Me llevo una.

Me llevo una.

Artículo publicado el domingo, 6 de Diciembre de 2015, en ElPeriódico.com.

risto 6-12-15
Il·lustració de Leonard Beard.

«Un atril vacío en el primer debate a 4-1 acaba siendo más elocuente y más comentado que el mismo debate; eso nos da cuenta de los tiempos en los que nos ha tocado vivir. Y me llevo una.

Sí, puede que haya gente a la que le dé igual añadir o sustraer, seguro que piensan que el número final es lo único que cuenta. Pero no es así. No es lo mismo llegar a tres sumando candidatos de uno en uno que restando el que siempre nos falta. No es lo mismo un procès que quiere ir a Mas que un debate que todos sabemos que está mermado, venido a menos. En el caso de números que representan personas, saber a ciencia cierta de dónde vienes importa tanto o más que el hecho de saber hacia dónde vas. Y me llevo dos.

Hay ausencias y ausencias. No todas las no presencias se llevan igual. Porque no todas importan lo mismo, no nos vamos a engañar. Si todas las almas pesaran 21 gramos, no haría falta conocer la calidad de la gente, nos bastaría llegar a una determinada cantidad. Por eso hay ausencias más presentes que los presentes y luego hay ausencias que nadie nota, porque nadie se ha dado cuenta de que en realidad no están. Y me llevo tres.

Después está la ausencia por compromiso. Hay sitios donde no queda bien ir. Aunque te encantaría, no está correcto, no está bien acudir. O si lo haces, puede que quedes como un inconsciente, o peor aún, como un idiota. Como si te vas a jugar al dominó con un grupete de ancianos cuando has dicho que no acudías a los debates con tus contrincantes por tu agenda tan apretada, que como presidente del gobierno te es imposible de cuadrar. Y me llevo cuatro.

Qué más. Ah, sí, está la ausencia con presencia incluida. Ésta es de mis favoritas. Como cuando estás ahí pero no estás. Como cuando llevas un buen rato leyendo un libro sin procesar lo que lees y tienes que volver a empezar. Como la CUP en Catalunya, que al final votará sí habiendo defendido a muerte el no. Saber hacerse trampas al solitario, cualidad básica de cualquier buen catalán. Como cuando tu pareja te repite por tercera vez la misma cosa y en vez de interrumpirle, tú prefieres asentir muy fuerte y desconectar. No estás escuchando lo que te digo, y tú respondes tirando de memoria auditiva, que es mucho más tramposa que la visual. Y me la llevo con ahínco, porque así paso a llevarme seis.

En cierta ocasión, un guionista de Hollywood me explicó que la diferencia entre un simple actor y una estrella de cine era que el primero no alteraba la escena cada vez que aparecía en pantalla, así que nadie le echa de menos cuando se va. Uno es tan grande como la ausencia que deja tras de sí. Y me llevo siete.

Para terminar, está la ausencia del que jamás se fue. Es la ausencia más incómoda de todas, pues parece que se quedó ahí sólo para recordarte la mediocridad de los que aún no nos escapamos. Ellos son Obi-Wan Kenobi y nosotros somos Luke en Star Wars. Sabemos que el listón lo marcaron entonces, y también sabemos de buena tinta que sólo les podemos decepcionar. Me llevo ocho.

De ahí que sea cual sea el CIS, las encuestas, los barómetros y los sondeos, nos pongamos como nos pongamos, lo peor que nos puede pasar es que al final todas estas ganas de cambio, de regeneración democrática y de nueva etapa en España se quede en nada, en agua de borrajas. Que la mayoría vote a los de siempre para que todo siga igual. Cosa que me temo que es lo que va a pasar.

Y ya no podremos hablar ni siquiera de fin de saga.

Sino de precuela final.»

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41.

41.

Artículo publicado el domingo, 29 de Noviembre de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«41. Así se llamaría hoy mi disco si yo me llamase Adele. 41. Seguramente el número de copias que vendería si tuviese que interpretarlo con mi voz y no con la suya. 41. Hace esa pila de años, mientras el mundo escuchaba Angie de los Rolling Stones o se dejaba fascinar por un Dylan que cantaba Knocking on Heaven’s Door, en nuestro país quienes lo petaban y muy fuerte eran Las Grecas con Te Estoy Amando Locamente. Y ahí que llegué yo, seguramente llorando por todo lo que todavía me quedaba por escuchar.

41. Son los grados que separan al ecuador de mi ciudad natal. La ciudad que me ha visto volver tantas veces siempre con la misma sensación: jamás debería haberme ido. Cuanto más me fui, más quise quedarme. 41. La misma latitud que tiene Estambul. O el estado de Nueva York. Misma distancia al mismo ecuador, pero tan distintos los climas. No sólo meteorológicos, sino políticos, sociales y hasta anímicos. Proteger el alma de los sitios. Otra asignatura pendiente, ya no de los políticos, sino de la humanidad.

41. Un problema muy grave si lo que miden es la temperatura corporal. Fiebre alta, según los médicos. Me estoy muriendo, según yo. La fiebre, esa batalla por la supervivencia que se libra siempre demasiado tarde y sin que nosotros la podamos evitar. El fracaso de todas las negociaciones bacteriológicas. El George W. Bush de nuestra agenda vital, que ahora se nos ha reencarnado en Hollande.

41. Que ya son años, ya. No es más que un número primo, dicen las matemáticas, siempre tan sutiles a la hora de calificar. Pero en fin, si tienen algo de bueno es haber llegado a superar la fatídica cifra anterior. Y digo fatídica por la sarta de tonterías que tienes que aguantar. Como si haber llegado hasta los 40 te obligase a ponerte a reflexionar de manera distinta a como lo venías haciendo. Franz Kafka murió a los 41. Y ahí sí que empezó su metamorfosis. 41 era también la edad que decía tener Chavela cuando decidió dedicarse a la música de manera profesional. Unos acaban a la edad que otros están empezando. Cualquier meta no es más que otra salida disfrazada de final.

41. Yo nací con 41. Y estoy convencido de que los he tenido toda mi vida. Ahora por fin me reengancho a la cifra que siempre supe. Porque no te imaginas lo incómodo que es vivir en tu edad cuando aún no la tienes. Y no me refiero a ser muy precoz en casi todas mis adicciones, que también. Me refiero a que la gente se piensa que te pasa algo, que estás mal, abatido, cansado, cascado o enfadado con la vida. Y no, sólo estás esperando que el calendario te dé la razón. Hoy, por fin, me la da. Hoy rechazo muchas más cosas de las que me atrevo a aceptar. Cuando antes era al revés. Hoy mi maleta es cada vez más pequeña, hoy llevar menos es más.

41. Y tengo que decirlo, me pillan muy cerca de donde quiero estar. Rodeado de gente a la que quiero y admiro. Haciendo cada día lo que me hace madrugar sin necesidad de ponerme el despertador. Disfrutando de cada minuto con alguien que pronto cumplirá sus 6 vueltas al sol y las 1.200 que a mí ya me da. Amando como nunca había amado antes, toelrrato. Y dándolo todo para que cada día no se parezca a ninguno de los que pueda recordar.

41. Un número muy similar a los invitados a esta cena. Estáis los que tenéis que estar. Es cierto que cada vez me falla más gente. Pero creo que eso es malo y bueno a la vez. Malo, porque hoy los echaremos mucho de menos. Y bueno, porque eso significa que la vida nos reclama en cada vez más sitios donde no podemos faltar. También, como cada año, hay gente que se estrena en esta cena y gente que, de tanto ignorarnos mutuamente, ha dejado de figurar. Ojo que no hay acritud ninguna, yo lo llamo peeling social. La variante sociológica de la selección natural.

41. Un número que no debería volver a contar. Y sin embargo, es el único que realmente cuenta. El único del que debo estar muy orgulloso y fardar, siempre que pueda, fardar. Porque si había alguna alternativa a cumplir los 41, era la alternativa de no llegar.»

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Amor, verdad, justicia y vida.

Amor, verdad, justicia y vida.

Artículo publicado el domingo, 20 de Noviembre de 2015, en ElPeriódico.com.

risto22-11-15
Il·lustració de Leonard Beard.

«Ni salud, ni dinero, ni amor. Bueno, amor sí. Pero igual no tal como nos lo han enseñado. Además, en el resto hemos errado mucho el tiro, hemos andado muy equivocados, y así nos ha ido, la verdad. A todos en general y a mí el primero. Porque tener las tres cosas a la vez jamás te ha garantizado nada. Porque perder cualquiera de las tres puede ser simplemente un problema coyuntural. Lo único que sí hay que procurar y procurarse para toda la vida son otros conceptos, que además no son tres, sino cuatro. Yo los llamo amor, verdad, justicia y vida.

Amor. Si aún hay que explicarte por qué es necesario, muy poco podemos hacer ya por ti. Amor en todas sus vertientes y variantes. Desde el simple cariño y afecto necesarios para funcionar por la vida hasta el amor más profundo e incondicional, al alcance sólo de madres y poco más. Desde el ecoñamiento -o empollamiento- más vergonzoso hasta el te quiero como un amigo de los que sólo me apetece abrazar. Mientras sea sincero, qué más da. Todo suma. Que conste que no sólo se trata de recibirlo sino, sobre todo, de repartirlo bien. Si encima tú eres el beneficiario, pues mejor que mejor. Cuanto más acumulas, más debes distribuir. Ojo que esto no es caridad. Es higiene moral. Porque si te lo quedas y no lo repartes, se te acaba pudriendo dentro. Como aquella planta a la que han encerrado sin luz. Se te acabará consumiendo, y por el camino encima te habrá quitado el oxígeno para respirar.

Verdad. Sabes que estás rodeado de verdad cuando escuchas cosas que no tenías previsto escuchar. Las opiniones que no te gustan. Las preguntas que te incomodan. Las respuestas que no has pensado tú. Los enemigos guardan siempre nuestro perfil más auténtico. Un antagonista honesto es un regalo al que hay que cuidar. Y es que lo imprevisible es siempre más cierto que lo que esperábamos que ocurriese. Porque planificar algo es adulterarlo con un tipo de mentira también conocida como control. Y eso no significa que no podamos hacer planes. Significa que sólo tienen algún sentido cuando alguien los rompe. El resto, es creernos nuestro propio engaño. Afortunadamente, la vida no nos espera que hagamos nuestros planes para ponerse a cumplir órdenes. Por eso es más verdad lo que viene de fuera, así como lo que nos provoca por dentro de manera espontánea. Todo lo demás tiene mentira, o mejor dicho, falta sinceramente a la verdad.

Justicia. Justicia de las que no se ganan por oposición. Justicia contemplada como todo aquello que no puede aplicar un juez porque ninguna ley se lo exige. Política de máximos existencial. Porque lo que es realmente de justicia es todo el bien que haces aun cuando nadie te obliga. Cuando nadie te ve. Y si me apuras, cuando nadie se tiene por qué enterar. Si lo tienes que gritar a los cuatro vientos, si esperas algún tipo de recompensa, si te quedas preguntando qué hay de lo mío, eso no es de justicia, entonces ya estás comerciando, y se llama servicio. Te pagan en especie pero te pagan y eso lo convierte todo en un acto transaccional.

Y por último, vida. Vida que incluye tener salud, por supuesto, pero que es mucho más amplia que respirar sin que nada te duela. Consiste en disfrutar y hacer disfrutar pese a todo, en contagiar a todo tu entorno de ganas de más. Consiste en transformar el camino por el que transitas, en dejar el mundo aunque sea sólo un poco más bello de lo que te lo encontraste. Vida que consiste en intentar no robarle la energía a nadie, sino en tratar de recargársela. Vida que consiste en ser más motor que remolque. Batería extra para la alegría de los demás. Es quizás la variable más fácil de comprobar. Si no mejoras el mundo, lo estás empeorando. Te pongas como te pongas. Ya está.

Estos son mis cuatro puntos cardinales. Mis ejes de ordenadas y abscisas vitales. Sin ellos no sabría dónde colocar mis decisiones. Y ya no digamos distinguir el bien del regular.»

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Una, grande y libre.

Una, grande y libre.

Artículo publicado el domingo, 15 de Noviembre de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Te voy a ser franco. No deja de ser irónico que una de las expresiones más utilizadas en España a la hora de anticipar algún tipo de confesión cargada de honestidad incluya en nuestro caso el apellido de un dictador que, como todos los dictadores, lo primero que hizo fue abolir cualquier verdad que no fuera la suya.

Toda dictadura es un error elevado a la categoría de estado. Y como tal, incluye todo tipo de errores grandes y pequeños, desde la vergonzosa supresión de libertades y derechos fundamentales, hasta la adopción de utopías erróneas normalmente materializadas en eslóganes de lo más absurdos -y digo adopción porque son siempre ideas preexistentes, alguien tan ocupado en destruir personas y cosas es imposible que sea el creador de nada útil-.

Tomemos como ejemplo “una, grande y libre”, un eslogan que ya había aparecido en algún medio escrito a principios de los años 30 y que lamentablemente acabó acompañando a nuestros padres y abuelos durante demasiados años. Pues mire usted, ni una, ni grande, ni libre. Y menos aún con usted al mando. Y después, tampoco se crea. Si alguien aún está convencido de lo contrario, que se dé hoy una vuelta por el Parlament catalán, por el Sáhara occidental y por los pasillos de Bruselas.

Sin embargo, yo creo que el caudillo y sus secuaces no entendieron bien el eslogan. Lo adaptaron mal. O no se pararon a pensarlo mucho, estarían muy ocupados inaugurando pantanos, no sé. El caso es que una, grande y libre sirve como guía para todo, menos para una patria. Eso sí, es tremendamente práctico para cualquier otra cosa. A mí al menos me sirve como sistema de toma de decisiones.

Si buscas pareja, búscate una que sea una, grande y libre. Empiezo por el final. Que esté libre parecerá evidente, pero es que lo es porque está demostrado que te ahorrará muchos problemas. Lo cual no significa que en el momento de conoceros ella no tenga pareja. Yo creo que queda clara la distinción. También es importante que sea una. Lo de buscarte dos -o más- será muy bonito para algunas fantasías sexuales, pero tiene que ser un lío. La prueba es que los polígamos no son mucho más felices que los monógamos. Y si lo son, no me da la gana de pensarlo. Y por último, que sea grande. Grande en el sentido más amplio de la palabra. Grande en cuanto a vasta, a disponer siempre de inmensas llanuras de terreno por conquistar.

Si funciona para las parejas, funciona para todo lo demás. Tú quieres hacer un viaje, mejor que sea uno, grande y libre. Al menos así lo he vivido yo siempre. Desde que tengo cuenta corriente, siempre he preferido esperarme a tener dinero para hacer EL viaje que gastarme el mismo importe en decenas de pequeños viajes. Ya, ya sé que eso al final es muy personal. Pero en lo que sí que espero que estemos de acuerdo es en lo de libre. Que sea un viaje grande o pequeño, pero que puedas tomar decisiones sobre la marcha lo convierte ya no en un viaje, sino en una metáfora de vida concentrada en unos días. Y eso no se puede pagar con dinero.

