Fecha 19-12-2008

Mi dulce día de navidad empezaría mucho antes de que lo dictase El Corte Inglés. Mi dulce día de navidad no moriría en el 26. En mi dulce día de navidad no importaría si rezas o das con el mazo, si eres inmigrante o internacional, si posees más preguntas que respuestas o si por el contrario profesas cualquier tipo de fe.
Nadie compraría nada para mi dulce día de navidad. Los únicos regalos serían pedazos de vida envueltos en retales del diario más personal. Sólo se anunciarían juguetes que no necesitan pilas, los escaparates cambiarían sus vitrinas por espejos y las calles estarían constantemente iluminadas por medias sonrisas de complicidad.
En mi dulce día de navidad, el del turrón no vuelve a casa, porque ha montado su primera fiesta del orgullo gay. En su lugar, la madre abraza con igual fruición al calvo de la lotería, que vuelve a soplar su purpurina barata sobre la caspa de los que aún tienen algo de pelo, mientras todas las burbujitas pierden tres puntos en el control de alcoholemia montado por sorpresa a la salida de su plató.
Todos los villancicos están cantados por The Traveling Wilburys, los diálogos de la pescadería son cuidadosamente supervisados por Aaron Sorkin y al final del día, todos disfrutamos del delicioso polvorón, palabra que ha adoptado por fin un significado mucho más saludable y carnal.
Para mi dulce día de navidad hay que ir preparado, pues el marisco es dietético, muy barato y cada comida produce el mismo placer que un banquete, pero con los efectos secundarios de una sesión de gimnasio. En vez de aperitivo, calentamiento, y en vez de empacho, agujetas. Nadie se quiere perder ni una reunión familiar, todos acudimos con ganas sinceras de vernos, y jamás aprovechamos la ocasión para recriminarnos nada.
El Rey anuncia en su mensaje anual que los políticos han prometido no dar por culo nunca más, y que existe una proposición no de ley para preocuparse de verdad por los problemas de la gente de la calle, les cueste lo que les cueste. Añade, para terminar, que eso de la crisis fue una inocentada que se les fue de las manos, que el planeta ha dejado de sufrir, que en realidad Bush, Aznar, Zapatero y McCain son superdotados y que ya se acabó la broma.
Acto seguido, retransmiten en directo un Gran Hermano Especial Sobre Barro en el que da la casualidad de que han encerrado a todas las ex que más te jodieron, y las dejan a pan y agua hasta la víspera de año nuevo, escena que contemplas mientras te fumas las hojas de un curioso árbol que no necesita ni bolitas ni decoración.
Y a todo esto, Papá Noel, que se niega a cambiar la Play por el Yoga, el Actimel por el Danacol y su cervecita de importación a media mañana por una sin. Total, nadie se construye chimeneas en la sala de estar, y los que lo hacen, no es que se mueran precisamente por su visita.
En fin. Que mi dulce día de navidad, lo mismo no es muy probable, pero tampoco lo fue en su día todo lo que nos está ocurriendo y hay que ver lo que sobrevivimos.
Por eso, si no es mucho pedir, si no es mucho esperar, algo parecido a esto es lo que me gustaría que me regalasen en mi dulce día de navidad.
También me vale un CD.
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Fecha 11-12-2008

