Me puede.

Me puede.

Artículo publicado el domingo, 10 de Abril de 2016, en ElPeriódico.com.

me puede copia
Il·lustració per Leonard Beard.

“Me puede. Me puede la vida. La tuya, la mía y la que me das. Porque a ti de eso te sobra y decides regalármela día a día. Porque sí. Por qué no. Porque yo aún no sé lo que te doy a cambio, ni si eso que te doy es algo que tú tomas, más que algo que yo ni sabía que te podía aportar. Porque puede que me estés pudiendo también en generosidad.

Me pierde. Me pierde tu risa, tu manera de descolocarme, tu estrategia sin táctica, tu espontaneidad. Me pierdes tú. Me pierde que me busques. Me pierde que me hayas encontrado. Y todavía más, me pierde que yo te haya sabido conquistar. Con lo que eso cuesta, con lo que eso vale. Que hayas decidido dejarte ver. Quedarte aquí. Me pierde, sí, me pierde perderme así.

Me pueden. Me pueden tus ojos cada vez que me enfocan en medio de tanta oscuridad. Porque los tuyos no sólo ven, también tocan. Y hay que ver cómo tocan, madre de dios. Tocado y hundido. Veo veo. Qué tocas. Por qué tocas. Adiós Leo Romaní. Hasta siempre. Chimpún.

Me pueden los labios esos entre los que se acomoda tu boca. Me pueden abiertos, y sobre todo me puede el espectáculo de ver cómo se disponen a hablar. Estoy por pedir palomitas y algo de beber y sentarme a disfrutar. Me puede lo que eres, pero sobre todo, lo que puedes llegar a ser. Me pierde el argumento de esa novela autobiográfica que los dos sabemos que algún día publicarás. Me pierde tu inmenso potencial.

Me pierde. Me pierde pensar que algún día pueda llegar a perderte. Salir de ti. Morirme de frío bajo un sol abrasador. Tener que soltarme y caerme de ti. Seguramente muy por debajo, muy a mi pesar. Desengancharme de todo lo que me ha hecho volver a estar enganchado. Desaprender este lenguaje lleno de cosas tontas que sólo entendemos tú y yo. Abrir mi vida por la página del día después. Y comprobar que ya estaba escrita. Y volver a tachar. Que no es lo mismo que ponerse a olvidar. Porque sigues conviviendo para siempre con otro borrón sin cuenta nueva. Porque en tu caso no sería uno. Serían más.

Me parte. Me parte tu ausencia cada vez que te marcho o me marchas, da igual. Porque siempre te llevas algo así como mi cuarto y mitad. Me estás dejando en los huesos para hacer caldo. Y no estoy hablando de sexo. O bueno, sí. Qué coño. Y una polla. Todo al rojo y todo al negro. No va más. Hala, a volver a empezar.

Porque es que de verdad que me parto. Me parto con tus ocurrencias. Con tu “què vol dir això?”. Con tu forma de decir “cosita”. Con la manera que tienes de arrugar el entrecejo, cerrar los ojos y chistar. Me río y me haces entender que nada ni nadie es tan importante si tú y yo estamos bien. La risa es el orgasmo de las palabras. Y la envidia, una disfunción eréctil intelectual. Que eso, que me siento mucho mejor persona desde que tú estás. Que aún flipo de lo bien que te has hecho cargo y encargo de mi felicidad. Que tienes la cualidad de saber siempre dónde tienes que estar. Y desaparecer cuando notas que necesito echarte de menos. Ahí es ná.

Por ello, y porque me superas ya en casi todas las cosas, te quería decir que me puedes, sin más. Que esto siempre será eterno aunque jamás sepamos lo que puede llegar a durar. Y que aquí me tienes, rendido y entregado para hacer lo mejor que saben hacer dos que se quieren de verdad. Callar bocas a todos los que aseguraban que aguantaríamos dos telediarios, cuando ya han pasado más de seiscientos. Felicitarte públicamente por cumplir esos locos y maravillosos 20 años, sin vergüenza ni temor alguno por el qué dirán.

Qué sabrán ellos sobre lo nuestro. Qué sabrán.”

¿Quieres recibir artículos como éste en tu buzón de e-mail? www.ristomejide.com

Elogio de la ocurrencia.

Elogio de la ocurrencia.

Artículo publicado el domingo, 3 de Abril de 2016, en ElPeriódico.com.

solecitos
Il·lustració per Leonard Beard.

“Siempre he admirado la ocurrencia. Siempre he procurado mantenerla bien cerca. La tienen muchos de mis amigos. La tiene gente a la que admiro. La tiene alguno de mis enemigos, también. La demuestran cada día sobre las tablas muchos de los mejores humoristas de este país. La tiene David Guapo. La tiene Manu Sánchez. La tiene Carlos Latre. La tiene Goyo Jiménez. La tiene Berto Romero. Y así.

Para empezar, hay que saber discernir a qué ocurrencia me refiero. La ocurrencia no como acto inoportuno, sino como habilidad. La primera como idea feliz, la segunda, como el brazo armado del ingenio. Lo mismo que ocurre con la improvisación como chapuza y la improvisación como guionista inimitable. La primera es el fruto de la mediocridad, la segunda fruto del talento y la rapidez mental. Molière la llamó “verdadera piedra de toque del ingenio”.