E igual que sirve para un viaje, cualquier decisión de compra también será más sencilla gracias al eslogan franquista. Si no sabes qué libro leer, que sea uno, grande y libre. Si no sabes qué película ir a ver, que sea una, grande y libre. Si no sabes qué plato cocinarte, que sea uno, grande y libre. Si no sabes qué coche comprar, que sea uno, grande y libre. Si no sabes qué móvil te conviene, que sea uno, grande y libre.

Y si quieres estar bien informado, la excepción que confirma la regla, aparte de suscribirte a columnas como ésta -si no lo digo yo quién lo va a decir-, mejor bebas de muchas y variadas fuentes, porque nadie, absolutamente nadie que asegure ser totalmente libre, estará diciendo toda la verdad.»

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El gesto y el símbolo.

El gesto y el símbolo.

Artículo publicado el domingo, 08 de Noviembre de 2015, en ElPeriódico.com.

risto8-11-15
Il·lustració de Leonard Beard.

«Malos tiempos para la expresión. Una expresión digerida, reflexionada, consciente, reposada y con distancia. Cuanto más nos comunicamos, peor nos expresamos. Para empezar, porque cómo vas a tomar distancia de aquello que corre siempre más que tú. La inmediatez se nos ha quedado obsoleta. La profundidad parece estar reñida con la rabiosa actualidad. Ya nadie se sienta a pensarse una respuesta. Y ya no digamos a preguntarse qué es lo que tendríamos que preguntar.

Existe un continuo en el que todos nos hallamos inmersos, un marasmo de datos e informaciones sin contrastar a las que llamamos ahora, al que le ha pasado lo que ocurrirá a la serie Cuéntame, que de tanto correr, algún día nos adelantará. Y así andan los medios, tratando de colarse en la rendija que existe entre la oportunidad de rentabilizar una exclusiva y el coste horas/hombre necesario para cotejarla y no acabar haciendo el ridículo. A veces, el ya es demasiado tarde llega incluso antes del no te lo vas a creer.

A esto se le añade que lo único explícito está en los juzgados. Cuando ya todo es desengaño y decepción. El pasado es lo único que se nos presenta fiable. Todo lo demás son cosas implícitas, cosas que habría que ponerse a masticar. Sin embargo, tal como ocurren los hechos, a menudo no nos ha dado ni tiempo a interpretarlos, que ya lo estamos haciendo. Las conclusiones ya no se sacan, ahora se arrancan. Oye, ha pasado esto, pon cara de experto, hazme un one-page dossier que te sirva para borrador del libro que sacarás esta tarde y por lo que más quieras arréglate esa corbata, que salimos al aire en 3,2,1… Y así nos cunde el pelo -a los que os quede-, atiborrándonos toelrrato de bollería industrial cruda o a medio hornear.

Por eso son tan importantes los símbolos y los gestos en estos momentos. Por eso se los andamos exigiendo a los políticos. Y a las grandes empresas. Y a cualquiera que ostente cualquier cargo en cualquier lugar. Pero es que creo que también hay que pedírselos a la pareja. A los amigos. A todo dios. Los gestos, los símbolos, la mujer del César, saber llenar con ejemplos la ejemplaridad. Ya no nos basta con ser, hay que saber parecerlo también.

Nos han engañado tanto y de manera tan flagrante que sabemos que la honestidad es como la felicidad, un concepto que sólo es demostrable en el largo plazo. Así que optamos por exigir alegría, ese concepto más mundano, cotidiano e inmediato, el del ya. Usted al menos esfuércese por parecer honrado hoy hasta que pueda demostrarnos que realmente lo fue.

Cuanto menos tiempo para conocer, más importancia cobran gestos y símbolos. Son el sustituto de la sabiduría, la del amor a la verdad. Son nuestro asidero para actuar, porque eso sí, hay que seguir actuando, la vida ni puede ni debe esperar.

Y por qué hablo siempre gesto y símbolo como cosas separadas, si en la mayoría de foros se acaban utilizando como sinónimos. Porque no tienen nada que ver. Porque no son lo mismo. Porque hay que saberlos diferenciar.

Según la RAE, un gesto es un “acto o hecho que implica un significado o una intencionalidad”. Fichemos a un Jefe de Estado Mayor de la Defensa. El gesto será interpretado por lo que significa y por nuestra intencionalidad. Y con eso habremos dicho más que con cien mítines. Si hay algo mejor que dar tú una noticia es que otros no puedan evitar darla por ti. Y así se llenan horas de tertulias y contenidos y analistas. Y así habremos cubierto una jornada más hacia la gloria o hacia el fracaso, da igual. Cuando son las palabras las implicadas, el significado acaba siendo imputado por la emoción que provoca.

Y ahí, en la emoción, es donde surge el símbolo. Un símbolo se define como toda “forma expresiva que utiliza la sugerencia o la asociación subliminal de las palabras o signos para producir emociones conscientes”. Sugerir para provocar emociones. Asociar para emocionar de manera consciente. Yo hago esto para que tú sientas aquello.

Que el gesto acabe transformándose en símbolo depende, básicamente, de las emociones que sepa despertar. La emoción del cambiémoslo todo para que todo siga igual. O la emoción del ahora que funciona, no lo toques, y cambiemos sólo aquello que haya que cambiar. Ése es el verdadero y único bipartidismo. Y la fiabilidad es y seguirá siendo patrimonio exclusivo de gestos y símbolos, que valen su peso en oro hasta que algo o alguien nos demuestre lo contrario.

Todo lo demás, son cosas que ya se verán.»

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Ojalá te mueras.

Ojalá te mueras.

Artículo publicado el domingo, 01 de Noviembre de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Ojalá te mueras. Creo que es lo más bonito que se le puede decir a alguien. Creo que es lo más bonito que me han podido desear jamás. Ojalá te mueras. Así, sin fecha concreta, pero también sin escapatoria. Sin remedio. Sin concesiones. Gracias, cariño mío. Y tú que lo veas, corazón. Anda, alcánzame otro panellet. O mejor aún, 100 gramos de carne roja procesada. Da igual.

Hoy que nos acordamos de todos aquellos a los que alguien tuvo el valor de ponerle nombre de santo. Seres que ya obraron el milagro más grande que existe, que consiste en dejar a gente que se empeñe en recordarles, que esté dispuesta a echarles de menos, que se pregunte cada año por qué ya no están. Hoy que los cementerios se convierten en el after hours de cualquier vida y las flores en el chocolate con churros de la defunción. Hoy que importamos miedo en forma de happy meal, hoy que de pronto la OMS descubre que de algo tenemos que morir y que nadie sospecha de sus “sanas” intenciones, hoy que todos somos un poquito más descendientes que condescendientes, hoy deberíamos desearnos entre todos una muerte como cada dios mande. O mejor aún, una muerte más al azar.

Hoy te deseo con todo el alma, ojalá te mueras. Porque eso, para empezar, significa que habrás tenido que estar vivo alguna vez. Es la única condición necesaria para morirse. Haber vivido de verdad. Quedarte sin aliento por encima de tus posibilidades, saber hacer algo más allá del acto reflejo que supone respirar. El vivo al hoyo, sí, porque cuánto vivo aún no sabe a ciencia cierta si realmente lo está.

Ojalá te mueras. Por lo que implica también de hacerte un regalo personalizado. Que alguien esté deseando algo para ti y para nadie más. Algo que en principio ya te iba a ocurrir sin necesidad de empujoncitos, pero parece que de pronto hay prisa por que te ocurra a ti y no a otro. No es maravilloso. Tú el primero. Tú antes que el resto de los mortales, que curiosamente siempre son los demás.

Pero es que encima te dice que ojalá te mueras de verdad. Morirse tanto como para dejar de existir. Morirse a lo bestia. Morirse de punto y final. Dejar un hueco imposible de rellenar. Porque eres tan grande como el vacío que dejas. Es el principio de Arquímedes existencial. Un cuerpo total o parcialmente sumergido en una vida recibe un empuje de abajo hacia arriba igual al peso de los recuerdos que deja tras de sí. Y el resto es la nadería más vacua. El resto es pasar por la vida como quien no está.

Y eso sí, que no te engañen. Nadie se acuerda de alguien que no molestó jamás. Para dejar recuerdo es necesario, primero, incordiar bien incordiado. Haber ocupado un espacio. Ocupado de okupar. Instalarse ahí sin pedir perdón ni permiso. Esculpir un Chillida en vida ajena. Y es que en cuanto ocupas algún lugar, el que sea, molestas a alguien que ansiaba ese espacio tuyo para pasar, porque lo consideraba suyo, o simplemente para observar la vida a través de él, o para no hacer nada, es lo mismo, da igual.

Así que no te extrañe que haya gente a la que tengas, literalmente, que apartar. Porque son o ellos o tú. Y ojo, tómatelo siempre como un homenaje. Que alguien se postule como tu Valentino Rossi significa que ese alguien te considera todo un Márquez. Y hoy por hoy existen pocos más grandes que Marc. Piénsalo la próxima vez que alguien intente empujarte y tirarte al suelo. Todo cadáver sirve de adoquín para una nueva vida por asfaltar. Es ley de vida, independientemente del qué dirán.

Ojalá te mueras, sí, pero no cuando te lo deseen, sino cuando a ti te apetezca acabar.

Mientras tanto, devuélveles una sonrisa cada vez que te lo deseen.

Y mírales con la insolencia de quien sigue vivo otra jornada.

Y mírales con la satisfacción de quien sí lo sabe disfrutar.»

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El Teorema de Nacho Vidal.

El Teorema de Nacho Vidal.

Artículo publicado el domingo, 25 de Octubre de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«El amor que sientes por alguien debería morir con ese alguien. La frase, dura como pocas he oído en mi vida, me la dijo hace poco mi señora madre, que, como toda abuela principiante, de pronto se siente cualificada para ponerse a sentenciar.

 Y como quien no quiere la cosa, nos pusimos a hablar de cosas de las que nunca hablamos. Y cuando ya me había olvidado de la primera frase, volvió a darme otro sopapo en forma de sujeto, verbo y predicado: por qué los seres humanos no conversamos casi nunca sobre lo realmente importante, y le dedicamos tanto tiempo a decirnos tonterías. Y volví a sentir como temblaban mis rodillas bajo la mesa, mis labios sobre mis dientes y el suelo entero bajo mis pies.

 Los vacíos. Esos vacíos que en realidad están llenos. Esos trasteros donde jamás llega la luz. Es el punto G de la vida; todos sabemos que existe, pero a la hora de ponerse a ello casi nadie sabe dónde está. Por eso son unos grandes desconocidos. La antimateria de la rutina. Nuestro desván emocional. Los huecos de nuestra biografía, donde ponemos todo aquello que duele demasiado tener que recordar.

 Cada vez me doy más cuenta de que la verdad sobre cada uno de nosotros se esconde entre esas rendijas de realidad. Porque juega al escondite con nuestra consciencia, porque se sabe inoportuna e inconveniente, porque es la única que conoce todo aquello que no nos conviene desempolvar.

 Por qué no hiciste aquello que querías hacer. Por qué no dijiste lo que deberías haber dicho. Qué hubiera pasado si hubieras contestado sí. O si te hubieras plantado allá. Ese amor que no perseguiste. O aquél del que no te supiste apear. Esa carrera que no estudiaste. Las cosas que jamás nos explicamos como pareja. Los lugares hacia donde nunca nos convino mirar. El día que decidas desempolvar cualquiera de esas preguntas, apártate porque la onda expansiva puede ser letal. O no.

 Si lo piensas demasiado, nos pasamos la vida en un antónimo insustancial. Son los llenos vacíos. Vacíos de gente relevante para nosotros. Vacíos de momentos que recordar. Llenos de nadería. Y tal y tal. Bla. Bla. Bla.

 Ya, ya sé que no todo ni puede ni debe ser intenso. Hay estupendos tan estupendos que han llegado a morir de trascendencia. Aquí yace otro hipster de la gilipollez abusiva. Descanse en paz.

 Y sin embargo, a lo largo de una misma vida, si tienes suerte y como mucho, tendrás dos o tres conversaciones memorables. Serán conversaciones que jamás habrás planificado. Serán momentos que vendrán disfrazados de uno más. Pero en cuanto te ocurran, o mejor dicho, en cuanto ya hayan ocurrido, los reconocerás, sin fisuras, sin lugar a dudas, con absoluta claridad. Son conversaciones que cambiarán el curso de las cosas. Son nuestros verdaderos puntos de inflexión. Jornadas de forma convexa que se volverán cóncavas al recordar.

 A toro pasado no te preocupes que ya intentarás darles significado, algún sentido y sobre todo, una intención, un porqué. En realidad pasó porque yo lo quise, porque no lo evité o mejor aún, porque tenía que pasar. Tú no eres Aries? Pues a los Aries les pasan esas cosas. Sobre todo los que tenéis ascendente en la cuarta casa. Otro hipster al hoyo. Y tal y tal. Bla. Bla. Bla.

 Por eso hoy quiero invitarte a explorar tus vacíos llenos. Sentarte ante alguien que te importe y atreverte a decirle aquello que jamás supiste admitir. Dejar de esperar a que pasen las cosas. Y por una vez en tu vida, forzarlas a hacer que ocurran. Empujarlas a pasar.

 El gran Joaquín Lorente decía que triunfar es llenar vacíos.

Yo lo llamo el Teorema de Nacho Vidal.»

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Me da la prisa.

Me da la prisa.

Artículo publicado el domingo, 18 de Octubre de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Tú vas conduciendo. Te aproximas a un paso de cebra. Y de pronto ves cómo un peatón corre para llegar a la vez que tú a las franjas blancas. Justo cuando le toca cruzarlas y tú obviamente le cedes el paso, ralentiza sus andares y lo cruza lo más lentamente que puede, tomándose todo su tiempo y el de todos los miembros su familia, que descansen en paz. Ahí lo tienes, mirándote desafiante, haciendo de cada paso hacia la otra acera una marcha triunfal. Y yo no sé a ti, pero a mí me da la prisa.

Tú llegas con prisa al aeropuerto. Has apurado más de lo que debías. Y el guardia de seguridad lo nota con esa especie de sexto sentido que tiene y empieza a desnudarte por fascículos y a deshacer tu maleta de mano, tomándose su tiempo, mirándote desconfiado, examinando cada objeto como si fuese la primera vez que lo ve y haciendo de cada prenda un ritual iniciático hacia la pérdida de tu siguiente vuelo. Y de nuevo a mí me da la prisa.

Me da la prisa con la gente que habla lento. Porque me dan ganas de acabarle las frases. Porque deberían emitirnos el trailer de todo lo que van a decir. Y luego si quieres te quedas a escuchar lo demás. La gente que se repite. Que sí, que con una vez que lo digas ya está. Ay.

Me da la prisa con la gente que te sirve lento. Porque aún no han entendido que el servicio es de todo menos slow. Que cada vez es más a tiempo real. Que si el consumidor lo quiere, lo quiere ahora, lo quiere ya. Y se buscará la vida por otro lado si tú no se lo das. A que parece evidente. Pues nah. Tan estúpido y ridículo como estrenar las películas dos meses más tarde que en su país de origen y luego quejarse de que la gente no esté dispuesta a esperarse a que haya una oferta legal.

Me da la prisa con la gente que llega siempre tarde a todos sitios. Porque son ladrones de tiempo que no volverá. Porque no tengo la culpa de su falta de previsión temporal. Y porque ya les doy cada vez menos minutos de margen. Ahora me levanto y me voy, cada vez más. Ya quedaremos otro día que te vaya bien quedar bien. Y ya está.

