We try harder.

We try harder.

Artículo publicado el miércoles 13 de Julio de 2016, en ElPeriódico.com.

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“Y sin haberlo previsto ni buscado, esta última Eurocopa se ha convertido ante los ojos del mundo en la metáfora más grande del planeta. Será la época de muchas cosas, pero lo que está claro es que son malos tiempos para los favoritos. Es más, me atrevería a decir que ser favorito es hoy en día lo más próximo a una maldición laica universal.

Pasó con la favorita Inglaterra contra Islandia. Pasó con la favorita España contra Italia. Pasó con la favorita Alemania contra Francia. Pasó con la favorita Francia contra Portugal. A todas las favoritas les han dado donde más les duele: en los resultados. Y les ha dado quien menos se esperaba, en términos deportivos, los aspirantes.

En esta vida, o eres favorito, eres aspirante. Dicho en anglosajón, o eres leader, o eres challenger. Y lo más curioso es que te lo suelen otorgar los demás, en base a ciertos resultados más o menos lejanos, pero rara vez es un título que uno se dé a sí mismo.

El favoritismo atonta. Y si no, que se lo pregunten a los hermanos menores. Para empezar, ser favorito no te aportará ningún reconocimiento extra, pues tu umbral del mérito será mucho mayor. Luchas por mantener algo que siempre está por demostrar. Encima, en caso de conseguirlo, nadie te va a felicitar como si te hubiera costado, y si fracasas, la crisis que abras será desproporcionada. Por eso los entrenadores más listos —o mayores— huyen del favoritismo como si de una enfermedad contagiosa se tratara. Saben que si alguien se lo acaba creyendo, es probable que viva con la visión distorsionada. Competir contra uno mismo es el primer paso para perdonarse más errores. Además, el favorito cae peor de entrada, pues estamos educados para pensar que la vida es más justa cuando premia a los que iban a perder.

Ser challenger, por tanto, son todo ventajas. Eres aquél a quien nadie mira, por el que nadie apuesta, y por lo tanto, juegas sin la presión de tener que revalidar. Cualquier cosa que consigas será una sorpresa para todos, empezando por ti mismo. Y sobre todo, no tienes nada que perder con el riesgo. Arriesgarse no es una opción, pues tienes mucho que ganar y mucho menos que perder que tu rival. Así las cosas, no es de extrañar que suelan dar la sorpresa los equipos que se presentan como challenger a las eliminatorias.

En los años 60, un brillante eslogan publicitario de la segunda marca de alquiler de coches en Estados Unidos dio la vuelta al mundo por haber presentado la desventaja de ser el primero de los perdedores en un gran beneficio para el consumidor.

Habían convertido un puesto en una actitud.

La actitud de los que siempre ganan, sea cual sea su clasificación.

La saco de titular, por si algún seleccionador quiere tomar nota.”

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Elige un problema.

Artículo publicado el domingo, 22 de Mayo de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il.lustració per Leonard Beard.

“Elige un problema. Da igual cómo. Da igual el porqué. Puede ser tan grande como el hambre en el mundo o tan presuntamente pequeño como cualquier tipo de soledad. El caso es que identifiques un problema sea tuyo o —mejor todavía— un problema de los demás. Elígelo porque hoy te vas a empezar a convertir en su enemigo. Ten muy en cuenta su tamaño, que siempre importa, y aquí aún más. Cuanto más grande sea él, más grande te hará a ti. Cuanto más difícil sea de ser resuelto, mejor para todos. Elige un problema y ve a por él. Ni luego ni después. Ya.

Elige un problema. Y automáticamente, sigue a rajatabla estas 5 C’s.

Elige un problema y Conócelo. Conócelo como nadie. Hazte estudioso de su evolución. Cualquier problema ha sido el resultado de miles de respuestas fallidas, conviértete en un arqueólogo de su razón. Y hoy, con los medios de los que se dispone, hazte experto en la posible solución de la materia. Hazte sabio en los fracasos que hubo antes de ti. Pero también una C de Control. Ponle todo tipo de monitores que te den información al minuto de cómo está yendo su existencia. Mientras él respire, tú tienes que saberlo. Mientras él viva, tú desvívete.

Por eso, elige un problema y Comprométete. Comprométete a acabar con él antes de que el resto de tu vida acabe contigo. Comprometerse es decirle al mundo que no te piensas hacer otra cosa hasta que no encuentres esa luz. La luz de ponérselo más fácil al siguiente. Un compromiso es algo que pasa por encima de todo lo demás. Un compromiso es de todo menos pasajero. Es nuestra apuesta por el largo plazo. Es nuestra única forma de trascender.

Elige un problema y Compórtate. A partir de ahora, todos tus actos deberán ser coherentes y consecuentes con el compromiso adquirido en el punto anterior. Elimina de tu vida todo aquello que no esté alineado con ese compromiso. No sólo son molestias, son peores, son distracción. A partir de hoy tú eres una máquina de matar problemas, y todo lo que no te ayude, te estorba, te incordia, está de más. Ten en cuenta que hoy eres lo que haces. Pero mañana serás lo que hayas sido capaz de solucionar.

Elige un problema y Crea. Busca nuevas formas, nuevos ataques, nuevas armas, revisa lo que ya se ha revisado, transita las veces que haga falta por la vía obvia, por lo que ya crees haber visto. Una vez más. Porque la creatividad es mirar donde todo el mundo mira y ver lo que nadie más ve. Si eres un genio, ves el cubismo, la 9ª sinfonía o la teoría de la relatividad mucho antes de poder demostrarla. Pero es que no hace falta ser un genio para aportar creatividad. Basta con un nuevo modo, una nueva vía, un diferente cómo para un mismo qué.

Por último, elige un problema y Compártelo. Compartir es mucho más profundo que simplemente comunicar, pues consiste además en trasladar a otros parte de la responsabilidad. Es contagiarles de compromiso. Un contagio sano, positivo, que no sólo no mata, sino que da más vida al que lo recibe. Porque nadie comparte nada que no crea que merece el esfuerzo. Comparte porque los necesitas. Nadie ha hecho nunca nada importante totalmente solo. Busca algo más que seguidores. Busca militantes. Busca creyentes. Busca fans. Porque son los únicos que no necesitan tus razones. Les basta con su fe. Así que hazles partícipes de tu obsesión. Convierte tu problema en el suyo. Tu batalla en su guerra. Tu religión en su credo. Tu principio en su único fin.

Y cuando hayas hecho todo eso, verás que lo que has creado puede ser llamado empresa, movimiento, fundación, asociación, o relación sentimental. Y verás también que da igual cómo lo llamen. El caso es que obtendrás una vida mucho más rica. Tú y todos los que se hayan comprometido contigo. Entenderás que el mundo, la vida y sus problemas sólo valen la pena si cada uno de nosotros se convierte en una minúscula parte de su solución.

Y entonces, sólo entonces, recordarás la necesaria diferencia entre misión y visión.

Misión es lo que quieres para ti. Visión es lo que quieres para los demás.”

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Logística emocional.

Logística emocional.

Publicado el miércoles, 4 de mayo de 2016, en ElPeriódico.com.

risto“El otro día pasé un rato largo con un amigo tratando de encontrar en qué momento una crisis de pareja se transforma en un proceso de ruptura. Y no me refiero al momento en el que uno de los dos —o los dos— dicen basta, porque ésa es una fase ya muy avanzada del adiós. Me refiero cuando una persona ya ha tomado la decisión pero aún no lo sabe, o cuando aún no lo quiere saber, cuando aún se lo niega porque no se lo quiere ni creer. Y la respuesta se nos apareció a los dos casi a la vez, con una claridad tan meridiana que rozaba la iluminación. Uno rompe cuando su cabeza ya ha iniciado la mudanza. Uno acaba cuando supera el qué y empieza a plantearse el cómo. Es el turno de la logística emocional.

Cuando las cosas y los lugares no reflejan lo que pasa en el corazón, hay un desequilibrio entre lo que nos rodea y lo que nos rellena, es cuando nuestra cabeza, irremediablemente, tiende a preguntarse cómo lo igualamos. Y como suele ser complicado mandar desde la cabeza órdenes al corazón, lo más sencillo — o para ser justos, lo único posible, porque de sencillo no tiene nada— es cambiar las cosas y los lugares donde ocurren las cosas.

Logística emocional. El doloroso y a menudo involuntario proceso que consiste en cambiar nuestro exterior para que siga siendo fiel reflejo de nuestro interior. Es el momento —si se puede— de cambiar de casa. Porque las casas no sólo recuerdan a las personas, sino también porque las casas fuerzan nuestra manera de vivir. Hay casas pensadas para estar solo. Pero también las hay ideal familias o ideal parejas. Y no te quiero contar la putada que resulta vivir en una casa conviviendo con un hueco. No te lo quiero contar porque lo he sufrido, y no se lo recomiendo a nadie. Bueno, a algunos sí.

Hay quien aprovecha para hacer reformas. O para cambiar de hábitos. Porque algunos hábitos se los llevan esas personas que se nos van.

Pero también es el momento de cambiar de algunos objetos. Las cosas que usamos, que todas tienen memoria. Desde el champú que nunca compramos hasta el tipo de agua que bebíamos hasta ayer. Olores y sabores que tampoco hace falta erradicar para siempre de nuestra vida, pero sí es momento de probar cosas nuevas. O de enterrar para siempre esos recuerdos con vivencias nuevas.

Insisto, no estoy hablando de olvidar y pasar página más fácilmente, que también. Estoy hablando de coherencia entre lo que pasa dentro y lo que pasa fuera. Es como si en casa, ahora que llega el infierno, dejásemos puesta la calefacción a todo trapo. No tendría sentido. A que no.

Piensa que lo contrario consistiría en acumular cosas y sitios que algún día fuimos pero que ya no nos representan. Lo más parecido a un Síndrome de Diógenes Sentimental.”

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Mujer sin paraguas.

Mujer sin paraguas.

Artículo publicado el domingo, 1 de Mayo de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il.lustració per Leonard Beard.

“Una mujer camina por la calle sin paraguas bajo una lluvia intensa. La gente corre, se apresura, empuja, despliega bolsas y periódicos salvavidas, hiberna bajo refugios propios y ajenos, juega al juego de la oca de portal en portal. Pero ella camina serena, pausada, como si eso de la lluvia no fuera con ella. Porque es que de hecho, hoy eso no va con ella.

Bajo sus ojos brotan raíces de rímel con sabor a sal. Y sobre su espalda parece que haya estado llevando el peso del mundo hasta hace tan sólo un minuto. Sus ojos han dejado de servirle, porque sus ojos ya no ven, tan sólo muestran cosas a los demás. Y lo que muestran es una cara desencajada que camina sin rumbo y sin paraguas bajo la lluvia intensa. Y lo que demuestran es que se puede mantener los ojos abiertos para cualquier cosa menos mirar.

Llorar es de las pocas actividades humanas sobre las que no podemos decidir la velocidad. No se puede llorar rápido. Uno puede controlar la respiración, comer a un ritmo frenético, echarse una siestecita cortita y hasta regular los latidos del corazón. Pero llorar no. El llanto impone su propio tempo. Es el tempo de las cosas que duelen. Es la dictadura del peor genocida de todos los tiempos, también conocido como dolor. Y como en toda dictadura, la primera víctima suele ser siempre el poder de decisión. Ella ahora se duele y deja dolerse. Avanza llevada por cualquiera que sea el motivo de su fatalidad. Porque avanza sin llegar a avanzar. Porque a veces uno simplemente se mueve sólo para no tener que quedarse en el sitio, para poder dejar algo atrás, aunque sólo sea un sitio, aunque sólo sea un lugar.

Ahora ella permite que el llanto recorra todo su cuerpo antes de asomarse a la cara. No son lágrimas, son gotas de sangre destilada y blanqueada bajo la presión que trató de retenerlas. Son pedazos de desengaño disueltos en dudas. Son estrofas desafinadas y descompasadas de una canción que nadie jamás cantará.

La gente pasa por su lado sin percatarse de su existencia. Ella camina al ritmo que llora, y claro, eso molesta a más de uno que incluso chista cuando la adelanta. Estorba. Incordia. No es correcta. Está mal. De vez en cuando alguien la roza con más violencia de lo razonable. No son empujones intencionados. Ni siquiera son toques de atención. Son pellizcos que la realidad le propina para despertarla y recordarle que allí no pega, que allí está de más.

Se ríe mejor en compañía. Se llora mejor en soledad. Por eso, la molestia más grande no es ella. En estos momentos, la mayor molestia son los demás. A ella le sobra el mundo. Y le falta todo el aire disponible para respirar.

Yo la miro y me pregunto cuál será el motivo de su desdicha. Por qué hay lágrimas que no desaparecen ni bajo la lluvia. Y sobre todo, por qué ha decidido salir a la calle y ponerse a caminar.

Una mujer camina por la calle sin paraguas bajo una lluvia intensa. Desaparece de mi vista cuando dobla la esquina, pero da lo mismo porque la sigo notando, sé perfectamente que ahí sigue, bajando por la otra calle a un ritmo demasiado lento para bajar por la calle, a un ritmo ya imposible de olvidar. Y yo, que podría haber hecho algo para ayudarle, en vez de eso me he puesto a escribir este texto, ignorando así la oportunidad que me ha dado la vida para recuperar parte de mi humanidad.

Otra oportunidad perdida. Otra más.”

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Voten ustedes.

Voten ustedes.

