La familia leal.

La familia leal.

Artículo publicado el domingo, 10 de mayo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Me considero una persona leal. Que igual no lo soy, pero oye, yo me lo creo. Y por eso justamente no puedo ser fiel. Porque aunque a nuestro diccionario aún le cueste ver las diferencias, estoy convencido de que las hay, madre mía si las hay. La lealtad es compromiso. La fidelidad es terquedad. La lealtad es incondicional. La fidelidad es inflexible. La lealtad es no perder de vista los fines. La fidelidad es negarse a que existan más medios que los que en su día escogí. La lealtad es cualquier cosa menos renunciar al destino. La fidelidad es o lo hacemos a mi manera o no hay nada más que hablar. La lealtad está siempre abierta a lo que suceda. La fidelidad cierra todas las puertas y ventanas. La lealtad escucha para avanzar. La fidelidad se hace la sorda, cuando todos sabemos que no lo está.

Por eso, en esta vida hay que elegir, o eres fiel o eres leal.

El fin justifica los medios, dirán los que jamás leyeron a Maquiavelo. Con todo el cariño, pero no habéis entendido nada. Leed de nuevo al cardenal Mazarino o simplemente “El Príncipe” hasta el final. También podéis dedicaros a dormir con la conciencia anestesiada y dejar de dar por saco, dejad de molestar.

Leal es alguien que jamás te pregunta por qué lo hiciste. No le interesan las razones, pues tus motivos tendrás. Si estás en un apuro se mete hasta el cuello contigo. Si te juzgan por lo que sea, testifica sin siquiera conocer el delito. Si llevas un cadáver en tu maletero, él se presenta con una pala. Si algún día te estrellas, se lía a hostias contra el que puso el muro ahí, a quién se le ocurre. Y si te encuentras una piedra enorme en tu camino, él se agacha, la levanta y te pregunta a quién hay que apedrear. Eso es lo que yo llamo amistad.

El conjunto de tus personas leales y a las que tú les profesas lealtad, es lo que yo llamo familia. Aquella gente que nunca te decepciona porque jamás conjugaron el verbo fallar. Los que están todo el tiempo sin necesidad de verte cada día. Los que saben que el contador de tu ausencia está siempre a cero. Y el de tu presencia jamás depende de si estás o no estás. Cuando una confesión no es un acto jurídico, sino una inversión humana en lealtad.

Ojo que la lealtad no te hace bueno ni malo. No te otorga ningún valor. Simplemente te hace más fuerte. Porque hasta los más villanos, los más corruptos, la mayoría asesinos y hasta los genocidas más cabrones necesitaron de sus cómplices leales. Es lo único que tienen en común con la buena gente. La necesidad de tener alguien en quien confiar hasta las últimas consecuencias.

Todo lo demás es simple fidelidad. Inercia absolutamente prescindible. Coherencia temporal con lo que hiciste hasta ahora, proyectada hacia todo lo que hagas de ahora en adelante. La jaula del pasado en la que decidimos encerrar nuestro futuro. Prisión condicional sin fianza para cualquier esperanza. Lo que se firmó va a misa, aunque ya todos seamos abiertamente ateos, pero claro, como tú un día firmaste, ahora toca apechugar.

La inercia está reñida con la iniciativa. La justicia está reñida con la búsqueda de la verdad. La memoria es incompatible con la felicidad. Y lo que haces no es todo aquello que te pasa, sino todo aquello que tú empujas para que llegue a pasar.

De ahí que desconfíe de cualquiera que me diga eso de que “jamás me he acostado con nadie que no fuese mi pareja”. Como si la forma de demostrar tu amor y tu compromiso fuese evitar a toda costa una aventura extramatrimonial. Como si promulgarlo a los cuatro vientos fuese algo valioso. Algo a tener en cuenta. Algo para aplaudir. Serás muy fiel, pienso, pero entonces no puedes ser nada leal.

Además, siento mucho decirlo así, pero la coherencia y la consistencia están sobrevaloradas. Franco fue coherente y consistente como mínimo durante cuarenta años, si no más. Y así nos fue.

Vayamos con cuidado con lo que le exigimos a la gente. Porque puede que un día nos lo dé.»

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9.488 km.

9.488 km.

Artículo publicado el domingo, 3 de mayo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«9.488 km. La distancia entre dos puntos cualesquiera del planeta. Una fría medida, una mera convención. Algo que un día decidimos entre todos que fuera así, pero que en realidad podría haber sido de cualquier otro modo. Como las horas. Como los hemisferios. Como la diferencia real entre salmorejo y gazpacho.

9.488 km. Todo en esta vida es una distancia. El futuro es la distancia que tienes por delante. La que te separa de lo que realmente quieres. La que aún te falta para llegar. Cuánto falta, papi. Casi lo mismo que hace cinco minutos, hijo. Anda, duérmete un rato y luego me lo vuelves a preguntar.

9.488 km. La experiencia es la distancia que ya llevas recorrida. La que jamás deberías volver a rimar. El camino de unir los puntitos. Y al final te sale el dibujo. Oh, vaya es un gatito. Con prepucio de gorila zumbón.

9.488 km. Una relación es una reducción de distancias. Un tracemos líneas paralelas. Y la duración también la acabamos midiendo en distancias. Lo que llevamos juntos. Lo bien que nos va. Caminar de la mano es cubrir cada tramo con un puente artesanal. Y descubrir que los atajos no sólo reducen distancias, sino que también las complican y las acaban por alargar.

9.488 km. Envejecer es acortar distancias con la muerte. Y hacerlo cada vez a mayor velocidad. Y ser joven es hacer un alarde de recorridos posibles. Decirle al mundo que por tu único punto aún pasan infinitas líneas. Cuando tenerlo todo por hacer es de lo único de lo que puedes fardar.

9.488 km. Los valores también son distancia. La honestidad es la distancia entre lo que dices y lo que piensas. Y la honradez, entre lo que cuentas y lo que haces. La integridad, entre lo que crees y lo que predicas. Y la humildad, reconocer que toda distancia crece a medida que te acercas, que cuando parece que tú llegas, la meta siempre se va.

9.488 km. El éxito es una distancia cero entre lo que quisiste y lo que pudiste. Y el fracaso, esa distancia que siempre se quedará ahí, sin transitar. La distancia entre una persona y un artista consiste en dejar el mundo algo más bonito de lo que se lo encontró. La distancia entre un diario y una vulgar libreta no está en quién la escribe, sino en quién la puede leer.

9.488 km. El poder no es más que una distancia vertical. El dinero es un antídoto contra casi toda distancia. Y la salud es la distancia que te separa de cualquier hospital. Los barrios son viviendas distanciadas por clase social. Y los colegios son lugares donde se aprende a distanciar y a distanciarse de los demás.

9.488 km. Un supermercado que dice que la calidad y el precio están muy cerca. Cercanía a ti, me quiero imaginar, espero que no sea entre esos dos conceptos. Cualquier aparato móvil geolocalizado te informa de tus distancias. Para que no estés solo, te comunica con los que están bien lejos y te desconecta de los que más cerca están.

9.488 km. Una medida de tiempo, el que se tarda en recorrerla de punta a punta. Lo cual delata el medio en el que te desplazas: coche, avión, tren, barco, moto, bicicleta, a caballo o a pie. El tiempo es el mensaje. Y si cuando llegues, será tarde o pronto, pero ahora ya nunca más.

9.488 km. Tomamos distancia como quien se toma un té con hielo. Decidimos hacerlo para verlo con perspectiva, decimos. Y no nos damos cuenta de que la distancia no se recorre, porque en la distancia se está.

9.488 km. Es la distancia que hoy nos une como nunca nos había unido nadie. Puto Gerard.»

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Dejad de leerme.

Dejad de leerme.

Artículo publicado el domingo, 26 de abril de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Dejad de leerme. Dejad de comprar mis libros. Tal cual os lo pido, de verdad. Este Sant Jordi me habéis convertido una vez más en uno de los 10 autores más vendidos de la jornada y ha sido todo un detalle que agradezco en el alma, pero en realidad no me estáis haciendo ningún favor. Ni a mí ni a la industria editorial.