Va a resultar que la ocurrencia es como el colesterol —o la molestia—, la hay buena y la hay mala. La hay útil y la hay perniciosa para el organismo. Ahí están Groucho Marx y ZP. Talento y talante. Ocurrencia y ocurrencias. Lo mismo que ocurre con la Historia y las historias. Basta rebajarle la mayúscula a la inicial y pierdes todo el valor que te aportaba.

Estoy hablando de la mejor. Ésa que no se puede preparar. Ésa que es imposible impostar. Esa capacidad de crear un giro donde no lo había, de dibujar curvas que conducen a lugares inesperados en la conversación, esa inquietud por aportarle algo de color a una línea de acontecimientos que se nos presenta siempre tan previsible y tan gris. Y de ahí este homenaje en forma de líneas que no pretenden ser ingeniosas, sino elogiosas.

Un homenaje que incluye a los ocurrentes anónimos, porque también los hay, y muchos. No hay más que abrir Twitter y darse cuenta de que el ingenio es una planta carnívora de exterior. La gasolina de las redes sociales es, sigue siendo, y siempre será ése. Para bien o para mal, el ingenio es una de las emociones que más nos empujan a compartir. A veces, para reírse con. Demasiadas, para reírse de. Lamentablemente, sí. Porque la fuerza, en manos del lado oscuro, es igualmente poderosa. Quizás por eso, figuras tan eternas como Jane Austen y Oscar Wilde menospreciaron públicamente el ingenio. O porque ellos, de eso, iban sobrados. A mí, que voy bastante falto de todo, siempre que sea para bien, me parece que hay que agradecerle mucho al cualquier artista de la palabra que llene de cosas inesperados destellos de brillantez nuestra predeterminada existencia.

Y hablando de cosas inevitables, me pregunto qué ocurriría si de pronto nos diera un siroco y pusiésemos todo el ingenio que somos capaces de producir como nación al servicio de fines no sé si más nobles, pero sí más comunes… igual otro gallo nos cantaría. Somos potencia emergente de ingenio en la balanza emocional del planeta. Si algo nos sobra aún, eso es sol, playa, Lazarillos e ingenio. Imagínatelo por un momento. Si todo el talento anónimo que anda por ahí desperdiciado en memes, coñas y chascarrillos de flor de un día, de pronto, se pusiera de acuerdo para favorecer un objetivo común, seguramente, muchas cosas cambiarían. O igual no, pero a mí me gusta pensarlo así. Ya no hablo sólo de las crisis que merecen nuestra atención y movilización, sino de ONGs que necesitan comunicación para seguir recibiendo financiación y aportaciones y muchas veces no pueden permitirse un plan de medios, para empezar.

Pero bueno, supongo que ahí radica la grandeza de la ocurrencia, del ingenio o de la improvisación: que son caóticas por excelencia, egoístas por definición. Que no sirven de mucho si lo que pretendes es hacer publicidad o propaganda. Y sin embargo, resultan perfectas para la conspiración.”

¿Quieres recibir artículos como éste en tu buzón de e-mail? www.ristomejide.com

Efectivo, eficiente o eficaz.

Efectivo, eficiente o eficaz.

Artículo publicado el domingo, 20 de Marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

ouyeah hoy copia
Il·lustració per Leonard Beard.

“Pensamos que usamos las palabras, hasta que alguien o algo nos recuerda su verdadero significado, y entonces —y sólo entonces— nos damos cuenta de que ha sido al revés, que han sido ellas las que han estado aprovechándose de nuestra pereza y utilizándonos como peleles lingüísticos, que es en lo que realmente nos estamos convirtiendo a golpe de tuit y de whatsapp. Como ocurre con cualquier meme, las palabras también sobreviven gracias a nuestra lengua, beben de nuestra saliva y respiran con nuestra pronunciación, y de ahí que harán lo que sea por perdurar, por trascender, por llegar hasta la siguiente generación.

Así las cosas, hay palabras que siguen claramente una estrategia para sobrevivir en esta realidad miope más allá de los 140 caracteres, que consiste en agruparse en células de resistencia por asociación aunque sea engañosa y falaz. Las palabras se refugian a rebufo de otras más utilizadas, más comunes, se disfrazan de sinónimas, cuando realmente no lo son, y allí aguantan agazapadas el chaparrón de esta epidemia de comodidad que nos amenaza y nos empapa ante semejante procrastinación con tendencia a convertirse en huracán de fuerza mayor.

Es lo que ocurre con efectivo, eficiente y eficaz. Tres palabras que a priori no tienen nada que ver, sobre todo cuando nos referimos a las relaciones humanas y ya no digamos sentimentales. Tres conceptos que intercambiamos con demasiada alegría. No hay más que encender la radio, la tele o abrir cualquier periódico para darse cuenta de que no hemos reparado en ninguno de sus matices, lugar donde suele esconderse la verdad.

Con la palabra “efectivo” no hay confusión posible, pues viene claramente definida en el DRAE: real y verdadero, en oposición a quimérico, dudoso o nominal. No es de extrañar que comparta casi todas las letras con afectivo. Lo afectivo es mucho más que efectivo, porque llega incluso antes que éste, tanto en el diccionario como en el corazón. Y así demuestra que se puede ser perfectamente real y verdadero a la vez que quimérico, dudoso o nominal.

Efectivo no es eficiente. O como mínimo no debería serlo. Fíjate en la definición de “eficiente”: capaz de disponer de alguien o de algo para conseguir un efecto determinado. Disponer, utilizar, manipular y conseguir un efecto, un resultado. Y lo peor, como siempre, viene en la última palabra: determinado. Predefinido. El destino. A vueltas con el destino. Quizás por eso esté a una sola letra de deficiente. Lo eficiente consigue lo que quería. Lo efectivo lo es.