Publicado el miércoles, 27 de abril de 2016, en ElPeriódico.com.

risto“Señorías, voten ustedes. Yo ya voté lo que quería el 20-D. Y como yo, millones de españoles que nos tomamos la molestia de acudir a las urnas un día de fiesta, con lo que eso cuesta cuando estás de arriba pabajo de lunes a domingo 24/7. Y ahora encima pretenden que vuelva a ratificar lo votado, y para más inri un domingo de puente post verbena. Já. Ya les dijimos lo que queríamos para congreso y senado. Diálogo, consenso, pactos, complejidad. Hablar y ceder lo que no está escrito hasta reflejar lo que queríamos todos, ser capaces de entenderse para gobernar, que a partir de ahora habría que escucharse y escuchar. Y ustedes han sido incapaces, incompetentes, impotentes negociadores a la hora de consumar. Ahora, encima, por no saber hacer su trabajo, me piden que yo vuelva a significarme, que sea yo el que vuelva a pringar, que sea yo el que vuelva a trabajar por ustedes, y no al revés. Voten ustedes, hombre, dense por votados y si no les gusta ajo y agua, y ya está.

Que sí, que les digo que voten ustedes. Que como contribuyente me parece insultante, indecente e indignante que vuelvan a gastarse ustedes un solo euro en campaña electoral. Seis meses más tarde, medio año perdido, medio año más. Que en estos ciento y pico días tampoco es que hayan demostrado un alarde de estadismo que me haya hecho recapacitar. Hemos visto soberbia, altanería, gente tratando de salvar su culo y su escaño y hasta gente dispuesta a esparcir cal viva por el hemiciclo con tal de epatarse y epatar. Un candidato que se queda para poderse sacrificar tras los comicios. Otro que se no se marcha porque si no se lo habrían fulminado ya. Y el resto política de cara a la galería. Todo sigue igual, o peor que mal.

Los líderes mundiales siguen con su agenda vinculante y España sigue al margen de todo, enredada en peleas de barrio y en mítines de andar por casa, con política de sofá. Que si tú me has dicho, que si te he enviado un whatsapp, que si no tenemos nada de qué hablar. Vergüenza sentimos los que creemos que la política debería ser el arte de dialogar. Esto ya no es política. Esto es una farsa que pagamos todos y que nos va a volver a tocar pagar.

Por eso les digo, les exijo, que voten ustedes. Que a los ciudadanos nos dejen de una vez en paz. Que si este país ha seguido funcionando estos cuatro últimos meses, ha sido, como siempre, por la gente que —por suerte— pasa de ustedes y se dedica a trabajar tributando aquí y no en Panamá.

Ya verás como algún listo se lamenta del incremento de abstención el próximo mes de junio. A alguno se le ocurrirá incluso decirnos que esto nos pasa por votar lo votado, que todo habrá sido culpa nuestra. Con dos cojones. Tiempo al tiempo. Alguno habrá.”

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Existe.

Existe.

Artículo publicado el domingo, 24 de Abril de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il.lustració per Leonard Beard.

“Existe. La persona que aún no sabías que estabas buscando. La persona que, contra todo pronóstico, te hará claudicar. Ella es real. Ella es. Y te está esperando en algún sitio. Esa es la única e incómoda verdad.

Sí, ya sé que ahora mismo te cuesta mucho escucharlo, verlo o ni siquiera pensar en ello, puede que de tanto despedirte incluso hayas perdido la fe. Pero te puedo asegurar que ella existe, no es que yo crea que existe, es que lo sé.

Existe. Mientras tú lees esto y vives de inercia, esa persona respira, sueña, hace yoga o macramé. Da igual. Puede que acabe de cambiar de pareja, puede que ya haya decidido abandonar la universidad. Puede que hasta se haya cruzado contigo por la calle, puede que se encuentre tan cerca de ti que aún ni siquiera la hayas logrado enfocar. El caso es que ella es y ella está. Existe y aún no sabe que tú existes. Nada menos. Nada más.

Y es que me da igual si te lo crees o no, porque la única verdad es que existe. La persona que te querrá bonito, esa persona que te querrá bien. La media naranja mecánica dispuesta a triturar tu melancolía y comerse de un bocado tus prejuicios para desayunar. Ese tipo de apisonadora inclemente y emocional que acabe de un plumazo con tus yo nunca, que dé al traste para siempre con tus yo jamás.

Existe quien sea que te quiera y ese alguien está deseando hacerte bien. Existe alguien que no te juzgue continuamente, alguien que no se plantee nada más que estirar tu boca, que no está mal, para empezar. Hacerte latir con más fuerza. Darte la vida que a ella le sobra. Borrar tu nube, vencer tu mal. Dedicarte horas extras con tal de verte sanar. Mudarse contigo de estado de ánimo. Salir para siempre del por qué a todo y entrar definitivamente en el por qué no. Vivir relajados sin tensar el cómo. Estar en silencio y sentiros cómodos. Disfrutar cada vez que te vea disfrutar.

Esa persona existe. Aquella para la que te has estado preparando toda la vida. Aquella que dará sentido a todos tus fracasos. A tus rupturas absurdas. A tus noches en vela. A todos los días que has decidido olvidar. Aquella que no le importa qué tienes, ni qué has conseguido en la vida, sino simple y llanamente quién eres tú. Y ya está. Con tus defectos y sus virtudes. Con tus cosas malas y sus cosas buenas. Todo. Lo que sea. Es todo sí. Ella es sí, y ella existe, es tu sueño hecho realidad.

Porque de verdad que existe. Porque la vida es un sumatorio de miedos y esperanzas. Que son las únicas variables, al final. Los grandes problemas de cualquier ser humano. Y en medio se encuentran sus hijas bastardas, que no por pequeñas dejan de ser jodidas. Las dudas, las ilusiones. Frutos ambos de una noche loca con la incertidumbre y la desinformación. Por eso nos joden tanto. Porque saben hacer dudar… o lo que es peor, entusiasmar.

Por eso te digo y te repito que ella existe. Porque yo lo he comprobado y porque sé que vale la pena. Salirse de uno mismo sin ganas de nadie para poder entregarse a cielo abierto y sin concesión. Entrar en una relación que te hace ser más tú cuando estáis juntos. Ser de una vez por todas, un equipo, dos que sienten uno, lo que viene siendo amar.

Por eso me pongo pesado. Por eso te digo que existe. Para que si el amor de tu vida no es el que estás viviendo aquí y ahora, no pierdas el tiempo ni te quedes removiendo el pasado, porque dejarás de ver lo que está por llegar.

Ella existe y te está buscando.

De ti depende que os lleguéis a encontrar.”

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Me puede.

Me puede.

Artículo publicado el domingo, 10 de Abril de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

“Me puede. Me puede la vida. La tuya, la mía y la que me das. Porque a ti de eso te sobra y decides regalármela día a día. Porque sí. Por qué no. Porque yo aún no sé lo que te doy a cambio, ni si eso que te doy es algo que tú tomas, más que algo que yo ni sabía que te podía aportar. Porque puede que me estés pudiendo también en generosidad.

Me pierde. Me pierde tu risa, tu manera de descolocarme, tu estrategia sin táctica, tu espontaneidad. Me pierdes tú. Me pierde que me busques. Me pierde que me hayas encontrado. Y todavía más, me pierde que yo te haya sabido conquistar. Con lo que eso cuesta, con lo que eso vale. Que hayas decidido dejarte ver. Quedarte aquí. Me pierde, sí, me pierde perderme así.

Me pueden. Me pueden tus ojos cada vez que me enfocan en medio de tanta oscuridad. Porque los tuyos no sólo ven, también tocan. Y hay que ver cómo tocan, madre de dios. Tocado y hundido. Veo veo. Qué tocas. Por qué tocas. Adiós Leo Romaní. Hasta siempre. Chimpún.

Me pueden los labios esos entre los que se acomoda tu boca. Me pueden abiertos, y sobre todo me puede el espectáculo de ver cómo se disponen a hablar. Estoy por pedir palomitas y algo de beber y sentarme a disfrutar. Me puede lo que eres, pero sobre todo, lo que puedes llegar a ser. Me pierde el argumento de esa novela autobiográfica que los dos sabemos que algún día publicarás. Me pierde tu inmenso potencial.

Me pierde. Me pierde pensar que algún día pueda llegar a perderte. Salir de ti. Morirme de frío bajo un sol abrasador. Tener que soltarme y caerme de ti. Seguramente muy por debajo, muy a mi pesar. Desengancharme de todo lo que me ha hecho volver a estar enganchado. Desaprender este lenguaje lleno de cosas tontas que sólo entendemos tú y yo. Abrir mi vida por la página del día después. Y comprobar que ya estaba escrita. Y volver a tachar. Que no es lo mismo que ponerse a olvidar. Porque sigues conviviendo para siempre con otro borrón sin cuenta nueva. Porque en tu caso no sería uno. Serían más.

Me parte. Me parte tu ausencia cada vez que te marcho o me marchas, da igual. Porque siempre te llevas algo así como mi cuarto y mitad. Me estás dejando en los huesos para hacer caldo. Y no estoy hablando de sexo. O bueno, sí. Qué coño. Y una polla. Todo al rojo y todo al negro. No va más. Hala, a volver a empezar.

Porque es que de verdad que me parto. Me parto con tus ocurrencias. Con tu “què vol dir això?”. Con tu forma de decir “cosita”. Con la manera que tienes de arrugar el entrecejo, cerrar los ojos y chistar. Me río y me haces entender que nada ni nadie es tan importante si tú y yo estamos bien. La risa es el orgasmo de las palabras. Y la envidia, una disfunción eréctil intelectual. Que eso, que me siento mucho mejor persona desde que tú estás. Que aún flipo de lo bien que te has hecho cargo y encargo de mi felicidad. Que tienes la cualidad de saber siempre dónde tienes que estar. Y desaparecer cuando notas que necesito echarte de menos. Ahí es ná.

Por ello, y porque me superas ya en casi todas las cosas, te quería decir que me puedes, sin más. Que esto siempre será eterno aunque jamás sepamos lo que puede llegar a durar. Y que aquí me tienes, rendido y entregado para hacer lo mejor que saben hacer dos que se quieren de verdad. Callar bocas a todos los que aseguraban que aguantaríamos dos telediarios, cuando ya han pasado más de seiscientos. Felicitarte públicamente por cumplir esos locos y maravillosos 20 años, sin vergüenza ni temor alguno por el qué dirán.

Qué sabrán ellos sobre lo nuestro. Qué sabrán.”

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Guillem.

Guillem.

Publicado el miércoles, 30 de marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

risto” 121. Son los días que quedan para el primero de agosto. Ni uno más ni uno menos. No te molestes, ya los he contado yo. Cuatro meses, se aventurarán algunos. Pero demostrarán no tener ni puñetera idea, la profesionalidad se demuestra en escaquearse con exactitud: son 2.904 horas o lo que es lo mismo, 174.240 minutos, poca broma, que es un buen rato.

121, insisto. Es llegar de vacaciones y ponernos a contar lo que queda para las siguientes. Quien no lo haya hecho alguna vez, que tire la primera piedra. Especialmente en este país, donde los jóvenes sueñan con puestos vitalicios en la Administración, los adultos sueñan con una jubilación anticipada y los más mayores sueñan con dejar de soñar de una vez, que ya están cansados hasta de eso. Y eso los que tenemos la inmensa suerte de poder trabajar. No te cuento los demás.

La jubilación, dijo Woody Allen, está pensada para quienes detestan su trabajo. Es lo que tiene vivir toda tu vida en grandes ciudades con clima de mierda. Que acabas confundiendo ocio y negocio. Pero lo peor es que cada vez estoy más de acuerdo con Woody. El problema no lo tienen los lunes, el problema es que no te dedicas a lo que te apasiona. El problema no lo tiene tu jefe, el problema es que aún dependes de un jefe para sentirte realizado. Si todavía necesitas despertador para ir al trabajo, es que sigues dormido y algún día, espero que pronto, despertarás. Pero despertar de verdad.

Y para muestra, permíteme un botón: Guillem.

Guillem es un chaval de apenas 20 años que trabaja en la estación de esquí de GrandValira, en Andorra. Su trabajo es de los más monótonos y potencialmente aburridos que se me pueden pasar por la cabeza: es uno de los encargados de facilitar el telearrastre a los esquiadores. Se pasa allí las horas del día viendo cómo los demás disfrutan mientras él se dedica a acercarles la misma percha una y otra vez. Misma acción repetida cientos de veces al día. Cualquiera acabaría harto de hacer lo que hace Guillem, aburrido, apagado y hasta amargado. Y sin embargo, él no.

En esa operación que dura apenas unos segundos, Guillem consigue crear un instante de magia. Te recibe con una gran sonrisa mientras te suelta una frase ocurrente —seguramente ensayada—, pero que logra sorprenderte cada vez. “No la pierdas, que aunque sea de metal, vale oro”, fue una de las que me dijo a mí. Y me demostró una vez más que igual que Edison veía en el éxito un 1% de inspiración y un 99% de transpiración, en la mayoría de los trabajos hay un 1% de aptitud y un 99% de actitud.

Seguro que Guillem no es de los que cuentan los días que faltan para el 1 de agosto.

Y no por nada, sino porque la temporada de esquí finaliza el 10 de abril.”

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Volveremos a ser ciudad.

Volveremos a ser ciudad.

Publicado el miércoles, 23 de marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

risto“Me acabo de quedar sin tema. Tenía una columna pensada superocurrente —vale, tampoco hay que exagerar—, pero de verdad que presentaba giros insospechados y un final impropio de mí de lo bueno que era. Sin embargo, nada de eso me vale ya. Se me acaba de ir el santo al cielo. Me he quedado en blanco. A mí, y a todos a los que nos ha ido llegando la noticia.