Tiempos de amor pasteurizado, besos que ni rozan las mejillas y afectos de todo a cien. La calle se llena de enemigos íntimos con amigos invisibles, malabaristas del presupuesto entre nuestro propio debe y su temeroso haber.
El amor hace tiempo que es sólo un eslogan, la familia feliz un buen casting y cualquier tipo de aprecio ya lo encuentras limpio de toda ‘a’. Y a mí, entre tanto mariachi, cada vez me cae mejor la gente que sabe lo que odia y –sobre todo- cómo, cuánto y por qué lo odia.
Supongo que es porque estoy harto de la gente esa flower power que cree que lo importante es amar a todos en todo momento. Si no sabes odiar, cómo quieres que te crea cuando me dices que amas. Las monedas de una sola cara han sido, son y serán siempre falsas, por bonitas que sean.
Tampoco aguanto a los que etiquetan el odio como sentimiento a ocultar, reprimir e incluso aniquilar. Odiar es tan humano y natural como defecar, (no quiero escribir cagar, que queda feo), y por muy desagradables que sean sus resultados, no veo justificado tratar de suprimir actos tan sanos.
Por eso, lo digo con la boca bien grande. El odio hay que sacarlo todo, pero hay que sacarlo bien.
Para empezar, hay que pasarse un buen rato odiándose a uno mismo. Llámalo meditación, oración, iluminación o examen de conciencia, da igual. Pero el odio autoinfringido es algo así como una vacuna, que en su justa dosis es necesaria para el progreso, la protección y la evolución, aunque en exceso podría llegar a resultar letal. O como una lavativa, que ni gusta ni apetece, pero purga que da hasta gusto.
Seguramente no te valga de nada mi experiencia, pero sólo después de odiarme mucho he aprendido cuándo y cómo quererme bien.
Más tarde, hay que provocar ciertos odios y dejarse odiar por algunos. Yo, hay determinada gente que espero francamente que me odie. Si no, igual me podría sentir hasta decepcionado. Hablando del tema, este texto va dedicado a todos los que me odian (aunque te parezca mentira, alguno hay, a que es increíble). Porque jamás lo van a leer. Y a los que sí lo lean, también se lo dedico, por haber hecho algo tan estúpido como perder minutos voluntariamente con alguien al que odias, y por confirmarme así que tienen que seguir perteneciendo a ese selecto grupo.
Por último, siempre he creído que había que odiar un número determinado de cosas. Como mínimo, una por cada persona a la que se ame. De este modo, algo malo también nos abandonará el día en que nos tengamos que despedir de ella. No arregla nada, ni te hace sentir mejor, pero el resto de soluciones tampoco y allí están, escritas por todas partes.
Al final, lo que nos permite amar lo que queremos es lo lejos que nos encontramos de lo que odiamos. Lo que nos sienta mal de lo que nos pasa es lo que mejor nos define. Lo que más nos define, más nos molesta, es más real. Y la realidad, en definitiva, es como cualquier tipo de amor.
Molesta de cojones.

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Fecha 11-12-2008

La notoriedad tiene nuevas formas de medirse, sobretodo en la red, donde los resultados son totalmente fiables y tangibles. Hoy en día podemos saber cuáles son los personajes más populares, las series con mayor seguimiento o las webs más visitadas, sólo teniendo en cuenta su presencia en internet. Eso es exactamente lo que muestra el informe Zeitgeist 2008  elaborado por Google. Un estudio que mide con total seguridad lo más buscado en internet. En definitiva, las palabras más tecleadas en los ordenadores de todo el mundo.

En el ámbito nacional, no sorprende que el deportista más buscado sea Rafael Nadal, o que la serie más popular sea Héroes. Sin embargo, en el apartado de ministros aparece Bibiana Aído antes que Solbes o Zapatero. Además, el Zeitgeist 2008 nos enseña que los internautas tienen predilección por la lectura en pantalla, en contra de los que piensan que nadie lee.

El cuarto blog más buscado es el de Risto Mejide. Donde todos sus seguidores y detractores pueden leer sus últimas noticias y dejar sus comentarios libres de censura. Por encima de muchos otros personajes, Risto sigue teniendo esa verdad en sus palabras que arrastra a muchas personas. Una persona que engancha a sus lectores gracias a su facilidad por mostrarse tal y como es.

Fuente:
el mundo





Fecha 05-12-2008

Jefe, qué se debe. Anda tráeme la cuenta. Te iba a pedir la dolorosa, pero me temo que en este caso, además de dolor, va a haber alivio.
Igual no nos viste, pero hace un tiempo entramos los dos juntitos de la mano, ella y yo. Yo que siempre cené solo en mesas de diez, esta vez no había hecho reserva, y ni mucho menos para dos. Elegimos esta mesa porque pensamos que era la más romántica, la más apartada, y la única en la que creímos no haber estado jamás.
Igual no te fijaste, pero vinimos con hambre de muchas cosas, dispuestos a apagar toda sed. El hastío nunca fue opción. Quedarse con las ganas no entró ni en el más barato de los menús.
Durante un tiempo, todo estuvo deconstruido, todo al revés. Comimos con los ojos, tocamos con los labios, y saboreamos con la piel. Nos encontrábamos en todos los turnos, por encima y por debajo del mantel, y no había quien se dejase recomendar. Sabíamos cuál era nuestro plato, en qué punto lo queríamos y hasta cuánto lo íbamos a degustar.
Pero no hasta cuándo.
Quizás por eso, recuerdo perfectamente el día en que ella empezó a pedir fuera de carta. El día en el que mi ensalada fresquita de manías se convirtió en un pesado empedrado de defectos. El día en que su revuelto de dudas leves se transformó en empanada mental.
Y entonces lo vi. Se había enamorado de mí porque deseaba a ese otro en el que pretendió convertirme. Como quien, a fuerza de ir, acaba exigiendo sushi en un mexicano, burritos a un italiano o paella en un japonés.
Fue estúpido tratar de entenderlo. Inútil tratar de saber por qué. Tranquilo, que no te voy a pedir el libro de reclamaciones. No es culpa de nadie. Simplemente pasó, y antes de que nos diéramos cuenta, ella preguntaba lo que comían las otras mesas, los dos bebíamos para no charlar y yo miraba los mensajes del móvil mientras intentaba disimular nuestra crisis de ganas de superar nuestra crisis.
Poco a poco, sin darnos cuenta, nos habíamos transformado en una de esas parejas que al principio mirábamos con mezcla de risa, miedo y pena. Ésas que sólo se hablaban para reprocharse cosas, ésas que transformaban cualquier ocasión en un silencioso y tenso cara a cara, cualquier lugar en una salida, cualquier invitado en un menos mal.
Ahora que ya todo me sabe a tarde, y todo me sienta peor, ahora ya todo me recuerda a un casino. Más importante que saber estar, es saber cuándo largarse. Aunque aquí, como ves, el último que se levanta, la paga.
Hazme un favor, descuéntame todo lo que jamás pedí y aún así tuve que tomar, como sus cenas familiares, sus reproches a mis mejores amigos y mis pajas nocturnas a la luz de la tele.
Tampoco me pongas lo que pedí y jamás me trajeron. Como esa vida juntos, esos planes hechos a mentira, esos hijos que tuvieron nombre mucho antes que existencia, esa casa unifamiliar que jamás hubiera podido pagar.
Descuéntame todo eso y dime cuánto te debo, que yo te lo pago.
Y no te preocupes si al final nada cuadra. No te me apures si pago de más.
Con el cambio, me haces otro favor.
Le envías una botella del mejor champán a los labios de esa mesa.