Y así llegamos a la necesaria distancia con eficaz, o lo que es lo mismo, “capaz de lograr el efecto que se desea o se espera”. Definición muy parecida a la de eficiente, pero que nos introduce en dos conceptos radicalmente disruptores. Los deseos y las esperas. Las dos condenas del ser humano para un tal Siddhartha. Y es que la vida entera son deseos y esperas. La felicidad, como defendía Punset, está en la antesala de conseguir lo que se persigue. Nos pasamos la existencia en la sala de espera de nuestros deseos. Según Lennon, lo que te ocurre mientras tú haces otras cosas. Esperar y desear. Porque ya me dirás qué somos, sino un manojo de anhelos que siempre tienen que esperar.

Así que nada, quizás hoy nos toca aprender algo sobre estas sutiles diferencias. Que cuando pretendemos ser eficaces y eficientes, no nos fijamos ni nos damos cuenta de los cadáveres que vamos dejando por el camino. Esos cadáveres llamados sorpresa, intuición, cambio de rumbo, de repente y ya. Cualquier cosa que sea contraria a la expectativa. A lo previsto. A lo que pretendimos conseguir. A la quimera, a lo dudoso y a lo nominal.

Y es que las cosas importantes, las de verdad, están ahí, en ese hueco, en ese ángulo muerto del espejo retrovisor llamado futuro. Y es que las cosas importantes, las de verdad, son siempre y necesariamente ineficientes, ineficaces, y son muy poco dadas a la previsión.

Prefieren ser efectivas.”

¿Quieres recibir artículos como éste en tu buzón de e-mail? www.ristomejide.com

Hacer caso.

Hacer caso.

Artículo publicado el domingo, 13 de Marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

hacer caso copia
Il·lustració per Leonard Beard.

“La secuencia es siempre la misma. Alguien pretende que hagas algo. Cualquier cosa que ese alguien desea que hagas, sea por su propio beneficio, sea por el tuyo, sea por un tercero, da igual. Y ante esa petición, tú tienes dos opciones. Sí, sólo dos, se trata de las pocas situaciones binarias que hay en la vida. Como embarazarse. Como equivocarse. Como ser infiel, o mejor dicho, desleal. En este caso, o le haces caso o no se lo haces. No hay punto medio. On y off. Blanco y negro. Hu há.

Hacer caso no es obedecer. Puede que se parezcan en su significado, pero sus grafías dibujan cosas muy distintas. La obediencia es seguidismo pasivo o sumisión activa, según se mire. Acatar la orden, sin más. No conlleva más mérito que seguir la norma, pactada o no. En todo caso demuestra una decisión previa de respeto ante las normas de convivencia y la legalidad. Por eso, la obediencia nace. El caso, en cambio, se hace. Se fabrica. Se moldea con las propias manos aquí y ahora. No es algo que puedas comprar hecho. Lo tienes que manufacturar para cada ocasión. Y siento cada vez más respeto por las cosas que no se pueden prefabricar.

De ahí que sienta tanto respeto ante la gente que entiende esta diferencia y, manteniéndose obediente, decide no hacer caso. Porque donde existe demasiada diferencia entre ambas es allí donde anida toda injusticia. Mandela fue obediente y acató prisión injusta durante 27 años, pero jamás hizo caso del apartheid. Gandhi fue un obediente abogado licenciado por el University College de Londres, hasta que se negó a viajar en un vagón de tercera clase por el mero hecho de ser “de color”. Y así Luther King, Claudette Colvin, Rosa Parks. Obedecer sí. Hacer caso, jamás.

Trabajo desde hace casi 20 años en el sector servicios. El sector donde un día alguien dijo que el cliente siempre tenía la razón. Cuánto daño ha hecho esa frase, dios. Imagínatela en manos de un médico, o peor aún, cirujano. El paciente siempre tiene la razón. A mí que no me ponga las manos encima ningún galeno que piense así. Pues en marketing ocurre un poco lo mismo.

El día que creces como profesional es el día en que decides darle a tus clientes lo que crees que les conviene, lo cual no siempre coincide con lo que te están pidiendo. “La gente no sabe lo que quiere hasta que se lo muestras”, mi frase favorita de cierto fundador de Apple con el que tanto nos gusta posturear. Al final, mis clientes pagarán la campaña que quieran comprar, y si no les gusta lo que les ofrezco, al que no le harán caso será a mí, me echarán a la calle, como alguna vez ha pasado, y como seguro volverá a pasar. Pero intentaré que lo hagan siempre con algo que yo creo que les convenía más que lo que me estaban pidiendo, y por supuesto con la sensación de que esta vez el equivocado puedo haber sido yo. Obedecer sí. Hacer caso, jamás.

Un amigo es alguien que te conoce tan bien y te quiere tanto que jamás te hace caso del todo. Por tu bien, por el suyo, por el de los dos. Si es amistad verdadera, resistirá el paso del tiempo, pero sobre todo el paso de ti. Los consejos, el yo de ti haría, el yo en tu lugar… están de más en un espacio de verdadera amistad. Nadie es más que nadie cuando se quiere y se piensa resistir hasta las últimas consecuencias, hasta el final. Ya no hay árboles ni bosque, los talamos todos para construir este barco sobre el que vamos los dos de igual a igual y dispuestos a naufragar. Nos equivocaremos juntos, tú dale que yo te sigo incluso en mi desacuerdo.

