sobre muchas cosas, y se llaman a sí mismos generalistas. Otros deciden hacer todo lo contrario, y se convierten en especialistas. Y aún así todos, los unos y los otros, descartamos millones de terabytes de cosas que no sabemos y seguramente no aprenderemos jamás.

Los mapamundis europeos anteriores a la conquista de América eran dibujos completos: lo que no se sabía, se lo inventaban con extraños fosos y animales mitológicos. En cuanto se supo que las Indias no eran las Indias, se descubrió la oportunidad de borrar, dejar espacios en blanco y volver a dibujar.

En algún momento la ignorancia pasó de ser el motor del sabio para pasar a ser la medalla del idiota. Y hoy en día, es casi peor que el fracaso. Morimos antes de reconocerla. El único sitio en el que podrás ver a un paisano admitiendo que no sabe nada de nada, es en un juzgado. O sea, que encima tendrá todos los números de ser mentira.

Igual te ha pasado alguna vez. Estás hablando con alguien y de repente tu interlocutor da por hecho que ya conoces aquello que te acaba de mencionar. Puede ser una película, un libro o una anécdota, da igual. El caso es que tú llegas tarde a corregirle y de pronto ya no procede hacer lo que tocaría: parar, rebobinar y aprender. Las frases se agolpan una tras otra, enterrando para siempre esa oportunidad y ahí estás tú, asintiendo cuando deberías negarte a continuar.

La ignorancia aún nos avergüenza, cuando deberíamos retomarla, abrazarla y reconocerla como lo que es: una oportunidad para borrar nuestro mapa y volverlo a dibujar.”

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Hacer caso.

Hacer caso.

Artículo publicado el domingo, 13 de Marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

“La secuencia es siempre la misma. Alguien pretende que hagas algo. Cualquier cosa que ese alguien desea que hagas, sea por su propio beneficio, sea por el tuyo, sea por un tercero, da igual. Y ante esa petición, tú tienes dos opciones. Sí, sólo dos, se trata de las pocas situaciones binarias que hay en la vida. Como embarazarse. Como equivocarse. Como ser infiel, o mejor dicho, desleal. En este caso, o le haces caso o no se lo haces. No hay punto medio. On y off. Blanco y negro. Hu há.

Hacer caso no es obedecer. Puede que se parezcan en su significado, pero sus grafías dibujan cosas muy distintas. La obediencia es seguidismo pasivo o sumisión activa, según se mire. Acatar la orden, sin más. No conlleva más mérito que seguir la norma, pactada o no. En todo caso demuestra una decisión previa de respeto ante las normas de convivencia y la legalidad. Por eso, la obediencia nace. El caso, en cambio, se hace. Se fabrica. Se moldea con las propias manos aquí y ahora. No es algo que puedas comprar hecho. Lo tienes que manufacturar para cada ocasión. Y siento cada vez más respeto por las cosas que no se pueden prefabricar.

De ahí que sienta tanto respeto ante la gente que entiende esta diferencia y, manteniéndose obediente, decide no hacer caso. Porque donde existe demasiada diferencia entre ambas es allí donde anida toda injusticia. Mandela fue obediente y acató prisión injusta durante 27 años, pero jamás hizo caso del apartheid. Gandhi fue un obediente abogado licenciado por el University College de Londres, hasta que se negó a viajar en un vagón de tercera clase por el mero hecho de ser “de color”. Y así Luther King, Claudette Colvin, Rosa Parks. Obedecer sí. Hacer caso, jamás.

Trabajo desde hace casi 20 años en el sector servicios. El sector donde un día alguien dijo que el cliente siempre tenía la razón. Cuánto daño ha hecho esa frase, dios. Imagínatela en manos de un médico, o peor aún, cirujano. El paciente siempre tiene la razón. A mí que no me ponga las manos encima ningún galeno que piense así. Pues en marketing ocurre un poco lo mismo.