Apenas unas horas después de detener al desgraciado de París, otros desgraciados lo han vuelto a conseguir: han asesinado en Bruselas como mínimo a 34 personas, si no más. Y sí, es cierto, pocos días atrás se producía otro atentado, ya, pero no tan cerca, no tan aquí. Qué le vamos a hacer si los que nos autoproclamamos países civilizados somos así de estúpidos, si no pensamos en los niños refugiados hasta que vimos a Aylan muerto en nuestra orilla del mar, si lo del espacio Schengen no deja de ser una miopía de tamaño continental. Puede que a este paso acabemos siendo todas las ciudades europeas. Ayer fui París, hoy soy Bruselas y no quiero volver a ser ninguna más. Las ciudades no son, en las ciudades se está. Y cada vez con más miedo, debo añadir. Estamos siendo atacados en casa, y ellos saben que es la peor forma de hacernos daño, porque nos guste leerlo o no, los atentados en los que mueren sirios, libaneses o iraquíes nos dan más igual.

Hoy han vuelto a conseguir lo que buscaban. Interrumpir. Interrumpirnos. Dejarnos en silencio una vez más. Saben que quien tiene la capacidad de interrumpir cuando y donde quiera, al final tiene el poder fáctico, el poder de verdad. Por mucha ley y tratados internacionales que se les pongan delante. Ellos cuentan con el factor más contundente: aquel que no obedece a ninguna regla, aquel que no es previsible, aquel que nadie sabe dónde está, ni cuándo ni dónde nos volverá a golpear. Parece que en el siglo XXI ya no pueden ignorarse alegremente los problemas del vecino, porque sus problemas acaban siendo nuestros problemas, y porque sus muertos acaban siendo los nuestros también.

Y mientras no seamos capaces de entenderlo, reaccionar y abatirles con nuestras armas y de manera legítima y consensuada, seguiremos sufriendo pérdidas injustas o que algunos de nuestros chavales pillen el fusil por su cuenta y riesgo y se larguen a pegar tiros contra el Daesh en Irak.

Sí, un lustro de conflicto sirio es un avispero en el que ya está comprobado que tenemos nuestra parte alícuota de responsabilidad. Pero alguien debería hacerles frente a los bárbaros de manera inmediata, legitimada por el Estado de Derecho y usando el único lenguaje que entienden, antes de que sea demasiado tarde o nos convertiremos todos en otra ciudad.”

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Efectivo, eficiente o eficaz.

Efectivo, eficiente o eficaz.

Artículo publicado el domingo, 20 de Marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

“Pensamos que usamos las palabras, hasta que alguien o algo nos recuerda su verdadero significado, y entonces —y sólo entonces— nos damos cuenta de que ha sido al revés, que han sido ellas las que han estado aprovechándose de nuestra pereza y utilizándonos como peleles lingüísticos, que es en lo que realmente nos estamos convirtiendo a golpe de tuit y de whatsapp. Como ocurre con cualquier meme, las palabras también sobreviven gracias a nuestra lengua, beben de nuestra saliva y respiran con nuestra pronunciación, y de ahí que harán lo que sea por perdurar, por trascender, por llegar hasta la siguiente generación.

Así las cosas, hay palabras que siguen claramente una estrategia para sobrevivir en esta realidad miope más allá de los 140 caracteres, que consiste en agruparse en células de resistencia por asociación aunque sea engañosa y falaz. Las palabras se refugian a rebufo de otras más utilizadas, más comunes, se disfrazan de sinónimas, cuando realmente no lo son, y allí aguantan agazapadas el chaparrón de esta epidemia de comodidad que nos amenaza y nos empapa ante semejante procrastinación con tendencia a convertirse en huracán de fuerza mayor.

Es lo que ocurre con efectivo, eficiente y eficaz. Tres palabras que a priori no tienen nada que ver, sobre todo cuando nos referimos a las relaciones humanas y ya no digamos sentimentales. Tres conceptos que intercambiamos con demasiada alegría. No hay más que encender la radio, la tele o abrir cualquier periódico para darse cuenta de que no hemos reparado en ninguno de sus matices, lugar donde suele esconderse la verdad.

Con la palabra “efectivo” no hay confusión posible, pues viene claramente definida en el DRAE: real y verdadero, en oposición a quimérico, dudoso o nominal. No es de extrañar que comparta casi todas las letras con afectivo. Lo afectivo es mucho más que efectivo, porque llega incluso antes que éste, tanto en el diccionario como en el corazón. Y así demuestra que se puede ser perfectamente real y verdadero a la vez que quimérico, dudoso o nominal.

Efectivo no es eficiente. O como mínimo no debería serlo. Fíjate en la definición de “eficiente”: capaz de disponer de alguien o de algo para conseguir un efecto determinado. Disponer, utilizar, manipular y conseguir un efecto, un resultado. Y lo peor, como siempre, viene en la última palabra: determinado. Predefinido. El destino. A vueltas con el destino. Quizás por eso esté a una sola letra de deficiente. Lo eficiente consigue lo que quería. Lo efectivo lo es.

Y así llegamos a la necesaria distancia con eficaz, o lo que es lo mismo, “capaz de lograr el efecto que se desea o se espera”. Definición muy parecida a la de eficiente, pero que nos introduce en dos conceptos radicalmente disruptores. Los deseos y las esperas. Las dos condenas del ser humano para un tal Siddhartha. Y es que la vida entera son deseos y esperas. La felicidad, como defendía Punset, está en la antesala de conseguir lo que se persigue. Nos pasamos la existencia en la sala de espera de nuestros deseos. Según Lennon, lo que te ocurre mientras tú haces otras cosas. Esperar y desear. Porque ya me dirás qué somos, sino un manojo de anhelos que siempre tienen que esperar.

Así que nada, quizás hoy nos toca aprender algo sobre estas sutiles diferencias. Que cuando pretendemos ser eficaces y eficientes, no nos fijamos ni nos damos cuenta de los cadáveres que vamos dejando por el camino. Esos cadáveres llamados sorpresa, intuición, cambio de rumbo, de repente y ya. Cualquier cosa que sea contraria a la expectativa. A lo previsto. A lo que pretendimos conseguir. A la quimera, a lo dudoso y a lo nominal.

Y es que las cosas importantes, las de verdad, están ahí, en ese hueco, en ese ángulo muerto del espejo retrovisor llamado futuro. Y es que las cosas importantes, las de verdad, son siempre y necesariamente ineficientes, ineficaces, y son muy poco dadas a la previsión.

Prefieren ser efectivas.”

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Hacer caso.

Hacer caso.

Artículo publicado el domingo, 13 de Marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

“La secuencia es siempre la misma. Alguien pretende que hagas algo. Cualquier cosa que ese alguien desea que hagas, sea por su propio beneficio, sea por el tuyo, sea por un tercero, da igual. Y ante esa petición, tú tienes dos opciones. Sí, sólo dos, se trata de las pocas situaciones binarias que hay en la vida. Como embarazarse. Como equivocarse. Como ser infiel, o mejor dicho, desleal. En este caso, o le haces caso o no se lo haces. No hay punto medio. On y off. Blanco y negro. Hu há.

Hacer caso no es obedecer. Puede que se parezcan en su significado, pero sus grafías dibujan cosas muy distintas. La obediencia es seguidismo pasivo o sumisión activa, según se mire. Acatar la orden, sin más. No conlleva más mérito que seguir la norma, pactada o no. En todo caso demuestra una decisión previa de respeto ante las normas de convivencia y la legalidad. Por eso, la obediencia nace. El caso, en cambio, se hace. Se fabrica. Se moldea con las propias manos aquí y ahora. No es algo que puedas comprar hecho. Lo tienes que manufacturar para cada ocasión. Y siento cada vez más respeto por las cosas que no se pueden prefabricar.

De ahí que sienta tanto respeto ante la gente que entiende esta diferencia y, manteniéndose obediente, decide no hacer caso. Porque donde existe demasiada diferencia entre ambas es allí donde anida toda injusticia. Mandela fue obediente y acató prisión injusta durante 27 años, pero jamás hizo caso del apartheid. Gandhi fue un obediente abogado licenciado por el University College de Londres, hasta que se negó a viajar en un vagón de tercera clase por el mero hecho de ser “de color”. Y así Luther King, Claudette Colvin, Rosa Parks. Obedecer sí. Hacer caso, jamás.

Trabajo desde hace casi 20 años en el sector servicios. El sector donde un día alguien dijo que el cliente siempre tenía la razón. Cuánto daño ha hecho esa frase, dios. Imagínatela en manos de un médico, o peor aún, cirujano. El paciente siempre tiene la razón. A mí que no me ponga las manos encima ningún galeno que piense así. Pues en marketing ocurre un poco lo mismo.

El día que creces como profesional es el día en que decides darle a tus clientes lo que crees que les conviene, lo cual no siempre coincide con lo que te están pidiendo. “La gente no sabe lo que quiere hasta que se lo muestras”, mi frase favorita de cierto fundador de Apple con el que tanto nos gusta posturear. Al final, mis clientes pagarán la campaña que quieran comprar, y si no les gusta lo que les ofrezco, al que no le harán caso será a mí, me echarán a la calle, como alguna vez ha pasado, y como seguro volverá a pasar. Pero intentaré que lo hagan siempre con algo que yo creo que les convenía más que lo que me estaban pidiendo, y por supuesto con la sensación de que esta vez el equivocado puedo haber sido yo. Obedecer sí. Hacer caso, jamás.

Un amigo es alguien que te conoce tan bien y te quiere tanto que jamás te hace caso del todo. Por tu bien, por el suyo, por el de los dos. Si es amistad verdadera, resistirá el paso del tiempo, pero sobre todo el paso de ti. Los consejos, el yo de ti haría, el yo en tu lugar… están de más en un espacio de verdadera amistad. Nadie es más que nadie cuando se quiere y se piensa resistir hasta las últimas consecuencias, hasta el final. Ya no hay árboles ni bosque, los talamos todos para construir este barco sobre el que vamos los dos de igual a igual y dispuestos a naufragar. Nos equivocaremos juntos, tú dale que yo te sigo incluso en mi desacuerdo.

Y si esto es así con los amigos, imagínate con la pareja. Esa amistad de la que has decidido enamorarte. Tu pareja no es pareja si sólo te dice las cosas que sabe que te gusta escuchar. Tu pareja no es pareja si nunca te ha dicho que te equivocas. Si no has discutido y entendido la discusión como una de las formas más puras y desinteresadas de amar.

Hazme caso. Tú obedece. Pero jamás hagas caso. A mí, para empezar.”

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Be Walter, my friend.

Be Walter, my friend.

Publicado el miércoles, 9 de marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

Captura de pantalla 2015-09-03 a la(s) 19.21.55“Malos tiempos para la rigidez mental. En medio de este desgobierno en funciones plagado de no investiduras y pactos contra todos, de pronto a nuestros políticos les ha tocado jugar este improvisado Campeonato del Mundo de Contorsionismo Ideológico, y a la vista está que les ha pillado muy desentrenados. Contra toda lógica democrática, el que ha permanecido más inmóvil es justo el único que no sale en la foto. Y del resto qué decir, que donde dije digo, además de Diego, tengo que decir lo que dije mientras omito lo que los otros no quieren que diga. Se precisa urgentemente un curso acelerado de flexibilidad política, dogmática, si me apuras hasta moral, y yo con estos pelos, anda, bésame, tonto y De Guindos muerto de celos.

Hace ahora la friolera de 10 años, una mítica marca de automóviles —que por cierto acaba de convertirse en centenaria— rescataba una de las últimas entrevistas concedidas por Bruce Lee en 1971, tan sólo unos meses antes de morir: “Vacía tu mente, libérate de las formas. Haz como el agua. Si pones agua en una botella, se convierte en botella. Si la pones en una tetera, se convierte en tetera. El agua puede fluir o puede golpear. Sé agua, amigo.” Premonitorio, ¿verdad?

Por la Carrera de San Jerónimo corre hoy agua de todo tipo. Agua potable, agua sucia, agua contaminada y agua pesada. Agua que fluye y agua que golpea. Agua congelada que espera como agua de mayo a su agua hirviendo para ser aguada. Agua que mueve molino y agua que déjala correr. Cualquiera diría que las goteras del congreso han pasado del techo a los escaños vía sus señorías. Y aún así, una sequía de liderazgo lo vuelve todo insuficiente para saciar semejante sed de poder.

No es de extrañar que Zygmunt Bauman se quejara de la cultura líquida moderna en contraposición a la cultura de aprendizaje y acumulación, pues la de ahora “se nos aparece como una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido”. Para fluir es necesario olvidar, desprenderse de lo de ayer y renunciar a cualquier tipo de coherencia. Y como de memoria andamos tan justitos, ya nadie resiste una hemeroteca a más de una semana vista.

Y a todas estas, los ciudadanos, con la boca más seca de lo normal, asistimos atónitos a la disolución ya no de las cortes, sino de las propuestas electorales, de los programas y de nuestras papeletas convertidas en papel mojado.

A mí, ante tanto pacto monta tanto, ante tanta concesión indiferente y tanto postureo en busca de más comicios, lo que se me viene a la boca es una sentencia del economista británico Walter Bagehot: “Puedes hablar de la tiranía de Nerón y de Tiberio, pero la tiranía real es la del vecino de al lado.”

Be Walter, my friend.”

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Cuatro pueblos.

Cuatro pueblos.

Artículo publicado el domingo, 6 de Marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

“Si la elegancia es donde dices basta. Si plantarse es comenzar a echar raíces y por fin dar tus frutos. Si la estupidez es sólo la forma más extendida de desproporción. Como la fealdad. Como el recuerdo. Como todo lo que hoy, inexorablemente, vas a olvidar. Y si para avanzar a veces es necesario que te detengan por malvada y peligrosa. Hoy me bajo de mi propia inercia para reflexionar sobre lo que hay que hacer para pasarse de verdad. Cuáles son los cuatro pueblos que, llegado el caso, jamás hay que dejarse atravesar. Si alguna vez te pasaste cuatro pueblos o se los pasaron contigo, éste es el mapa de tu arca perdida, ahí va la hoja de ruta que como diría el poeta, nunca se ha de volver a pisar.