Y si esto es así con los amigos, imagínate con la pareja. Esa amistad de la que has decidido enamorarte. Tu pareja no es pareja si sólo te dice las cosas que sabe que te gusta escuchar. Tu pareja no es pareja si nunca te ha dicho que te equivocas. Si no has discutido y entendido la discusión como una de las formas más puras y desinteresadas de amar.

Hazme caso. Tú obedece. Pero jamás hagas caso. A mí, para empezar.”

¿Quieres recibir artículos como éste en tu buzón de e-mail? www.ristomejide.com

Cuatro pueblos.

Cuatro pueblos.

Artículo publicado el domingo, 6 de Marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

risto6-3-16 copia
Il·lustració per Leonard Beard.

“Si la elegancia es donde dices basta. Si plantarse es comenzar a echar raíces y por fin dar tus frutos. Si la estupidez es sólo la forma más extendida de desproporción. Como la fealdad. Como el recuerdo. Como todo lo que hoy, inexorablemente, vas a olvidar. Y si para avanzar a veces es necesario que te detengan por malvada y peligrosa. Hoy me bajo de mi propia inercia para reflexionar sobre lo que hay que hacer para pasarse de verdad. Cuáles son los cuatro pueblos que, llegado el caso, jamás hay que dejarse atravesar. Si alguna vez te pasaste cuatro pueblos o se los pasaron contigo, éste es el mapa de tu arca perdida, ahí va la hoja de ruta que como diría el poeta, nunca se ha de volver a pisar.

El primer pueblo es un lugar llamado Respeto. El principio de todos los desvaríos. El kilómetro cero de las relaciones hacia ningún lugar. Te diría que así a priori un respeto se lo merece cualquiera, pero tampoco te voy a engañar. El respeto no se exige. El respeto se gana. Y ojo con dónde lo guardas, es lo único que por mucho que tú hayas ganado, siempre te lo van a perder los demás. Basta con una palabra fuera de tono. Un todo lo que eres me da igual. O a veces, basta con tratarte como más idiota aún de lo que ya te sientes. Asumir que pueden tomarte el pelo en tu puñetera cara y encima a ti tiene que darte igual. Y a partir de ahí descender peldaño a peldaño por una herida con forma de escalera de caracol hacia la destrucción total. Créeme, sé de lo que me hablo. Lo he perdido y me lo han perdido más veces de las que soy capaz de recordar. Por eso estoy en disposición de reivindicarlo. Por eso ahora me siento con toda legitimidad. Porque nadie lo echa de menos hasta que de pronto nadie sabe dónde está. Y es entonces cuando es demasiado tarde. Es entonces cuando hay que salir del sistema y volver a entrar, o como dicen los informáticos cool, resetear.

Así llegamos al segundo pueblo que los organismos internacionales bautizaron en su día como Dignidad. La dignidad es respeto en posición de enfado. De ahí viene cualquier palabra que derive indignada. Indignada de cuando no queda ya nada de eso, de dignidad. Cuando alguien la esgrime y la reivindica, eso es que algo muy malo y muy desagradable o bien ha pasado o bien está a punto de pasar. Por eso, pasarse este pueblo sí que tiene principios, pero aún nadie le ha encontrado ningún final.

El tercer pueblo no es un lugar, sino muchos. Porque está localizado en algún lugar del Arrepentimiento, que es como el ombligo, cada uno rodea sólo al suyo, y como ocurre con los ombligos, jamás encontrarás dos iguales, todos tan feos como inútiles. Tuvieron todo el sentido en su día, pero fuimos consciente de ellos en cuanto ya no los volvimos a necesitar. Es la zona cero de la culpa, donde todos los conflictos llegan justo después de firmarse la paz.

Y así es como llegamos al último pueblo. Si te pasas éste, iba a decir que te despidieses de todo y de todos, pero me estaría equivocando, una vez más. Porque este pueblo no es otro, este pueblo eres tú. Cuando ya no te reconoces ni a ti mismo, eso es que te has perdido para siempre y de verdad. Te miras, te escuchas y dices y éste quién es. Ahí es donde tampoco debes cometer el error de rechazarte, porque eso que has encontrado también eres tú. Aunque no te guste. Aunque te dé mucho asco. Aunque tus mapas no llegaran a verlo, aunque tu concepto de ti mismo se haya quedado sin cobertura. Las cloacas de tu carácter huelen así. Son los bajos fondos de tu personalidad. El lugar al que sólo tiene sentido acceder para hacer una cosa: quedarse y ponerse a desinfectar.

Pasarse cuatro pueblos es mucho más que llegar tarde a cualquier pronto.

Pasarse cuatro pueblos es darse cuenta de lo pequeño que eres como ciudad.”

¿Quieres recibir artículos como éste en tu buzón de e-mail? www.ristomejide.com

No, hombre, no.

No, hombre, no.

Artículo publicado el domingo, 28 de Febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

dibujo no hombre no
Il·lustració per Leonard Beard.

“Ya no eres un hombre. Tendrás el aparato reproductor propio del género masculino, pero lo tienes ahí como adorno y deberían borrártelo ya. Serás todo lo machito que te creas delante de tus amigotes, pero desde el momento en el que le levantas la mano a una mujer, ahí perdiste la condición de hombre y pasas a ser otra cosa. Cobarde, desgraciado, o para decirlo más fino, maltratador. Pero hombre, ya no. Me niego a que nos denominen a ti y a mí igual. Así que te llamaré otra cosa, pero hombre, no.