Las colas. Las salas de espera. Las musiquillas del call center. Pero es que también me da la prisa con algunos libros que leo. Les acabo dando cien páginas, no más. Y a ciertas películas, algo menos de la mitad. Si no me han enganchado para entonces, no sólo las dejo, sino que me ocupo personalmente de que nadie gaste su tiempo y su dinero en ellas. Que la vida no está para regalarse en aquello que no te aporta nada. Muy poca gente se merece que tú te dediques a esperar.

Igual es que me queda cada vez menos tiempo que malgastar, pero me da la prisa. No es que no sepa apreciar los tiempos muertos, la lentitud necesaria de algunas cosas y el ritmo necesariamente pausado de una evolución natural, que es más bello cuanto menos corre. Es que tengo derecho a decidir a qué me espero y a qué no. Si cada cual lo decide, es genial. Sentarse y reflexionar, como decía Vinicius, sentir el mundo rodar. Pero si es otro el que lo decide por ti, entonces es cuando me pongo malo, es cuando todo mal.

Es lo que yo llamo el Síndrome del Ahora Te Vas a Enterar. Gente que no ha acumulado en su vida todo el poder que ambicionaba, y que tiene que ir descargando su frustración de a poquito sobre los pobres e ilusos mortales que, aunque sea por un instante, dependen de su mediocridad. Ojo, y si eres famoso, conocido o tienes pinta de serlo, todavía más.

A todos ellos, a los que nos roban minutos para hacerse valer, va dedicada mi columna de hoy.

Gracias por ese cursillo exprés de paciencia aplicada que nadie os había pedido. Sois unos maestros en el noble arte de malgastar el tiempo ajeno, ejemplo vivo de la Marca España, y lamento profundamente que nadie de la Administración del Estado haya apreciado aún vuestro inmenso talento para algún puesto de mucha responsabilidad, tipo alguna Cartera Ministerial.

Espero que, como mínimo, tanta incompetencia os ayude a desgravar.»

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Aritmética emocional básica.

Aritmética emocional básica.

Artículo publicado el domingo, 11 de Octubre de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Todo suma. Lo bueno, lo malo y lo regular. Aprendemos a agregar antes que a hacer cualquier otra cosa. Agregamos experiencias, agregamos conocimientos, agregamos personas en nuestro camino que en un principio nos pensamos que nunca jamás van a dejar de estar. Mentira, pero da igual.

Sumamos años de uno en uno y a la cifra resultante la llamamos edad. Sumamos sonrisas y lágrimas para más pañuelos de los disponibles. Princesas y ranas. Guerra y paz. Sumamos cosas que no encontraremos hasta la próxima mudanza. Sumamos todas las cosas que nos dijimos y nos las dijimos mal. Sumamos reproches. Arrepentimiento. Remordimientos. Fatal. Y para abusar de esta anáfora aditiva y adictiva, sumamos y me llevo una hostia. Y otra. Y otra más. Porque jamás paras de contar. Aunque te descuentes del todo. Aunque ya no sepas ni por dónde vas.

Sumamos dejes. Frases hechas. Coletillas que la vida nos pega. Historias a nuestra vida en continua explicación. Biografías en constante evolución que de tanto en tanto decidimos reeditar. A la gente les contamos una milonga cada vez mejor contada. Si te gustó mi vida hasta la última vez que nos vimos, espérate que ésta te va a encantar. Porque en cada último episodio hay siempre un giro inesperado. Porque siempre irrumpe un tenemos que hablar. Porque sumamos héroes y también villanos. Historias para no aburrir. Y así, de milonga en tango, sumamos más y más razones para no tener que cambiar.

De modo exponencial vamos aprendiendo la distancia entre sumar y acumular. Porque cada cosa que entra desplaza a otra que deja de importar. Gestión eficiente del stock de nostalgia. Sistema FIFO sentimental. Y sumarlo todo desde tan joven tiene siempre una parte oscura, que es nuestra capacidad -también creciente- de restar.

La primera resta que realizamos es la necesaria diferencia entre lo que teníamos antes y lo que ahora hay. La comparación es siempre tan odiosa porque o bien te hartas de lo que te sobra, o bien echas de menos lo que ya no está. Ya, ya sé que nadie es mejor que nadie. Pero a todo el mundo se le puede comparar. Y ahí perdemos lo que otros ganan. Y ahí ganamos aquello a lo que no sabíamos que podíamos aspirar.

Restamos cada vez que nos despedimos. Aunque lo más asombroso de todo es que por mucho que restes, jamás esta resta dará cero. Siempre hay algo de lo que te puedes alegrar. Aunque sólo sea la capacidad de seguir creciendo y calculando. Que no está mal.

En algún momento, si tienes suerte, te llegará el momento de dividir. Partir tu vida como mínimo en dos. Hacer inventario y separarte de tu otra mitad. Y no hablo sólo de tu colección de vinilos. Hablo también de tus amigos, ya nunca más imparciales. De tus lugares favoritos. Del hotel de tus sueños. De todas las sonrisas ligadas a cualquier ciudad. Hablo de recuerdos en custodia compartida. Hablo de complicarte las fiestas de navidad.

Porque es que hay gente que no necesita dejarte, pues te divide incluso cuanto está contigo. Y tendrás que acabar con relaciones impasibles si no quieres romperte de tanto estirar. Cuando duele irse, pero quedarse duele todavía más.

Y entonces, de nuevo con muchísima suerte, puede que algún día te encuentres a alguien con ganas de juntarse contigo para multiplicar. Alguien que no te juzgue más allá de lo imprescindible. Alguien que no tenga ganas de estar contigo para cambiarte por otro. Alguien que entienda que para que una relación tenga sentido, es imprescindible que juntos no seáis menos, sino más. Cualquier múltiplo de vuestra vida en soledad. Alguien a quien le guste tu yo de ahora, no aquél del que te quiere disfrazar.

Lo peor que te puede pasar es que de pronto, un día y sin previo aviso, te multipliquen por cero y tengas que volver a empezar. Pero incluso entonces, recuerda lo que te he dicho al principio del texto, por si lo llegaras a necesitar.

Todo suma. Lo bueno, lo malo y lo regular.»

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Cata y Luña.

Cata y Luña.

Artículo publicado el domingo, 04 de Octubre de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Paren máquinas. Ya tengo la solución. No se peleen más, que ya la tengo. Llevo una semana esperando alguien que se diese cuenta de lo evidente, pero como nadie con entidad lo dice, ya lo digo yo. Lo que hay que hacer no es desgajar Catalunya de España, esa opción ya está visto que no nos trae más que dolores de cabeza. Lo que hay que hacer es separar a Catalunya de sí misma. Como sucedió con Checoslovaquia en 1993, escindirse por dentro de forma pacífica y acordada, dando lugar a dos estados independientes pero la mar de amigos. Pues por qué vamos a ser nosotros menos, hagamos lo mismo aquí. Oye por qué no. Dos grandes y libres. Con un par de cops de falç.

Surgirá así una parte a la que llamaremos Cata. Allí habitarán en paz y armonía el 47% de los anteriormente conocidos como catalanes, ahora reconocidos como catans. Será un territorio irregular e inconexo, pero incluirá por ley el ábside de la Abadía de Montserrat, la Plaça Major de Vic, la sede social de la ANC, una acera por quincena de la Meridiana, el 3% de las propiedades de la familia Pujol, un Palau de la Música Catalana reconvertido en motel cuco de carretera y las 15 sedes embargadas de CDC. Cata, o La Cata, como la llamará Aznar en la intimidad, será una república independiente y como tal, sólo rendirá cuentas a Europa durante la emisión de Eurovisión y siempre y cuando sus vecinos les otorguen algún punto más que a Guayominí. Para qué investir un sólo President cuando puedes investir a cuatro o cinco, uno para cada día de la semana laboral. Que no te gusta la política del President de hoy, te esperas 24h y todo va a Mas. No es maravilloso. Yo es que soy de los que oposito los martes. Pues relájese el resto del tiempo, ¿un carquinyoli? La putada será al que le toque gobernar el lunes. Ni herencia recibida ni leches. Fijo que acaba imputado -perdón, investigado- y condenado hasta por mirarnos mal.

Los catans sólo verán noticias de TV3, con lo cual se ahorrarán tener que consumir series, novelas y en general cualquier contenido de ficción. Tampoco hará falta ni AVE ni corredor mediterráneo, pues el govern garantizará mil setecientos catorce castellers por cada peaje y una plantación de calçots en cada rotonda.

Todo será así de perfecto con el cambio de estatus. Y es que la otra parte, la nueva Luña, así, con una eñe bien grande y libre, que refleje su intención de seguir siendo española, tomará el testigo como décimo séptima Comunidad Autónoma del Reino de España y representará al otro 52% de los excatalanes. El nuevo territorio incluirá, entre otras plazas, las de toros, las partidas de mus, el balcón derecho del Ayuntamiento de Barcelona y los juzgados de primera instancia de Baqueira Beret. Los luñenses, además, se convertirán automáticamente y por decreto ley en los más solidarios del estado español. Donarán el 100% de sus ingresos a ciertas cuentas en Suiza, así como derecho de pernada para cada pubilla y un pamtomaca por cada 100.000 botiflers. El candidato para hacer de Superman sobre las vías de Rodalies será el que resulte ganador de un Talent Show llamado “Tu ERE me suena”. A los luñenses no se les permitirá estudiar ni mucho menos practicar su propia lengua a la luz del día, y para obtener el carné de identidad deberán tatuarse en el culo la frase “Recuerda que Luña no es una nación”. Se acabará con la pobreza energética de un plumazo en cuanto el Gobierno firme el almacén subterráneo de gas Castor II en unas condiciones tan ventajosas que nos las quitarán de las manos.

Los luñenses jamás confundirán platos con vasos, y se volverán adictos a los servicios informativos de Televisión Española, con lo cual enseguida quedarán deslumbrados por lo bien que marcha el país. La sanidad, el paro, así como el resto de problemas que puedan preocuparles, serán los que decida el Tribunal Constitucional, que dejará de disimular y a partir de ahora será elegido por primarias.

Por último, no se nos escape que un porcentaje de inadaptados nos veremos obligados a habitar la frontera entre Cata y Luña, en terreno siempre fronterizo, resbaladizo y pantanoso. Ante semejantes indeseables, señores de ambos lados, mano dura. Sin postre todas las noches. Y a dormir sobre plegatín sueco. Por chaqueteros. Por indecisos. Por cagaos.

Sí, ya sé, puede que esta solución un tanto absurda no garantizase la satisfacción del 100% de los implicados.

Pero bueno, estemos tranquilos, ahí están nuestros competentes políticos capaces de consensuar una que sí lo haga.»

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Éste es el nivel.

Éste es el nivel.

Artículo publicado el domingo, 27 de Septiembre de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Éste es el nivel. Un presidente del gobierno que pretende dar lecciones descubriéndonos que un vaso es un vaso y un plato es un plato. Coño ahora lo veo, gracias presi. Los platos tienen fondo y los vasos culo. Y en el fondo, es justo por ahí por donde nos viene dando desde que ganó las elecciones, o mejor dicho, desde que el otro las perdió. Un presidente tautológico que a duras penas daría la talla como guionista de la primera temporada de Barrio Sésamo. Un presidente que por no saberse, no se sabe ni la ley del país que gobierna. Y lo que es peor, que cuando alguien se la recuerda, entra en bucle y sólo se le ocurre preguntar estupideces. ¿Y la europea?

Éste es el nivel. Un portavoz de ERC que cuelga por sorpresa una banderita independentista en el balcón del Ayuntamiento de Barcelona durante la celebración de la Fiesta Mayor de todos los barceloneses. Su homólogo del PP que se pelea con él por colgar una banderita española. Y todo un ministro del interior a quien no se le ocurre otra cosa que sacar la banderita de ETA a pasear. Iba a decir que me resultaba pornográfico, pero al menos la pornografía consigue excitarme. En este caso, lo único que siento es una profunda vergüenza propia y ajena.

Éste es el nivel. Que ya no es que haya corrupción, es que empiezo a pensar que nos la hemos ganado. Aún hay poca para la que debería haber. Poco nos pasa, que decía aquél. Antes de que existiera la corrupción, al corrupto le dimos el poder para serlo. Lo elegimos todos nosotros. Así que cuando siento vergüenza, la siento sobre todo por mí. Esto es lo que voté. Esto es lo que votamos todos. Aquí y allá. Nadie les exigió nada más. Y así nos luce el pelo.

Ya basta. A mí me han convencido. Si éste es el nivel, voto independencia. Ojo, y no porque me crea que vayan a ser más competentes. Ni mucho menos. Ni menos corruptos. Qué va. Ni siquiera porque crea que vayamos a estar mejor. Pero si no hay más que verles, hombre.

Primero, es por un tema de masa crítica. En caso de independencia, habrá menos como ellos tocando nuestro dinero. El de Catalunya y el de España. Y eso ya me está bien. Si se me va a caer la cara de vergüenza, al menos que lo haga por menos casos, ya ni siquiera pido que lo sea en proporción. Si me van a robar la cartera, que sea como mínimo en menor cantidad.

Segundo, porque si la banca no quiere la independencia y trata de disuadirnos, eso es que algo bueno debe de tener para nosotros. Como siempre, ellos saben algo que nosotros descubriremos de aquí unos años. La banca siempre gana. Mira Rato.

Tercero, también estoy harto de que no pase nada. Estos comicios no son unas autonómicas contra unas plebiscitarias, son los del inmovilismo contra la chapuza. Y entre quedarse quieto y cagarla, yo siempre he sido de los que prefieren pedir perdón. No te negaré que además me apetece liarla parda. Mi vena anarquista nihilista a veces se me pone al volante, qué le vamos a hacer. Y qué me dices de darle a todos estos el poder. Pasar de colgar banderitas en el ayuntamiento a colgarle al cuello todo un país. Hala, ahí la llevas.

Pero sobre todo, porque la torpe campaña del miedo jamás vencerá a cualquier ilusión, por ilusa que ésta sea. Y nadie, insisto, nadie, en estos más de diez años ha sido capaz de venderle a los catalanes un proyecto ilusionante o una simple actualización de la relación Catalunya-España. Ha llegado el momento de reventarlo todo. Volvamos a empezar, con lo que me gusta a mí una patada al tablero. Aunque el nuevo juego sea una mierda, dudo que sea peor que éste.

Ah, el argumento definitivo. No habría que volverse a encontrar con el Celta de Vigo en competición oficial.

Al carajo la jornada de reflexión. Yo ya he reflexionado. Ya, ya sé que mi decisión sólo cuenta un voto. Y también sé que no puedo obligar a nadie a seguir mis pasos. Dios me libre. Pero prefiero usar mi voto para quitarme de encima a Rajoy que seguir dándole excusas a la Generalitat. Y si al final encima no se consigue la independencia, poder dedicar el resto de mi vida a reprochárselo a Romeva, a Junqueras y sobre todo a Mas.

Si éste es el nivel, apártense que la liamos. Si éste es el nivel, apártense que me voto encima.»

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Mía.

Mía.

Artículo publicado el domingo, 20 de Septiembre de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Mía. Sólo mía. Miísima. Más mía no puedes ser. Y no porque yo te lo diga, sino porque así lo has decidido tú.