El primer pueblo es un lugar llamado Respeto. El principio de todos los desvaríos. El kilómetro cero de las relaciones hacia ningún lugar. Te diría que así a priori un respeto se lo merece cualquiera, pero tampoco te voy a engañar. El respeto no se exige. El respeto se gana. Y ojo con dónde lo guardas, es lo único que por mucho que tú hayas ganado, siempre te lo van a perder los demás. Basta con una palabra fuera de tono. Un todo lo que eres me da igual. O a veces, basta con tratarte como más idiota aún de lo que ya te sientes. Asumir que pueden tomarte el pelo en tu puñetera cara y encima a ti tiene que darte igual. Y a partir de ahí descender peldaño a peldaño por una herida con forma de escalera de caracol hacia la destrucción total. Créeme, sé de lo que me hablo. Lo he perdido y me lo han perdido más veces de las que soy capaz de recordar. Por eso estoy en disposición de reivindicarlo. Por eso ahora me siento con toda legitimidad. Porque nadie lo echa de menos hasta que de pronto nadie sabe dónde está. Y es entonces cuando es demasiado tarde. Es entonces cuando hay que salir del sistema y volver a entrar, o como dicen los informáticos cool, resetear.

Así llegamos al segundo pueblo que los organismos internacionales bautizaron en su día como Dignidad. La dignidad es respeto en posición de enfado. De ahí viene cualquier palabra que derive indignada. Indignada de cuando no queda ya nada de eso, de dignidad. Cuando alguien la esgrime y la reivindica, eso es que algo muy malo y muy desagradable o bien ha pasado o bien está a punto de pasar. Por eso, pasarse este pueblo sí que tiene principios, pero aún nadie le ha encontrado ningún final.

El tercer pueblo no es un lugar, sino muchos. Porque está localizado en algún lugar del Arrepentimiento, que es como el ombligo, cada uno rodea sólo al suyo, y como ocurre con los ombligos, jamás encontrarás dos iguales, todos tan feos como inútiles. Tuvieron todo el sentido en su día, pero fuimos consciente de ellos en cuanto ya no los volvimos a necesitar. Es la zona cero de la culpa, donde todos los conflictos llegan justo después de firmarse la paz.

Y así es como llegamos al último pueblo. Si te pasas éste, iba a decir que te despidieses de todo y de todos, pero me estaría equivocando, una vez más. Porque este pueblo no es otro, este pueblo eres tú. Cuando ya no te reconoces ni a ti mismo, eso es que te has perdido para siempre y de verdad. Te miras, te escuchas y dices y éste quién es. Ahí es donde tampoco debes cometer el error de rechazarte, porque eso que has encontrado también eres tú. Aunque no te guste. Aunque te dé mucho asco. Aunque tus mapas no llegaran a verlo, aunque tu concepto de ti mismo se haya quedado sin cobertura. Las cloacas de tu carácter huelen así. Son los bajos fondos de tu personalidad. El lugar al que sólo tiene sentido acceder para hacer una cosa: quedarse y ponerse a desinfectar.

Pasarse cuatro pueblos es mucho más que llegar tarde a cualquier pronto.

Pasarse cuatro pueblos es darse cuenta de lo pequeño que eres como ciudad.”

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Caer bien.

Caer bien.

Publicado el miércoles, 2 de marzo de 2016, en ElPeriódico.com.
risto“Mira que me caes mal, pero aún así coincido al cien por cien con el último artículo que has escrito, así que lo voy a compartir en mis redes sociales avisando, eso sí, de lo mal que me caes”. La escena se repite cada vez que publico algo que toca conciencias, almas, corazones o simplemente hueso. Y yo que me alegro, oye. Al final, reconocer la contradicción propia es el principio para superar tus prejuicios. No te lo tomes a mal si me importa un carajo. Sobre todo, porque yo no escribo para caerle bien a nadie. Ni aparezco en los medios para caerle bien a nadie. Ni hago nada de lo que hago para caerle bien a nadie. No soporto el sentimiento de caer bien. Ni siquiera cuando a mí me ocurra con algunos. Como a cualquier hijo de vecino me gusta gustar, pero por favor, no confundir con caer bien.

Caer bien no es gustar. Gustar supone un proceso de prueba y acierto, significa que lo que has recibido te convence aunque sea sólo al paladar. Caer bien es diferente. Una decisión irracional e independiente del entendimiento o la razón. No sé qué tiene, pero me cae bien. Mi complejo amigdalino, el mismo que hace cientos de miles de años me avisaba del peligro antes de que fuese consciente del porqué, decide por mí y yo lo expreso como si fuese algo de lo que estar orgulloso. Romanticismo retrasado hasta el pleistoceno. No tengo motivos fundados ni racionales para emitir este juicio, pero me da igual, he decidido absolver a esta persona o condenarla por las mismas no razones, si he decidido que me cae mal. Y a partir de ahí, el efecto halo que supone la atribución de todo tipo de virtudes o defectos asociados. Los magistrados saben muy bien que no pueden dejarse llevar por las filias o fobias que despierten los acusados, pues se exponen a cometer delito de prevaricación.

Caer bien ha sido y sigue siendo el mal endémico de este país. Ha sido el mal de muchos y sigue siendo consuelo de tontos. A Rajoy le caía bien Alfonso Rus. Te quiero, coño. Y Bárcenas sé fuerte. Y Rita Barberá me ha dicho que es inocente. Ahora no nos queremos acordar, pero hubo un tiempo en el que Jordi Pujol le caía bien a prácticamente todo el mundo en Catalunya. Y lo bien que nos caía el rey campechano.

Que alguien te caiga bien —o mal— es ser flojo de corazón. Andar por la vida con los ojos vendados por uno mismo. Dejar de escuchar lo que la realidad te grita. Esa realidad que dice que si coincides con alguien cuando se expresa, eso es que igual no te habías formado un juicio adecuado, y estás a punto de desterrar un prejuicio.

Pero claro, es mucho más fácil decir que sigue sin caerte bien quien piensa igual que tú. No vayas a caer mal a los que aún ni se lo han cuestionado.”

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Lo que faltaba.

Lo que faltaba.

Artículo publicado el domingo,16 de Noviembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Lo que faltaba. Ahora vas y me recuerdas lo que no hice. Me señalas lo que nos faltó. Lo que debería haberte hecho y no te hice. Lo que debería haberte dicho y no pronuncié. Lo que debería haber sentido y jamás sentí. O lo que no fui capaz de poner. La omisión, esa culpa por lo que no se ve, ese reproche al vacío de lo que ya se fue. Nadie debería echarse en cara lo que faltaba. Y sin embargo, cuántas ausencias fueron más causa que consecuencia, cuántas relaciones se acaban por razones ajenas a la realidad.

Lo que faltaba. Siempre lo que faltaba. Sólo y únicamente lo que faltaba. No sé qué tiene lo que faltaba, que jamás puede llegar a ser compensado por lo que sí estuvo, por todo lo que sí se dio. Es así de jodido. Así de inexorable. Así de mal. Te guste o no. Y es que por muy completa que fuese tu relación, por mucho que se exprimiese el amor, siempre habrá más cosas que se quedaron fuera. Porque todo fuera será siempre más grande que cualquier dentro. Por definición. Por eso el dentro es más precioso. Por eso hubo que protegerlo lo mejor que supimos. Por eso al cabo del tiempo se nos escapó. Por eso se nos escurrió entre los dedos. Porque se diluyó lo que sí teníamos entre todo lo que faltaba y todo lo que al final nos faltó.

Lo que faltaba. Lo que ya no puedes ni deseas cambiar. Por mucho que lo intentes, ya es tarde y ahora sería hasta de mal gusto, fatal. Como ese beso en la mejilla de cualquier ex. Como esas cartas que no son ni devueltas al remitente porque el destinatario ya cambió de dirección. Como esa llamada perdida en el móvil del que ha muerto, que nadie se molesta ni en contestar. Las cosas que llegan tarde no es sólo que estén desfasadas, es que están mal. No sólo por su momento, sino por su intención. Porque es la intención la que se nos quedó caduca. Y nos recuerda lo que sentimos y ya no está vivo. Lo que fuimos y jamás volveremos a ser. Porque volveremos a ser otra cosa. Pero eso ya no.

Lo que faltaba. Verte preciosa. Verte radiante. Verte feliz. Todo lo que siempre quise para ti. Y resulta que sólo lo consigues gracias a no estar conmigo. Esa luna llena que hoy todos admiran está patrocinada por este sol que ya se va. Justamente el único selenita que sobraba en el firmamento de tu vida. Me voy atardeciendo y tornándome rojizo, enfriándome de a poco y a sabiendas de que cuanto más me ausente, mejor estarás, mejor te irá. Para que otros puedan contemplar la belleza de lo que hicimos juntos. Lo mucho que tú eres gracias a lo poco que yo fui. Y mientras, sigo vagando por la otra cara del mundo, tratando de convencerme de que volveré a encontrar otro satélite, aunque los dos sepamos que ya no hay más.

Lo que faltaba. Encima va y me dices que ahora sí que has cambiado. Que has aprendido tanto de nuestra ruptura y de nuestra relación. Que cometerás quizá otros errores, pero esos ya nunca más. Ahora que ya aprendiste, ahora va y lo va a disfrutar el siguiente. Él, ese individuo al que aún no conoces ni tú, pero que ya puede contar con toda mi envidia y frustración. Él, sin duda algo menos capullo que yo, que te encontrará al final de nuestro camino y no tendrá que pasar por lo que pasamos los dos. Él, un cualquiera que te llevará hasta vete tú a saber dónde, y si lo consigue, si es que tiene el valor y el coraje de conseguirlo, siempre habrá sido gracias al recorrido que juntos hicimos los dos.

Dale las gracias por conseguir todo aquello que yo no supe.

Y una buena patada en los huevos.

Que eso también nos faltó.”

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De muros, tapias, tabiques y paredes maestras.

De muros, tapias, tabiques y paredes maestras.

Artículo publicado el domingo, 9 de Noviembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Veinticinco años de la caída del Muro de Berlín, veinticinco años del fin de la guerra fría y del inicio de la Europa tal como la conocemos hoy, veinticinco años de la Glasnost y la Perestroika de Gorbachov, veinticinco años de una pregunta incómoda de un periodista italiano que llegó tarde a la rueda de prensa de un alto mando del Politburó, y veinticinco años de una respuesta errónea e improvisada que cambiaría el curso de la historia.

Y sin embargo a mí, que cumplía entonces 15 años por primera vez, lo que más me inquieta ahora es la necesaria diferencia entre un muro, una tapia, un tabique y una pared maestra.

Todos parecen lo mismo, porque todos están pensados para separar. Dividir. Segmentar. Esa tarea tan humana y tan divina, digámoslo de una vez. Porque si hay algo que nos acerca a los dioses es esta manía por separar a los semejantes mediante cualquier invento, ya sea la raza, el sexo, la altura, el peso, la religión, la ideología, la procedencia, el nivel socioeconómico, la lengua o la cultura. Da igual. Cualquier excusa es buena para olvidar durante un rato lo iguales que somos todos y lo mal que a la hora de la verdad llevamos tanta igualdad.

Alguno se creerá aún que todo lo que se separa está más protegido. Suele ser quien cree que los demás son una amenaza porque cree que todos son de su condición. Él verá. Pero vayamos al lío. Veamos en qué se diferencian un muro de una tapia de un tabique de una pared maestra. Porque no sé si lo has notado, pero no tienen absolutamente nada que ver.

Un muro es una vergüenza levantada con la piedra del prejuicio y sostenida con el cemento más resistente que existe, esa amalgama compacta de miedo e ignorancia a partes iguales. La mayoría de muros son de exterior, aunque los más altos e infranqueables se encuentran dentro de nosotros. Son los que no se ven, pero se notan. Caray si se notan. Basta con fijarse en que al construirlo, se crean automáticamente dos bandos, y siempre ocurre lo mismo, a un lado crece la mala hierba de la demagogia, y al otro la de la contradicción. A un lado la casta, al otro el populismo. A un lado la tarjeta black, al otro la cartilla del paro. No hay que preocuparse mucho por su durabilidad: ninguno resiste ante la suficiente dosis de sentido común y humanidad.

Una tapia, en cambio, es alguien que parece que oye, pero no escucha. Como Rajoy a Catalunya. Como Mas a Madrid. Como Monago a las Islas Canarias. Como Esperanza Aguirre a su número dos. El runrún está al otro lado, pero no deja de ser ruido. Molesta, pero no mueve a la acción. Alimenta, pero no engorda. Yo a lo mío, y a los del otro lado que les den.

Un tabique no deja de ser muy parecido a un muro, pero es como más fino, más sutil y encima de interior. Afecta a lo que creemos, a lo que pensamos, a nuestra manera de actuar de puertas para adentro. Es algo que hemos levantado porque antes no estaba ahí, y sin embargo lo pusimos nosotros consciente o inconscientemente, y ahí se quedó. Es algo que podríamos derribar y seguir funcionando perfectamente. Y sin embargo, siempre nos da miedo hacerlo, vete tú a saber por qué. La verdad es que el día que lo hacemos, que lo tiramos abajo, de pronto, nuestro espacio es más amplio, ganamos en metros y qué coño, hasta se respira mejor. La infanta al banquillo, oye pues por qué no. Que ya va siendo hora.

Para terminar, están las paredes maestras. Parte fundamental de la estructura de nuestra vida. Esqueleto de lo que sabemos o creemos saber. Principios básicos de funcionamiento. Para pasar por ahí, debería mudarme de habitación, de casa y hasta de edificio, pues cualquiera se queda a vivir después de agujerearlo. Puede haber un antes y un después, y seguramente hacerlo nos deje abocados al derrumbe. Un por ahí no paso. Un hasta aquí hemos llegado.

Al final, hace veinticinco años no éramos mejores personas, pero igual sí más felices.

Hace veinticinco años derribamos un muro y hoy todavía lo celebramos.