No, hombre, no. Te estoy hablando a ti, mírame cuando te hablo, campeón. Tú y todos los que sois como tú. No sólo los 11 asesinos en lo que llevamos de año en nuestro país, al menos 57 en 2015, suma y sigue, que parece que este año vamos a más. Los que las apuñalaron, las apalearon, las dispararon y hasta las rociaron con ácido o con gasolina. No sólo ellos. Monstruos que pudieron consumar su monstruosidad. Algunos, suicidas a contratiempo, cobardes por partida doble, por no tener no tuvieron ni lo que hay que tener para recibir su merecida condena por parte de la sociedad.

También los que siguen torturando a sus semejantes sólo por el hecho de que las creen más débiles. Curioso que jamás se metan con alguien de su talla física, que les pueda atizar igual. Pero también los que controlan y presionan psicológicamente a sus parejas hasta hacerles llorar. Los que les envían mensajes vejatorios a cualquier hora. Los que no les dejan salir a la calle, dónde te crees que vas así vestida, quién te ha escrito ese mensaje, no te irás a maquillar. Los que las persiguen por las redes sociales. Los que las humillan publicando fotos comprometidas de cuando estaban juntos, violando así su legítimo derecho a la intimidad. Los que les comentan despectivamente tras dejar la relación. Los que las zarandean y humillan durante un concierto de Alejandro Sanz. Si te encuentras en este grupo de basura humana, mírame bien que esto va por ti.

No, hombre, no. Eres escoria social. Un desecho. Un error de cálculo de la naturaleza o de la civilización, da igual. Y como tal te deberíamos tratar. Un bravo bien grande por Alejandro. Y una pregunta incriminatoria para todos nosotros, para todos los demás. Cuántas muertes y palizas nos habríamos ahorrado si todos, vecinos, familiares, amigos y simples desconocidos, hubiésemos actuado igual que Sanz. Pensémoslo. Porque igual, parejo a cualquier tipo de maltrato, lleva adjunta nuestra responsabilidad como seres humanos que convivimos puerta con puerta. Pensemos si esto que tenemos se puede llamar civilización mientras la mayoría sigamos mirando hacia otro lado, si mientras no nos toque muy de cerca, parece que nos dé igual.

Pero esto no va sobre nosotros, sino sobre ti. Que no me he olvidado de tu cara, ni de lo que estás haciendo, pedazo de animal. Espera, que me perdonen los animales, siento haberte comparado con nuestros nobles compañeros de planeta, ellos sienten y actúan mejor que nosotros en muchísimas cosas, así que tú no llegas a la condición de animal.

Eres cosa. Eres algo —no alguien— que hay que erradicar. Alejandro, aparte de tener los arrestos de parar el concierto y encararse contigo, además llamó a seguridad. Y ése ha sido para mí el gran gesto, la gran lección. Quiero que sepas que, por mucho que te pienses que nadie te mira, estamos todos ahí, y cada vez somos más. Escuchamos, miramos, vemos y estamos dispuestos a parar lo que haga falta para hacer lo que hay que hacer: denunciar.

Espero que acabes tus días en una cárcel en la que te hagan pasar por todo lo que tú estabas dispuesto a hacer pasar.

Mientras tanto, ruego a todo el mundo que te llamemos lo que queramos.

Pero hombre, no.”

¿Quieres recibir artículos como éste en tu buzón de e-mail? www.ristomejide.com

Manual para superar incluso las buenas críticas.

Manual para superar incluso las buenas críticas.

Artículo publicado el domingo, 21 de Febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

cuchillos.jpg
Il.lustració per Leonard Beard.

“A lo largo de estos diez años de vida pública, si algo he cursado ha sido un Master in Critics Administration. Quizás porque yo mismo empecé dedicándome a juzgar a los demás en televisión, quizás porque realmente existe el karma, el caso es que me han llovido todo tipo de críticas y todo el tiempo. Y mira que yo tan sólo hacía mi trabajo, juzgar a concursantes que habían firmado unas bases de concurso en las que pedían ser juzgados, pero eso ahora da igual. Desde que me hice conocido siempre ha habido gente dispuesta a medirse conmigo en plan pelea de machitos alfa. Se ha criticado desde mi pelo —más bien la falta de él— hasta mi presencia en este mundo, pasando por mis gafas, mi pareja, mi estilo de vida, mi ropa, mis ideas, mi ideología y mi apoyo a algunas causas, solidarias inclusive. Así que después de todo, me ha salido un buen callo que a mí me gusta explicar que es inteligentemente permeable, pues dejar pasar algunas críticas y otras no. Después de algún tiempo de pensar que sólo me ocurría a mí, me di cuenta de que no era por ser yo quien era. Me di cuenta de que le ocurría a cualquiera que saltase a la palestra. Y hoy, de hecho, le puede estar ocurriendo a cualquiera que se abra un perfil en una red social. Por eso hoy y aquí, me gustaría compartir casi todo lo que he aprendido al respecto.Il·lustració per Leonard Beard.