Mía. Sólo mía. Miísima. Esa mía tan tuya de la que me he enamorado. Esa tuya tan nuestra que ahora siento sólo mía. Pero no es un mía de tenerte aquí atada conmigo. Es un mía que nada tiene que ver con la posesión. Porque contigo he aprendido que con la puerta abierta nadie se va. Porque contigo ya no soy lugar, sino destino. Porque mi máxima aspiración es convertirme en tu hogar, ese sitio al que siempre quieras volver. Aún cuando en la planta de tus pies traigas arena de otro mar. Mira que me lo advertí.

Mía. Sólo mía. Miísima y ya está. Si quieres a alguien, no es que lo dejes libre, es que lo quieres ver volando cada vez más alto, cada vez más lejos, más allá. Por eso, siempre que vuelves a mí lo haces no sólo porque quieres, también porque necesitas que te vuelva a atrapar. Sabiendo los dos que esta conquista se renueva cada vez que nos volvamos a encontrar. Esto que te ofrezco es de todo menos una prisión dorada. La única jaula ahora ya son los demás. Donde perdemos aliento, donde se nos va el aire, es en la ausencia del otro. Aquí más pura la luna brilla y se respira mejor.

Mía. Miísima. Más que mía y de verdad. Mía porque por mucho que te tenga, jamás te dejas poseer del todo. Porque te revuelves, porque te rebelas, porque te vas. Siempre que estás volviendo es porque te vas. Y está bien que así sea, está bien que sea yo quien te tenga que esperar. Yo que me había creído que jamás sería celoso. Hasta que hubo algo que temí perder, algo tan valioso, algo tan de verdad. Y a estas alturas de mi partido me descubro sufriendo cada vez que ya no estás. Este Otelo ya se deja de hostias. Esta Desdémona es de almas tomar.

No me malinterpretes, no es que tema que les gustes a otros, ni que ellos te puedan gustar. Sería lo lógico que les pasara, cualquier otra cosa sería poco normal. Si es justo lo que me ocurrió a mí al verte. Cómo no les va a ocurrir a ellos, cómo les voy yo a culpar. Y a ti aún menos, si lo que me apasionó de ti desde el principio es que fueras un arma de seducción pasiva, que me volvieras loco sin prácticamente pestañear.

Tampoco es que tema que me dejes, porque eso ya lo tengo asumido. Cada día despierto con la angustia de que ése es el día en que te vas a dar cuenta realmente de con quién estás. Es una sensación con la que me estoy acostumbrando a desayunar. Y cuando llega la noche y no ha ocurrido pienso en el regalo que el destino me ha hecho, dejándome disfrutarte 24 horas más.

Y es que no sé si lo he dicho, pero mía. Toelrrato. Toeldía. Ya.

Que conste que esta pérdida de control nada tiene que ver con querer recuperarlo, nada más lejos de la realidad. El control se lo dejo a los que no entiendan nada. A los que más que disfrutar una relación, la pretendan asfixiar. La taxidermia es la ausencia de toda vida y todo vuelo, la muerte de la belleza para enterrarla en una vitrina, el fin de las cosas por las que merece la pena respirar. Ojalá todo el mundo pudiese vivir un solo día lo que hemos vivido hasta ahora. Yo, si un día acabamos, que sepas que será lo mejor para ti. Porque jamás te merecí del todo. Porque hay tanta gente mejor que yo, que jamás me creí del todo que fueras mía.

Pero hoy sí.

Hoy soy mía y eres tuyo.

Hoy hacemos uno y cada uno de nosotros se multiplica por dos.

Es lo que tiene ser mía, tan tuya y tan de nosotros.

Que para escribirte, describirte y prescribirte ya no me hace falta ni siquiera la palabra amor.»

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Soy indepe.

Soy indepe.

Artículo publicado el domingo, 13 de Septiembre de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Soy indepe. Mira, me acabo de dar cuenta. Estaba peinándome las cejas -lo único que aún puedo peinarme con fruición- cuando de pronto he sentido una necesidad visceral de separarme para siempre de unos cuantos indeseables. Yo sí que me voy a montar unas plebiscitarias. Ni tercera vía ni leches, ciao pescao.

Soy indepe. Pero un tipo de indepe que no tiene representación parlamentaria, me temo.

Yo perdónenme pero no he llegado a plantearme una secesión del resto de catalanes. Ni del resto de españoles. Ni del resto de europeos. Quiero la independencia, para empezar, sólo de los idiotas. Sí, es cierto que corro el riesgo de ser el primero, por eso, antes de autoinculparme, especifico: quiero la independencia de todos los idiotas que -como mínimo- sean más idiotas que yo. Que serán pocos, pensarás. Sí, sí, pero qué apostamos a que algún cargo importante cae. O alguna indeseable tipo Petra László.

Soy indepe porque es verdad, me gustaría perder de vista para siempre a ilustres españoles. Los Bárcenas, los Rato, los Urdangarín, los Fabra, los Matas, los Blesa, los Granados, los Chaves, los Griñán, oigan quédenselos todos, va por ustedes. Imputados, acusados, condenados, me aburren tan presuntamente, que me los pone todos para llevar.

Soy indepe. Pero un indepe aún más radical que los que promulgan la independencia. Y es que quiero perder también de vista a toda la familia Pujol. Y a cada sede embargada de CDC. Y a Teyco y al 3%. A Fèlix Millet. A la pésima gestión de la Generalitat durante estos últimos años en materia de Sanidad y Educación -ambas transferidas-. Y a todos los que aplauden una deficiente administración -insisto- transferida y nos quieren hacer comulgar con que solos nos lo guisaríamos mejor.

Yo no sé quién inventó eso de que España nos roba. Lo que sí sé es que algunos españoles y catalanes nos están robando mucho más. Nos están robando la confianza. Nos están robando una inocencia que jamás debimos perder. Nos están robando la paz, el seny, ese pragmatismo tan catalán. La tranquilidad de ir por el mundo sin pedir perdón por no pensar como quien nos gobierna.

También soy indepe porque detesto a la gente que está tan por encima del bien y del mal que se cree que soy aún más imbécil de lo que soy. Por eso me gustaría separarme de Mas, sí, pero también de Montoro. Soy indepe de las cifras de uno y otro bando. Mentirosos todos, que saben perfectamente que calcular el déficit fiscal es como medir a qué huelen las nubes zum zum. Mandangas más mamandurrias igual a expolio fiscal. Soy indepe de un expresidente del Gobierno y de un Ministro de Defensa que ya no es que no sepan seducir, sino que encima se dedican a ofender.

Llévense también a TV3 y a Televisión Española. No quiero pagar medios públicos flagrantemente propagandísticos y que censuran a sus propios ciudadanos sólo por el hecho de no pensar igual. Pero también diarios como el ABC, que señalan públicamente a los deportistas por ideología política. De regalo me podrían independizar de los que chillan, de los violentos y de los medios que citaron mi artículo de la semana pasada y tan sólo entrecomillaron la parte del dedo en el culo, señuelo puesto con toda intención para detectar manipuladores de manual. Ahí va el anzuelo de esta semana: ya os lo podéis sacar. Hala, ahí tenéis vuestra dosis semanal para seguir intoxicando. La manipulación informativa es la forma que tienen algunos medios de llamarnos idiotas en nuestra puñetera cara. Así que volveríamos al punto uno. Si no es porque los independizaría a ellos antes que a todos.

Y ya puestos, soy indepe de las grasas saturadas. De las películas de Van Damme. Y del reggaeton por favor. No puedo más.

A mí llámenme cuando refunden esta nación desde cero. Esto hay que ponerlo patas arriba ya. Una nación en la que mande la gente decente. La gente honrada. Gente cuyo único partido político se llame llegar a fin de mes. Una nación gobernada por y para gente que hoy no hace más que deslomarse para pagar los excesos de banqueros y políticos mientras le crujen a impuestos y multas, porque le han dicho que tenía que apretarse el cinturón, o peor aún, que ya está aquí la recuperación, que cómo es que no la ve.

Ya, ya sé que todo eso es imposible. Que lo más fácil es que me largue yo. Pero eso no puedo hacerlo, compréndanlo. No quisiera regalarle semejante alegría a más de uno. Además, a santo de qué me tengo que ir, que se vayan ellos, que yo adoro mi tierra.

Así que nada, toca quedarse y aguantar.

La tercera vía ahora me entero que era rectal.»

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DeclinART.

DeclinART.

Artículo publicado el domingo, 6 de Septiembre de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Los hechos ocurrían el pasado miércoles a media mañana. Yo andaba por Madrid, trabajando o más bien disimulando mi depresión post vacacional, cuando de pronto me entró un tuit de Quim Monzó. Y digo me entró porque fue algo así como un siroco o una colonoscopia, inesperado y turbador, procedente de un sitio que no te esperas y con un resultado que tampoco tenías previsto, ni en fondo ni en forma.

“Fíjate qué ramo me ha dibujado Ferreres para ti, Risto Mejide. ¿Vienes a la Meridiana el 11S? #QuedesConvidART @Araeslhora”. El mensaje iba acompañado de una sutil ilustración en la que Quim me hacía entrega de un ramo de rosas rojas y amarillas coronadas por la bandera estelada, mientras ocupábamos sendos lados de un sofá.

Conozco a Quim Monzó de haberle saludado un par de veces. Considero que han sido siempre encuentros cordiales e interesantes. En Twitter hemos mantenido una curiosa historia de seguirnos y dejarnos de seguir que algún día espero poder comentar con él en persona. Obviamente lo conozco más por sus libros y artículos. Admiro y he admirado siempre su mala leche, su ironía y su capacidad de generar puntos de vista imprevisibles. Así que no debería haberme sorprendido esta vez. Y sin embargo lo hizo.

Por un momento pensé en agradecer la cortesía de haber pensado en mí. De tender un puente hacia un don nadie como yo. Pero enseguida me contuve. Y menos mal que lo hice, porque comprobé que formaba parte de una estrategia. De un plan. Y que había sido víctima del mismo. Igual que los hermanos Pau y Marc Gasol, Julia Otero y alguno más.

No estamos hablando de invitar a la gente que te apetece. Estamos hablando de phishing político. Y por eso, estimado Quim, lamento mucho decirte que es el momento de declinART.

Es el momento de declinART. Una invitación pública deja de ser una invitación. Una invitación pública es una campaña. Un uso ilegítimo del nombre de otro para mandar un mensaje a los que nos miran. Escudada tras una presunta formalidad, disfrazada de acto generoso y educado, la intención no es otra que la de buscar el barullo polémico de una aceptación o un rechazo. Y hoy, de mí, no vas a obtener ni lo uno ni lo otro, sino simplemente una amable declinación.

Es el momento de declinART. Y mira que me hubiera encantado comprobar de primera mano lo que se cocía ahí este 11S, como he hecho otras veces, pero tu @Araeslhora ha confirmado mis peores temores: esto no va de incluirse, sino de definirse políticamente. Y mientras el voto sea secreto, cualquier empujón para definir tu filia política puede ser considerada no sé si violencia ideológica, pero sí desde luego moral. Y de muy mal gusto, también.

Es el momento de declinART. Yo siempre me he posicionado cuando y donde he querido, jamás cuando otros me han obligado a hacerlo. Le tengo alergia a la imposición. Me molesta soberanamente que se me utilice y que se me obligue a salir del armario, de la cómoda o de dondequiera que me haya dado la gana meterme. Que cada cual se acueste con quien quiera. En la cama y en las urnas, también. Y que lo haga público cuando y donde le dé por ahí, jamás cuando le empujen a hacerlo. Por eso, cuando alguien me apunta con el dedo para forzarme a tomar partido, mi reacción suele ser la de negarme y sobre todo, preguntarme el porqué. No nos señaléis, rezaba Enric Hernández. Meteos el dedo en el culo, añado yo.

Es el momento de declinART. Pretendo seguir leyéndote a ti y a tantos otros con la distancia necesaria hacia las ideas que compartimos y las que no. Y sobre todo pretendo olvidarme lo antes posible de este episodio, que deja en evidencia que incluso las personas más inteligentes pueden cometer una estupidez.

Que soy catalán nadie lo puede poner en duda.

Que no puedo ni siquiera agradecerte esta invitación, también.»

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Je demande.

Je demande.

Artículo publicado el domingo, 26 de Julio de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«A la vida hay que exigirle mucho. A la vida hay que exigirle bien. Porque no te preocupes que ella ya se ocupará de exigirte a ti cuando menos te lo esperes y por la razón más insospechada. Un día sales de casa y búm. Un día vuelves de un chequeo rutinario y zas. Un día coges el coche y pam. Es siempre más tarde de lo que te crees. Cualquier día te cambian las reglas de este juego al que llamamos vida, y lo hacen sin que nadie te pida permiso y sin avisar. Así que plantéatelo ahora o atente a las consecuencias. Porque puede que jamás exista un espérate, porque puede que para ti no haya previsto un después.

Por eso, yo exijo. Exijo sentir cosas todos los días. Buenas, malas y regulares. Todas y cada una de ellas. Me da igual. Miedo, asco, rabia, ira, sorpresa, alegría y tristeza. Porque un día sin emociones es un día perdido. Y porque ahí donde la emoción manda, es siempre donde ocurren las cosas, es donde yo exijo estar.

Yo exijo. Exijo no pasar ni un sólo día sin estar enamorado. No hablo de estar acomodado. Ni de dejarme simplemente llevar por la inercia. No. Exijo mariposas todos los días. Y exijo también a alguien a mi lado que las quiera mantener más allá de lo razonable, más allá de lo racional. Alguien que esté dispuesta a dejarse la vida en el intento. Y que quiera casarse cada día conmigo. Y que lo demuestre en cada tempestad. Exijo que se lo curre tanto o más que yo. Y si no, no me vale la pena ni el simple hecho ya no de estar en pareja, sino de respirar. Ah y una cosa más. Exijo que la prudencia se tome vacaciones eternas conmigo. Porque jamás me ha garantizado nada el hecho de ir poco a poco. Ni me ha hecho más feliz. Exijo que deponga sus armas hasta que me asegure que mientras yo sea prudente, nada de lo que me gusta se va a terminar.

Yo exijo. Exijo viajar hasta que el cuerpo aguante. Cada rincón del planeta esconde algo o alguien que tiene algo que enseñarme, cada kilómetro recorrido es otra lección de la que aprender. Soy consciente de que hay casi doscientos países en el mundo, y que yo habré visto siempre muy pocos, con mucha suerte llegaré a conocer la mitad. Y sobre todo, lo más importante, habré estado siempre en menos de los que visité. Un destino es una oportunidad para reencontrarse. Un hogar es donde vacías tus maletas. Y un origen es donde dejas que crezcan los recuerdos. Por eso, por mucho que te alejes, ellos se crecen más.

Yo no exijo un trabajo, exijo dejar de tener las sensación de trabajar. Porque es entonces cuando te estás dedicando a lo que realmente te gusta. Porque es entonces cuando realmente puedes llegar a ser bueno, o como mínimo, a poderlo disfrutar. Cuando el ocio deja de ser la negación del negocio. Cuando los lunes dejan de ser un suplicio, para convertirse en el único día de la semana al que quieres llegar. Lo antes posible, o sea, ya. No concibo ni un sólo día de mi existencia dedicado a algo que no merezca mi tiempo, mi vida, mi sacrificio, mi dedicación profesional.