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Fecha 28-11-2008

Señoras y señores, están ustedes a punto de presenciar uno de mis momentos más apasionantes del año. Me encantaría decirles que poseo un don, que las veo venir y que jamás me pillan por sorpresa, pero nada más lejos de la mediocridad. Tal día como mañana, si nadie lo remedia, me habré hecho –aún más- mayor. Tal día como mañana, mis genes, mi alopecia y yo habremos superado al mismísimo hijo de Dios. Que se vaya lavando su padre.
Sí, amigos. Mañana a estas horas habré añadido una primavera más a mi ya escasamente útil existencia. Qué maravilla. Qué emoción. Pienso salir a la calle saltando y cantando cualquier canción de Shirley Maclaine para ir apagando todas las velas que encuentre a mi paso, incluidas las de los bautizos y restaurantes cool, mientras me tiro con fuerza del lóbulo izquierdo una vez cada cuarenta y dos minutos, hasta que me lo pueda poner de fular neorromántico, ideal para esta ola de frío polar.
Cumplir años es como la gripe, la capa de Ramontxu o el taxi de un alérgico al desodorante. Algo que duele mucho, aparece cuando menos lo necesitas y sobre todo algo por lo que todos, nos guste o no, tenemos que pasar como mínimo una vez cada doce meses. Y digo como mínimo, porque siempre hay un número indeterminado de conocidos, proveedores y familiares segundos que intenta acertar con la fecha, y no hace más que ganársela a pulso año tras año.
Te llaman, te escriben, te dicen lo mucho que se acuerdan de ti, y tú vas y te lo crees, cuando lo único que están haciendo es acelerar los trámites para poderle hacer click en el aceptar de su agenda del Outlook, y así poder seguir escribiendo cartas de amor en el muro del Facebook de un tipo gordo y feo que se hace pasar por una conocida top model.
El problema no está en que te recuerden tu edad. El problema está en el verbo. No se llama recoger años, amasar años, ni deglutir años. Se llama cumplir años. Y siempre he creído que uno debería cumplir sólo lo que promete. Nada más. Y nada menos.
No sé.
El caso es que tampoco soporto a la gente que te pregunta la edad. No es un tema de ahora, que ya he pasado a engrosar con orgullo las primeras filas de la juventud dorada. Nunca lo he soportado. Aparentes lo que aparentes, siempre pierdes. Si aparentas más, de pronto, y sin hacer nada, has perdido lo poco o nada que tenías de atractivo. Pero es que si aparentas menos, todo lo que ganas en atractivo lo pierdes en credibilidad. Y si no, que se lo pregunten a los tipos con cara de crío que se tienen que dejar barba para que les tomen en serio.
Y ahí es donde llegamos al punto crucial. La ropa. El estilismo. El look. En realidad, lo peor de cumplir años es que tu ropa no se actualiza contigo. Un día te pones la sudadera esa con la que antes lo rompías todo, y algo no funciona. Un día apareces en una cena con las deportivas de toda la vida, y la gente te mira mal.
Ese día has cumplido algo más que años, y lo notas, especialmente, porque dos nuevas y desconcertantes sensaciones han empezado a crecer con fuerza dentro de ti.
La sensación de que sabes perfectamente lo que están pensando.
Y la sensación de que te da absolutamente igual.

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