Empecemos por lo menos sencillo. Alguien cargado de buena fe te profiere un piropo de lo más desproporcionado e inesperado que te deja con cara de y ahora qué digo, y del que todo el mundo encima parece esperar una respuesta. Dos opciones, o bien no te conoce lo suficiente o bien ya te conoce demasiado. Es más probable lo primero, pues de lo segundo te habrías dado cuenta, en cuyo caso además ya no deberíamos presuponer su buena fe, estarían intentando manipularte o conseguir algo de ti. Así que lo más sensato es acudir a la exageración más absoluta y hacerle caer en su error de manera —digamos— elegante. “Y porque no me has visto desnudo” suele ser mi contestación preferida. Acto seguido, tienes que borrar de tu mente lo escuchado pues corres el peligro de olvidar sólo la circunstancia en la que lo escuchaste y acabar incorporando ese piropo a la imagen que crees que se tiene de ti. Y ése es el primer paso de un inmovilismo que mata. Hay gente que ha muerto por sobredosis de cariño, ahogado en sus propios elogios y ya no ha habido forma de sacarles de ahí. Llámalo muerte, llámalo conformismo emocional, que al caso que nos ocupa, es lo mismo.

Seguimos con algo muchísimo más sencillo. Alguien te insulta, te increpa o incluso te amenaza de muerte. Normalmente lo hace de manera bien cobarde, por las redes sociales y escondido tras un alias, jamás con su nombre verdadero. Yo me suelo divertir a su costa, pero no es de buena persona. Mejor no les dediques ni medio minuto. Las redes sociales permiten algo que ojalá ocurriese en la vida real: bloquear. Bloquea cada día a algún idiota, si puedes a varios pues mejor, verás lo bien que sienta. Y luego, si se ponen muy pesados o si es una amenaza seria, además denúnciales.

Más. Los que te envidian. A estos se les reconoce enseguida. Son los que aparecen sólo cuando te va bien. Haz lo que quieras con ellos. Yo les suelo dejar ahí ahogándose en su propia bilis y contemplando el espectáculo. Intento darles más de lo que se supone que no quieren ver, pues a cada uno hay que darle siempre su merecido.

Y por último, la crítica útil. Ésta es la que debes atender y guardarte. Atender porque es fácil dejarla escapar. Guardarte porque es la que te permite mejorar. Y ojo que no sólo vendrá de tus buenos amigos, que también. A veces será un comentario fugaz de parte de un enemigo. A veces un unfollow en las redes sociales o aún peor en la vida, que duele más.

Sí, ya sé que lo que queda bien es decir sé tú mismo y un puñado de frases célebres de Kurt Cobain y compañía. Pero la verdad es que la innovación y el desarrollo de un ser humano pasa siempre por la mirada atenta del único radar plausible y fiable: los demás. No todos los demás, sino algunos de los demás. Los que emiten esa crítica útil.

Además, la manera de identificarla es muy sencilla: escuece como nunca y no necesita recurrir a la ofensa para ofender. Si estos quieren y además pueden, es porque han tocado verdad. Hay que agradecer a sus autores que se hayan tomado un momento de su tiempo para permitirnos mejorar como personas y/o profesionales. Y la manera de agradecérselo no es otra que esforzarnos hasta dejarles sin motivos y obligarles a hacer algo aún más doloroso: cambiar de opinión.”

¿Quieres recibir artículos como éste en tu buzón de e-mail? www.ristomejide.com

Etimología cardíaca.

Etimología cardíaca.

Artículo publicado el domingo, 14 de Febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

etimologia cardiaca
Il·lustració per Leonard Beard.

“Hoy que celebramos la mayor mentira del mundo jamás contada a uno mismo y la más maravillosa también. Hoy que, por unas horas, no nos hacemos más trampas que al solitario. Hoy que le ponemos nombre de santo a uno de mis pecados favoritos. Aquí y ahora me apetece mentirme del todo, darme una vuelta por las palabras que usamos y por las que no usamos tanto también. La verdad es que me da lo mismo si acierto o no con mis conjeturas. Pues qué es una relación sino la conjetura de que esta vez sí. Ni el mismísimo Popper se atrevió a falsarla. Ni siquiera él fue incapaz de dejarse atrapar.

Qué pasa si San Valentín en realidad viene de valiente. De lo apuesto todo al rojo. De me atrevo a sentir por encima de mis posibilidades. De dejadme solo, que me estoy arriesgando mucho, ya lo sé. Pero es que cuanto más me arriesgo, más estoy en disposición de querer. Tal como están las cosas, casarse empieza a ser el acto más revolucionario que existe. Y divorciarse, un acto de lo más mainstream, un acto de lo más vulgar. En breve lo cool será aguantarse toda la vida. Ya verás.

Qué ocurre si Cupido viene de esculpir. Ojo a esa L que irrumpe como buena novata y transforma cualquier vileza en una maravillosa obra de arte. Como un insulto bien dicho en la cama. Algo que de pronto ha dejado de estar mal. Y es que toda relación se estrena por el sexo y tarda algún tiempo en subirse hasta los órganos superiores, donde la permanencia es muchísimo mayor que la rotación. El problema aparece cuando uno no es capaz de moverse de ahí abajo. Que tal como viene, se acaba yendo. Se comporta un poco como el cash.

Qué pasa si el corazón es la víscera más visceral. El que toma las decisiones importantes. El que le rapta todo el protagonismo semántico al complejo amigdalino, pero en el fondo, y a todos los afectos, nos da igual. Lo importante es que nuestro organismo ya ha elegido cuando nosotros todavía lo estamos empezando a argumentar. Francamente, así nos va.