Yo quisiera no vender en Sant Jordi. Quejarme continuamente de lo mal que está el sector y mirar por encima del hambre y con displicencia a los autores «mediáticos» mientras mascullo algún aforismo de Góngora nada amable pero muy bien traído para la ocasión. Tener la coartada perfecta para no haber conseguido jamás un best seller. Poder decir que si yo no vendo es porque no me vendo. Decir que yo hago Literatura con L mayúscula, jamás productos de gran consumo. Menuda vulgaridad.

Yo quisiera dejar de tener tanta gente en la cola de firmas. Ya, ya sé que algún día me llegará, a ver si es cierto, porque así no me tendré que oír las muestras de cariño que he tenido que aguantar estoicamente este año. Gente a la que le ha cambiado la vida una frase que escribí. Gente que se atrevió a dar ese paso en su negocio o en su relación sentimental. Gente que está librando la dura batalla de construir su propia marca. Gente que ha superado alguno de sus miedos tropezando con palabras mías. Gente a la que uno de mis libros le ha hecho abrir otros más. E incluso gente que me agradece haber podido reírse conmigo entre sesión y sesión de quimio en el hospital.

Yo quisiera leer las crónicas de la jornada y ver cómo periodistas que jamás han vendido un ejemplar ponen a parir a los que sí lo han hecho, comparándolos a todos con la exmujer de algún torero, atribuyendo todo su mérito única y exclusivamente a la tele. Como si vender fuese tan fácil como anunciarse. Pobrecitos, cómo se nota que no saben ni de lo uno ni de lo otro.

Pero no, en vez de eso, me habéis convertido en un autor de éxito. Menuda putada. Rompí stocks en toda Barcelona a las cuatro horas de estar firmando, a saber lo que habría pasado con una buena planificación por parte de las librerías y de mi editorial.

Pero en fin. Ahora tengo que andar otro año pidiendo perdón por vender, diciendo que es todo única y exclusivamente gracias a la fama que te da la tele. Sí, porque todos sabemos que los lectores sois idiotas, que cuando me podéis consumir gratis desde el sofá de vuestra casa, lo que en realidad estáis deseando es desplazaros a vuestra librería más cercana, revolver entre cientos de competidores y acabar desembolsando veinte eurazos en la deconstrucción de un árbol y tinta, simplemente por el placer de tenerlo, pues encima las estadísticas dicen que ni lo leeréis.

Y leerme, uf, total para qué. Dedicarme un tiempo que no tenéis para leerme a mi y no a otro, y ojo que me lo habéis demostrado con vuestro cariño no ya en uno, sino hasta en ocho Sant Jordis, pues cuando uno lleva seis libros publicados y reeditados en más de 20 ocasiones, ya lo vuestro pasa de ser molestia pura y dura a masoquismo ilustrado. Que sí, que sí, que estáis fatal.

Lo único bueno de todo esto es que los autores que no vendan se irán muriendo, o mejor dicho, los irá matando el mercado. Y quedarán todos los demás. Los que no entiendan la diferencia entre vender y tener algo interesante que contar. Los que hayan aprendido que algo es de valor cuando lo valida un mercado, y no al revés. Los que ya no conciban sector sin industria, autor sin lectores, ni lanzamientos sin publicidad.

Dejad de leerme, hacedme caso y leed a los que no venden nada, que esos son los de verdad.»

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Creo.

Creo.

Artículo publicado el domingo, 19 de abril de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Creo. Hoy de verdad, que creo. Mañana no sé, me lo vuelves a preguntar. Pero hoy sí vuelvo a creer. Y no hay nada ni nadie que pueda arruinar este acto de fe. Porque no depende ni de ti ni de ellos, hoy depende sólo de mí. Y he decidido que ya estoy harto, que creo. Y que pienso seguir creyendo. Acabo de sentir justo el pellizco en el alma que me hacía falta. Así que allá voy.

Creo a pesar de los escépticos. De los agnósticos. De los apóstatas. Y de los ateos de botellón. Creo a pesar de los datos. Del pasado. De la tendencia. Y del FMI. De los hechos. De la realidad, puta como ella sola, que se hace aún más falsa cuando rima con verdad. Y ojo que no creo en lo que hay, sino en lo que faltaba. En lo que no vi. En donde no estuve. En lo que me quedaba por ser. León come gamba. Peón cuatro rey.

Creo en la gente que cree. Porque es la gente que no se conforma. Porque es la gente que cambia lo que hay. Porque es la gente que nos hace soñar. Y sacudir las cosas. Y avanzar. Creo que las situaciones -como las personas- se cambian de dentro a fuera y no al revés. Que si el cambio es en sentido inverso, no deja de ser maquillaje, de cara a la galería, revolución de postín, postureo vital.

Creo en la gente que ya sólo tiene su fe. La que es refutada todos los días. La que tiene cada vez menos motivos para creer. La que está harta de credos ajenos. La que sólo puede escuchar porque le han quitado hasta la voz. Silencio latente. Buenos de verdad. Los que hablamos todos los días somos justo los que somos menos de fiar. Escuela del mundo al revés. Buen viaje, maestro. Suerte que nos dejaste un libro de abrazos. Y otro lleno de espejos con los que conversar.

Creo. Creo. Creo. Ya vuelvo a creer. Y es que creo que estás ahí. Porque te he visto. Porque te he sentido. Y porque te he hecho sentir. Creo en las relaciones que aportan risa y silencio, Eros y Thanatos, pasión y paz. Creo que mientras no dependamos el uno del otro, seremos inseparables. Que mientras dure, lo nuestro será eterno. Y creo que fracasar no tiene nada que ver con ir acumulando ex. El verdadero fracaso habría sido no encontrarnos jamás.

Que sí, coño, que me he enamorao. Y si suena muy cursi me la trae al pairo. Como alguien me dijo una vez, un romántico es aquél que aspira al lujo de enamorarse sin tener que pagar un alto precio por ello. Y yo hoy he dejado el romanticismo para otros. Todo al rojo. All in. Que aquí hemos venido a jugar.

Hoy creo. Por fin creo. Creo del verbo crear. Fabrico una nueva fábula a la que me mudo sin vuelta atrás. Quédate con las noticias, que para mí ya no son de actualidad. Por fin se ha hecho la luz en mis ojos. Y brillan, porque jamás deberían haber dejado de hacerlo. Y sonríen tanto que hasta la boca les demanda por intrusismo gesticular.

Creo y así descubro cosas que creía haber olvidado, pero ahí están. Creo que la convivencia mata el miedo. Y que el miedo es el único y verdadero pegamento social. Que el día que no tenga miedo a perderte, será nuestro final. Creo porque la ilusión no tiene otro remedio. Es su manera de respirar. Y creo porque me he vuelto a emocionar, pero emocionarme hasta un punto que da hasta miedo. Esta emoción que es un pozo sin fondo, que por mucha que gastes, siempre vuelve con la misma fuerza, siempre te vuelve a engatusar.

Creo en la magia sin trucos. Nada por aquí. Nada por allá. Y de repente, todo lo demás.
Y si mañana me estrello no pasa nada, sabré que ha valido la pena, la verdad que me dará igual.

Prefiero un solo segundo muriendo contigo, que vivir toda una eternidad.»

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Todo es lo que parece.

Todo es lo que parece.

Artículo publicado el domingo, 13 de abril de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Parezco idiota. Y seguramente lo soy. Aunque vaya por la vida pensándome que a veces no. Aunque me crea algo. O alguien. Aunque vaya por ahí dando lecciones que no se pueden aprender. Aunque vaya por ahí aprendiendo cosas que jamás se deberían enseñar. Pero no. Si parezco idiota, eso es que seguramente, lo soy. Y a los hechos me remito. A este manojo de fracasos que rodean esa flor de un día a la que llamo éxito, que ya fue.