El día que creces como profesional es el día en que decides darle a tus clientes lo que crees que les conviene, lo cual no siempre coincide con lo que te están pidiendo. “La gente no sabe lo que quiere hasta que se lo muestras”, mi frase favorita de cierto fundador de Apple con el que tanto nos gusta posturear. Al final, mis clientes pagarán la campaña que quieran comprar, y si no les gusta lo que les ofrezco, al que no le harán caso será a mí, me echarán a la calle, como alguna vez ha pasado, y como seguro volverá a pasar. Pero intentaré que lo hagan siempre con algo que yo creo que les convenía más que lo que me estaban pidiendo, y por supuesto con la sensación de que esta vez el equivocado puedo haber sido yo. Obedecer sí. Hacer caso, jamás.

Un amigo es alguien que te conoce tan bien y te quiere tanto que jamás te hace caso del todo. Por tu bien, por el suyo, por el de los dos. Si es amistad verdadera, resistirá el paso del tiempo, pero sobre todo el paso de ti. Los consejos, el yo de ti haría, el yo en tu lugar… están de más en un espacio de verdadera amistad. Nadie es más que nadie cuando se quiere y se piensa resistir hasta las últimas consecuencias, hasta el final. Ya no hay árboles ni bosque, los talamos todos para construir este barco sobre el que vamos los dos de igual a igual y dispuestos a naufragar. Nos equivocaremos juntos, tú dale que yo te sigo incluso en mi desacuerdo.

Y si esto es así con los amigos, imagínate con la pareja. Esa amistad de la que has decidido enamorarte. Tu pareja no es pareja si sólo te dice las cosas que sabe que te gusta escuchar. Tu pareja no es pareja si nunca te ha dicho que te equivocas. Si no has discutido y entendido la discusión como una de las formas más puras y desinteresadas de amar.

Hazme caso. Tú obedece. Pero jamás hagas caso. A mí, para empezar.”

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Cuatro pueblos.

Cuatro pueblos.

Artículo publicado el domingo, 6 de Marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

“Si la elegancia es donde dices basta. Si plantarse es comenzar a echar raíces y por fin dar tus frutos. Si la estupidez es sólo la forma más extendida de desproporción. Como la fealdad. Como el recuerdo. Como todo lo que hoy, inexorablemente, vas a olvidar. Y si para avanzar a veces es necesario que te detengan por malvada y peligrosa. Hoy me bajo de mi propia inercia para reflexionar sobre lo que hay que hacer para pasarse de verdad. Cuáles son los cuatro pueblos que, llegado el caso, jamás hay que dejarse atravesar. Si alguna vez te pasaste cuatro pueblos o se los pasaron contigo, éste es el mapa de tu arca perdida, ahí va la hoja de ruta que como diría el poeta, nunca se ha de volver a pisar.

El primer pueblo es un lugar llamado Respeto. El principio de todos los desvaríos. El kilómetro cero de las relaciones hacia ningún lugar. Te diría que así a priori un respeto se lo merece cualquiera, pero tampoco te voy a engañar. El respeto no se exige. El respeto se gana. Y ojo con dónde lo guardas, es lo único que por mucho que tú hayas ganado, siempre te lo van a perder los demás. Basta con una palabra fuera de tono. Un todo lo que eres me da igual. O a veces, basta con tratarte como más idiota aún de lo que ya te sientes. Asumir que pueden tomarte el pelo en tu puñetera cara y encima a ti tiene que darte igual. Y a partir de ahí descender peldaño a peldaño por una herida con forma de escalera de caracol hacia la destrucción total. Créeme, sé de lo que me hablo. Lo he perdido y me lo han perdido más veces de las que soy capaz de recordar. Por eso estoy en disposición de reivindicarlo. Por eso ahora me siento con toda legitimidad. Porque nadie lo echa de menos hasta que de pronto nadie sabe dónde está. Y es entonces cuando es demasiado tarde. Es entonces cuando hay que salir del sistema y volver a entrar, o como dicen los informáticos cool, resetear.

Así llegamos al segundo pueblo que los organismos internacionales bautizaron en su día como Dignidad. La dignidad es respeto en posición de enfado. De ahí viene cualquier palabra que derive indignada. Indignada de cuando no queda ya nada de eso, de dignidad. Cuando alguien la esgrime y la reivindica, eso es que algo muy malo y muy desagradable o bien ha pasado o bien está a punto de pasar. Por eso, pasarse este pueblo sí que tiene principios, pero aún nadie le ha encontrado ningún final.