Pero es que yo exijo también conversaciones. Conocer gente que me aporte algo interesante. Dejar de perder el tiempo con historias tóxicas y desgastadas. Exijo una vida sin capullos, sin mediocres, sin gilipollas, que ya tengo bastante conmigo. Y ponerme a sumar. Siempre sumar. Cada vez me queda menos tiempo para desperdiciar. Así que me he vuelto muy exigente con el tiempo que le dedico a cualquier prójimo. No porque no lo merezcan, o porque yo me crea especial. No tiene nada que ver con eso. Sino con la sensación de unicidad, de que esto que puedo vivir hoy tiene fecha de caducidad. Cada minuto que te dedico, se lo estoy quitando a los demás. Así que me tiene que valer la pena. Algo me tiene que aportar. Dejarse de tonterías e ir al grano. No es una pose. Es una obsesión por aprovechar cada oportunidad.

Y ya puestos a exigir, yo exijo luz de luna. Como Chavela. Pero no sólo para mis noches tristes. Para las alegres, también. Y exijo que el sol vuelva a salir por donde quiera. Porque si sale siempre por el mismo sitio, te juro que pillo la pistola de Saza y me lío a tiros como él.

Yo le exijo todo esto a la vida.

Y lo más importante, como sé que no está en sus planes proporcionármelo, no pienso quedarme de brazos cruzados esperando a que me lo facilite.

Lo pienso ir a buscar.»

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Odio la playa.

Odio la playa.

Artículo publicado el domingo, 19 de Julio de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Odio la playa. Con todas mis fuerzas. No puedo con ella. La arena pegada, el calor sofocante, el olor a pies y a sudor ajeno, la masificación, el ruido, las pelotas de plástico, las sombrillas, las colillas, las señoras que gritan, los señores que fuman, las botellas de plástico, y que el único remedio sea meterte en el agua del mar consciente de que las ballenas expulsan 1350 litros de semen fuera de su pareja en cada eyaculación o más de 970 litros de orina en un solo día, y aún que eso es aportación natural, como si fuese lo más contaminante que se llega a verter.

Eso sí, respeto muchísimo que a la gente le guste meterse ahí. No voy a tratar de convencerles. El problema viene cuando espero el mismo respeto de vuelta. Y especialmente en este país.

Conforme se acercan los días del verano y la gente empieza a comprar números para el melanoma, mi piel da evidencias de que algo no va según lo previsto, lo que es bueno, lo que debería ser, y es entonces cuando empiezan las preguntas incómodas. ¿Estás bien? Se te ve paliducho. ¿Te lo has hecho mirar? Ah, que no te gusta la playa, ¿y por qué? Pero si es genial… Eso es que no has encontrado tu playa…

Y ahí ando todos los años sin excepción tratando de justificar por qué no me gusta lo que no me gusta, como si fuese un apestado, alguien a quien hay que tenerle lástima u otorgarle urgentemente una subvención. Me ocurre lo mismo que con los fines de año, verbenas y otras fiestas de guardar. Momentos en los que no es que tengas que pasártelo bien haciendo lo que quieras, no, es que tienes que salir de fiesta sí o sí. Momentos en los que la forma pasa por encima del contenido, momentos en los que el cómo importa más que el qué.

Siempre hay quien te dice que entonces te metas en una piscina. Pero es gente que no entiende nada, el problema no está sólo en el dónde, sino en el qué. Pasarte horas al sol es, junto a picarse los genitales con un punzón de hielo o presentarse de candidato en UPyD, una de las torturas más improductivas y estúpidas que se me ocurren hoy por hoy.

Por más que me pongo, no lo consigo. Estoy unos minutos y enseguida tengo la sensación de perder el tiempo. Cojo un libro. Intento leer. No hay postura más incómoda que la del lector lagarto. Se te duerme la mano tratando de taparte el sol mientras la otra intenta que no se te pase la página por culpa del viento. Brisa marina, perdón. Y ya no digamos si el ejemplar tiene más de 400 páginas, como me suele ocurrir con los que me gustan. Me doy la vuelta. Pero mi columna vertebral retorcida en posición cobra tiene un límite y sobre todo un umbral de dolor. Paso al periódico, que aunque sea más liviano, parece desmontarse más fácilmente con el calor. Ah entonces recurre a la tableta. Claro, cuando inventen la pantalla que no requiera dejarte la retina en intentar ver algo bajo la luz del sol. Nada, me pongo nervioso y acabo siempre intimando más de la cuenta con el tipo del chiringuito. Dios salve los chiringuitos.

Pues oiga, no. Yo odio la playa en verano. Y ya está. Especialmente en verano. Porque me gusta la playa en invierno, eso sí. Pasear por la orilla bien abrigado es de las cosas más bellas que se puede hacer. Y una buena chimenea con vistas al mar. Insuperable.

Porque no sé si ha quedado claro que odio la playa. Pues no vayas, pensarás. Ya, pero entonces tengo que aguantar la exclusión social desde la montaña. Píllate un barco. Te lo regalo, yo me mareo. Y además, por qué. Porque en verano hay que estar en el mar sí o sí. Porque si no, no eres persona, puede que hasta te retiren el carné de ciudadano español o catalán o barcelonés o lo que seamos a estas alturas ya.

Me encanta Barcelona, pero no soporto que lo primero que me digan sea siempre que es una maravilla porque tenemos el mar al lado. Pues no.

A mí me encanta Barcelona a pesar de su playa.

Especialmente ahora.

Especialmente ya.»

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Bienaventurados los trepas, oportunistas y aprovechados.

Bienaventurados los trepas, oportunistas y aprovechados.

Artículo publicado el domingo, 12 de Julio de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Bienaventurados los trepas, oportunistas y aprovechados. Porque de ellos es el reino de las cosas que no se pueden comprar. Y es que hay que ver, en los tres casos, lo mucho que acaban pagando justos por pecadores.

Bienaventurados los trepas. Porque hemos asimilado el trepa a alguien tóxico, cuando no siempre lo tiene que ser. Un trepa no es sólo aquél que pasa por encima de los demás a cualquier precio. Ése, además de un trepa, es un capullo. Un trepa es también aquél que tiene un objetivo que está muy por encima de sus posibilidades y aún así no le da miedo ni se amedrenta ante la altitud del reto, pues está dispuesto a escalarlo. Y como bien sabe la gente que se dedica a la escalada, lo más importante para llegar a la cima es fijar correctamente los puntos de anclaje. Las metas intermedias que te ayudarán a ascender.

Un trepa es alguien que pretende llegar a correr 10 km en menos de 60 minutos. Primero tendrá que plantearse metas intermedias variando los puntos de anclaje, que en este caso podrían ser, por ejemplo, duración y distancia. Primer punto de anclaje: la duración. Empezar por 15 minutos e ir incrementando el tiempo hasta llegar a los 60. A continuación, cambiar el punto de anclaje y pasar a la velocidad, para reducirla así paulatinamente. No sé si es lo correcto desde el punto de vista técnico y la verdad que me da igual. A mí me funciona, y no sólo en las metas físicas. También en las emocionales.

Un trepa es alguien que pretende conquistar a la mujer o al hombre de su vida. Primero hay que conseguir frecuencia de encuentros. En cada una de ellas variar el punto de anclaje y pasar a hacerle sonreír. Cada nueva sonrisa te acercará más a tu objetivo. Otro punto de anclaje serán las confesiones. Cuantas más cosas sepas que no le haya contado a nadie, más cerca estarás de la cima de su corazón. Y así.

Bienaventurados los oportunistas. Porque nos hemos creído que un oportunista es sólo aquél que pretende sacar tajada de una situación a costa de los demás. Ése, además de un oportunista, es un imbécil. Un oportunista es también alguien que ve primero lo que nadie más vio. Una oportunidad de negocio, de vida o de corazón. Porque un oportunista es también alguien que intuye que no estás bien con tu pareja y pretende que te enamores de él. No será justo, o moralmente intachable, pero tan sólo pretende ser feliz haciéndote feliz a ti. Dime si no es lícito e incluso justo que lo intente.

Y ya me dirás qué son las oportunidades sino vacíos que nos brinda la realidad. Espacios en blanco que pueden ser pintados con esfuerzo, ingenio y rapidez por tu parte. Vasijas en las que almacenar nuevos y apasionantes futuros. Alguien se olvidó de colocar algo ahí, y la vida te está gritando que la pongas tú. Serás mejor o peor en la solución del problema, pero de momento tú ya has hecho la mitad del trabajo que muy pocos hacen: saberlo formular.

Por último, bienaventurados los aprovechados. Porque nos hemos tragado eso de que aprovecharse de algo o de alguien está siempre mal. Quien se aprovecha de alguien para perjudicarle, no es sólo un aprovechado, es un desgraciado. Aprovecharse es también sacarle el partido que ni esa misma persona jamás se imaginó. Descubrir el poco o mucho talento que el otro tenga para sacarle un beneficio. Aprovecharse de alguien es también ayudarle a ser útil para una causa. Adoptar talento para darle una vida mejor. Y si la causa encima es noble, por qué no hacerlo. Eh. Por qué.

Bienaventurados los trepas, oportunistas y aprovechados. Porque de ellos es el reino de las cosas que no se pueden comprar. Y porque ellos son los que nos enseñan todos los días la necesaria diferencia entre ser un vendido, venderse y vender.»

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Hay que acabar siempre lo que uno.

Hay que acabar siempre lo que uno.

Artículo publicado el domingo, 5 de Julio de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Antes me daba mucha vergüenza dejar los libros a medias. Tenía que acabarlos todos, era algo así como un imperativo moral pues si no lo hacía parecía que hubiera desperdiciado todo el tiempo que les dediqué. No llegar hasta la última página era como un microfracaso emocional del que sólo me enteraba yo, pero que me afectaba profundamente en la autoestima durante días. Cómo voy a llegar a hacer algo en la vida si no soy ni siquiera capaz de acabarme este libro, pensaba.

Hasta que un día, todo eso cambió. O igual fueron semanas, o meses, o quizás la cantidad de títulos que se iban acumulando en la infinita lista por leer ante mi tiempo cada vez más limitado. No sé. Pero el caso es que hoy, dejar un libro a medias me parece uno de los mayores placeres que me regala la vida. Es mucho más que una venganza por la decepción que me he llevado. Es justicia divina aplicada. Es un no me vas a timar más. O un mi tiempo vale demasiado. O un que sí, que ya lo he pillado. O un apórtame algo más.

Llegados a este punto, mi biblioteca se divide entre los libros que dejé a medias e igual algún día les doy otra oportunidad, los que aún no he podido empezar y me miran amenazantes, los que debí leer alguna vez de cabo a rabo y no recuerdo muy bien por qué, y los que he leído más de una vez, que normalmente acaba siendo más de dos también.

Ojo que no me ha ocurrido sólo con los libros. Cada vez dejo más películas a medias. Levantarse del cine e irse. Si me queréis, irse. Otra gran lección de La Faraona, sobre todo porque eso significa hacer público tu veredicto como espectador. El formato audiovisual no permite la lectura en diagonal, así que la esclavitud es aún mayor si decides subyugarte a un contenido que hace rato que ha dejado de interesarte. Suerte que si lo ves en casa aún puedes saltarte escenas. Lo que ocurre es que entonces te sueles perder detalles clave en el desenlace final. Un lío, vamos.

En cualquier caso, esta actitud tan poco diplomática se ha ido extendiendo cual mancha de aceite en mi vida y ahora la aplico con noticias, textos, posts o artículos como éste. Quizás haya sido de manera inconsciente, pero he llegado a desarrollar la regla de los 3 tercios. Si el primer tercio no me ha interesado, me olvido de los otros dos. Pero es que si al final del segundo, el contenido no me ha hecho desear que jamás se acabe, tampoco le doy una oportunidad al tercero. Si tú has llegado hasta aquí, se podría decir que ya casi lo he conseguido. Y si te avanzo que esta regla explota por los aires al final del artículo, ya acabaré de triunfar. Ahora no lo podrás dejar. A que no.

Llámame radical si quieres, pero soy implacable con los ladrones de tiempo. Obras generadas con la mejor intención, pero que en tu caso simplemente te están generando un coste de oportunidad vital: si lo que ocurre en ese contenido no está a la altura de lo que le exiges a la vida, eso es que no es el adecuado para ti. Y que conste que a veces un contenido inadecuado para ti puede ser perfecto para otros. Ahí está la gracia de que haya más libros, películas y contenidos de los que caben en una vida. Por eso no creo ni en cánones ni en clásicos que te tienen que gustar sí o sí. A mí, “El guardián entre el centeno” me pareció un peñazo. Y “Ciudadano Kane” un tostón. Y “El anillo del Nibelungo” ya ni te cuento. Y qué. Los que te critiquen o te llamen inculto porque no te gusta lo que te debería gustar no hacen más que demostrar su estrechez mental.

Por supuesto, que los ladrones de tiempo no sólo operan a través de la cultura. Cuando lo hacen a través de una relación, es el momento de aprender a decir adiós.

Se puede completar una vida con retales de cosas inacabadas y que el conjunto tenga mucho sentido. No todo lo que se acaba tiene que hacerlo cuando y como lo decidió el autor. Ahí es cuando uno deja de ser mero lector o espectador de su existencia y se transforma en escritor no ya de un libro aburrido, sino de la propia vida.»

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Perdona pero perdona.

Perdona pero perdona.

Artículo publicado el domingo, 28 de junio de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Que no te cuenten milongas. Ni regalos, ni aniversarios, ni siquiera el mejor polvo sobre la mejor cama. El amor del bueno se demuestra sólo en tres momentos clave: en el fracaso, en la enfermedad y en el perdón. Todo lo que no sea esos tres momentos, es todo mentira. Autoengaño emocional. Facilidad de cariño. Un quererse mientras nos sea cómodo. Y es que hasta los barcos de motor avanzan con viento a favor.

El fracaso y la enfermedad vienen, normalmente, solos. No hace falta ir a buscarlos a ningún sitio. Son las hostias que te da la vida sin que las pidas, y muchas veces sin que ni siquiera las merezcas. Es verdad que hay gente que compra más números que otros, pero en general suelen ser vivencias tan inesperadas como injustas.

La única ocasión que depende de nosotros de alguna forma es el perdón. Perdonar es la única actividad que nos hace amables, es decir, seres dignos de ser amados. Poner por delante el derecho del otro a equivocarse, frente a nuestra presunta obligación de hacer de jueces implacables ante las faltas de los demás. Olvidarnos de nuestro dolor y pensar sólo en el ajeno, dejar de lado nuestra falsa superioridad momentánea y coyuntural para volver a nivelar las cosas, y ser conscientes de que nosotros también podremos cagarla en cualquier otra ocasión.

Perdona pero perdona de verdad. El perdón es lo que nos hace humanos y nos devuelve a la condición de seres erróneos. Quien no perdona no ama. Quien nunca ha sido perdonado aún no tiene seres queridos. Y quien no sabe perdonar, aún no sabe lo que es querer de verdad. Perdona si te llamo amor, pero de verdad.