La internacional situacionista. Junto a internet, la tele, el avión a reacción y la Thermomix, inventazos del siglo XX. Una forma de entender el mundo. Un tipo muy muy listo que se llamaba Guy Debord se junta con tipos intelectualmente peligrosos y crean un movimiento que desembocaría en el mayo del 68 francés. Sus máximas las expresaron ellos mucho mejor que yo en “La sociedad del espectáculo”, pero es que a mí me gusta así: Todo es lo que parece.

Todo es lo que parece. La apariencia es mucho más que un simple envoltorio cuando ese mismo envoltorio también se come. Con 20 años tienes la pinta que te gustaría mantener. Con 30 tienes la pinta que puedes permitirte. Con 40 tienes la pinta que te mereces. Y a partir de los 50 sólo tienes pinta de querer dejar de tener pinta de cualquier cosa.

Todo es lo que parece. Y nada es lo que realmente es. Si quieres dedicarte a lo que es, hazte científico. Pero para los demás, todo es apariencia, y normalmente muy por encima de nuestras posibilidades. Eres lo que pareces. Tú, aquél y el de más allá. Ahórrate tus platonismos sobre los límites de la percepción. Porque los límites de tu percepción son los límites de tu existencia. Porque todo es lo que parece. Y lo que no parece, ya no aparece, ya no está.

Todo es lo que parece. Tu apariencia es la que tira de ti. Los psicólogos lo llaman Efecto Pigmalión. Lo que los demás perciban te condiciona hasta el punto de hacerte actuar de manera alterada. Si sabes que piensan que eres idiota, te acabarás comportando como tal. Si sabes que piensan que eres corrupto, acabarás metiendo la mano en la caja. Total, si ya lo creen todos. Ya qué importa, qué más da.

Este es un país de chanchulleros e incompetentes. La dictadura del mediócrata. Y ahora están mal vistos, apestados, denostados, pero esos que hace mucho fueron héroes, están agazapados, y volverán. Porque malas noticias, no son otros que hayan venido a colonizarnos. Están dentro de cada uno de nosotros. Entre lo que parecemos y lo que somos, ahí están. Llevamos todos dentro un Urdangarín, un Bárcenas, un Pujol y un Correa. El problema no es que lo llevemos dentro. El problema está en que se den las condiciones idóneas para que vuelvan a triunfar. Porque no lo dudes, volverán las oscuras golondrinas. En tu balcón sus nidos a colgar.

Pero no estaba hablando de eso, sino de que hoy todo es lo que parece. Y nada importa lo dicho hasta que realmente se hace. Por eso para follar no hay que, necesariamente, follar. Por eso para abrazar no hay que, necesariamente, abrazar. Por eso para morir no hay que, necesariamente, morir. Por eso para vivir no hay que, necesariamente, vivir.

Se puede querer odiando mucho lo amado. Se puede avanzar retrocediendo a cada paso que se da. Se puede crecer haciéndose uno cada vez más pequeño. Matar de un abrazo. Nacer de una hostia. Olvidar a base de recuerdos. Y matar al prójimo dando a luz. Se puede llorar a carcajadas o reír amargamente. Acariciar a mucha distancia o fundirse en un cálido divorcio. Y se puede hacer todo eso a la vez sin estar haciendo nada en realidad. Todo es posible cuando todo es en apariencia. Y nada es imposible cuando da igual si está o no está.

Todo es lo que parece. Por eso el que crea que esto lo arregla una campaña, se está equivocando. Y no sabes cuánto. Hoy ya no basta con ser honrado. Ni siquiera bueno. Y ya no digamos normal. Hay que parecerlo también. Porque todo es lo que parece. Y porque hoy la mujer del César es como Hacienda, somos todos. Y tú, un poquito más.

Todo es lo que parece. Así que si a los Astrud todo les parece una mierda, es porque seguramente lo es. Y ojo que eso ni está bien ni está mal. Simplemente es.

Todo es lo que parece. Desconfía del próximo que venga a decirte que las apariencias engañan, seguramente te la está intentando pegar. Pídele que te cuente algo que le dé vergüenza contar y luego pregúntale si te hubiese ocultado eso de no habérselo preguntado, y entonces, piensa por qué deberías confiarle todo lo demás.

Las apariencias no engañan, es la gente la que se cree que seremos tan idiotas como para dejarnos engañar.

Y lo peor no es que hoy tengan o no razón.

Lo peor es que tarde o temprano la tendrán.»

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A qué esperas.

A qué esperas.

Artículo publicado el domingo, 29 de marzo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«A qué esperas. Sí, tú, no leas hacia otra parte. Mírame a las letras, que te estoy escribiendo a ti. Hoy me apetece cogerte por las solapas y sacudirte hasta despeinarte las cejas. Que a qué esperas, digo. Que igual no te has dado cuenta, pero desde que naces se te va la vida. Que igual no te has parado a pensar, que ya estamos en tiempo de descuento. Que el día menos pensado, alguien o algo nos dice que ya está. Que un día te vas, coño, que ese día podría ser ya.

A qué esperas. Tu miedo te está ganando la partida. Cada segundo que dejas pasar sin hacerle frente, es un minipunto que sube a su marcador. Y la remontada se hace cada vez más difícil. Y aquí no hay prórrogas, ni tanda de penaltis, ni ná de ná. Recién acaba de empezar el partido y tú ya te estás metiendo goles en propia puerta. Y aún así me dirás que pretendes empatar.

Que a qué esperas, te digo. Y aún te vas a creer que esto no va contigo. Nadie va a venir a buscarte. Nadie vendrá a sacarte de este letargo existencial al que llamas espera. Esperar para qué. Esperar hasta cuándo. O hasta quién. Nadie está pendiente de quien no tiene nada que hacer ni mucho menos de quien no demuestra que quiere hacerlo. La espera sólo va a hacerte más viejo, más agotado, menos ágil y más lejos de lo que realmente quieres, que te recuerdo que se mueve, que avanza, se va.

No me digas que vendrán tiempos mejores. El mejor momento para hacer las cosas es ahora. No porque ahora sea mucho mejor que antes o después. Es porque es el único momento que realmente tienes. Lo demás es mentira. Lo demás vete tú a saber si volverá. Que no, que no te estoy diciendo que aproveches el tiempo, sino que dejes ya de esperar. Ni carpe diem ni leches. Que espabiles. Que venga, va.

Esperar es decirle a tu vida que en realidad te van a sobrar días. Que ya se los podrían haber dado a otro. Porque tú no los piensas usar. Menudo desperdicio. Menuda decepción. Anda, aparta y deja sitio para los que vienen detrás. Porque jamás has estado solo, porque tú y tu generación tenéis sólo una ventana de oportunidad. Y por cierto, una edad. Estamos todos en una carrera de fondo a ritmo de sprint final: si no consigues que te persigan, te adelantarán.

Que pase un tiempo prudencial, pensarás. Malas noticias, la prudencia ha muerto. La inmediatez es el nuevo estado de las cosas. La experiencia ya no es un grado, sino una cuenta atrás. Que la vida ocurre en directo, darling. Lo que llega tarde ya nadie lo escucha, ya ha pasado, ya no está. Y lo que no esté ocurriendo ahora es falso hasta que no se demuestre lo contrario. Y cuando se demuestre, será en otro ahora, será en otro ya.

Con los años, además, te das cuenta de que la espontaneidad es lo único creíble, lo único real. Fíate sólo de lo que ocurra de forma espontánea y natural. De la gente que siempre dice lo que piensa, que suele ser la que no se para demasiado a pensar cómo te lo dirá. Hazlo o vivirás siempre colgado de un artificio. Hazlo o jamás volverás a escuchar ninguna verdad.

Lo preparado es siempre fruto de alguna estrategia. O lo que es lo mismo, una conspiración. Y yo ya estoy cada vez más harto de conspirar. Creo en la gente que va de frente por la vida, la que no necesita estratagemas para triunfar. Si me quieres así, me adorarás. Y si no, eso es que nunca me has querido, ni me querrás.