El tercer pueblo no es un lugar, sino muchos. Porque está localizado en algún lugar del Arrepentimiento, que es como el ombligo, cada uno rodea sólo al suyo, y como ocurre con los ombligos, jamás encontrarás dos iguales, todos tan feos como inútiles. Tuvieron todo el sentido en su día, pero fuimos consciente de ellos en cuanto ya no los volvimos a necesitar. Es la zona cero de la culpa, donde todos los conflictos llegan justo después de firmarse la paz.

Y así es como llegamos al último pueblo. Si te pasas éste, iba a decir que te despidieses de todo y de todos, pero me estaría equivocando, una vez más. Porque este pueblo no es otro, este pueblo eres tú. Cuando ya no te reconoces ni a ti mismo, eso es que te has perdido para siempre y de verdad. Te miras, te escuchas y dices y éste quién es. Ahí es donde tampoco debes cometer el error de rechazarte, porque eso que has encontrado también eres tú. Aunque no te guste. Aunque te dé mucho asco. Aunque tus mapas no llegaran a verlo, aunque tu concepto de ti mismo se haya quedado sin cobertura. Las cloacas de tu carácter huelen así. Son los bajos fondos de tu personalidad. El lugar al que sólo tiene sentido acceder para hacer una cosa: quedarse y ponerse a desinfectar.

Pasarse cuatro pueblos es mucho más que llegar tarde a cualquier pronto.

Pasarse cuatro pueblos es darse cuenta de lo pequeño que eres como ciudad.”

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Caer bien.

Caer bien.

Publicado el miércoles, 2 de marzo de 2016, en ElPeriódico.com.
risto“Mira que me caes mal, pero aún así coincido al cien por cien con el último artículo que has escrito, así que lo voy a compartir en mis redes sociales avisando, eso sí, de lo mal que me caes”. La escena se repite cada vez que publico algo que toca conciencias, almas, corazones o simplemente hueso. Y yo que me alegro, oye. Al final, reconocer la contradicción propia es el principio para superar tus prejuicios. No te lo tomes a mal si me importa un carajo. Sobre todo, porque yo no escribo para caerle bien a nadie. Ni aparezco en los medios para caerle bien a nadie. Ni hago nada de lo que hago para caerle bien a nadie. No soporto el sentimiento de caer bien. Ni siquiera cuando a mí me ocurra con algunos. Como a cualquier hijo de vecino me gusta gustar, pero por favor, no confundir con caer bien.

Caer bien no es gustar. Gustar supone un proceso de prueba y acierto, significa que lo que has recibido te convence aunque sea sólo al paladar. Caer bien es diferente. Una decisión irracional e independiente del entendimiento o la razón. No sé qué tiene, pero me cae bien. Mi complejo amigdalino, el mismo que hace cientos de miles de años me avisaba del peligro antes de que fuese consciente del porqué, decide por mí y yo lo expreso como si fuese algo de lo que estar orgulloso. Romanticismo retrasado hasta el pleistoceno. No tengo motivos fundados ni racionales para emitir este juicio, pero me da igual, he decidido absolver a esta persona o condenarla por las mismas no razones, si he decidido que me cae mal. Y a partir de ahí, el efecto halo que supone la atribución de todo tipo de virtudes o defectos asociados. Los magistrados saben muy bien que no pueden dejarse llevar por las filias o fobias que despierten los acusados, pues se exponen a cometer delito de prevaricación.

Caer bien ha sido y sigue siendo el mal endémico de este país. Ha sido el mal de muchos y sigue siendo consuelo de tontos. A Rajoy le caía bien Alfonso Rus. Te quiero, coño. Y Bárcenas sé fuerte. Y Rita Barberá me ha dicho que es inocente. Ahora no nos queremos acordar, pero hubo un tiempo en el que Jordi Pujol le caía bien a prácticamente todo el mundo en Catalunya. Y lo bien que nos caía el rey campechano.