Como si no hubiéramos levantado ninguno más desde entonces.”

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Un artículo de los de antes.

Un artículo de los de antes.

Artículo publicado el domingo, 2 de Noviembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Quiero dejar de vivir después. Quiero que mi vida sea siempre antes. Un antes continuo. Uno que no se acabe jamás. Quiero con todas mis fuerzas que nada de lo que haya ocurrido pueda seguir ahí simplemente para hacerme daño. Vivir después es una mierda. Vivir después es lo que nos mata. Lo que nos hunde. Lo que nos hace mal. Causa y defecto. Acción preocupación.

La vida es antes, porque la felicidad está siempre antes. Antes de llegar. Antes de conseguirlo. Aunque haya sacrificio. Aunque cueste. Sobre todo si cuesta. Conseguir algo es el primer paso para dejar de desearlo. Porque el deseo es antes, también. Porque vivir después ya no vale. Vivir después ya está.

En cambio, vivir después es vivir donde está el recuerdo, la nostalgia, el dolor y el resentimiento. Los resultados de tu analítica. El divorcio. El desengaño. La experiencia, dirás. Y una mierda, te digo yo. Por cierto, la mierda es siempre después. Antes se le llamó comida.

Antes hay anhelo, antes puede que haya hambre y haya sed, vale, pero es que después hay empacho o gastroenteritis en el mejor de los casos, o más hambre y más sed en el peor de ellos. Así que ya me dirás.

La distopía, esa sensación continua de que pase lo que pase vamos a peor, la inefable regla del 3, ésa que asegura que a partir de los 30 años, de las 3 de la mañana y de los 3 gintonics, todo siempre es susceptible de empeorar. Un poco lo que nos pasa en este país. Un poco lo que pasa cuando ya has llamado mujer de tu vida a tres mujeres. Y te das cuenta de que lo fueron. Aunque ocuparan sólo su trozo. Porque ése trozo es suyo. Y siempre lo será. Y no por eso has de dejar que lo llamen mentira. Porque la mentira es la única actividad humana que convierte cualquier antes en un después.

Y ahora qué. Preguntarás. Y ahora hacia dónde.

Pues yo qué sé. De mí no esperes respuestas. Ni mucho menos sentido. Ni muchísimo menos dirección. Que yo soy de los de antes. De los que busca siempre vivir antes, que ya te lo he dicho. Porque no hay nada más peligroso que lo que alguien te vende como un antes y un después. Desconfía de quien quiere sacarte de tu antes para llevarte a su después. Porque no hay malo conocido peor que malo por conocer.

Claro que es bueno ir haciendo cosas. Y necesario. E inevitable. Y esas cosas son ellas mismas las que se ordenan en el tiempo. Pero eso no las hacen mejores por el hecho de estar más acá o más allá. Porque si así fuera, sólo iríamos a mejor. Y ya me dirás.

Yo prefiero perseguir antes como quien persigue la luz del sol y no quiere saber nada de ese después al que llamamos sombra. Y así me va. Acumulo ya más finales de los que jamás he empezado. Comienzo a menudo por el final para no tener que enfrentarme tanto a mis principios. Y sonrío de tanto llorar. Y me enamoro sin quererme enamorar.

Seguramente debería ahora hacer una apología del momento, del carpe diem de toda la vida, de aprovechar el momento, cambiarle las letras a vivir por beber y acabar este artículo por todo lo alto provocando en ti una sonrisa, y en mí la desazón de siempre.

Pero es que esta línea es justo la que va después de la anterior. Y ya no se me ocurre cómo mejorarla. Ya está escrita, ya está después. Lo que yo te diga. Seguramente habré perdido el tiempo escribiéndolo, y lo peor de todo, te lo habré hecho perder a ti.

Haberlo pensado antes.”

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Semanas de 7 vías.

Semanas de 7 vías.

Artículo publicado el domingo, 26 de Octubre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Que a quién voto. O a quién he votado. O a quién votaría si se celebrasen hoy las elecciones. Menuda preguntita. Sobre todo ahora, que la mayoría del país se arrepiente de haber votado a los que luego se lo llevaron crudo, y encima tampoco se vislumbra una alternativa ya no útil, sino simplemente decente.

Claro que se podría votar en blanco, pero mientras la ley electoral no cambie, eso es ponérselo más fácil al poder, al status quo, a los partidos mayoritarios y más difícil a las minorías, o lo que es lo mismo, a los que se supone que les tendrían que dar una patada en el culo. En este país, votar en blanco significa respaldarles con los ojos en el mismo color.

Y por tanto, en qué quedamos. No me rehuya la preguntita. Que a quién voto. Que a quién he votado. Que a quién votaría si se celebrasen hoy las elecciones. Venga, va, valiente, democratícese y mójese, que no está el país para medias tintas.

Pues mireusté. Depende del día de la semana. Sí, sí, llámame chaquetero, pero es que igual que me cambio todos los días, la política para mí no tiene dos vías o tres como algunos nos intentan hacer creer, sino, como mínimo, siete. Y porque no hay más días. Que si no, me faltarían partidos.

La semana de 7 vías comienza con un día negro. Los lunes al sol en los que se encuentra más de una quinta parte del país. Por eso, los lunes votaría muy fuerte a Podemos. Es el día que más estoy cabreado y me da igual hacia dónde vayamos, me da lo mismo si no tiene proyecto, ni dirección, siempre y cuando nos saquen de donde estamos. Un aplauso en toda la cara a los que nos han llevado hasta aquí. Un desahucio en toda regla, pero por fin en sede parlamentaria.

Claro que de Guatemala siempre podríamos acabar en Venezpeor. Así que los martes, que ni te cases ni te embarques, votaría a Izquierda Unida, que no se sabe si va o si viene, si es casta o novia sumisa del anterior. Los martes además tienen algo del cabreo del lunes, pero ya se va matizando. Que si no hay que ser tan rupturistas, que si veamos cómo avanzan las encuestas, que si refundemos semana a semana, que si Inmoral Santín, que si tenemos más historia que los nuevos lunes, que si ni contigo ni sin ti…

Enseguida nos encontraríamos en un miércoles cualquiera. A medio camino de la semana laboral. Un gris de lo más fondo de armario. El día del espectador en los cines. Una jornada ideal para que nos cuenten películas. Un PSOE en toda regla. Una alternativa tan creativa que no es capaz de exigir la dimisión de Ana Mato al día siguiente de su extraordinaria gestión del ébola, pero eso sí, igual te propone acabar con el ministerio de defensa, como que se realicen funerales de estado cada fin de semana. Y cada día una nueva desilusión.

Una vez desengañado de tanto soufflé, llegaría el jueves. El día que está en medio de todos los saraos. Desde la Gürtel hasta la Falla que tienen montada en Valencia o los papeles de Bárcenas, pasando por el gobierno del plasma, que no le pregunta a nadie ni acepta ser preguntado. Si me da por estar en el epicentro del mamoneo, de la soberbia parlamentaria y del desgobierno generalizado, me daría de pronto por votar al PP. Hala, ahí la llevas. Cuatro años más a comulgar con ruedas de molino del tamaño del Aeropuerto de Castellón. O de las gónadas de Rodrigo Rato. No sé cuáles pesarían más.

Y por fin es viernes. El día que llevabas toda la semana esperando. Es momento de desmadre. Del descontrol. Ahí hay que votar a los verdes. A los naturistas. A los veganos. Hala, a follar todos bajo un árbol. Y que le den a las estructuras, todos a pillar las bicis, a dejarse los pelos del sobaco y a comer tofu.

Y no abandonamos el sexo, porque el sábado sabadete, votaría a alguien simplemente para joder. Un UPyD, un Esquerra Republicana, o mejor, un CiU con Jordi Pujol al frente de nuevo. Aunque también les puedes dar a muchos por detrás con un Ciutadans, un Guanyem o un PNV. Siempre que no hagan como las telecos o como las parejas: que ni te exijan compromiso de permanencia ni te llamen a media siesta para preguntarte si estás satisfecho con tu actual relación.

Qué maravilla sería tener siete días para votar. O quince, como en la consulta de Mas. El problema es que nos suelen hacer votar en domingo. Y ése es justo el día en el que tengo que escribir.

Eso sí es una papeleta.”

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Palabrotas.

Palabrotas.

Artículo publicado el domingo, 19 de Octubre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Dicho ofensivo, indecente o grosero. Así lo define el diccionario de la RAE. Así deberíamos empezar a utilizarlo todos. Y sin embargo, aún creemos que esto va de evitar palabras malsonantes. Los Pujol, los Bárcenas, los Urdangarín y los Fabra jamás tiraron de palabros vulgares. Y sin embargo, indecentes, groseros y ofensivos lo han sido un Rato. Por eso, te invito a que hoy actualices tus palabrotas. Porque decir tacos no es lo mismo que ofender, ser indecente o resultar grosero. Porque decir palabrotas ya no es lo que era, me cago en diez.

Palabrota es tarde. No hay nada más palabrota que la palabra tarde. La castración voluntaria de cualquier futuro. Toda una autolimitación resignada en el tiempo. La sensación de que todo esto ya no toca. La convicción de que todo aquello ya no es. Que hasta un reloj de muñeca puede más que tú. Y sin embargo, cuánta gente la sigue desafiando más allá de los 40 y de los 50 y de los 60 también. Gente que descubre al amor de su vida, gente que monta su primera empresa, gente que decide tener su primer hijo, gente que vuelve a estudiar por primera vez. Gente que vive sin contar las vueltas que haya dado al sol. Y lo disfruta todo como si fuera ayer. Porque lo es.

Palabrota es fácil. Me lo contó hace poco un Gabilondo, uno de tantos y tan buenos, y realmente me convenció. Cualquiera que te venda algo fácil, te estará mintiendo. Aprenda inglés fácil, mentira. Adelgace fácil, mentira cochina también. Lo fácil es el alpiste favorito de los necios. Y el caldo de cultivo de todo timo, estafa y frustración. Nadie da duros a cuatro pesetas. Y si lo hace, ya me dirás tú qué coño haces con cinco pesetas hoy.

Palabrota es culpa. La guarida de todos y cada uno de los reproches. La cueva donde van a refugiarse las sombras de cualquier relación. En cuanto se deja de buscar soluciones para buscar culpables, se está tapiando la salida, se está emparedando un sueño en vida, se está cerrando toda esperanza por defunción. Aprender a avanzar sin culpa es la asignatura pendiente de tantas parejas rotas que no cabrían ni en su propia tristeza.

Palabrota es lejos. Porque la distancia es la religión que practican los vagos. Sea la distancia a una meta, o al prójimo, da igual. Quien pone unos kilómetros por medio como motivo para no hacer algo, se está limitando a sí mismo, ya sea su altura moral o la talla de su vida, y siempre se verá superado por algo tan sencillo como una cinta métrica. O un triste GPS, qué más da.

Palabrota es falso. Porque la credibilidad ha sustituido al resto de los valores. Tú ya puedes ser lo que quieras, que si nadie te cree, estás jodido. Y esto hay demasiada gente que aún no lo ha entendido. La credibilidad es el cemento de todo prestigio. Y el prestigio es lo único que te puede salvar de la mediocridad, del olvido y de la nada. El largo plazo es la única esperanza para el que pretende crear valor. Pan para mañana y hambre para hoy. Dejemos de encumbrar a los honestos sólo porque hacen lo que deberían hacer todos los demás. Y prescindamos de los que no lo son, porque simplemente no nos merecen. Ya está.

Y para terminar, la más palabrota de todas, es imposible. La madre bastarda de todos los retos. El no hay huevos del corazón. Detrás de cada imposible está esperándote una nueva vida, algo que jamás llegaste a imaginar. Lo hicimos porque no sabíamos que era imposible. Lo conseguimos porque jamás lo dejamos de intentar.

Dejemos de decir palabrotas. Dejemos de creérnoslas. Eliminémoslas de nuestro vocabulario. Y a lo mejor, de ese modo, volveremos a ser personas bien educadas. Qué coño. Joder ya.”

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Y si soy Risto.

Y si soy Risto.

Artículo publicado el domingo, 28 de Septiembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Y si soy Risto. Y si me he dado de alta en una red social de contactos. Y si me he inscrito justamente con esas cuatro palabras: Y si soy Risto. Y si aún nadie me cree cuando les digo quién soy. Y si todo eso me ha ocurrido la misma semana. Y si me sigue pasando hoy. Eh. Qué pasa. Qué.

Y si lo primero que he debido afrontar es el prejuicio del entorno. Pero si tú no lo necesitas. Pero si eso no es para ti. Pero si es sólo para desesperados. Pero qué haces tú en ese lío. Pero si es que te vas a meter en un follón. Y si al principio te dan ganas de justificarte, de encontrarle una explicación racional, como si tu vida fuese la primera edición de Gran Hermano, un mero experimento sociológico con fines humanitarios y en el que al final seguro que a base de descartes, encuentras a un ganador que se quede en la casa.

Y si pronto te das cuenta de que todo eso no es cierto. Que ya no es verdad. Que ni todos son desesperados -aunque alguno hay- ni estás haciéndolo tan mal. Que si lo haces es justamente porque no lo necesitas. Como si sólo fuese lícito actuar por necesidad. Y dejas de engañarte a ti mismo y a los demás. Lo que te mueve es el acierto o error. El mismo que te movió en tu vida personal, que no es que tampoco lleve una tasa de aciertos como para echar cohetes.

Y si soy Risto. Y si me divierte mucho entrar en el mercado de la carne digital. Aquél en el que los errores son detectados por un antivirus. Aquél en el que siempre existe la función de bloquear. Y si quiero tener siempre a mano un control z. Y si no pienso avanzar en nada que ya no tenga marcha atrás.