Por eso, te agarro hoy por las ganas y te digo que a qué esperas. Por eso te ruego que esto no lo leas como una amenaza. Que lo leas como un subidón vital. El que me da cada vez que me digo tira millas. El que siento cada vez que veo la suerte echada, que es lo mismo que ponerla a descansar. Porque ya no dependes de ella, porque ya no la esperas, porque ya te vas.

A qué esperas. Dímelo porque cada vez estoy más convencido de estas dos frases que he dejado para el final.

Morir es dejar la vida en espera.

Vivir es decidir que la vas a buscar.»

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Jo sóc andorrà.

Jo sóc andorrà.

Artículo publicado el domingo, 22 de marzo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Se llama sinécdoque. Es el tropo o figura literaria que consiste en tomar la parte por el todo. Y dependiendo del nivel de abuso que se haga de ella, puede ser desde un mero recurso retórico y simpático, hasta una injusticia, una simplificación y una generalización abusiva. Una manera muy efectiva de engañar al que te escucha. Lo saben los políticos. Lo saben los gabinetes de comunicación. Lo saben los que lo tienen que saber. Y lo utilizan a placer y sin piedad cuando algo o alguien les invita a hacerlo.

Un político no es todo un partido, ni toda la clase política, ni siquiera la representa. Un militar no es todo el ejército, ni seguramente pueda convertirse en su estandarte. Un empresario nunca será lo mismo que toda la clase empresarial, por mucho que facture o que presida la CEOE. Por eso, por muy corrupto que sea una persona, por muy mal que lo haya hecho o por mucho que su comportamiento haya sido indigno de la institución a la que representa, jamás deberíamos permitirle a sus adversarios realizar sinécdoques que les permitan arrimarse a nuestra vera al grito de yo estoy contigo, y ésos son los malos.

Pues mire, no.

Eso es tratarnos de idiotas. Y si entonces encima le aplaudimos, nos estamos demostrando que efectivamente lo somos. Así, que si no le importa, déjeme decirle que como mínimo esta semana, jo sóc andorrà.

Jo sóc andorrà. Porque Andorra no son ni sus bancos ni sus banqueros. Al igual que todos los españoles no somos Rodrigo Rato. Afortunadamente. Porque conozco a suficiente gente en Andorra que ni blanquea dinero ni evade impuestos, y que llevan años luchando y esforzándose honradamente para hacer del país de los Pirineos un destino apetecible durante todo el año. Porque, como he dicho en Twitter, #AndorraEsMásQueBancos.

Jo sóc andorrà. Porque ante cualquier injusticia siempre tiendo a posicionarme de la parte más débil, la que no se puede defender. Y porque en este caso, el más débil es el ciudadano andorrano al que ni le va ni le viene lo que hayan hecho o dejado de hacer algunos ciudadanos.

Jo sóc andorrà. Porque me molesta mucho que decir que vas a viajar un fin de semana a Andorra de pronto sea sinónimo de contrabando, evasión de impuestos, herencias ocultas o blanquear. Y si me molesta a mí, imagínate a ellos.

Jo sóc andorrà. Porque aunque haya nacido en Barcelona, también he tenido que sufrir la degeneración de otra marca que es la catalana. Una marca que hace no tanto tiempo era sinónimo de trabajo, discreción, pequeña empresa, pragmatismo y capacidad de generar negocio y valor. Lo que Rajoy intentaba decirnos con “hacer cosas”. Una marca que abanderaba aquello de que la pela es la pela. Una marca que por culpa de algunos, ahora es sinónimo de bronca, de pataleo, de corrupción, de soberbia y de insolidaridad. Así que les entiendo perfectamente. Lo que deben de estar sintiendo ahora. Lo que les va a costar salir de ahí.

Jo sóc andorrà. Porque estoy convencido de que algún día sabremos toda la verdad sobre el caso BPA. Porque en cualquier lugar pequeño, como todo el mundo sabe, las acusaciones llevan nombre y apellidos, y los intereses fluctúan con peligrosa facilidad entre lo que le conviene al bien común y lo que le conviene a uno en particular.

Jo sóc andorrà. Porque estoy orgulloso de que salgan estas cosas a la luz pública. Y que lo pague quien lo tenga que pagar, faltaría más. Y porque espero, como la mayoría de los andorranos, que no se vuelvan a repetir. Pero también porque estoy tan perplejo como ellos al comprobar que aún no se haya puesto en marcha una campaña de comunicación que intente contrarrestar tanta sinécdoque aprovechada y ventajista. Porque a medida que pasan los días, la bola se hace más y más grande y la gran perdedora es y será la marca Andorra. Y por ende, los andorranos y ese porcentaje altísimo de su PIB que depende del sector servicios, del turismo y de la gente que no va a evadir ni a blanquear, sino a disfrutar y a deslizarse por lo blanco, que no es lo mismo.

Jo sóc andorrà. Porque pago mis impuestos en España. Y porque miro con envidia a cualquier país que sea capaz de atraer capitales y por tanto negocio y por tanto empleo gracias a una fiscalidad más favorable que la de los de su entorno sin ser considerado paraíso fiscal, y aún así ser capaz de funcionar. Y pagar carreteras, y hospitales, y todo lo demás.

Jo sóc andorrà. Y no pienso dejar de serlo mientras todo esto continúe.

Eso sí, tranquilo señor Montoro, que no estoy pidiendo la doble nacionalidad.»

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Cosas que pasan.

Cosas que pasan.

Artículo publicado el domingo, 15 de marzo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«A medida que acumulas calendarios, te vas dando cuenta de que sólo existen cuatro estados de la materia vital. Las cosas que te pasan, las cosas que tú haces que pasen, las cosas de las que tú pasas y las que pasan de ti.

Las cosas que te pasan suelen ser siempre las más importantes. Es todo aquello que tú no decides. Es todo aquello que otros han decidido por ti. Mira si son relevantes, que entre ellas está siempre tu nacimiento, tu venida a este mundo y seguramente se encuentre también tu despedida de él. Pero también están muchas de las enfermedades graves. Pero también están los enamoramientos más inevitables, que no dejan de ser otro tipo de enfermedad. Tú intentas que florezca el amor donde no crece, y de repente se te cruza alguien por tu vida que arrasa con tu invernadero artificial y te deja en pelota picada a la intemperie del que tiene que volver a empezar.

Las cosas que nos pasan son preguntas que nos hace la vida en esta ruidosa conversación a la que llamamos supervivencia. De las respuestas dependen las siguientes preguntas. De nuestras reacciones depende el nivel de acción que al final se nos propondrá.

Por eso son tan relevantes las cosas que tú haces que pasen. Porque son las que intentan compensar, ordenar, o incluso ayudar a contrarrestar el efecto de las primeras. Y digo que intentan porque hay gente que se piensa que ésta es su única biografía. Se creen que sus decisiones son tan importantes, tan determinantes, que nada ni nadie ha influido en su devenir. Al final decidí no hacerlo. Se me ocurrió tal cosa y la llevé a cabo. No paré hasta conseguirlo. A mí me pone nervioso la gente que quiere hacerme creer que todo en mi vida depende sola y exclusivamente de mí. Como si el azar no existiese. Como si no jugase la mala suerte. No hay que pasarse, señores. La suerte no deja de ser una equilibrada y anómala mezcla de talento y oportunidad. Y cualquiera que lo niegue, está intentando vendernos su cursillo.

Y ahí es cuando llegamos irremediablemente a las cosas de las que tú pasas. Y hablo de las que pasas porque necesariamente has de pasar. Porque es imposible atender a todo. Porque al final vivir es seleccionar. Las cosas que dejas de lado en ocasiones simplemente mueren sin ti. Lo cual no deja de ser una buena noticia, pues progresar significa librarte de todo aquello que dependa de ti. Y luego hay otras cosas que al abandonarlas, empiezan a ir incluso mejor. Eso también es bueno, pues lo que te demuestra es que en ese caso, el lastre eras tú. Que menos mal que te quitaste del medio. Que menos mal que ya no estás.

Claro que también hay cosas de las que pasas y no te deberían ser indiferentes. Pero es que no me apetece hoy moralizar.