Qué ocurre si a enamorarse lo traducimos directamente del inglés. Que se transforma en algo así como caer en el amor. Como quien ha caído en la cuenta. Cuando no de un pedestal. De esto Hollywood ha construido la industria más mentirosa. Porque caerse no puede durar más de 90 minutos. La historia real empieza cuando chico realmente conoce a chica o viceversa, cuando alguno de los dos se empieza a levantar. Ahí es donde todo comienza de verdad. Caerse en el amor. En el mejor de los casos, tirarse a uno mismo a un pozo sin fondo de cuatro letras. Un sitio desde el cual se ve todo distinto. Un sitio donde la luz la pone quien mira y más recibe quien más da. Un lugar en el que caben unas cosas y otras no. Por no hablar de las personas. Es el único lugar del mundo donde siempre se queda la gente que ya no está.

Qué pasa si cursi es el diminutivo de curso. Algo que se nos acaba pasando con el tiempo, siempre y cuando seamos capaces de aprobar. Conmigo ya no hay manera, sigo repitiendo primero de emocionarse. Estoy por montar la tuna de esta puñetera Universidad.

Qué ocurre si Latino viene de latir. De estar agarrado a la vida y no querer soltarla. No es una procedencia, es una forma de entender la felicidad. Saber que vale más un abrazo que un beso, y aún así jamás tener vergüenza de abrazar. Es más, qué son las lenguas romances sino lenguas diseñadas desde sus principios para el noble arte de darse lo suyo. Por no decir de amar.

En definitiva, qué pasa si a cada palabra le imponemos el significado que nos dé la real gana. Que al fin y al cabo es lo mismo que hacemos con las personas, lo que pasa es que queda mucho más fino decir que me acabo de enamorar.”

¿Quieres recibir artículos como éste en tu buzón de e-mail? www.ristomejide.com

Corazón moco.

Corazón moco.

Artículo publicado el domingo, 7 de Febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

Corazón Moco
Il·lustració per Leonard Beard.

“Poco se habla de lo que realmente importa. Poco se habla en general. Y encima, cuando lo hacemos, seguimos hablando de sentimientos como se hacía cuando no estaba bien hablar de sentimientos. Evolucionan las formas de relacionarse y sin embargo seguimos describiendo el amor como si no hubiese más posibilidades que las que tuvieron nuestros abuelos. Cuando todos sabemos que ya no es así. Que el cómo siempre condicionó el qué. Si nuestros antepasados hubiesen tenido Tinder, muchos no estaríamos leyendo esto. Eso dalo por seguro. Así que no nos deberíamos engañar más.

Algo pasa cuando llega el momento de abrirnos y damos un paso atrás, exhibiendo un pudor absolutamente impostado y muy poco útil, muy poco fiel a la verdad. Por un lado nos morimos por abrir nuestro corazón y se nota a leguas que lo necesitamos, pero por otro manifestamos un miedo atroz a hacerlo, miedo a hacernos daño, miedo a que nos lo hagan o miedo simplemente a ser malinterpretados, como si solo pudiésemos hablar de lo que sentimos desde el amarillismo o poniéndonos cursis. Y nada más lejos de la realidad.

En qué momento se jodió lo nuestro. En qué momento confundimos vida íntima con vida interior. Abrirse con exhibirse. Un escaparate con libros abiertos. Publicar una foto en Instagram con traicionar tu privacidad. Destrozarse la vida por dentro con saber abrirse en canal. Francamente, no lo sé, pero quizás por eso hoy quiero escribirte corazón en mano. Hoy quiero reivindicar las nuevas relaciones, los nuevos tipos víscera de los que tan poco se habla, porque aunque no se hable de ellos, existen, están ahí y oh sorpresa, hoy por hoy ya son mayoría y cada vez van a más.

Existen los clásicos corazones locos. Que aman de diversas formas y todas a la vez. Poliamorosos y compartidos. Indecisos o simplemente complementarios a varias bandas. Corazones que solo se sienten felices dentro de una mayor complejidad que la que la gente considera “normal”. Porque querer ser “normal” por encima de todo es la mejor forma que se me ocurre de perderse la vida de antemano, de renunciar por anticipado a toda felicidad. Cuando “normal” se convierte en “igual que los demás” lo siento pero estás jodido. Muy poco podemos hacer ya por ti.

Existen relaciones neoepistolares que solo funcionan cuando no están juntos y viven en permanente chat. Echarse de menos es más que una forma de compartir lo que se siente por alguien. Es otra forma de disfrutar. Y así deben seguir, pues cuando intentan juntarse, lo suyo es el desastre.

Existen relaciones que sólo funcionan en el recuerdo. Cuando las viviste igual hasta fueron un desastre, una guerra fría, de independencia, civil o incluso mundial. Pero eso da igual, tú ya no te acuerdas de eso, y lo que es un placer ahora es poderlas recordar. Justamente para eso fueron vividas. El error es cuando las intentas comparar con lo que tienes ahora. Pues entonces sí estás mezclando churras con merinas. Y a ver quién es el guapo que hoy por hoy las sabe diferenciar.

Existen relaciones que siempre están a punto de producirse, pero que no llegan a hacerlo jamás. Son las relaciones impasibles ante lo posible, en continua inflación del deseo y en permanente erección. Y ojo que éstas pueden provocar hasta dolor de ovarios, tengas lo que tengas, da igual.