Perdona pero perdona hasta el final. Que cuando hablo de perdonar, no me refiero a pronunciar simplemente un ‘te perdono’. No. Eso es maquillaje moral. Bienquedismo social. Eso es sólo el principio de un proceso que quieras o no, va a durar lo que los dos os tardéis en recuperar. Porque el perdón de verdad analiza las causas y minimiza los efectos. Porque el perdón de verdad queda lejos de un borrón y cuenta nueva. Por la cuenta que nos trae. Por los viejos tiempos, sí, pero también por los que vendrán.

Perdona pero perdona lo que haga falta. Cuanto más grande sea la cagada, mayor será tu oportunidad para perdonar. Y no se trata de predicar rollos judeocristianos sobre la culpa, el arrepentimiento o el acto público de contrición. Qué va qué va, yo leo a Kierkegaard. Es que en esta vida serás tan grande como el perdón que hayas sido capaz de otorgar. Así de claro. Tal cual.

Perdona pero perdónalo ya. Y ojo que no se trata de pretender que aquí no ha pasado nada. Aquí ha pasado y mucho. Nada más triste que tener que olvidar. Perdonas cuando esto que ha pasado, lejos de separarnos, nos ha unido más. Ahí es donde se juega la nueva relación su futuro. Si no eres capaz de sentirte más cerca cuando perdonas, eso es que no estás perdonando de verdad.

Perdona pero sobre todo sé perdonado. Porque ser perdonado es el otro gran chute de energía vital. Notar que no existe una segunda oportunidad, porque ésta vuelve a ser la primera. Creer en lo que se había construido antes de cagarla. Y ser consciente de que puede que nos volvamos a equivocar. Es el hoy por ti mañana por mí de las relaciones humanas. La vaselina que nos da la vida para poder continuar.

Y por último, perdona a quien haya que perdonar.

Piensa siempre que la alternativa es ir por la vida pidiendo permiso.

Y eso, como todo el mundo sabe, sí que es una cagada monumental.»

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Autonomía caudal.

Autonomía caudal.

Artículo publicado el domingo, 21 de junio de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«A la palabra verano le pasa como a algunas parejas que conozco. Juntas tienen un sentido muy diferente a si las partes por la mitad. Pero qué ocurre cuando la disección no es ni de lejos simétrica ni equitativa. Qué pasa cuando las cortas por otro sitio que no es la mitad. Hay gente que se ha quedado a medias para siempre por culpa de haberse dejado jirones del alma en la relación. Y por ahí pululan, deambulan, merodean tratando de completarse de cosas que les faltan por culpa de otro que se las llevó. Y como no las encuentran en nadie nuevo, están condenadas a traficar con su propia insatisfacción. A morir por falta de uno mismo. A culpar al nuevo de lo que alguien de mi pasado me robó.

Son colas de lagartija. Se mueven, parecen vivas, pero en realidad dejaron de estarlo el día que les dijeron adiós. Fueron víctimas de un futuro que las engañó. Y ahí siguen, tratando de ahuyentar la soledad a base de espasmos, como si las horas fueran moscas a las que alejar de uno. Eso les pasó por diluir el yo en un nosotros cualquiera. Por olvidarse de conjugar la primera persona del singular. Dejaron de ser dos y creyeron que siendo uno serían más felices. Y suele ser siempre demasiado tarde cuando se dan cuenta de que no. De que ese tiempo nadie se lo va a devolver.

Y qué ocurre con la otra parte. Esa mitad a la que le extirpan de golpe la cola, parte fundamental en la definición del yo. Pues aquí se da un fenómeno maravilloso que los biólogos aún no aciertan a comprender del todo. De pronto, de alguna manera que aún continúa siendo un misterio, las células empiezan a regenerar la parte que faltaba hasta que la reconstruyen. Hasta que se repara por completo el daño causado. Hasta que la cola vuelve a ser cola. Y aquí no ha pasado nada. Ellos lo llaman autonomía caudal. Los psicólogos lo llaman resiliencia.

Yo creo que no se atreven a llamarlo por su nombre: enamorarse.

Todos tenemos más o menos autonomía caudal. Capacidad autoregenerativa natural. Levantarse de un revés emocional creándose un universo nuevo de la nada. El tipo que inventó eso de que un clavo quita otro clavo, realmente la clavó. Pero lo importante no es simplemente volverse a emocionar. Lo importante es hacerlo siempre como la primera vez. Sin diferencia alguna entre la cola que te cortaron y la que has generado de nuevo. Volver al punto cero con la misma ilusión del primer día. Vivir como Dori buscando a Nemo. Y creerte que por fin la has vuelto a encontrar.

Yo no concibo enamorarme de otra manera que no sea para siempre. Si no es eterno, para qué exigirse una exclusiva, oiga que no me compensa, que no me vale la pena. Para eso están las follamigas. Y los amigos de siempre. Y la gente que te quiere de verdad. La que te estimula intelectualmente. La que te hace soñar. Todo lo demás, es subcontratable. Como lo definía categóricamente mi amigo Pedro Ruiz: El polvo, por lo que vale. Ni un euro más.

Por eso, ahí va otro consejo que no me has pedido: si te vas a enamorar, hazlo como las lagartijas. Echa mano de tu autonomía caudal. Extírpate las células muertas, déjalas ahí que pataleen fingiendo estar vivas, y tú céntrate en la relación que vas a regenerar. Concéntrate en construir un universo nuevo. Un lenguaje nuevo. Un nuevo historial. Algo que pueda durar. Porque esta vez puede que sea así. Y si al final no lo es, jamás lo vivas como una pérdida de tiempo, ni mucho menos un fracaso. Porque si todas las cosas que acaban fuesen consideradas un fracaso, en esta vida todo, absolutamente todo, estaría destinado a fracasar.

Y sobre todo, cuando la gente te mire con escepticismo, disimula tu condescendencia y repíteles dos frases:

Todo el mundo se cree que se ha enamorado alguna vez. Hasta que se enamora alguna vez.»

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Si me muriese hoy.

Si me muriese hoy.

Artículo publicado el domingo, 14 de junio de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Si me muriese hoy habría gente que hasta se alegraría. Para qué nos vamos a engañar. Si es que incluso la peor noticia para uno puede ser una gran noticia para los demás. Y lo tranquilo que me iría pensando que iba a hacer a toda esa gente feliz de golpe. Celebrando mi defunción. Alguno montaría una fiesta y bebería a mi salud. Con suerte les cogía a todos un cólico nefrítico o acababan con un coma etílico celebrándolo en el hospital. Dan ganas de resucitar sólo para verlo. A ver si lo de Jesucristo fue el primer OWNED de la historia.

Si me muriese hoy me gusta pensar que también habría gente que se pondría triste. Gente a la que le sabría mal. Gente que me quiso por encima de mis posibilidades. Gente que me echará de menos. Vete tú a saber por qué. Son la gente a la que veo menos de lo que me gustaría. Gente a la que últimamente no me da tiempo ni de llamar. La gente que me ha hecho feliz. La gente que vale la pena. Gente por la que esta vida merece ser vivida. Gente que para mí ha sido y siempre será especial.

Y por último está toda esa gente a la que si me muriese hoy, le daría igual. Vamos, la inmensa mayoría de la población mundial. Personas a las que les acabo de dedicar más tiempo del que ellas me dedicarán jamás.

Si me muriese hoy mismo dejaría tantas cosas a medias. Frases que jamás supe ni pude acabar. Te voy a querer para toda la. Te voy a hacer la mujer más feliz del. Lo nuestro nunca se. Por qué no nos. Hasta cuándo vamos a. Yo nunca más me volveré a. Cuando quieras yo te. Jamás nos separará ni nada ni. Qué hace ese hombre en tu. Mírame a los ojos y dime que. No eres tú, soy. Es la primera vez que me.

Aunque la verdad que si me muriese hoy también habría vivido muchísimo. Frases que acabaron tan arriba que la verdad que daba lo mismo cómo empezaron. Porque bien está lo que bien acaba. Y porque mal está lo que no mereció ni un triste final. Curiosamente, todas rimaban con aquí y ahora. Jamás con el pasado, ni con el futuro, ni con vamos a contar mentiras tralará.

Si me muriese hoy mismo la verdad que sería una putada enorme. Justo cuando acabo de conocerte. Justo cuando me he comprometido con la idea de hacerte feliz. Ya, ya sé que mi credibilidad lleva 20 años buscando asilo político de su propia hemeroteca. Pero todas las tendencias están ahí para romperse. Y quién te dice a ti que he vivido lo que he vivido para llegar a ti. Y quién te dice que no eres tú mi anomalía. Mi punto de inflexión. Mi destino más original, que viene de origen, porque sólo cuando sabes de dónde vienes puedes querer realmente dirigirte hacia donde vas.

Por eso, si me muriese hoy, tendría por un lado la tristeza de dejar de mirarte a los ojos para toda la eternidad. Pero por otro, sería feliz por haberte disfrutado aunque sólo fuese unos días. Porque una vez más, el corazón habría triunfado. Sí, ya sé que te he puteado toda la vida, me diría, pero no me digas que no te he reservado el mejor sabor de boca para el final. Y yo no tendría más remedio que darle la razón, insisto, una vez más. Y es que lo que se firma con el corazón puede acabar bien o puede acabar mal, pero como un error, jamás. Es lo que tiene la sangre, que donde no hay vida, no está.

Por eso, si me muriese hoy, por fin tengo muy claros tanto mi esquela como mi epitafio.

La primera, sería un flyer válido para entrar en cualquier macrobotellón con barra libre.

Y el segundo, tendría sólo tres palabras: Su anuncio aquí.»

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Desgenerados.

Desgenerados.

Artículo publicado el domingo, 7 de junio de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Desgenerados. Somos todos unos desgenerados. Porque todo lo de la generación anterior ya no sirve. Porque todo lo que nos contaron los que había antes ya no está. Porque seguro que no lo hicieron con mala intención, pero sí con funestas consecuencias. Porque nos han dejado en pelotas ante la vida y ante lo que se suponía que teníamos que hacer. Porque el manual de instrucciones nos salió caducado de fábrica. Y porque nadie queda al otro lado para responder. Este call center está cerrado por derribo. Esta garantía se nos quedó sin sellar. Este negocio está traspasado al vertedero de los fracasos. Y ese consejo que te dieron ahora sabes que se autodestruirá.

Desgenerados. Ni los cincuenta son los nuevos cuarenta. Ni los cuarenta son los nuevos treinta. Ni los treinta son los nuevos veinte. Ni los veinte son los nuevos diez. A lo tonto a lo tonto nos estamos cargando el concepto de edad. Una fantasía que al menos permitía separar a la gente por experiencia y por tanto nos ayudaba a relacionar. Aquí ahora ya nadie controla lo que está haciendo porque nadie sabe muy bien hacia dónde va. Por eso hay niñatos a punto de jubilarse y por eso hay viejos que aún utilizan cremas contra el acné juvenil. Tanto un adolescente como un venerable anciano pueden pronunciar a la vez y con sentido la frase fatídica de la muerte en vida: yo ya no tengo edad.

Desgenerados. Estudia muy duro y sacarás buenas notas. Gradúate y harás carrera. Consigue una carrera y tendrás trabajo. Consigue un curro y tendrás una profesión. Ejerce tu profesión y ganarás dinero. Gana dinero y algún día te podrás retirar. Retírate y podrás disfrutar de tu jubilación. Jubílate con honores y disfruta de tu pensión. Cuando todos los eslabones de una cadena se rompen sin excepción, lo que te queda ya no es cadena ni es nada, inútiles trozos de metal que ya no sirven ni para tirar ni para amarrar. Lo que te queda es un puñado de fracasos encima sin responsables a los que echarle la culpa. Lo que te queda dicen que es fruto de la causalidad. Já.

Desgenerados. Porque aunque hagamos oídos sordos, las relaciones de nuestro entorno no hacen más que naufragar. Parejas de toda la vida que parecían indestructibles. Parejas que jamás hubieras dicho que estaban tan mal. Parejas que empezaron todas sin la más mínima intención de acabar. Y sin embargo ahí están todas. Abandonadas en la cuneta de las relaciones accidentadas. Por un tercero, en un segundo, ahora vete y diles que lo importante es participar.

Todos zarpamos creyendo que podíamos seguir la brújula de la cabeza y la del corazón, y así no hay forma de navegar.

En este mundo de desgenerados, lo interesante ya no es sólo mirar hacia atrás. Hay otros desgenerados que vienen después de nosotros que déjalos correr también. Porque si nosotros lo tuvimos chungo por creernos una realidad que ya jugaba a otra cosa, imagínate ellos, que han tenido unos mayores que no hemos sabido ni a qué jugar.

Tengo la sensación de que hemos sido el ejemplo perfecto de lo que no deben hacer. Creerse a pies juntillas lo que nos enseñaron nuestros mayores, sin cuestionarlo, sin ponerlo en cuarentena, sin saber si lo estábamos haciendo mal. Y total, para qué.

Desgenerados. La única buena noticia de todo este lío es que nunca existió un cambio generacional. Lo que existen son individuos que están solos y que siempre mueren en soledad. Y luego están individuos que se juntan para dejarse la vida en hacer que las cosas cambien. Que las cosas salgan. Que las cosas avancen. O retrocedan, da igual. Pero que las cosas jamás se queden como están.

Esos son los individuos que merecen la pena.

Esos son los individuos que hay que saber encontrar.

Porque importa un carajo a qué generación pertenecen.

Porque importa un carajo su edad.»

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Espacio partido por tiempo.

Espacio partido por tiempo.

Artículo publicado el domingo, 31 de mayo de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Espacio partido por tiempo. No es sólo una definición. Es una fórmula. Y como tal se cumplirá el cien por cien de las veces. Y lo que es peor, la acabaremos sustituyendo aunque sólo sea mentalmente por el concepto resultante. Lo que viene siendo velocidad. Otra cosa más que en cuanto la definimos, en cuanto la ocultamos tras su correspondiente etiqueta, nos olvidamos de qué esta hecha. De dónde viene. Y por tanto, hacia dónde va.

Espacio partido por tiempo. Parece que parte del espacio ha salido a por más tiempo como quien baja a por más sal. Como quien se queda a media noche sin leche, esa pesadilla que tanto aterra a los americanos y yo jamás he acabado de entender. El espacio estuvo aquí, se encontraba tan tranquilo separando las cosas y de pronto se dio cuenta de que necesitaba más tiempo. Y a por ello que fue. El lugar al que se dirigió debe de ser de grande como el Gran Bazar, pues ahí caben todos los espacios que se han quedado sin tiempo, y encima se comercia a ritmo frenético de minutos y segundos. Dámelo ahora. Dámelo todo. Y dámelo ya.

Espacio partido por tiempo. Que alguien me explique por qué necesitaba más tiempo el espacio. Por qué no se conformó con el que había ya. Qué es lo que le movió a salir y a buscarse la vida. Y lo que es más importante, cuándo volverá. Esta realidad que se te ahoga por falta de espacio necesita de más oxígeno para respirar. Así que esperas que el espacio no tarde mucho en hacerte el recado, y que no se coma el tiempo por el camino, trayendo al final las clásicas barras despuntadas de pan.

Espacio partido por tiempo. Algo que está dispuesto a dividirse por otro algo. Siempre hay alguien dispuesto a dividirse por alguien más. Siempre hay como mínimo uno dispuesto a sangrar. Es el dilema del prisionero emocional. Todos jodidos en cuanto esto acabe, sí, pero tú un poquito más.