Por último están las cosas que pasan de ti. Las que te ignoran sistemáticamente. Las que parece que te rehuyen. Las que por más que las persigas, ellas siempre corren más. Ellas son las que nos condenan a una vida corriendo, a un sudar por sudar. Son tu gran Talón de Aquiles, tu maldición. Por más que te digan, es imposible no querer atraparlas, y suelen convertirse en obsesión.

Y como hoy quiero acabarlo por todo lo alto, qué mejor que citando a un grande, y quién más grande que Ortega y Gasset: lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa, por eso nos pasa lo que nos pasa.

Y por eso él es grande y yo no. Porque donde él nos describió en 20 palabras, yo he necesitado 626.

Veintisiete.»

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El coño que tiene que pasar.

El coño que tiene que pasar.

Artículo publicado el domingo, 8 de marzo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Qué coño tiene que pasar para que Rajoy deje la Moncloa y baje al barro. La pregunta -retórica hasta que Mariano baje y moje su presidencial culo- se la hacía el líder de una de las oposiciones tras visitar las zonas inundadas por el Ebro. Y dado que en determinados temas seguimos comportándonos como en un gran colegio al que llamamos país, enseguida opinión pública y medios de comunicación se echaron las manos a la boca, hala has visto, ha dicho coño, qué fuerte. Jijiji. Jojojo. Uyuyuy. Y a mí, aparte de echar de menos las paritarias pollas de compañeros y compañeras, siempre me maravilló la batalla de Cela por incluir la palabra “coño” en el diccionario de la RAE, así como el poder de la palabrota bien usada en su justa medida y proporción. Por eso iría más lejos aún. Pero mucho más.

Qué coño tiene que pasar para que los que la hacen, realmente la acaben pagando. Qué coño tiene que pasar para que los chorizos de guante blanco se vean obligados a dar con sus huesos en la cárcel hasta que devuelvan todo lo robado. Qué coño tiene que pasar para que Urdangarín no siga riéndose de todos nosotros desde su casoplón en Suiza. Para que Bárcenas no se descojone de ti y de mí mientras sigue esquiando en Baqueira. Para que la familia Pujol deje de darnos lecciones de impunidad tirando encima de cachondeo, ironía y retintín. Para que no nos despertemos cada día con un nuevo imputado. Para que desaparezca esta sensación de que al final todos se irán de rositas. Para que deje de gobernarnos una presunta pandilla de gángsters a golpe de corrupción.

Qué coño tiene que pasar para que los jueces no sean apartados de los casos más incómodos para el poder. Para que magistrados como Ruz, Castro, Andreu o Alaya ostenten cargos vitalicios y puedan seguir investigando y sacándonos los colores hasta que se harten ya de tanta sinvergonzonería y decidan jubilarse por hastío, por edad o por vocación.

Qué coño tiene que pasar para que dejen de vendernos tanta recuperación macroeconómica sin mencionar siquiera la desigualdad. Que mientras haya un solo parado, una sola familia desahuciada, un solo niño con síntomas de desnutrición y un solo paisano tan dependiente como olvidado o por debajo del umbral de la pobreza, se nos tendría que caer la cara de vergüenza por permitir cánticos triunfalistas como los que empezamos a tener que aguantar. Eso es tratarnos de más idiotas de lo que ya fuimos por haberos votado. Los que os votaran, claro.

Qué coño tiene que pasar para que dejen de salirnos candidatos y partidos políticos de debajo de las piedras como si fueran pop-up stores. Para que dejen de taparse el culo entre ellos. Para que dejen de dar este espectáculo lamentable de luchas fraticidas que no hacen más que dejarlo todo perdido y ensuciarse y ensuciar. Para que dejen de poner su mano en el fuego y pongan todo lo demás. Para que alguien ya no necesite darnos la chapa todo el tiempo porque por fin ese alguien sea creíble. Para que exista realmente libertad de voto. Y no el candidato menos molesto y más mediocre que un sistema corrupto y corruptor haya decidido aupar.

Qué coño tiene que pasar para que los sindicatos entiendan que su tiempo ya pasó. Que les adelantaron por la izquierda, que se hicieron viejos esperando la última reencarnación de Georges Sorel. Que son un producto obsoleto, la vieja propuesta tocada y hundida que ya nadie compra, porque ya nadie se cree. Que su renovación está en las nuevas propuestas de izquierdas, menos vinculadas a consejos de administración de cajas quebradas. Más pequeñas. Más por estrenar.

Qué coño tiene que pasar para que los partidos recién llegados se den cuenta de que lo nuevo no es siempre y necesariamente mejor. Que además de decir que se es nuevo, hay que demostrarlo. No repitiendo las peores prácticas. No heredando los viejos vicios. Y sobre todo, comportándose distinto, que ya sólo eso, siempre será infinitamente mejor.

Qué coño tiene que pasar para que defender al empresario no signifique estar defendiendo la explotación laboral sino la creación de empleo. Qué coño tiene que pasar para que defender a Amancio Ortega no signifique estar de acuerdo con contratar esclavos en Brasil o en Bangladesh. Pero también qué coño hay que hacer para que algunos entiendan que la PYME es el motor de la economía productiva de este país, la principal generadora de empleo y el 90% de nuestro tejido empresarial. Y que si no existe autónomo y pequeño empresario, no existe mucho más. Que sin ellos, no sólo gestionaríamos miseria, sino que pronto no quedaría nada que gestionar.

Yo no sé si el coño que tiene que pasar se llama Pablo o se llama Albert o se llama Pedro o se llama Susana o se llama ninguno de los anteriores.

Lo que sé es que ese coño llega justo cuando estamos todos hasta la polla.

Con perdón.»

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Yo no me hago mayor.

Yo no me hago mayor.

Artículo publicado el domingo, 1 de marzo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Yo no me hago mayor. Es el mundo el que se empeña en hacerse cada vez más joven. En disimular sus arrugas. En comportarse como un chaval. Y a mí la verdad es que me da cada vez más pereza seguirle la corriente. Es como ese amigo que lejos de reconocer su edad, se gasta cada vez más dinero en engañarse a sí mismo. Un día te hace gracia. Dos, puede que hasta te sigas riendo. Y a partir del tercero ya no le encuentras el chiste por ninguna parte. Y empiezas a ponerle excusas. Y acabas por no cogerle el teléfono. A ver si quedamos un día, eso sí.

Yo no me hago mayor. Es la vida la que se hace vieja. La que se repite con cosas que ya te pasaron. Una vieja que parece que perdió la memoria. Pero sólo lo parece. Porque eres tú quien debería recordar. Que a cada vuelta de tuerca, la vida se enrosca. Que cada paso que das ya no es un paso, sino un escalón más en esta empinada escalera de caracol. Que aunque parezca que vuelves al mismo sitio, siempre te encuentras a una altura diferente de la anterior. Si estuviste arriba, volverás para verlo todo desde alguna planta inferior. Y viceversa. La vida se repite y es a ti al único que le huele el aliento. La vida se repite y a nadie más le suena lo que ya se vivió.

Yo no me hago mayor. Es mi cuerpo que ya no está en garantía. Y como cada vez les quedan menos recambios originales, mi piel es este libro abierto donde queda tatuada para siempre la fecha de cada reparación. Y el dolor es ese huésped que una vez entra, lo hace siempre para quedarse, tan sólo cambia de habitación. Yo sigo queriendo como cuando siempre podía. Así que échale la culpa a mi cuerpo, cariño, que este cuerpo hace tiempo que no soy yo.

Yo no me hago mayor. Es el corazón el que se me ha quedado pequeño. Entre la gente que estuvo, la que jamás se ha ido, la que espero que siempre se quede y la que algún día tiene que entrar, a mí no me da la vida, a mí no deberían haberme dado un corazón, sino dos. Hace años que siento desde el camarote de los hermanos Marx emocional. Y sin embargo, siempre pienso que es injusto que los nuevos se encuentren con lo que hay. Una víscera ajada, reutilizada y en ocasiones hasta maltratada que aún así reacciona y se emociona como una fiel mascota cuando llegas a casa después de trabajar.