Existen relaciones que no quieren aprender a quererse. Solo pretenden que el otro o la otra se adapte a la manera de querer propia. Y esas son las más dolorosas, pues tarde o temprano, por mucho que se quiera, se acaba queriendo mal.

Existen relaciones con el pestillo roto. Relaciones que dejan entrar a cualquiera a opinar, a juzgar, a valorar si aquello está bien o mal. Y cuando apagan la luz, se dan cuenta de lo solos que realmente se han quedado, pues todo el que opinaba lo hacía por envidia o por simple maldad colectiva, que es la más hipócrita de todas, pues cuenta encima con el beneplácito social. Lo que ocurre entre dos personas que se aman no sólo es sagrado, sino que debería ser nombrado reserva natural protegida por la ONU, por los cascos azules y por toda la Humanidad. Y hasta que no lo entiendan algunos, sólo demostrarán ser unos miserables de sentimiento, discapacitados emocionales, gente a la que solo hay que desearle que se cure algún día de lo suyo, pues sólo entonces podrá amar.

Y por último existen corazones como el mío. Corazón moco donde los haya. Corazón moco que a veces no me deja ni respirar. Corazón cada vez más pegajoso y sucio, que siempre aparece donde no debe y que vuelve con más fuerza cada vez que hace frío para recordarme que ya me he vuelto a resfriar. Y es entonces cuando pasas de los pañuelos de usar y tirar a los pañuelos de tela, que siempre visten, abrigan y duran más.

Bendito virus el nuestro. Bendita enfermedad.”

¿Quieres recibir artículos como éste en tu buzón de e-mail? www.ristomejide.com

Sudar.

Sudar.

Artículo publicado el domingo, 31 de Enero de 2016, en ElPeriódico.com.

risto31-1-16
Il·lustració per Leonard Beard.

“A pesar de lo que deseábamos Vanesa y yo, al final nadie fue capaz de frenar enero. Y entre la cuesta propia del mes, la vuelta masiva al gimnasio y el poco frío que nos hizo, de lo único que estuvimos sobrados fue de sudor. Un sudor no solo físico, sino también emocional, social y moral, un sudor que se manifiesta ya no solo en las axilas o en los pies, sino en el alma y el corazón. Un sudor muy churchiliano mezclado con sangre y lágrima, algo así como en los milagros, pero sin la necesidad del visto bueno papal.

Es el sudor de un cambio de armario que llegó tarde. Cuando la ropa o te sobra o te falta, pero jamás acaba de acertar. Donde casi todas las madres amenazan con que vas a pillar un sarampión, que ya, mamá. Donde ya no puedes ni disimular las calorías que te has metido durante la navidad. La operación bikini tendrá que volver a esperar.

Es el sudor que precede a las primeras agujetas del año. Las que nos recuerdan que no estábamos acostumbrados a sudar de ese modo. Un año más, otra cura de humildad. Una frecuencia que dicen que se convierte en hábito tras 21 días. Ojalá fuese tan fácil crearse un hábito como lo es caer en cualquier vicio. Ojalá.

Es el sudor de tu frente, el único que te aparece en la Biblia para recordarte que el duro trabajo te devolverá algo de dignidad como ser humano. Por eso es tan indigno el espectáculo al que tenemos que asistir cada día, esa gentuza que aprovecha su cargo para robar sin pegar golpe mientras hay millones de personas que darían su vida por conseguir un trabajo honrado. Es tan indigno que ahí ya no suda un individuo, sino toda la sociedad.

Pero es que también es el sudor combinado, la suma de varios sudores, que es el que se da cuando se juntan dos cuerpos o más. Un sudor con sabor y olor indescriptible, porque normalmente nadie que se encuentre ahí en medio está como para tomar notas. Es el sudor que recogen las sábanas, luz y taquígrafos sobre el lienzo de los que se acaban de amar. O sin ponerse estupendo, simplemente, de follar.

Es el sudor frío del que delata al que sufre miedo, escalofríos o ansiedad. Como el que te recorre por dentro cuando te enteras de que un hijo de la gran puta acaba de tirar por la ventana a un bebé de 17 meses justo cuando había sido descubierto abusando de él. Con perdón de las señoras putas. Pero ese individuo no merece ni la condición de ser humano. Merece ser tratado como la aberración que es, ni persona ni animal, es una cosa que hay que desmontar, desconectar de nuestro estado de derecho y hasta desenchufar. Sí, ya sé que no hay que desearle la muerte a nadie, y que conste que no se la estoy deseando, pues tampoco eso me convencería. Yo sería más partidario de que sufriese durante el resto de su larguísima vida. A mí me sale así, no te voy a engañar. Por suerte no soy yo el que decide estas cosas, que para eso están las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, y sobre todo nuestro sistema judicial. Pero te juro que si de mí dependiese, ese malnacido conocería el significado de la palabra dolor en todas sus variantes. Su condena debería ser desear con todas sus fuerzas la muerte, pero jamás llegar.

Pero a lo que iba, que me pierdo. Sudar. Sudar. Sudar. No, lo siento, por más que lo intento no me sale. Después de contarte esto, lo único que tengo ganas es de llorar. De impotencia. De rabia. De indignación. Por ese bebé de nombre Alicia que ya jamás visitará el país de las maravillas, porque le tocó vivir en un país con hijos de puta como el que la mató.

Sí, ya sé que muchos pensarán que me he ido del tema.

Sinceramente. Me la suda.”

¿Quieres recibir artículos como éste en tu buzón de e-mail? www.ristomejide.com