Que alguien te caiga bien —o mal— es ser flojo de corazón. Andar por la vida con los ojos vendados por uno mismo. Dejar de escuchar lo que la realidad te grita. Esa realidad que dice que si coincides con alguien cuando se expresa, eso es que igual no te habías formado un juicio adecuado, y estás a punto de desterrar un prejuicio.

Pero claro, es mucho más fácil decir que sigue sin caerte bien quien piensa igual que tú. No vayas a caer mal a los que aún ni se lo han cuestionado.”

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No, hombre, no.

No, hombre, no.

Artículo publicado el domingo, 28 de Febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

“Ya no eres un hombre. Tendrás el aparato reproductor propio del género masculino, pero lo tienes ahí como adorno y deberían borrártelo ya. Serás todo lo machito que te creas delante de tus amigotes, pero desde el momento en el que le levantas la mano a una mujer, ahí perdiste la condición de hombre y pasas a ser otra cosa. Cobarde, desgraciado, o para decirlo más fino, maltratador. Pero hombre, ya no. Me niego a que nos denominen a ti y a mí igual. Así que te llamaré otra cosa, pero hombre, no.

No, hombre, no. Te estoy hablando a ti, mírame cuando te hablo, campeón. Tú y todos los que sois como tú. No sólo los 11 asesinos en lo que llevamos de año en nuestro país, al menos 57 en 2015, suma y sigue, que parece que este año vamos a más. Los que las apuñalaron, las apalearon, las dispararon y hasta las rociaron con ácido o con gasolina. No sólo ellos. Monstruos que pudieron consumar su monstruosidad. Algunos, suicidas a contratiempo, cobardes por partida doble, por no tener no tuvieron ni lo que hay que tener para recibir su merecida condena por parte de la sociedad.

También los que siguen torturando a sus semejantes sólo por el hecho de que las creen más débiles. Curioso que jamás se metan con alguien de su talla física, que les pueda atizar igual. Pero también los que controlan y presionan psicológicamente a sus parejas hasta hacerles llorar. Los que les envían mensajes vejatorios a cualquier hora. Los que no les dejan salir a la calle, dónde te crees que vas así vestida, quién te ha escrito ese mensaje, no te irás a maquillar. Los que las persiguen por las redes sociales. Los que las humillan publicando fotos comprometidas de cuando estaban juntos, violando así su legítimo derecho a la intimidad. Los que les comentan despectivamente tras dejar la relación. Los que las zarandean y humillan durante un concierto de Alejandro Sanz. Si te encuentras en este grupo de basura humana, mírame bien que esto va por ti.

No, hombre, no. Eres escoria social. Un desecho. Un error de cálculo de la naturaleza o de la civilización, da igual. Y como tal te deberíamos tratar. Un bravo bien grande por Alejandro. Y una pregunta incriminatoria para todos nosotros, para todos los demás. Cuántas muertes y palizas nos habríamos ahorrado si todos, vecinos, familiares, amigos y simples desconocidos, hubiésemos actuado igual que Sanz. Pensémoslo. Porque igual, parejo a cualquier tipo de maltrato, lleva adjunta nuestra responsabilidad como seres humanos que convivimos puerta con puerta. Pensemos si esto que tenemos se puede llamar civilización mientras la mayoría sigamos mirando hacia otro lado, si mientras no nos toque muy de cerca, parece que nos dé igual.

Pero esto no va sobre nosotros, sino sobre ti. Que no me he olvidado de tu cara, ni de lo que estás haciendo, pedazo de animal. Espera, que me perdonen los animales, siento haberte comparado con nuestros nobles compañeros de planeta, ellos sienten y actúan mejor que nosotros en muchísimas cosas, así que tú no llegas a la condición de animal.

Eres cosa. Eres algo —no alguien— que hay que erradicar. Alejandro, aparte de tener los arrestos de parar el concierto y encararse contigo, además llamó a seguridad. Y ése ha sido para mí el gran gesto, la gran lección. Quiero que sepas que, por mucho que te pienses que nadie te mira, estamos todos ahí, y cada vez somos más. Escuchamos, miramos, vemos y estamos dispuestos a parar lo que haga falta para hacer lo que hay que hacer: denunciar.