Yo no me hago mayor. Porque en realidad me siento cada vez más pequeño. Más idiota. Menos sabio. Y sin embargo, los hay que incluso empiezan a llamarme de usted. Me pregunto si cuando ya no sabes nada es cuando ya mereces que te llamen vuecencia, usía o de vos. No sé.

Yo no me hago mayor. Tengo siempre la edad de la mujer a la que acaricio. Y ellas, como bien sabes, a partir de los treinta dejan de contar.

Hoy he decidido que yo no me hago mayor. Que la edad jamás debería ser un número cardinal, sino ordinal. El que cuenta tu posición en la vida de alguien. El que convierte tu postura ante el mundo en un lugar. El que te recuerda que si no eres algo para otro, en realidad no estás.

No, yo no me hago mayor. Y sin embargo, empiezo a sonar como un viejo. Me leo cansado. Cuando en realidad por dentro me está ocurriendo todo lo contrario. Cuanto más me atizan, mejor recibo. Cuanto menos duermo, mejor me levanto. Cuanto menos bebo, antes me emborracho. Cuanto menos practico, mejor se me da. Cuanto más escribo, menos me importa que alguien me lea. Y sin embargo, sé que si intento convencerte de que estoy mejor que nunca, pensarás que estoy fatal. Así que me callo y sonrío.

Por fin sonrío.

De tanto llorar.»

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Dos piedras.

Dos piedras.

Artículo publicado el domingo, 22 de Febrero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Sólo tropiezan los que están avanzando. O dicho de otro modo, la única forma de evitar un tropiezo es quedarse quieto. No moverse de donde se está. Tropezar, por lo tanto, es una buenísima señal. Señal de que las cosas se mueven. Señal de que te diriges hacia algún sitio. Lo que es malo en la vida no es tropezar, sino quedarse ahí, tirado en el suelo. No volverse a levantar. Y ya no digamos lamentarse. Autocompadecerse. Lloriquear.

Lo que ocurre cuando tropiezas, todo el mundo lo sabe, porque todo el mundo lo ha vivido alguna vez. Lo más humano es sentir una cierta sensación de ridículo. Ojalá que nadie me haya visto caer. Qué bochorno. Calla, que me levanto enseguida y aquí no ha pasado nada. Natural.

Lo siguiente es buscar la causante del tropiezo. Encontrar la piedra. Reconocerla. Tu cara me suena. Culpabilizarse por no haberla visto antes. Y darse cuenta de nuestra miserable e inefable humanidad. Es entonces cuando todo el mundo lo veía venir. Es entonces cuando surge el yo ya te lo dije. Maestrillos del día después, que no se dan cuenta de lo mediocre que resulta llegar tan tarde.

Y hablando de mediocres, bajo cualquier piedra aparecen siempre los gusanos. Las larvas. Los bichos. Personajillos acomplejados y torturados desde bien pequeñitos, cuando en el patio del colegio ya canjeaban su bocadillo por un par de collejas. Suelen ser los más cobardes de la clase, los que jamás se atreverían a decirte nada a la cara, gallinas que con el tiempo han desarrollado una visión deformada del mundo, pues piensan que todos estamos pendientes de sus pataletas. Por eso andan buscando a ver quién se ha caído últimamente para acudir a la merendola de buitres, porque sólo saben alimentarse del presunto derrotado, porque ellos jamás han creado nada que haya tenido éxito, porque son incapaces de triunfar por sí mismos y porque se sienten acomplejados ante el talento ajeno. En el fondo les encantaría formar parte de la fiesta, ser incluso tus amigos, vivir lo que tú has vivido, en realidad es una forma de envidia, pero claro, el rechazo sigue ahí, y como respuesta al rechazo, ellos han decidido rechazarte a ti. Pero piensa que no es contigo. Es con la vida que jamás tendrán.

Como no pudieron ser interesantes, se convirtieron en pedantes. Como las chicas se reían de ellos, se hicieron los misóginos; no es que yo no les guste a ellas, es que ellas no me gustan a mí. Como no han dado un palo al agua en su puñetera vida, se volvieron clasistas, racistas o xenófobos. Y como nadie les aguantaba ni en su propia casa, se fueron a vivir de la primera caverna mediática que les subvencionó, oye tú que luego igual esto desgrava. Por ponerle un nombre al azar, yo lo llamo Complejo de Sostres, no me preguntes por qué.

Bueno sí, pregúntamelo, va.

Pues resulta que Salvador Sostres fue mencionado en mi ya añorado Viajando Con Chester. Fue el gran chef David Muñoz, quien me contó que en años de profesión, el único comensal que se había negado a pagar la cuenta había sido justamente él, Sostres. La conversación siguió por otros derroteros mucho más interesantes, pero por lo visto, para Sostres, el hombre que no pagaba en los restaurantes, la cosa no quedó ahí. Al día siguiente, la productora del programa me hizo llegar el número de móvil y la petición de Sostres para hablar conmigo. Según me trasladó la productora, su intención era “aclararme lo que realmente sucedió”. Y a mí, que me encanta conocer gente interesante, cultivada e inteligente, no me quedó otro remedio que declinar amablemente la invitación. La explicación, le dije a la productora, se la debe al chef, no a mí.

Durante los siguientes días, los mails con las peticiones de Sostres se fueron sucediendo, hasta que al final imagino que el personaje desistió. Pero claro, supongo que el rechazo empezó a crecer de nuevo en su interior. Nos cruzamos físicamente un par de veces por Barcelona, que en realidad es un sitio muy pequeño, y el personaje en cuestión me vio, me esquivó y no me dijo ni mú. Lo que yo te diga, “semejantes invertebrados” (sic) no atacan nunca de frente. Siempre a tus espaldas. Cuando no estás. Y esta semana, tras mi salida de Viajando Con Chester, la bilis ha corrido en forma de tinta por su columna a la que por cierto, le tengo un aprecio especial, pues me parece más que cómica, hilarante. No es sólo que me haya criticado a mí, que ya ves, llega tarde, llevo años saliendo criticado de casa. Es que además se cree que puede con gigantes como Luis del Olmo o compañeros de periódico como Jordi Évole y Ana Pastor, gente que le viene tan grande que antes de ni siquiera mentarlos debería aprender a lavarse la boca con agua y jabón.

Todo esto no hace más que darle lo que él quiere, pensarás. Y es verdad. A los bichos no hay que darles visibilidad. Porque es justamente lo que buscan. Vuelve a dejarlos bajo dos piedras. Tápalos bien y deséales un algo feliz. Si hoy te los destapo no es para hablarte de ellos, sino del síndrome que lleva su nombre.

Aléjate del Complejo de Sostres. No porque sea contagioso, qué va. Sino porque nadie que sufra ese complejo ha hecho nada importante en la vida. Jamás.»

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La estrategia del cruasán.

La estrategia del cruasán.

Artículo publicado el domingo, 15 de Febrero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«La vida es una sucesión de desajustes. Notas discordantes y agrupadas en sinfonías dodecafónicas de 24 horas. Agujeros aleatorios en unos folios tamaño día que jamás podremos encuadernar. Nos creemos que todo tiene un porqué. Que la gente tiene un plan. O peor, un destino. Que en realidad, todo lo que sucede conviene. Que no hay mal que por bien no venga. Y yo qué sé qué cantidad de tonterías más. Y así hacemos ver que por fin lo hemos entendido. Cuando la verdad es que casi nada se entiende, porque casi nada ocurre por obra y gracia de nuestra voluntad. Simplemente ocurre y ya está.

En esta teoría del caos de andar por casa, hay ciertas cosas que todos sabemos que en algún momento deberíamos dejar de hacer y sin embargo, por algún mandato divino, contubernio neocapitalista o simplemente por mera superstición, tomamos la iniciativa e insistimos en convertirlas en tradición.