Y si desde el principio te hacen elegir si quieres hacer nuevos amigos, tener una relación o simplemente chatear. Vaya. Y si uno quiere follar, qué responde. Resulta que tengo que pasar por una mentira de todo menos piadosa. Por disfrazarme de otra cosa. Por ocultar mis verdaderos intereses. Y si todos mentimos. Y si todos van a lo que van. Y yo no, qué va.

Y si alucino con las fotos que la gente sube. Fotos hechas con la sana intención de gustar. Una foto de una chica sentada en el water. Otra de una maquillada por su peor enemiga. Muchas fotos en aseo de plato de ducha con postura de portada de Intervíu. Pasillos de casa de los padres convertidos en improvisada alfombra roja. Camas deshechas con actitud gatuna para alguna ocasión. Diosas de mercadillo buscando lentillas a cuatro patas en una sala de estar.

Y si me empiezan a contactar chicas. Y si alguna incluso me gusta. Y si casi todas me preguntan por qué me he reemplazado a mí mismo. Y si con ninguna sé muy bien que decir. Y si mi timidez se ha digitalizado y de pronto encuentra su propia expresión online.

Y si la mayoría se acaba aburriendo porque nunca paso a la acción. Y si me convierto en un triste mojabragas de las redes sociales. Y si todo siempre se va al traste porque no me atrevo a quedar. Y si lo que de verdad me pasa es que no me apetece mucho conocer gente nueva. Porque con la antigua hace demasiado que no me veo, y cada vez tengo menos tiempo al que encima le exijo una mayor calidad. Y si lo que me pasa es que follar me da igual. Dios, no puede ser que me haya hecho tan de mi edad. Con lo que yo he sido. Con lo que no fui.

Y si después un día sale la noticia: Risto se ha dado de alta en una red social de contactos.

Y si todo lo anterior en realidad me importa una mierda.

Y si me rechaza otra chica que vale la pena.

Y si me vuelvo a enamorar.”

 

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Convergencia y unión.

Convergencia y unión.

Artículo publicado el domingo, 21 de Septiembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que las cosas tenían una sola función. Un teléfono era un teléfono, y no servía para otra cosa que no fuese comunicarse con otro teléfono. Una cámara de fotos era una cámara de retratar, punto pelota. Y una agenda era tan inteligente como lo fuese su propietario. Ni más ni menos.

Como explica Bill Bryson en su libro “En Casa”, al final las cosas son fiel reflejo de las personas que hacen uso de ellas. Son nuestras intenciones cosificadas. Rutina en estado sólido. Y tal como ocurre con el camino más corto sobre cualquier césped, podemos saber mucho de nosotros mismos simplemente observando nuestras herramientas, y sobre todo cuánto y cómo las utilizamos. Porque al final, nos daremos cuenta de que nos utilizan ellas a nosotros en cierto modo también. Es una relación interesada. El gen es egoísta, el meme es egoísta y las cosas no van a ser menos. Su única forma de perpetuarse consiste en reencarnarse mudanza a mudanza, trastero a trastero, de armario en armario, de generación en generación.

Pero la vida se complica, igual que se complica cualquier relación. Y al final, uno acaba exigiéndole a la misma persona una oferta multifunción. Ahora que eres amante, seamos también amigos, ah y acompáñame en la vida, espera, y además quiero que me estimules intelectualmente, eh pero sorpréndeme cada día, no me digas que no te llevas bien con mis amigos, ésta es mi madre ¿eso de ahí es un delantal? Nace el concepto de convergencia, ya sea tecnológica o vital, que no dejan de ser una perversión. El famoso ya que estamos. El nefasto más difícil todavía. El maldito y ahora verás.

La otra persona, que lo único que pretende es no perder sus privilegios, hace lo que puede por adaptarse a semejante abuso de concentración de carteras. Y un día, sin venir a cuento, nos damos cuenta de que no. De que nos hemos equivocado. Porque no lo hace todo tan bien como pensábamos. Y los hay que hasta vuelven a la divergencia, que es una forma fina de decir que se buscan un amante.

Un día, nuestro teléfono se convirtió en nuestra cámara. Y desde entonces se acabó la necesidad de seleccionar qué valía realmente la pena ser retratado. Y méritos como el de pasar a la posteridad, o el de estar en el lugar correcto en el momento adecuado con el equipo necesario, perdieron todo su valor. Además, eso nos convirtió a todos en becarios del paparazzismo. Pero es que luego, ese mismo gadget asumió también las funciones de principal y casi único reproductor de música de nuestras vidas. Se quedó con el monopolio de nuestra banda sonora. Nacionalizó nuestros momentos de evasión. Y desde entonces, se acabó algo tan fundamental como las llamadas con música de fondo. Cuánto daño habrá hecho la convergencia en las conversaciones telefónicas entre amantes y amados.

Y lo peor no es eso. Lo peor es que si estás en contra de la convergencia, parece que estés en contra del progreso y de la evolución. La convergencia se ha apropiado del concepto de lo que está bien. Y hay un consenso generalizado en que dos funciones son siempre y en todo caso mejores que una. Eso es porque aún hay gente que no ha hecho suficientes tríos. Gente que cree que su batería podrá con todo. Y luego, pasados los 30, te das cuenta de que no.

Yo lo que siento es que haya cada vez más convergencia y menos unión. De hecho, creo que cuanta más convergencia tenemos, lo que observo en términos generales es menos unión. Igual es que para unirse de verdad hace falta simplificarse, quitarse de encima todo aquello que no resulte imprescindible, desapuntarse de lo superfluo. Igual es que, a veces, más es menos y mucho es aún peor.

Y mientras, tú, pensando que te iba a hablar de política.

Lo ves como estamos fatal.”

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Qué mal nos queremos.

Qué mal nos queremos.

Artículo publicado el domingo, 14 de Septiembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Qué mal nos queremos. Qué mal andamos de cariño del bueno. Qué poco nos paramos a darnos lo nuestro. Y ya no digamos lo de los demás. Qué pronto se acabó lo que se nos daba, si es que se nos dio. En este déficit emocional globalizado y transnacional no existen ya ni clases medias ni clases altas, aquí todos somos mileuristas de un amor hipotecado, aquí todo el mundo es un sin techo de amor del que duele cuando sana, amor del de verdad.

Y todo por querernos mucho, muchísimo, sí, pero mal, con lo cual acaba siendo peor el remedio que la enfermedad. Porque cuando algo es malo y sin embargo escaso, no hay que preocuparse demasiado, es mucho más fácil de evitar, y ya no digamos de erradicar. Pero si encima te lo profesan en cantidades industriales, si hablamos de una pandemia a nivel mundial, inténtate tú escapar. Es imposible. Y así nos va.

Qué mal nos queremos. De verdad. Existen quereres de los que damos por descontados. Su único gran defecto es que siempre estuvieron ahí, sin pedir nada a cambio, sin hacer demasiado ruido y tampoco hubo que hacer mucho para currárselos. Es el querer de una madre, sí, pero también cualquier amor que llegue demasiado pronto, demasiado fácil, demasiado incondicional, ése que cuando te vienes a dar cuenta de que lo tenías, te giras y ya no está. Y es entonces cuando empiezas a echarlo de menos. Cuando ya es tarde. Cuando ya no se le puede corresponder… ni apartar.

Y es que no sé si lo ves, pero mal, nos queremos un rato. Mira el amor propio, el amor a uno mismo. Ése que alguno confunde con soberbia o prepotencia y a otros les da vergüenza manifestar. La gente aquí no tiene punto medio: o se pasa de frenada, como es mi caso, o en su vida no lo llega ni a probar. Esta última es la humildad mal entendida, la que te divide día a día como individuo y te apaga como una vela en medio de esta tempestad a la que llamamos rutina. Lo necesario que es pasar más tiempo con uno mismo, para poder pasarlo con los demás. Lo difícil es encontrarle el punto, apretarle a la vida, exigirle siempre un poquito más. Conocer los propios límites y ponerlos cada día a prueba, y comprobar que cuando tú te acercas, siempre se acojonan y acaban refugiándose un poco más allá.

Y así no es de extrañar que haya gente que se quiera tan flojo. Nos enamoramos y hacemos ver que nos da igual. Vayamos poquito a poco, no te vaya a soltar un te quiero demasiado pronto, no nos vayamos a precipitar. Como si esto que te sale del corazón fuese agua del grifo. Ahora lo caliento, ahora lo enfrío. Ahora le doy a chorro. Ahora gotita a gotita y no más. Y el día menos pensado se te olvida quitar la llave de paso y te encuentras flotando empapado en medio de tu propia soledad. Uno no elige cuándo ni de quién se enamora, como tampoco se puede elegir la velocidad. Falacias que nos contamos a nosotros mismos, tratando de convencer a un amigo que ya hace tiempo que ni nos cree, ni nos ha dejado de escuchar.

Dentro de este ramillete improvisado de amores nocivos, no podíamos olvidar los que encuentran placer simplemente en hacerse daño. Los yonkis de la intensidad. Es difícil llegar a admitirlo, pero algunos lo consiguen. Y entonces qué. Porque destruirse es como acariciarse: por muy bueno que seas contigo mismo, siempre hay alguien que lo hará mucho mejor por ti. Aunque sea porque llega adonde tú no llegarías jamás. Y es que nadie me hiere como tú.

Qué mal nos queremos cuando quererse es atraparse, meterse en una urna y verse marchitar. Entramos en el mundo de los reproches, de las libertades fingidas, del tú verás, del te quiero tal como te imagino. T’estimo, ets perfecte, ja et canviaré.

Y para terminar, para que nadie se sienta excluido, aplaudamos la inmensa horda de amores pantalla. Los que lo son de cara a la galería, porque a nadie se le ocurre nunca profundizar. La cantidad de parejas que cenan siempre en silencio. Parejas que si se cuentan el día, lo hacen como quien repasa sin hambre la carta. Parejas que han olvidado que el hecho de hablar no tiene nada que ver con el acto de comunicarse. Para lo primero basta con mover la boca y emitir fonemas. Para lo segundo, además, hay que mover el corazón. Propio y ajeno.

Y hablando de ajenos.

Por muy mal que nos queramos todos, jamás olvides que siempre estarán peor los demás.

A que sí, cariño.”

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Diccionario Básico Miquelet – Botifler / Botifler – Miquelet, edición 2014.

Diccionario Básico Miquelet – Botifler / Botifler – Miquelet, edición 2014.

Artículo publicado el domingo, 7 de Septiembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Artur Mas: tu President naranja, y cada día el de menos gente.

Asamblea Nacional Catalana: organización con 53.800 cotizantes que, tras ser hackeada, no ha sido capaz de filtrar ni un triste selfie guarrillo.

Bandera: trozo de tela. Al principio siempre encoge y a la larga todas destiñen.

Barcelona: capital universal y cosmopolita que últimamente se conforma con la capitalidad de Catalunya.

Botifler: dícese del que practica su amor a Catalunya con demasiada independencia.

Catalunya: territorio, sentimiento y punto de partida que, como todos los territorios, sentimientos y puntos de partida, se hace más grande cuanto más lo compartes.

Consulta: delito, en español.

Democracia: recolecta pública de papel higiénico con el que tus políticos se limpiarán los próximos cuatro años.

Diada: su propio nombre lo indica, día que da. Miedo, ilusión o pereza, según el barrio en el que uno esté empadronado.

Estatut: la precuela de “Voluntad de un Pueblo”, fin de la trilogía “El Tripartit”.

Felip Puig: presunto hermanísimo.

Generalitat: oficina donde se despachan, como mínimo, el 3% de los asuntos de este país.

Hemeroteca: la vergüenza del incoherente, del mentiroso y del ladrón. Vaya, que los que se salvan es porque aún no llevan suficiente tiempo en el ajo.

Inmigración: fuente de todos nuestros males, salvo en aquellos casos en los que acepten los trabajos que no queremos ni tú ni yo.

Jordi Pujol: después de lo que ha hecho, puedes llamarle Jorge.

Junqueras: el President del President.

Kilos: lo que se llevaban los Pujol a Andorra mientras tú sufrías por haberte traído un After Eight, todo presuntamente, claro.

Ley: aquello que para CiU está debajo de la Democracia y para el PP está encima, con lo bonito que es hacerlo de pie.

Marta Ferrussola: Guía turística con vocación de GPS. Tú pregúntale y ella te indicará con claridad meridiana adónde te manda.

Millet: un señor que aún pasea.

Miquelet: dícese del que practica su amor a la independencia con demasiada Catalunya.

Nóos: o la nobleza de sacarle la pasta a los plebeyos.

Oriol Pujol: dotándole de nuevos significados a la palabra concesionario desde 1966.

Palau: proyecto de hotel.

Quico Homs: Sancho Panza, con algo menos de barriga y sin burro. Que se sepa.

Rajoy: no, en catalán.

Referendum: figura mítica, el unicornio de la democracia.

Regeneración Democrática: hagamos ver que lo cambiamos todo para que todo pueda seguir igual.

Robar: gestionar dinero público para mostrarle el camino más corto hacia mi bolsillo.

Sánchez-Camacho: tendrá muchos defectos, pero lo que sí ha demostrado es que sabe escuchar.

Tricentenari: de momento, más de 6 millones de euros en actos y festejos que serán muy celebrados en escuelas y hospitales catalanes.

Unió: el Silencio de los Corderos, pero en vez de con máscara, con barretina.

Urdangarín: otro que aún pasea.

V: una serie sobre lagartas alienígenas que comían ratas.

Via Catalana: 400 km de sueños, indignación, hartazgo y rabia. 50 km según la Delegación del Gobierno.

Victoria Álvarez: la garganta profunda del Pujolgate.

Votar: últimamente, equivocarse a sabiendas.

X: calificación de películas para adultos, metáfora de lo que harán contigo tarde o temprano tus gobernantes.

Yo: un votante sin voz ni voto.

Zzzz: vale, vale, me vuelvo a la cama.”