Espero que acabes tus días en una cárcel en la que te hagan pasar por todo lo que tú estabas dispuesto a hacer pasar.

Mientras tanto, ruego a todo el mundo que te llamemos lo que queramos.

Pero hombre, no.”

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Manual para superar incluso las buenas críticas.

Manual para superar incluso las buenas críticas.

Artículo publicado el domingo, 21 de Febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il.lustració per Leonard Beard.

“A lo largo de estos diez años de vida pública, si algo he cursado ha sido un Master in Critics Administration. Quizás porque yo mismo empecé dedicándome a juzgar a los demás en televisión, quizás porque realmente existe el karma, el caso es que me han llovido todo tipo de críticas y todo el tiempo. Y mira que yo tan sólo hacía mi trabajo, juzgar a concursantes que habían firmado unas bases de concurso en las que pedían ser juzgados, pero eso ahora da igual. Desde que me hice conocido siempre ha habido gente dispuesta a medirse conmigo en plan pelea de machitos alfa. Se ha criticado desde mi pelo —más bien la falta de él— hasta mi presencia en este mundo, pasando por mis gafas, mi pareja, mi estilo de vida, mi ropa, mis ideas, mi ideología y mi apoyo a algunas causas, solidarias inclusive. Así que después de todo, me ha salido un buen callo que a mí me gusta explicar que es inteligentemente permeable, pues dejar pasar algunas críticas y otras no. Después de algún tiempo de pensar que sólo me ocurría a mí, me di cuenta de que no era por ser yo quien era. Me di cuenta de que le ocurría a cualquiera que saltase a la palestra. Y hoy, de hecho, le puede estar ocurriendo a cualquiera que se abra un perfil en una red social. Por eso hoy y aquí, me gustaría compartir casi todo lo que he aprendido al respecto.Il·lustració per Leonard Beard.

Empecemos por lo menos sencillo. Alguien cargado de buena fe te profiere un piropo de lo más desproporcionado e inesperado que te deja con cara de y ahora qué digo, y del que todo el mundo encima parece esperar una respuesta. Dos opciones, o bien no te conoce lo suficiente o bien ya te conoce demasiado. Es más probable lo primero, pues de lo segundo te habrías dado cuenta, en cuyo caso además ya no deberíamos presuponer su buena fe, estarían intentando manipularte o conseguir algo de ti. Así que lo más sensato es acudir a la exageración más absoluta y hacerle caer en su error de manera —digamos— elegante. “Y porque no me has visto desnudo” suele ser mi contestación preferida. Acto seguido, tienes que borrar de tu mente lo escuchado pues corres el peligro de olvidar sólo la circunstancia en la que lo escuchaste y acabar incorporando ese piropo a la imagen que crees que se tiene de ti. Y ése es el primer paso de un inmovilismo que mata. Hay gente que ha muerto por sobredosis de cariño, ahogado en sus propios elogios y ya no ha habido forma de sacarles de ahí. Llámalo muerte, llámalo conformismo emocional, que al caso que nos ocupa, es lo mismo.

Seguimos con algo muchísimo más sencillo. Alguien te insulta, te increpa o incluso te amenaza de muerte. Normalmente lo hace de manera bien cobarde, por las redes sociales y escondido tras un alias, jamás con su nombre verdadero. Yo me suelo divertir a su costa, pero no es de buena persona. Mejor no les dediques ni medio minuto. Las redes sociales permiten algo que ojalá ocurriese en la vida real: bloquear. Bloquea cada día a algún idiota, si puedes a varios pues mejor, verás lo bien que sienta. Y luego, si se ponen muy pesados o si es una amenaza seria, además denúnciales.

Más. Los que te envidian. A estos se les reconoce enseguida. Son los que aparecen sólo cuando te va bien. Haz lo que quieras con ellos. Yo les suelo dejar ahí ahogándose en su propia bilis y contemplando el espectáculo. Intento darles más de lo que se supone que no quieren ver, pues a cada uno hay que darle siempre su merecido.