Tú entra en cualquier bar y pídete un cruasán. Me juego el tipo a que jamás te lo traerán solo. Entre el platillo que lo sostiene y tu bollo de luna creciente, ahí está, ahí está, la servilleta de Alcalá. Ese puñetero trozo de papel de una sola capa que siempre se engancha, que deja tu cruasán perdido de trocitos de papel y que encima no te servirá ni para limpiarte la boca, pues acabará perdido de migas que se reproducirán por todo el lugar. Un gasto estúpido e innecesario pues si el plato se supone limpio, a santo de qué había que protegerlo y sobre todo contra qué. Un gesto que intenta dar una imagen de higiene y servicio, cuando lo que en realidad te está suponiendo es un verdadero incordio, una señora incomodidad, para ti y para los que te rodean, obligados a presenciar un espectáculo tan finolis como levantar el meñique para beberse el café. La versión pyme de la falta de urbanidad.

Pues bien. Nuestra existencia está plagada de momentos cruasán. Detalles que hacemos con la mejor de las intenciones y que no sólo no hacían falta, sino que lo que vienen es a empeorar lo que ya había. Momentos en los que alguien debería hacernos ver que en ese caso, menos es más.

La intención es lo que cuenta, algunos dirán. Ya. Vale. Anda cuéntame otra, porque el cementerio está plagado de gente que sólo quería ayudar. Eso está bien para Flanders de Pleasantville vestidos de Teletubbie. Pero los que hemos pasado ya el primer divorcio y el último gatillazo, deberíamos intentar ir más allá.

Parejas que celebran por todo lo alto San Valentín y sin embargo llevan años sin construir ni un equipo cohesionado ni un proyecto en común. Empresas que desatienden a los clientes que tienen para gastarse ingentes sumas de dinero en conseguir más. Partidos políticos que intentan alzar en vuelo a lomos de un titular sobre limpieza y honestidad cuando hace años que no barren su propia casa, el clásico síndrome de Diógenes político, de mierda hasta la azotea.

No lo atribuyas sólo a la mala fe. A otra cortina de humo. A la incoherencia humana. Al maquillaje del marketing. O a la falta de arrestos para iniciar una transformación de verdad. Que también.

Piensa en lo que hacemos cada uno de nosotros en nuestro día a día. Nos empeñamos en ser imprescindibles allá donde no nos necesitan, y dejamos a menudo desatendidos aspectos de nuestra vida donde sí deberíamos liderar. Con demasiada frecuencia no hacemos falta donde actuamos, y seguramente si incidiésemos sobre otras áreas, nuestra ayuda se notaría mucho más. Somos más servilleta que cruasán.

Y es que el liderazgo no consiste sólo en saber hacia dónde dirigir las naves. Sino también en escoger quién se quedará en el puerto y sobre todo a bordo de qué se navegará.»

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Somos ficción.

Somos ficción.

Artículo publicado el domingo, 08 de Febrero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Somos ficción. Tú, yo, aquél y el de más allá. Somos mentira. Bien construida, pero mentira al fin y al cabo. Y no es sólo que no existamos como nos creemos que existimos. Productos de nuestro cogito ergo sum. Accidentes del amor y la causalidad. Es que encima a menudo se nos olvida que somos una trola muy fea con patas y acabaremos todos muertos de realidad.

Somos ficción ya viejuna. Nuestra Historia, eso que nos retrata deformados y nos enseña que es imposible no repetirse, no deja de ser un grupo de datos y hechos cronológicamente ordenados y convertidos en un relato más o menos contrastado que suele tener la manía de buscar varias causas para cada efecto, escrito encima por todos aquellos que sobrevivieron para poder contarlo, con lo cual tampoco cuenta con la opinión y el enfoque de los que en el momento de contarlo ya no están. Es el curriculum abultado de la Humanidad. Y como todo curriculum está lleno de exageraciones, mentiras y omisiones importantísimas sobre las que mejor nadie nos pregunte, porque la podríamos liar parda. Pero si incluso Fukuyama morirá algún día y pasará a ser su propia víctima. No hay mayor ironía que el propio destino. No hay destino más honesto que la sinrazón de la verdad.

Somos ficción social. Nos inventamos dioses para explicar lo que no entendíamos. Nos inventamos idiomas para entendernos entre nosotros. Nos inventamos medidas para poder coincidir en espacio y tiempo. Nos inventamos países para justificar esas distancias. Nos inventamos culturas para tener algo que defender. Nos inventamos patrias para justificar conflictos. Nos inventamos guerras para ganar más. Y nos inventamos el dinero. Y las personas jurídicas. Y las marcas comerciales. Ficciones que nos permiten hablar de cosas que en realidad no existen como si existieran aunque todos sepamos que no existen, pero como hablamos de ellas, ahí están. Y mira si están, que al final incluso hay gente que sí que existe dispuesta a morir por algo que si lo piensas bien, no ha existido jamás.

Así las cosas, no debería extrañarnos que seamos también ficción, sí, pero emocional.

Nos inventamos que nacemos acompañados. Llamamos familia a mucha gente que en el fondo nos da igual. Decimos que encontramos pareja. Que por fin abandonamos la soledad. Hacemos de nuestro hallazgo un relato y lo empezamos a estirar. Hasta que un día se rompe algo y hay que empezar a reescribir la trilogía. Y hacemos un clásico Star Wars. Ahora te explicaré lo que no te conté en su momento y debí contarte, el apasionante mundo de la precuela. Y tal como ocurre con La Guerra de las Galaxias, esa pre-historia suele ser aburrida, de cartón piedra y menos creíble, menos verdad.

A veces las incongruencias matan la coherencia de la trama, así que o bien las olvidamos o acabamos incorporando detalles que hacen que parezca todo de lo más lógico y normal. Nos dejamos por esto y aquello. Hubo ese matiz que lo cambió todo. Estas fueron las causas reales de nuestra ruptura. Estaba claro que lo nuestro no podía durar. Ahora no repetiría los mismos errores. Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir. Si hubiese sabido lo que ahora sé. Conecta los puntos. Analiza tus errores. Fracasa mejor que ayer. Unas veces se gana y otras se aprende.

Mentiras que nos contamos para que todo pueda avanzar. Porque si no ficcionamos lo que sentimos, curiosamente, nos es imposible dar un paso adelante, ni odiar lo que se consigue, ni amar lo que se deja atrás. Va a ser verdad lo que escribe Cercas, que es la realidad la que nos mata, y la ficción la que siempre nos viene a salvar.

Mañana te volverás a enamorar de quien no debes. Mañana la volverás a cagar. Volverás a arruinar ese negocio. Y las oscuras golondrinas, también volverán. Y volverás a sentirte tan estúpido como siempre has sido. Y antes de ponerte a reconocerlo, antes de echarte a ti mismo la culpa, algo que en su momento no viste te tendrás que inventar. Para que todo siga siendo coherente. Para que te puedas seguir mirando al espejo sin reconocer que sigues sin tener ni puñetera idea de nada. Que el tiempo pasa por tu cuerpo dejando de todo, menos lo que tendría que dejar. Conocimiento, sabiduría, experiencia y ganas de volverlo a probar.

Somos ficción. Y curiosamente sólo se otorga un Goya al que cobra dinero -cuando cobra- por dedicarse abiertamente a ello. Sólo te premian por mentir cuando de entrada todo el mundo sabe que no es verdad. Y bien que hacen. Pero echo en falta unos premios a la ficción de la vida cotidiana. Al hay que ver cómo te la metí doblada. Al es verdad, ahí me he vuelto a pasar. Al no, si yo no soy fiel, pero soy muy leal.

En un país que se ha inventado varias veces, estaríamos de premios todas las semanas. En un país podrido de mentiras y mentirosos, esto iba a ser un no parar.»

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Lo que tienes que hacer.

Lo que tienes que hacer.

Artículo publicado el domingo, 01 de Febrero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Lo que tienes que hacer es esto. Lo que tienes que hacer es aquello. No sé si te has dado cuenta, pero yo sí. Lo que tienes que hacer está muy claro, no entiendo cómo no lo ves. Da igual la experiencia que acumules, lo que tú sepas que yo no sé, las toneladas de detalles que desconozco y por tanto obviaré, las canas que peines o tiñas, las hostias que te has llevado hasta en el carné. Siempre habrá alguien dispuesto a decirte lo que tienes que hacer. Y mira, hoy me ha tocado a mí. Apártate que voy.