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De qué hablo cuando hablo de descansar.

Artículo publicado el domingo, 20 de Julio de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Lástima que terminó el festival de hoy, pronto volveremos con más diversiones. Si no has podido evitar cantarlo mientras lo leías, enhorabuena porque a estas alturas la vida ya te habrá enseñado lo que es una estría, el ácido fólico y una colonoscopia.

El caso es que yo también me voy de vacaciones y dejo de dar por un tiempo la vara en esta mi amadísima página. Sí, ya sé que preferirías que siguiera encadenado al ordenador mientras tú disfrutas de tu tan merecido descanso.

Pero uno también tiene una vida. O algo así. Y también necesita descansar. O algo parecido.

Estoy hablando de despertarte cuando sea y no cuando toque. Obligarte a no abrir los ojos hasta que te lo exija el cuerpo o la vejiga. Quedarte soñando hasta que salgan los créditos. Y utilizar las ganas como único despertador. Salir de la cama como quien se quita un yeso. Liberado y torpe, arrugado y sin ninguna flexibilidad. Desayunar antes de meterte en la ducha, y no al revés.

Vestirte con lo mínimo indispensable para evitar rozaduras. Salir a la calle y olvidarte el reloj. O el móvil. Y a veces, hasta la cartera. Sentarte en un sitio simplemente porque hace una sombra que no se puede aguantar. Tratar de adivinar el día de la semana que debe de ser hoy. Leerte un periódico de cabo a rabo y darte cuenta en la última página que es el de hace dos días. Comprarte el de hoy y tampoco hallar tantas diferencias.

Empezar por fin ese libro que tanto te apetecía leer. Y acabar dejándolo a medias por falta de tiempo. En vacaciones, sí. Ya. Vale. Acabarte otro libro y no estar muy seguro de si en algún momento lo llegaste a empezar. Releerte a Murakami de pe a pa.

Bajarte a la playa. Buscar tu lugar en el mundo en ese patchwork toallero cosido por una delgadísima costura de arena fina, la cual sólo remonta el vuelo en cuanto ve posibilidades de colarse por cualquiera de tus orificios.

Tumbarte de un lado. Contar minuciosamente los minutos para darte la vuelta y permanecer el mismo tiempo del otro. Desarrollar de memoria y sin ayuda externa una tesis doctoral sobre la sofisticada ciencia del moreno uniforme aplicado a un corpúsculo blanco nuclear. Versión 2014. Ahora con más arrugas. Y más pecas. Ojo con ese lunar. Me vigilas la toalla, que me remojo y vuelvo. Este calor no hay quien lo sude. Que me vuelvo al bar.

Quedar para comer con unos amigos. Que lleguen todos tarde y que a todo el mundo le dé igual. Se habrá quedado siempre por aproximación. Tanto en el espacio como en el tiempo. Así seguro que nadie se equivoca. Porque esa es otra máxima del descanso. No hay nada que exigir, porque no ha habido nunca mayor exigencia. Ya nada importa porque todo lo que queda es lo importante.

Alargar la sobremesa. Empalmarla con una cena. O con dos. Levantarse de la mesa a la luz de la luna. Dedicarle a ella esos cuantos kilos de más. Pasar por casa sólo para quitarse la arena. Y volver a salir hasta que no haya más que vivir por hoy. Jamás irte a dormir por lo que vaya a pasar mañana. Sino por lo que ya no vaya a pasarte hoy.

Amar la vida. Pensar, divagar, filosofar. Arreglar el mundo varias veces antes de perder el hilo de lo que se estaba diciendo. Y mientras tanto, atender religiosa y puntualmente a las cuatro F: follar, follar, follar y follar.

En definitiva, cambiar de rutina. Estrenar nuevos modos de aburrirse. Llegar a echar de menos todo aquello que el resto del año te acabó hartando. Y eso sí, un año más, como siempre, odiar la playa. Todavía más.

Y así volver en septiembre.

O quizá no.”

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Tienes talento.

Tienes talento.

Artículo publicado el domingo, 13 de Julio de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Tienes talento. No te conozco de nada, pero ya sé que lo tienes. Y si yo lo sé, tú deberías saberlo ya. Créeme, que de esto algo he aprendido, que de esto algo sé. Te lo dice un jurado de talent-shows que ha visto unas cuantas decenas de miles de concursantes tratando de demostrarlo e incluso triunfando a pesar de mis esfuerzos por hacerles fracasar.

Tienes talento. Entendido como lo entiende José Antonio Marina, inteligencia bien dirigida, que elige adecuadamente sus metas y los medios para conseguirlas, y ahí que va. Imparable, implacable, rotunda y eficaz. Entendido también como lo entiendo yo, talento como capacidad de provocar algo en los demás. Si eres un líder, capacidad de hacer que te sigan. Si eres un artista, capacidad de conmover, de emocionar. Si eres un contable, capacidad de que todo encaje.

Porque tienes talento. Puede que aún no te hayas dado cuenta, pero oye, ahí está. Escondido entre tus frustraciones y tus miedos al qué dirán. Igual está disfrazado de hobby, vestido de algo que siempre haces simplemente por disfrutar. Aquello que te daría vergüenza tener que cobrar, porque harías con gusto incluso gratis. Aquello que piensas que deberías pagar para poderlo desempeñar. Aquello que jamás llamarías trabajo. Aquello de lo que jamás te quieras jubilar.

Tienes talento. Esa habilidad para sorprender al que te lo descubre. Ese don, ese no sé qué. Esa facilidad. Seguramente te cueste creer que alguien pueda llegar a valorarlo algún día. Pero esa persona existe, y seguramente no esté sola, seguramente sean más.

Entre lo que te gusta y lo que se te da bien está lo que les gusta a los demás, que es lo mismo que decir que en algún lugar, en algún momento, existirá un grupo de personas dispuesto a compensártelo. Una vida sin trabajo ni obligaciones te está esperando si aciertas con aquello a lo que te quieres dedicar. No está mal, como promesa ni como beneficio racional.

El problema no es, por lo tanto, tener talento. Eso ya hemos quedado todos que ahí está. El problema está en descubrirlo a tiempo. Antes de que la vida te haya hipotecado. Antes de que te dirijan la vida unas cuantas facturas que sí o sí, algún día, tendrás que empezar a abonar.

Cómo despertamos a tiempo. Ésa ha sido y sigue siendo la verdadera tragedia de toda la humanidad, desde que el hombre es hombre y desde que la mujer no ha tenido más remedio que mirárselo y aguantar, hasta hace muy muy poco. Porque incluso eso ya está empezando a cambiar, menos mal.

De ahí que, cuando se es joven, lo inteligente sea endeudarse. Una solución que propone otro sabio, Alfons Cornella, y con la que no puedo estar más de acuerdo. Se trata de conseguir los medios para hacer lo que quieras, que como tienes talento, ya los devolverás.

Y si ya no eres tan joven, tampoco hay excusa, pues nunca es tarde para empezar a respirar. Ahí está Sir Alexander Fleming, descubriendo la penicilina a la tierna edad de 47 primaveras. O un cartero de Los Ángeles que en 1969 dejó su trabajo para acabar publicando su primera novela rondando ya los 50 tacos. Igual te suena, se llamaba Charles Bukowski. Y qué me dices de un tal David Chase, que creó una serie de televisión una vez pasados los 54, a la cual tituló así: Los Soprano.

Por lo tanto, si el problema no es tener talento, porque lo tienes, si el problema no está en llegar a tiempo, porque aún lo estás, si el problema no está en haberse dedicado toda la vida a lo que uno se debería haber dedicado, ni siquiera los medios con los que uno cuenta para arrancar. Si el problema no es nada que tenga que ver con todo eso, mírame a las gafas y respóndeme.

Dónde.

Está.

El.

Puto.

Problema.”

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¿?

¿?

Artículo publicado el domingo, 06 de Julio de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“La humanidad no se divide en hombres y mujeres. Creo que ya deberíamos haber superado eso. Para empezar, porque eso significa confundir sexo con género. Y somos lo bastante mayorcitos para saber que no es así. Pero sobre todo, porque eso es obviar lo que realmente divide a los seres humanos a la hora de enfrentarse a la vida, que poco o nada tiene que ver con lo que tienen entre las piernas.

Tampoco creo que sea de recibo pensar en la atracción por un sexo u otro para determinar la posición de cada uno. Eso vuelve a ser retrógrado, manido y demasiado simplista. Yo creo en que hay hombres muy tía a los que les gustan las mujeres y que hay tías muy hombre que se sienten atraídas por el otro sexo. Hay tías muy hombre que se sienten atraídas por otra mujer y por supuesto tías muy tío que hacen lo propio. Lo mismo para nosotros. Y si, también hay mujeres muy mujer y hay machos muy machos. Y todas las combinaciones que podamos imaginar entre medio.

Por eso también al menos a mí me gustaría que fuésemos dejando de decir “soy” gay o “soy” hetero. No deberías “ser” nada diferente por el hecho de que te gustase alguien del mismo o de distinto sexo. La sustitución de ese verbo “ser” por otros menos “existenciales” y “trascendentales” sí que debería ser un motivo de orgullo. Y satisfacción.

Pero entonces, ¿cómo lo hacemos? ¿De qué manera nos enfrentamos al reto continuo que supone pasar de simplemente respirar a, además, existir?

Yo creo que deberíamos dejar de identificarnos en nuestro DNI con un género, pues ya hemos quedado que eso es estúpido. Pero es que además, creo que nos iría mucho mejor si nos identificáramos con una pregunta. Al fin y al cabo, las preguntas son eternas, son las respuestas las que van cambiando. Al fin y al cabo, todos abrimos un interrogante al nacer y nos pasamos la vida tratando de cerrarlo, sin darnos cuenta de que cada decisión planteará nuevas preguntas que saldar.

Somos una pregunta con patas. Somos el final de toda contundencia, el principio de todas las dudas que vendrán. Vidas retóricas en busca de respuestas que jamás nos darán. Y en ocasiones, hallamos la respuesta a otra pregunta que ni nos habíamos planteado, pero que ahí está. Y nos casamos con ella. O la dejamos pasar. O cualquier punto intermedio entre las dos.

Hay gente por qué. Se pasan la vida preguntándose eso, a ellos mismos y al resto del mundo. Por qué a todo. Y si no se lo contestan, te lo preguntan a ti. Y si tú no les das respuesta, la buscan en datos y hechos. Y si no los encuentran, van a por ellos. Algunos se los llegan a inventar. Tenemos que estarles muy agradecidos a los por qué, pues son las personas que nos han ayudado a evolucionar como civilización. Básicamente lo forman tres grupos, los científicos, los filósofos y las exparejas. Cierto es que el carácter femenino es muy por qué. Pero insisto, no se confunda con el género, pues no siempre coincidirá. Ni mucho menos.

Después está la gente para qué. Ante cualquier problema, es la primera pregunta que se plantean. Si no tiene utilidad, simplemente es una pregunta inútil, gratuita y descartada. Es la pregunta de los ingenieros, de los mecánicos y de la gran mayoría de los hombres de este planeta. O como mínimo, de los tíos demasiado tíos. Los para qué son los que sienten que si alguien les explica un problema, es para que les ayude a encontrar una solución. Y se la dan. Y no entienden el valor analgésico de simplemente compartir lo que te pasa, sin estar pidiendo a cambio un consejo. Los para qué viven felices hasta que se enamoran de un por qué. Y no me preguntes ídem, pero siempre acaban con uno de ellos.

Por último, pero no menos importante, está la gente por qué no. Estos sí que van muy buscados. Y no precisamente para hacerles un homenaje, sino para quitárselos de en medio. Son los más peligrosos del mundo. Porque son los que lo acaban cambiando de verdad. Por eso nunca se enamoran de algo que ya existe. Su único amor verdadero es aquello que todavía está por inventar.

Al final, seas del grupo que seas, tarde o temprano descubres que buscar la felicidad jamás está en encontrar todas las respuestas.

Sino en conocer cada vez más preguntas.”

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Hoy tengo gamas de ti.

Hoy tengo gamas de ti.

Artículo publicado el domingo, 29 de Junio de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Una relación jamás se rompe. Como mucho, uno de los dos, cualquier día, constata el roto. Pero la relación ya venía rota para entonces.

Pudo romperse en un gesto, en una decisión o en una epidemia de decepción que te dejó al amor en cuarentena, en algo en un principio imperceptible e inocuo pero que a la larga acabó dejando sin aire a quien creía tener aliento para sobrevivirse a los dos. O también pudo romperse durante un proceso, lo que dura el descubrimiento de lo que creías ya conocer, y sin embargo te das cuenta de que no. Un día descubres que el claroscuro no es sólo una técnica sino una manera de entender el alma, y ese día ya te es imposible estar enamorado sin dejar de buscar la razón para dejar de estarlo.

Lo que sí te deja cualquier relación son más colores en tu paleta de sentimientos, son muchas más capas en ese cuadro emocional al que llamamos vida. Un cuadro que, como en aquel de Van Gogh en el que fue descubierta una escena de lucha bajo un bodegón, se ha ido pintando encima una y otra vez, enterrando al que un día lo llenó todo y que ahora aún está ahí, aunque ya no se pueda ni se deba estudiar. Porque lo seco que hay debajo igual no te gusta. Porque lo fresco que hay encima igual no te acaba de encajar.

Quien lo pinta no es consciente de lo que tapa. O quizás sí. Al caso, es lo mismo. De manera consciente o inconsciente, ese alguien tarde o temprano descubre que el color ya no aplica directamente sobre el lienzo blanco e inmaculado, con lo que ya la pintura no agarrará igual, pues ya nunca más volverá a ser un color sin impurezas, con lo que necesitará aplicar más cantidad para conseguir el mismo efecto, o como mucho, similar.