Y por último, la crítica útil. Ésta es la que debes atender y guardarte. Atender porque es fácil dejarla escapar. Guardarte porque es la que te permite mejorar. Y ojo que no sólo vendrá de tus buenos amigos, que también. A veces será un comentario fugaz de parte de un enemigo. A veces un unfollow en las redes sociales o aún peor en la vida, que duele más.

Sí, ya sé que lo que queda bien es decir sé tú mismo y un puñado de frases célebres de Kurt Cobain y compañía. Pero la verdad es que la innovación y el desarrollo de un ser humano pasa siempre por la mirada atenta del único radar plausible y fiable: los demás. No todos los demás, sino algunos de los demás. Los que emiten esa crítica útil.

Además, la manera de identificarla es muy sencilla: escuece como nunca y no necesita recurrir a la ofensa para ofender. Si estos quieren y además pueden, es porque han tocado verdad. Hay que agradecer a sus autores que se hayan tomado un momento de su tiempo para permitirnos mejorar como personas y/o profesionales. Y la manera de agradecérselo no es otra que esforzarnos hasta dejarles sin motivos y obligarles a hacer algo aún más doloroso: cambiar de opinión.”

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De tu casa al colmado

De tu casa al colmado

Publicado el miércoles, 17 de febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

Captura de pantalla 2015-09-03 a la(s) 19.21.55“Siempre me ha fascinado la gente que se resiste a dejarse llevar por lo que se lleva. Desde la gente que no utiliza móvil hasta los que se niegan a abrirse un perfil en las redes sociales. Me fascina porque aparte de que acaban siendo los más ‘cool’ de todos, creo que siempre es necesario que haya gente que se quede en tierra, que alguien nos vea zarpar ilusionados a todos los demás, a punto de surfear con entusiasmo el próximo Big Kahuna, y puedan ser testigos desde una playa llamada ‘sentido común’ cómo naufragamos una vez más, cómo se nos pasa la tontería, cómo volvemos empapados de realismo y así haya alguien que se haya preocupado por tener la comida lista para cenar.

Recuerdo que durante las deliberaciones de los Premios Jaime I, un siempre lúcido Juan Roig se ocupaba de recordarnos a los demás miembros del jurado que si todos nos dedicábamos a programar apps, ¿quién iba a producir naranjas? Sin apps podemos sobrevivir. Sin comida, no.

Mi madre es de las que se resiste a hablar de marcas. Ella les llama casas. La nevera es de la casa Fagor. El coche es de la casa Seat. Casas, siempre casas. Me encanta esa denominación tan de madre. Creo que comunica mucho más y con más acierto. Como siempre les pasa a las madres. Ni marca ni marco. Casa. Una casa es donde estás a gusto, el lugar que te inspira confianza y donde te reúnes al final del día con los tuyos, con los que consideras tu familia. Una marca también debería serlo.

Pues bien, ahora parece que las casas se han pasado de frenada. Según un estudio de la consultora americana TrackMavenrealizado los últimos 12 meses sobre 22.957 marcas y 50 millones de piezas de contenido en Facebook, Twitter, Instagram, Pinterest, Linkedin y blogs, parece que la producción de contenidos de marca durante el 2015 ha aumentado, de media, un 35%, mientras que el ‘engagement’, o dicho de manera muy burda, lo que nos importaban esos contenidos, ha disminuido un 17%. Es decir, que más es menos.

Nos están saturando. Marcas industriales, sí, pero también personales. Y si no, dígame un político del que no se haya cansado ya. El problema no son ellos -solamente- el problema es que nos están diciendo cada vez más cosas que nos importan cada vez menos. Jamás nos han dicho tantas cosas tan poco relevantes. Y es que las horas del día jamás incrementaron un 35%.

Saturar es sinónimo de colmar. Y ahí aparece otro concepto que jamás debería desaparecer: colmado. Un colmado entendido como tienda de proximidad con las cosas imprescindibles donde jamás sobrevive lo superfluo, básicamente porque no cabe. Volvamos al colmado. Volvamos a las frases que lo resumen todo, sospechosamente atribuidas a Woody Allen: las cosas no se dicen, se hacen, porque al hacerlas se dicen solas.”

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