Ojo que hablamos sólo del espacio partido. El resto, el que se quedó aquí no veía venir la catástrofe, o igual sí la vio y siguió exactamente igual. Fueron las consignas racionales que demandaban prudencia, esas que jamás quisiste escuchar. O igual fueron los servicios mínimos de esta huelga de espacialidad. El caso es que todo parecía más junto, más apretado, pero eso sí, coyuntural.

Un espacio, el que ocupábamos, se nos ha ido quedando dividido por cero. Y un tiempo, en el que estuvimos, que es ése justo que ahora ya no está. Como las promesas que nos hicimos todas juntas. Sin dejarles ni tiempo para respirar.

Por eso es gracioso escuchar ahora que sufrimos velocidades distintas. O incluso que igual cometimos un exceso de velocidad.

La velocidad no entiende ni cuánto espacio ni cuánto tiempo la conformaban. A ella, si recorristeis un espacio infinito en un segundo o un solo centímetro en cero, le da igual. Lo que le importa es el dato, el resultado, llegar con una cifra concreta al final.

Y cuando ya estás en ese final, cuando ya todo ha acabado, entonces te das cuenta de que lo importante era el espacio partido por tiempo.

Y no la velocidad.»

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Astronotuya.

Astronotuya.

Artículo publicado el domingo, 24 de mayo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Hay amores de película y hay amores de spot. Amores de largometraje y amores que apenas llegan a los veinte segundos. Y sin embargo, aún así, algunos spots son más bellos que millones de películas juntas. La Gioconda, quizás el cuadro más universal jamás pintado, no pasa de los 55 cm de ancho. Para ser grande, para ser bello, para ser memorable, no hace falta extenderse más allá de lo necesario. El fin siempre justifica los miedos. Quizás por eso hoy me atrevo con una cosmología afectiva sacada de la manga. Quizás por eso hoy me hago trampas al solitario en este pequeño universo que cabe en un sí.

Empecemos por los cuerpos celestes. En esta vida te encontrarás, en esencia y grosso modo, dos tipos de amantes: estrellas y planetas.

Las estrellas, como todo el mundo sabe, brillan con luz propia. Es una luz nítida, sin paliativos, sin concesiones. Es una luz tan intensa que no puedes mirarla fijamente, es una luz que atraviesa la oscuridad y la destruye. Es una luz que crea vida, que te arropa, que te da calor. Y es una luz que enamora porque no depende de nada ni de nadie, porque es libre, porque es y será así esté donde esté. Pero ojo, porque es una luz que consume a quien la emite. Si nos fijamos bien, las estrellas están en permanente combustión. Se destruyen a sí mismas para proyectar su luz, y aunque nos encantaría pensar lo contrario, sabemos que lo único eterno es la oscuridad. Por eso son tan bellas. Por eso son tan únicas. Y tan raras. Y tan fungibles. Y tan especiales. Y tan inolvidables.

A su alrededor encontrarás, sí o sí, los planetas. No hay una estrella que se precie sin un planeta que la orbite. Y eso tiene una razón de ser. Los planetas necesitan de su luz para subsistir. Son incapaces de generarla por sí mismos. Así que se enganchan al primero que les dé algo por lo que estar ahí, algo que les dé visibilidad, que es otra manera de decir que les haga existir. Es cierto que es en algunos de ellos donde brota la vida, pero no nos engañemos, son una rarísima excepción. Himno generacional número 83. El resto, la gran mayoría, son lugares inhóspitos y demasiado fríos o demasiado calientes como para que surja nada.

Es cierto que luego están los satélites, escisiones de lo que un día fueron, tan pequeños y desesperados que se llegan a enganchar a cuerpos sin luz. Y ahí se quedan, atrapados en un ciclo creciente y menguante, condenados a que lo más memorable que les pueda ocurrir en la vida sea un eclipse. O los cometas, que no dejan de ser trozos de otras relaciones que vagan por el universo incapaces de comprometerse ni de sentar la cabeza. Son casos perdidos, bellos a ratos, sí, hasta ponen rumbo a ti.

Por último, se encuentran los agujeros negros, elementos peligrosísimos, pues se alimentan de materia ajena. Cualquier materia les va bien. Vampiros emocionales del tamaño de una galaxia. Si un día te ves atrapado en uno de ellos, puede significar tu final. Porque lo mejor que puede ocurrirte es que te conviertan en basura espacial.

En este complicado universo de relaciones, lo más difícil es entender que la única fuerza no es la ley de atracción. Existe la ley de correspondencia, que dice que un cuerpo te atraerá más si te enteras de que se siente atraído por ti. Existe la ley de rozamiento, que dice que hace el cariño, que deviene en confianza que da asco. Existe la ley de la fuerza centrífuga, que dice que un cuerpo que abandona una órbita libera exactamente la misma energía que le impedía seguir siendo feliz en la relación. Y la de la fuerza centrípeta, que dice que donde hubo retuvo, que siempre te atraerá algo de lo que te atrajo. Y existe la ley de los cuerpos comunicantes, sobre la que nadie aún se pone de acuerdo.

Sea como sea, yo no sé si soy estrella, planeta, o agujero negro, pero en mi camino emocional exijo estrellas. Y cuanto más mayor me hago, antes identifico las que no lo son. Es uno de los gajes de hacerse viejo, que lo ves venir todo a años luz.

Hay amores de película y hay amores de spot. Amores de largometraje y amores que apenas llegan a los veinte segundos. La diferencia es que los primeros los vives sólo una vez. Y los segundos, te guste o no, estás condenado a repetirlos tantas veces como les dé la gana a ellos, incluso en contra de tu voluntad.»

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Las 7 magníficas.

Las 7 magníficas.

Artículo publicado el domingo, 17 de mayo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Todos vendemos. Todos compramos. Si te crees que la única venta es aquella en la que se produce desembolso económico, ya puedes ir cambiando de opinión. Ligar es vender. Liderar es vender. Llevar al grupo de amigos al restaurante que te más gusta es vender. Emocionar es vender. Educar es vender. Convencer a tu hija para que se acabe el pollo es vender. Trabajar es vender. Hacer una buena presentación delante del jefe es vender.

Por eso es bueno de tanto en tanto revisar las herramientas para prometer felicidad que cada uno lleva en el zurrón. Por eso es bueno de tanto en tanto pasarse por la ferretería emocional y preguntar qué es lo que más funciona, lo que más se lleva, lo que más te va.

Son las 7 magníficas. Las 7 palabras que según recientes estudios de neuromarketing y psicología del comportamiento alteran nuestro subconsciente y aumentan considerablemente nuestro impulso de compra. Las 7 palabras que sí o sí debes pronunciar si quieres triunfar.

La primera palabra es Tú. Apelar a quien te escucha. Convertirle en protagonista. Estamos tan ninguneados que cuando alguien nos llama directamente nos creemos especiales. Estamos tan hartos de ser figuración que seguimos a quien nos asciende en la escala social de esta economía de la atención. Estamos tan solos que estamos dispuestos a pagar por que alguien se fije en nosotros. Aunque ese alguien sólo quiera nuestro dinero, nuestro tiempo o nuestro voto.

Por eso no es de extrañar que la segunda palabra mágica sea Atención. Una vez logro que levantes la ceja, te exijo que inviertas el resto de tu esfuerzo en escucharme. Pon aquí todos tus sentidos, no te me despistes que lo que te voy a contar podría cambiarte la vida. No deja de ser otra mentira, sí, pero te harías cruces de la cantidad de gente que no consigue llamar la atención simplemente porque conocía su número pero jamás lo llegó a marcar.

Nuevo. La tercera gran palabra es Nuevo. La novedad es nuestra droga más dura. Somos yonkis de todo lo nuevo. Nos hacemos cada vez más viejos más rápido y tratamos de compensarlo rodeándonos continuamente de cosas que acaban de salir. Nos da escalofrío pensar que nos hayamos quedado atrás, porque sería dar la razón a la vida, que nos empuja a la cuneta de las cosas que ya se van. Último modelo. Avance revolucionario. Olvídese de lo que había. Compre una Agni y tire la vieja. Y verá qué bien le va.

La cuarta es Ya. Porque mañana vete tú a saber. La agilidad le ha ganado definitivamente la partida a la perfección. El golpe de suerte a la constancia. La inmediatez a la apuesta por el largo plazo. El pelotazo a la fuerza de voluntad. Una golosina ahora es mejor que dos golosinas después. Pájaro en mano que ciento volando. Quizás por eso sigamos rodeados de tanta chapuza. Quizás por eso cada vez sepamos menos sobre más cosas, y ya no salga a cuenta ni estudiar ni profundizar ni mucho menos teorizar.

La quinta es Cómo. Porque el qué ya sabemos todos cuál es. Ser feliz. Satisfacer tus necesidades. Hacerte la vida más cómoda. O más larga. O más intensa. O menos real. Hacer que algo de todo esto valga la pena. La magia está siempre en el cómo. Dios no está en los detalles, sino en el cómo. Si logras vestir tu mensaje de manual práctico para hacer lo que sea, has conseguido la mitad del éxito. La otra mitad consiste en que sea para hacer algo relevante, convencerle de que es de alto valor añadido para el que te ha de comprar.

La sexta palabra es Garantizado. Y si no quedas satisfecho, te devuelvo tu dinero. Quizás el mejor mensaje de marketing jamás lanzado, creado por el propietario de unos grandes almacenes en EEUU a principios de siglo pasado. Y ahí sigue, impertérrito ante el paso del tiempo y de las modas y de la verdad. Porque quien nos garantiza algo nos vende una vacuna contra el error. Nos crea la falsa ilusión de que al menos por una vez podremos hacer lo que jamás podemos hacer en la vida real: rectificar. Hacer un control Z. Que aquí no haya pasado nada. Tomamos tantas decisiones desacertadas que invertimos en aquellos que nos prometen acertar. Somos tan inseguros que pagamos al primero que nos fabrique una falsa seguridad.

Y por último, la gran Llave Allen de la felicidad: Gratis. Porque pretendemos que todo esto encima nos salga a coste cero. Es la palabra definitiva, pues nos dice que nada de todo esto nos dolerá. Cuando en la vida todo cuesta, en este simulacro de progreso tranquilos que no perderemos nada. Ni el tiempo, ni el dinero ni siquiera la dignidad.

Así son las 7 palabras 7 a las que respondemos cual perrito faldero de Pávlov.

Así funciona, ha funcionado siempre y de hecho sigue funcionando nuestra psique en el trabajo, en la política, en la economía, en el mercado y lo que es más peligroso, en el amor.»

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La familia leal.

La familia leal.

Artículo publicado el domingo, 10 de mayo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Me considero una persona leal. Que igual no lo soy, pero oye, yo me lo creo. Y por eso justamente no puedo ser fiel. Porque aunque a nuestro diccionario aún le cueste ver las diferencias, estoy convencido de que las hay, madre mía si las hay. La lealtad es compromiso. La fidelidad es terquedad. La lealtad es incondicional. La fidelidad es inflexible. La lealtad es no perder de vista los fines. La fidelidad es negarse a que existan más medios que los que en su día escogí. La lealtad es cualquier cosa menos renunciar al destino. La fidelidad es o lo hacemos a mi manera o no hay nada más que hablar. La lealtad está siempre abierta a lo que suceda. La fidelidad cierra todas las puertas y ventanas. La lealtad escucha para avanzar. La fidelidad se hace la sorda, cuando todos sabemos que no lo está.

Por eso, en esta vida hay que elegir, o eres fiel o eres leal.

El fin justifica los medios, dirán los que jamás leyeron a Maquiavelo. Con todo el cariño, pero no habéis entendido nada. Leed de nuevo al cardenal Mazarino o simplemente “El Príncipe” hasta el final. También podéis dedicaros a dormir con la conciencia anestesiada y dejar de dar por saco, dejad de molestar.

Leal es alguien que jamás te pregunta por qué lo hiciste. No le interesan las razones, pues tus motivos tendrás. Si estás en un apuro se mete hasta el cuello contigo. Si te juzgan por lo que sea, testifica sin siquiera conocer el delito. Si llevas un cadáver en tu maletero, él se presenta con una pala. Si algún día te estrellas, se lía a hostias contra el que puso el muro ahí, a quién se le ocurre. Y si te encuentras una piedra enorme en tu camino, él se agacha, la levanta y te pregunta a quién hay que apedrear. Eso es lo que yo llamo amistad.

El conjunto de tus personas leales y a las que tú les profesas lealtad, es lo que yo llamo familia. Aquella gente que nunca te decepciona porque jamás conjugaron el verbo fallar. Los que están todo el tiempo sin necesidad de verte cada día. Los que saben que el contador de tu ausencia está siempre a cero. Y el de tu presencia jamás depende de si estás o no estás. Cuando una confesión no es un acto jurídico, sino una inversión humana en lealtad.

Ojo que la lealtad no te hace bueno ni malo. No te otorga ningún valor. Simplemente te hace más fuerte. Porque hasta los más villanos, los más corruptos, la mayoría asesinos y hasta los genocidas más cabrones necesitaron de sus cómplices leales. Es lo único que tienen en común con la buena gente. La necesidad de tener alguien en quien confiar hasta las últimas consecuencias.

Todo lo demás es simple fidelidad. Inercia absolutamente prescindible. Coherencia temporal con lo que hiciste hasta ahora, proyectada hacia todo lo que hagas de ahora en adelante. La jaula del pasado en la que decidimos encerrar nuestro futuro. Prisión condicional sin fianza para cualquier esperanza. Lo que se firmó va a misa, aunque ya todos seamos abiertamente ateos, pero claro, como tú un día firmaste, ahora toca apechugar.

La inercia está reñida con la iniciativa. La justicia está reñida con la búsqueda de la verdad. La memoria es incompatible con la felicidad. Y lo que haces no es todo aquello que te pasa, sino todo aquello que tú empujas para que llegue a pasar.

De ahí que desconfíe de cualquiera que me diga eso de que “jamás me he acostado con nadie que no fuese mi pareja”. Como si la forma de demostrar tu amor y tu compromiso fuese evitar a toda costa una aventura extramatrimonial. Como si promulgarlo a los cuatro vientos fuese algo valioso. Algo a tener en cuenta. Algo para aplaudir. Serás muy fiel, pienso, pero entonces no puedes ser nada leal.

Además, siento mucho decirlo así, pero la coherencia y la consistencia están sobrevaloradas. Franco fue coherente y consistente como mínimo durante cuarenta años, si no más. Y así nos fue.

Vayamos con cuidado con lo que le exigimos a la gente. Porque puede que un día nos lo dé.»

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9.488 km.

9.488 km.

Artículo publicado el domingo, 3 de mayo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«9.488 km. La distancia entre dos puntos cualesquiera del planeta. Una fría medida, una mera convención. Algo que un día decidimos entre todos que fuera así, pero que en realidad podría haber sido de cualquier otro modo. Como las horas. Como los hemisferios. Como la diferencia real entre salmorejo y gazpacho.

9.488 km. Todo en esta vida es una distancia. El futuro es la distancia que tienes por delante. La que te separa de lo que realmente quieres. La que aún te falta para llegar. Cuánto falta, papi. Casi lo mismo que hace cinco minutos, hijo. Anda, duérmete un rato y luego me lo vuelves a preguntar.