También verá que, sin salirse del marco, debe saberte ocupar. Eso sí que acaba siendo todo un arte. Inundarte sin que te llegue a ahogar. Esparcirse sin llegarse a dispersar. Dejarlo todo amado y bien amado.

Y uno va acumulando gamas. Y desarrollando matices. Y acumulando bocetos. Y trazos por esbozar. Sea cual sea tu estado, siempre habrá un momento en cualquier relación en el que te preguntes y qué pinto yo aquí. Y ahí es donde te empiezas a barnizar.

Un día echas de menos los tonos cálidos. Ver una peli refugiado en otra piel, alimentarte sólo de palomitas y sexo y dejar que llueva sobre el resto del mundo mientras ruge el fuego en esa chimenea que jamás tendrás.

Otro día te descubres anhelando colores fríos. Borrarlo todo, comprar nuevo lienzo, tener una nueva película que poder estrenar. Empezar de Cero, como canta Dani Martín, que más que un tema ha compuesto un himno generacional.

Y en cualquiera de los dos casos, lo que sí vas descubriendo lámina a lámina son nuevas gamas de grises. La única que jamás deja de crecer. La duda como único credo creíble. La única religión basada en la curiosidad.

Y antes de acabar el cuadro, volver a estampar tu firma y exponerte, ya sea en un museo, o en una galería comercial, no hay que olvidarse nunca del título, dejar patente ante cualquier marchante las palabras que mejor describan esta obra de arte con brocha gruesa que configura tu historial sentimental. Puedes titularlo con algo que suene a canción de Miguel Gallardo, novela de Moccia y peli de Mario Casas.

O puedes optar por un título más realista, cotidiano y vulgar.

Recién pintado.”

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Curitiba de humildad.

Curitiba de humildad.

Artículo publicado el domingo, 22 de Junio de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Soy el hombre más humilde del mundo. No hay nadie sobre la faz de la Tierra más humilde que yo. Mira si soy humilde que si yo no existiera, no habría ni siquiera que inventarme. No fuera a ser.

Me despierto cada mañana pidiendo perdón de antemano. Por la que pueda liar. Soy consciente de la molestia que provoca mi mera presencia en este mundo y pido disculpas al señor pájaro, al señor árbol y al señor Lobo, y usted quécoño hace en mi cama.

A menudo tengo dudas sobre si debo respirar el aire para no quitárselo al hueco que deja, o mejor me espero a que le sobre a alguien y me lo quiera ceder. A veces hasta me doy golpecitos en la espalda sólo para recordarme que yo también estoy.

Nada, a que no cuela.

Pues algo así me está pasando con este país.

Últimamente -y por últimamente entiéndase cualquier período incluido en los últimos 7 años- nos hemos convertido en exportadores mundiales de lo que el gran Nacho Vigalondo define como triunfracasos: tú paseas tu obra y milagros por los certámenes de medio mundo, el planeta entero te lo reconoce y se rinde a tus pies, y sin embargo tú sigues sin ver un duro en tu cuenta corriente, es más, eres objetivamente cada vez más pobre. Un triunfracaso en toda rule.

Lo hemos conseguido con la gastronomía y con el fútbol. Lo hemos intentado un año más con playa, cruceros, siesta y sangría, y parece que millones de turistas han vuelto a picar.

Sin embargo, recientemente -y por recientemente entiéndase cualquier período incluido en los últimos 6 meses- algo ha empezado a cambiar y también parece que lo haya hecho para siempre. Nuestro lastre macroeconómico ha obrado como el nivel del agua del pantano, que cuando baja lo suficiente acaba dejando al descubierto las ruinas del pueblo fantasma al que sepultó. Y si hay algo desagradable de oler son las bragas de un fantasma. Créeme. Bueno, me lo han contao.

De este modo, empezamos a descubrir que la venda de los ojos en ciertos sectores se llama cheque, que rima con jeque. Y los mejores han empezado a migrar. Bueno, de hecho lo llevan haciendo hace bastante tiempo. Pero lo cierto es que cada vez son más. Ha ocurrido en la investigación. Y en las empresas. Y entre los universitarios. Y en los deportes. Y por supuesto en el fútbol, que si en este país fuera un deporte más, lo habría incluido en mi anterior oración.

Y sin cheque ni jeque, ya se nos puede hinchar la boca, que ya no cuela. No hay mucho más donde rascar. Que se lo pregunten a Artur Mas. Con lo bonito que habría sido verle en medio del Congreso aplaudiendo en catalán. Plaix plaix plaix.

Y luego está lo del Mundial. Porque hemos ido hasta Brasil para enseñarles a esos principiantes cómo juega un Campeón del Mundo y el lunes jugaremos nuestro último partido en Curitiba con todo el rabo entre las piernas. Y nosotros venga a criticar justo al primero que dio la cara para asumir su responsabilidad. Justo al que se negó a echarle la culpa a otro. Y mira que todos sabíamos que cuando el Barça se constipa, es la Selección la que estornuda -y cuando digo todos es porque incluso yo lo sabía, y eso que soy el que menos sabe de fútbol de este país (¿no te he dicho que soy muy humilde?)-.

Aunque lo peor no es eso. Lo peor es que aquí haremos autocrítica por aspersión. Dispararemos a todo lo que se mueva en 360 grados, mataremos a varios mensajeros que pasaban por ahí y rasgaremos un par de vestiduras del ZARA, no vaya a ser que a alguien se le ocurra cambiar algo y haya que retocar la Constitución. Calla, que me he liao.

Suerte que aún nos queda gente como Rafa Nadal, gente como Marc Márquez, gente como la de nuestra Selección caída, sí, gente que definitivamente es de otro planeta, pero por alguna razón ha decidido nacer aquí y seguir siendo de aquí. Pese a cómo somos de cainitas. Pese a cuánto nos va el talar. Y el podar. Y el castrar.

Gracias a todos ellos, ya sabemos que es posible, humano y hasta perdonable, algún día, perder.

Pero jamás perderse”

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Hazte el amor.

Hazte el amor.

Artículo publicado el domingo, 15 de Junio de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Hazte el amor, receta para dos personas. Se toman un par de individuos, en adelante los amantes, que aquí consideraremos de distinto sexo, aunque si son del mismo sexo la receta quedará igual de bien. Lo importante no es eso, lo importante es que haya algo de atracción por ambas partes. Ni siquiera que se encuentren guapos o se necesiten o realmente se quieran. Si uno de los dos desearía no estar ahí, o estar con otro, o simplemente no se siente ni atractivo ni atraído, es preferible sustituirlo inmediatamente antes de que eche todo el plato a perder.

Se elige un buen entorno, entendiéndose como bueno cualquiera que vaya desde el aquí te pillo aquí te mato, hasta el picadero habitual. Es importante que se responda a las expectativas de exposición que más les ponga a los amantes, que básicamente son tres: privacidad absoluta, peligro inminente o escándalo público. Y es preferible estar de acuerdo de entrada con la elección, aunque lo ideal sería llegar a ese acuerdo sin ni siquiera haberlo acordado.

Se condimenta con algo de luz. La sensación lumínica idílica varía en función de los gustos. Yo prefiero que la luz ilumine, sí, pero que jamás nos llegue a denunciar. Y si os gusta veros por duplicado, hay que tener cerca espejos o cámaras. También se puede aderezar con algo de música, yo recomiendo en ese caso tener muy controlada la playlist, no vaya a ser que te entre un Fary o un Carlos Baute y te corte de golpe todo el rollo.

Se huele. Se huele todo el tiempo. Lo importante que es olerse durante todo el proceso. El olor corporal es al sexo lo que a la comida el sabor. Hay que ir probándose continuamente, ya que hay platos que, por muy buenos que estén, jamás te gustarán o que un día, de pronto, dejan de gustarte, o que te saturan o incluso que de pronto pueden empezar a provocarte alergias. Es todo una cuestión de feromonas. Y como animales que al final somos todos, aquí no hay nada que responda a la pura y fría racionalidad.

Y ahora, por fin, el arte de darse lo suyo entra en juego.

Porque llega el mundo de los preliminares, definido siempre por aproximación. Son esos últimos 5 centímetros antes de su piel. Retardar todo aquello que ambos deseáis que ocurra. Disfrutar del camino, hacerlo durar más que el destino. Hacer sufrir con la espera pero a base de bien. Calentar a fuego lento, lentísimo, casi marcando el tempo con cuentagotas. Cuando hayáis empezado a desprender algo de sudor, es el momento de pasar a la acción.

Y ahora sí. Se macera todo con una postura. Aquí no sólo va a gustos, sino también al estado de forma física y la dureza de ambos miembros. No es lo mismo optar por una vertical, que por una horizontal o por una postura mixta. La edad y los años que llevéis juntos acabarán haciendo el resto e incluso eligiendo por vosotros.

Se remueve bien, se bate, se mezcla y se deja haciendo chup chup. En cuanto al tiempo, de nuevo aquí va a gustos. Si lo dejas poco, seguro que te quedará crudo. Si te pasas, acabarás quemado. Al dente es un punto complicado, pero es ése en el que nada se pega y todo sabe mejor.

A partir de este momento hay amantes que se pierden porque acaban confundiendo ritmo con velocidad. No hay nada como saber sincronizarse con otro cuerpo y dejar que fluya lo que tenga que fluir. La sincronía, el sincopado, el contrapunto. Conceptos musicales que seguro que se inventaron para follar. Perdón, para hacerse el amor, quería decir.

Sírvase todo acompañado de un buen orgasmo. Ese gran desconocido. A menudo sobrevalorado. Pero tan agradecido también. Pretender glosarlos todos sería tan complicado como tratar de clasificar las gotas de agua. Cada uno es un mundo. Y está bien que así sea. Porque nos convierte a todos en exploradores novatos cada vez. Aunque lo cierto es que un orgasmo no es nunca condición necesaria, pero sí suficiente.

Hasta aquí la receta, aparentemente sencilla y sólo para dos.

Si hay más de dos, añádanse ingredientes a gusto de los comensales.

Y si hay menos de dos, entonces ya no estaremos hablando de hacer el amor.

Sino de comprarlo hecho.”

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La Mundial.

La Mundial.

Artículo publicado el domingo, 8 de Junio de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“El Mundial, tudo bem. Metáfora de guerra mundial más o menos civilizada. Excusa mediática para poner patas arriba las carencias y desigualdades del país anfitrión. Festival de marcas y empresas anunciando todo lo que se puede anunciar a precios de saldo, sólo hasta fin de mes. Y sablazo oportunista para los que se puedan permitir vivir todo eso en directo. Además, menudo morbo da ahora que vamos primeros en el ranking FIFA, a ver cuánto tiempo tardan en desbancarnos. Por fin veremos si es verdad eso de que cuando el Barça se resfría, estornuda la selección.

Pero todo eso ahora ya da igual. Qué es un Mundial al lado de la que tenemos liada aquí. Qué es el Mundial al lado de LA Mundial. A mí, sinceramente, me pone mucho más.

Veníamos de una precampaña electoral que prometía ser aburridísima, y de pronto se citaron en las urnas un comediante del siglo XVIII intelectualmente superdotado y una “señora que”. Cuando aún no nos daba la vida para analizar semejante tractatus dialéctico, y mientras ambos excandidatos rebuscaban por dónde se cayeron más de 5 millones de votos, les adelanta por la izquierda un profesor con coleta vestido con ropa hard discount que no es que hable bien, es que además dice cosas. Y entre las cosas que dice y las que otros dicen que ha dicho, de momento ya tiene en Bruselas a cinco, rima fácil incluida.

Y cuando aún no nos habíamos recuperado del subidón marxista y bolivariano, va el Rey y dimite. Perdón, dimitir sólo puede dimitir quien ostenta un cargo electo o quien haya trabajado alguna vez. El Rey no dimite, sino que abdica. O lo que es lo mismo, transfiere sus privilegios a otro. Y digo yo que se los enviará por Wetransfer, porque la lista no debe de caber ni en un pen drive. Y resulta que por encima de todos, figuran estos dos: inviolabilidad e irresponsabilidad. Que es un irresponsable no lo digo yo, sino la Constitución. Y que es inviolable no lo dictamina Corinna, sino la Carta Magna, concretamente en su artículo 56.

Así que ahí están Senado y Congreso, la voz de su monarca, apresurándose a aprobar las leyes que permitan una sucesión al trono sin fisuras, o lo que en lenguaje parlamentario significa sin ningún riesgo o posibilidad de que a algún juez le dé por esperar a su majestad a los pies del trono con una citación. Se le afora, se le blinda y se brinda por ese mensaje navideño de 2011 que aún resuena en las carcajadas de sus señorías: “La justicia es igual para todos”. A que se te ha puesto cara de súbdito. En pleno siglo XXI. Hazte así, que tienes un dragón.

Pero tranquilos, que aquí llegan los compañeros de “El Jueves”, último reducto de la sátira política y la irreverencia institucional, dispuestos a desmantelar tanta mandanga a golpe de portadón que ellos mismos se censuran y así alcanzan una difusión casi a la par con el famoso coito principesco que ya les costara el secuestro editorial.

Suerte que Rajoy no la quiere pequeñita. Y que Mas la tiene mayúscula. Hablamos de política, claro. O quizás algo de aquí al 9N nos haga pensar que no.

El caso es que, mientras Supermario Draghi continúa pasando pantallas en su particular videojuego con los principales bancos y bolsas europeas, sería bueno ir siguiendo de cerca los otros Mundiales, los que más nos tocan de verdad, de cerca. Esos en los que quedamos primeros en desempleo dentro de la UE. Segundos en pobreza infantil. Los décimos del mundo en fraude fiscal. Y en el número 142 en el de facilidades para las empresas, colocándonos entre los peores países para hacer negocios, por detrás de Kazajstán, Eslovaquia, Catar o Túnez.

Que nadie espere incentivos ni primas por participar en esos mundiales.

Aquí, como mucho, sólo habrá un primo.

Tú. “

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