9.488 km. La experiencia es la distancia que ya llevas recorrida. La que jamás deberías volver a rimar. El camino de unir los puntitos. Y al final te sale el dibujo. Oh, vaya es un gatito. Con prepucio de gorila zumbón.

9.488 km. Una relación es una reducción de distancias. Un tracemos líneas paralelas. Y la duración también la acabamos midiendo en distancias. Lo que llevamos juntos. Lo bien que nos va. Caminar de la mano es cubrir cada tramo con un puente artesanal. Y descubrir que los atajos no sólo reducen distancias, sino que también las complican y las acaban por alargar.

9.488 km. Envejecer es acortar distancias con la muerte. Y hacerlo cada vez a mayor velocidad. Y ser joven es hacer un alarde de recorridos posibles. Decirle al mundo que por tu único punto aún pasan infinitas líneas. Cuando tenerlo todo por hacer es de lo único de lo que puedes fardar.

9.488 km. Los valores también son distancia. La honestidad es la distancia entre lo que dices y lo que piensas. Y la honradez, entre lo que cuentas y lo que haces. La integridad, entre lo que crees y lo que predicas. Y la humildad, reconocer que toda distancia crece a medida que te acercas, que cuando parece que tú llegas, la meta siempre se va.

9.488 km. El éxito es una distancia cero entre lo que quisiste y lo que pudiste. Y el fracaso, esa distancia que siempre se quedará ahí, sin transitar. La distancia entre una persona y un artista consiste en dejar el mundo algo más bonito de lo que se lo encontró. La distancia entre un diario y una vulgar libreta no está en quién la escribe, sino en quién la puede leer.

9.488 km. El poder no es más que una distancia vertical. El dinero es un antídoto contra casi toda distancia. Y la salud es la distancia que te separa de cualquier hospital. Los barrios son viviendas distanciadas por clase social. Y los colegios son lugares donde se aprende a distanciar y a distanciarse de los demás.

9.488 km. Un supermercado que dice que la calidad y el precio están muy cerca. Cercanía a ti, me quiero imaginar, espero que no sea entre esos dos conceptos. Cualquier aparato móvil geolocalizado te informa de tus distancias. Para que no estés solo, te comunica con los que están bien lejos y te desconecta de los que más cerca están.

9.488 km. Una medida de tiempo, el que se tarda en recorrerla de punta a punta. Lo cual delata el medio en el que te desplazas: coche, avión, tren, barco, moto, bicicleta, a caballo o a pie. El tiempo es el mensaje. Y si cuando llegues, será tarde o pronto, pero ahora ya nunca más.

9.488 km. Tomamos distancia como quien se toma un té con hielo. Decidimos hacerlo para verlo con perspectiva, decimos. Y no nos damos cuenta de que la distancia no se recorre, porque en la distancia se está.

9.488 km. Es la distancia que hoy nos une como nunca nos había unido nadie. Puto Gerard.»

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Dejad de leerme.

Dejad de leerme.

Artículo publicado el domingo, 26 de abril de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Dejad de leerme. Dejad de comprar mis libros. Tal cual os lo pido, de verdad. Este Sant Jordi me habéis convertido una vez más en uno de los 10 autores más vendidos de la jornada y ha sido todo un detalle que agradezco en el alma, pero en realidad no me estáis haciendo ningún favor. Ni a mí ni a la industria editorial.

Yo quisiera no vender en Sant Jordi. Quejarme continuamente de lo mal que está el sector y mirar por encima del hambre y con displicencia a los autores «mediáticos» mientras mascullo algún aforismo de Góngora nada amable pero muy bien traído para la ocasión. Tener la coartada perfecta para no haber conseguido jamás un best seller. Poder decir que si yo no vendo es porque no me vendo. Decir que yo hago Literatura con L mayúscula, jamás productos de gran consumo. Menuda vulgaridad.

Yo quisiera dejar de tener tanta gente en la cola de firmas. Ya, ya sé que algún día me llegará, a ver si es cierto, porque así no me tendré que oír las muestras de cariño que he tenido que aguantar estoicamente este año. Gente a la que le ha cambiado la vida una frase que escribí. Gente que se atrevió a dar ese paso en su negocio o en su relación sentimental. Gente que está librando la dura batalla de construir su propia marca. Gente que ha superado alguno de sus miedos tropezando con palabras mías. Gente a la que uno de mis libros le ha hecho abrir otros más. E incluso gente que me agradece haber podido reírse conmigo entre sesión y sesión de quimio en el hospital.

Yo quisiera leer las crónicas de la jornada y ver cómo periodistas que jamás han vendido un ejemplar ponen a parir a los que sí lo han hecho, comparándolos a todos con la exmujer de algún torero, atribuyendo todo su mérito única y exclusivamente a la tele. Como si vender fuese tan fácil como anunciarse. Pobrecitos, cómo se nota que no saben ni de lo uno ni de lo otro.

Pero no, en vez de eso, me habéis convertido en un autor de éxito. Menuda putada. Rompí stocks en toda Barcelona a las cuatro horas de estar firmando, a saber lo que habría pasado con una buena planificación por parte de las librerías y de mi editorial.

Pero en fin. Ahora tengo que andar otro año pidiendo perdón por vender, diciendo que es todo única y exclusivamente gracias a la fama que te da la tele. Sí, porque todos sabemos que los lectores sois idiotas, que cuando me podéis consumir gratis desde el sofá de vuestra casa, lo que en realidad estáis deseando es desplazaros a vuestra librería más cercana, revolver entre cientos de competidores y acabar desembolsando veinte eurazos en la deconstrucción de un árbol y tinta, simplemente por el placer de tenerlo, pues encima las estadísticas dicen que ni lo leeréis.

Y leerme, uf, total para qué. Dedicarme un tiempo que no tenéis para leerme a mi y no a otro, y ojo que me lo habéis demostrado con vuestro cariño no ya en uno, sino hasta en ocho Sant Jordis, pues cuando uno lleva seis libros publicados y reeditados en más de 20 ocasiones, ya lo vuestro pasa de ser molestia pura y dura a masoquismo ilustrado. Que sí, que sí, que estáis fatal.

Lo único bueno de todo esto es que los autores que no vendan se irán muriendo, o mejor dicho, los irá matando el mercado. Y quedarán todos los demás. Los que no entiendan la diferencia entre vender y tener algo interesante que contar. Los que hayan aprendido que algo es de valor cuando lo valida un mercado, y no al revés. Los que ya no conciban sector sin industria, autor sin lectores, ni lanzamientos sin publicidad.

Dejad de leerme, hacedme caso y leed a los que no venden nada, que esos son los de verdad.»

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Creo.

Creo.

Artículo publicado el domingo, 19 de abril de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Creo. Hoy de verdad, que creo. Mañana no sé, me lo vuelves a preguntar. Pero hoy sí vuelvo a creer. Y no hay nada ni nadie que pueda arruinar este acto de fe. Porque no depende ni de ti ni de ellos, hoy depende sólo de mí. Y he decidido que ya estoy harto, que creo. Y que pienso seguir creyendo. Acabo de sentir justo el pellizco en el alma que me hacía falta. Así que allá voy.

Creo a pesar de los escépticos. De los agnósticos. De los apóstatas. Y de los ateos de botellón. Creo a pesar de los datos. Del pasado. De la tendencia. Y del FMI. De los hechos. De la realidad, puta como ella sola, que se hace aún más falsa cuando rima con verdad. Y ojo que no creo en lo que hay, sino en lo que faltaba. En lo que no vi. En donde no estuve. En lo que me quedaba por ser. León come gamba. Peón cuatro rey.

Creo en la gente que cree. Porque es la gente que no se conforma. Porque es la gente que cambia lo que hay. Porque es la gente que nos hace soñar. Y sacudir las cosas. Y avanzar. Creo que las situaciones -como las personas- se cambian de dentro a fuera y no al revés. Que si el cambio es en sentido inverso, no deja de ser maquillaje, de cara a la galería, revolución de postín, postureo vital.

Creo en la gente que ya sólo tiene su fe. La que es refutada todos los días. La que tiene cada vez menos motivos para creer. La que está harta de credos ajenos. La que sólo puede escuchar porque le han quitado hasta la voz. Silencio latente. Buenos de verdad. Los que hablamos todos los días somos justo los que somos menos de fiar. Escuela del mundo al revés. Buen viaje, maestro. Suerte que nos dejaste un libro de abrazos. Y otro lleno de espejos con los que conversar.

Creo. Creo. Creo. Ya vuelvo a creer. Y es que creo que estás ahí. Porque te he visto. Porque te he sentido. Y porque te he hecho sentir. Creo en las relaciones que aportan risa y silencio, Eros y Thanatos, pasión y paz. Creo que mientras no dependamos el uno del otro, seremos inseparables. Que mientras dure, lo nuestro será eterno. Y creo que fracasar no tiene nada que ver con ir acumulando ex. El verdadero fracaso habría sido no encontrarnos jamás.

Que sí, coño, que me he enamorao. Y si suena muy cursi me la trae al pairo. Como alguien me dijo una vez, un romántico es aquél que aspira al lujo de enamorarse sin tener que pagar un alto precio por ello. Y yo hoy he dejado el romanticismo para otros. Todo al rojo. All in. Que aquí hemos venido a jugar.

Hoy creo. Por fin creo. Creo del verbo crear. Fabrico una nueva fábula a la que me mudo sin vuelta atrás. Quédate con las noticias, que para mí ya no son de actualidad. Por fin se ha hecho la luz en mis ojos. Y brillan, porque jamás deberían haber dejado de hacerlo. Y sonríen tanto que hasta la boca les demanda por intrusismo gesticular.

Creo y así descubro cosas que creía haber olvidado, pero ahí están. Creo que la convivencia mata el miedo. Y que el miedo es el único y verdadero pegamento social. Que el día que no tenga miedo a perderte, será nuestro final. Creo porque la ilusión no tiene otro remedio. Es su manera de respirar. Y creo porque me he vuelto a emocionar, pero emocionarme hasta un punto que da hasta miedo. Esta emoción que es un pozo sin fondo, que por mucha que gastes, siempre vuelve con la misma fuerza, siempre te vuelve a engatusar.

Creo en la magia sin trucos. Nada por aquí. Nada por allá. Y de repente, todo lo demás.
Y si mañana me estrello no pasa nada, sabré que ha valido la pena, la verdad que me dará igual.

Prefiero un solo segundo muriendo contigo, que vivir toda una eternidad.»

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Todo es lo que parece.

Todo es lo que parece.

Artículo publicado el domingo, 13 de abril de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Parezco idiota. Y seguramente lo soy. Aunque vaya por la vida pensándome que a veces no. Aunque me crea algo. O alguien. Aunque vaya por ahí dando lecciones que no se pueden aprender. Aunque vaya por ahí aprendiendo cosas que jamás se deberían enseñar. Pero no. Si parezco idiota, eso es que seguramente, lo soy. Y a los hechos me remito. A este manojo de fracasos que rodean esa flor de un día a la que llamo éxito, que ya fue.

La internacional situacionista. Junto a internet, la tele, el avión a reacción y la Thermomix, inventazos del siglo XX. Una forma de entender el mundo. Un tipo muy muy listo que se llamaba Guy Debord se junta con tipos intelectualmente peligrosos y crean un movimiento que desembocaría en el mayo del 68 francés. Sus máximas las expresaron ellos mucho mejor que yo en “La sociedad del espectáculo”, pero es que a mí me gusta así: Todo es lo que parece.

Todo es lo que parece. La apariencia es mucho más que un simple envoltorio cuando ese mismo envoltorio también se come. Con 20 años tienes la pinta que te gustaría mantener. Con 30 tienes la pinta que puedes permitirte. Con 40 tienes la pinta que te mereces. Y a partir de los 50 sólo tienes pinta de querer dejar de tener pinta de cualquier cosa.

Todo es lo que parece. Y nada es lo que realmente es. Si quieres dedicarte a lo que es, hazte científico. Pero para los demás, todo es apariencia, y normalmente muy por encima de nuestras posibilidades. Eres lo que pareces. Tú, aquél y el de más allá. Ahórrate tus platonismos sobre los límites de la percepción. Porque los límites de tu percepción son los límites de tu existencia. Porque todo es lo que parece. Y lo que no parece, ya no aparece, ya no está.

Todo es lo que parece. Tu apariencia es la que tira de ti. Los psicólogos lo llaman Efecto Pigmalión. Lo que los demás perciban te condiciona hasta el punto de hacerte actuar de manera alterada. Si sabes que piensan que eres idiota, te acabarás comportando como tal. Si sabes que piensan que eres corrupto, acabarás metiendo la mano en la caja. Total, si ya lo creen todos. Ya qué importa, qué más da.

Este es un país de chanchulleros e incompetentes. La dictadura del mediócrata. Y ahora están mal vistos, apestados, denostados, pero esos que hace mucho fueron héroes, están agazapados, y volverán. Porque malas noticias, no son otros que hayan venido a colonizarnos. Están dentro de cada uno de nosotros. Entre lo que parecemos y lo que somos, ahí están. Llevamos todos dentro un Urdangarín, un Bárcenas, un Pujol y un Correa. El problema no es que lo llevemos dentro. El problema está en que se den las condiciones idóneas para que vuelvan a triunfar. Porque no lo dudes, volverán las oscuras golondrinas. En tu balcón sus nidos a colgar.

Pero no estaba hablando de eso, sino de que hoy todo es lo que parece. Y nada importa lo dicho hasta que realmente se hace. Por eso para follar no hay que, necesariamente, follar. Por eso para abrazar no hay que, necesariamente, abrazar. Por eso para morir no hay que, necesariamente, morir. Por eso para vivir no hay que, necesariamente, vivir.

Se puede querer odiando mucho lo amado. Se puede avanzar retrocediendo a cada paso que se da. Se puede crecer haciéndose uno cada vez más pequeño. Matar de un abrazo. Nacer de una hostia. Olvidar a base de recuerdos. Y matar al prójimo dando a luz. Se puede llorar a carcajadas o reír amargamente. Acariciar a mucha distancia o fundirse en un cálido divorcio. Y se puede hacer todo eso a la vez sin estar haciendo nada en realidad. Todo es posible cuando todo es en apariencia. Y nada es imposible cuando da igual si está o no está.

Todo es lo que parece. Por eso el que crea que esto lo arregla una campaña, se está equivocando. Y no sabes cuánto. Hoy ya no basta con ser honrado. Ni siquiera bueno. Y ya no digamos normal. Hay que parecerlo también. Porque todo es lo que parece. Y porque hoy la mujer del César es como Hacienda, somos todos. Y tú, un poquito más.

Todo es lo que parece. Así que si a los Astrud todo les parece una mierda, es porque seguramente lo es. Y ojo que eso ni está bien ni está mal. Simplemente es.

Todo es lo que parece. Desconfía del próximo que venga a decirte que las apariencias engañan, seguramente te la está intentando pegar. Pídele que te cuente algo que le dé vergüenza contar y luego pregúntale si te hubiese ocultado eso de no habérselo preguntado, y entonces, piensa por qué deberías confiarle todo lo demás.

Las apariencias no engañan, es la gente la que se cree que seremos tan idiotas como para dejarnos engañar.

Y lo peor no es que hoy tengan o no razón.

Lo peor es que tarde o temprano la tendrán.»

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