Lo que tienes que hacer es hacerme caso. Sí, puede que hasta ahora no te haya ido mal sin mi ayuda, pero que sepas que ha sido pura casualidad, azar bien ordenado, porque hasta aquí era fácil llegar. Te lo digo yo, que ni he estado en tus circunstancias, ni he luchado por tu vida, ni he vivido ni de lejos lo que hayas tenido que vivir tú. Eso sí, tú escúchame a mí, que si escuchas con atención este consejo improvisado en los últimos minutos, te irá todo muchísimo mejor, ande va a parar. Que si la experiencia es un grado, hoy te voy a sacar el bachillerato, el master y hasta el posgrado de la verdad.

Lo que tienes que hacer es trascenderte. Porque la prole es el camino más rápido para disponer siempre de alguien cerca dispuesto a decirte lo que tienes que hacer. Suele ser curiosamente alguien que, o bien jamás ha tenido hijos, o si los ha tenido casi mejor que los hubiera cedido en adopción. Siempre sabe lo que estás haciendo mal, lo que deberías decirles, cómo deberías educarlos, y todo, por supuesto, sin citar más fuentes pedagógicas que la vecina del abuelo de su mejor amiga. Cuando tienes un hijo y ves lo difícil que es el día a día, el noche a noche, el año a año, o dejas de una vez de dar consejos, o te conviertes en un psicópata de andar por casa, lo que se conoce familiarmente como un cuñado.

Lo que tienes que hacer es transformarte. Porque ojo que no hace falta llegar a tener descendencia para tener que estar escuchando todo el tiempo lo que tienes que hacer. El mundo está lleno de gente sin rumbo que descubre su vocación frustrada en cuanto ve tu cara de circunstancias. Es como si un problema tuyo fuese la pregunta que estaban buscando para escupirte a la cara todas esas respuestas que nadie jamás les pidió. Y encima ay cómo eres, pues no va y me contestas mal cuando sólo quería ayudarte, anda no te pongas así.

Podemos tendría que empezar a hacer más y decir menos. Pedro Sánchez debería comportarse como el llanero solo ante el peligro rodeado de bombas de fabricación casera rellenas de gas salmorejo. Rajoy debería aprovechar su tiempo de descuento para quedarse en el convento y cagarse dentro. El PP debería habernos dicho que España sí es Grecia, y así amortizar cualquier error por acto u omisión que empezaremos a descubrir durante los próximos 100 días de Tsipras. Y así todo el rato. Y así en toda conversación. Ya sea sobre economía, deporte o política fiscal. Recetas que, como no se darán bajo ningún concepto, nadie podrá comprobarlas jamás. Soluciones de todo a cien que antes nacían y morían en la barra de un bar, y ahora sobreviven hasta los programas de radio, las columnas de opinión y las tertulias de cualquier canal de televisión.

Cuando lo difícil en este país no es opinar. Ni que se pare a escucharte un grupo de gente. Ni siquiera que te paguen por hacerlo. Y si no, échale un vistazo al personal que desfila por el debate de Gran Hermano VIP. O a esta humilde columna de opinión, sin ir más lejos. Lo difícil no es nada de todo eso, porque todo eso es de lo más común y corriente y vulgar.

Lo difícil, con tanta receta, recetario mágico y masterchef frustrado suelto, es justamente lo que hemos conseguido aquí: que todo el mundo sepa lo que se tendría que hacer, salvo los que tendrían que hacerlo.

Será que no interesa que hagamos nada, sino que sigamos distraídos con la paja del ojo ajeno.

Será que todos somos muy machitos hasta que alguien nos la devuelve con las palabras mágicas.

Hazlo tú

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Bimentalismo.

Bimentalismo.

Artículo publicado el domingo, 25 de Enero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Vivir es elegir. Decantarse por algo. Tomar partido. O tomar la decisión de no hacer nada, lo que ya se conoce como hacer un Rajoy. Por eso, si quieres que un niño coma sano, dale siempre a elegir entre dos opciones que te interesen. Qué quieres, fruta o verdura. Carne blanca o pescado azul. Agüita fresca o zumo de frutas. De este modo, se sentirá vivo. Se sentirá libre. Se sentirá bien. Le estarás creando una falsa sensación de independencia, una pecera de plástico para el alma, unas urnas en pequeñito y un entorno controlado en el que elija lo que elija, ganarás tú.

El cerebro humano, incapaz de retener más de tres opciones sin ponerse a contar, se encuentra muy cómodo entre sólo dos polos. Cada vez que le simplificamos las cosas, nos lo agradece. Tal como se estudia ya en las escuelas de negocios, una de las claves del éxito irrefutable de Mercadona fue reducir el número de referencias en el lineal. Y es que para nuestras neuronas, menos es más.

Yo lo llamo bimentalismo. El proceso por el que siempre buscamos las dos principales opciones por las que decidirnos. La decisión encubierta de no buscar una tercera, para no complicarnos la vida. El Principio de Pareto para avanzar. La reducción a la parejita, que para qué va a haber más.

Es lo que usan los magos y trileros para engañarnos. Nada por aquí, nada por allá. Para que no te plantees el acullá. Porque es acullá donde están todos los trucos, donde siempre se esconde la pelotita, donde están los matices y los detalles y las trampas que nos ayudarían a entender y a descubrir lo que no quieren que veamos, lo que nos daría algo en lo que pensar.

Bimentalismo publicitario. Porque también lo utilizamos los publicistas. O eres de los míos, o te dejas engañar por los demás. Si no compras mi solución tienes un problema. O peor, te vas con otro que crees que te lo va a solucionar. Y si encuentra algo mejor, cómprelo. Polarizar, si puede ser contra la competencia, es la manera más rápida de vender. O eres de Nocilla, o de Nutella. O eres de Nesquik, o de Cola-Cao. El gran Alex Bogusky, uno de los mejores publicitarios del último siglo, defiende que para tener una marca poderosa es necesario dividir a tu audiencia entre los que están contigo y los que están contra ti. Ojo al verbo que utiliza. No es optativo. Es necesario. Que si no lo consigues, no estás contra nada o contra nadie. Que si no polarizas, no eres marca, ya no estás.

Y por lo tanto, bimentalismo propagandístico también. Porque los políticos lo saben como si lo hubieran parido. Y porque de hecho, lo siguen pariendo cada día. En Catalunya parece que murió la tercera vía, y se llevó por delante a todos los que se atrevieron siquiera a pronunciarla. En España, tan cómodos que estábamos viviendo en una sencilla línea que dividía a las izquierdas y a las derechas, hasta que llegó un señor que nos dijo que ellos eran la casta, e introdujo en nuestras cabezas el eje vertical, descubriendo el discurso de los de arriba y los de abajo. Y ahora surge otro que nos añade la tercera dimensión, los nuevos y los viejos partidos. El tercero en discordia ya no sale en la foto, así que mejor volver a hacer la lista desde cero, y hasta el infinito y más allá.

George Lakoff hablaba de resituar el marco de referencia. Los matemáticos y los científicos hablan de un cambio en el sistema de coordenadas. Y en cine, se dice que hay que evitar el salto de eje, si no se quiere confundir al espectador. Vamos, que si alguien te quiere liar la cabeza, hacerte dudar o simplemente cambiar tu decisión, te salta de eje y listos.

Por eso, me entra la risa floja cada vez que escucho que estamos viviendo el fin del bipartidismo. Cuando creo que estamos viviendo justo lo contrario. Estamos en la edad de oro del bimentalismo. La era de los nuestros y los suyos. Los de aquí y los de allá. Moros y cristianos. Separatistas y unionistas. Casta y populismo. Blanco y negro. Sin escala de gris. No me seas aburrido, por dios.

Es el momento en el que brillan las encuestas, esa otra falacia colectiva que nos encanta agitar cada vez que alguien nos predice lo que pasará simplemente porque lo ha preguntado. Como si no mintiésemos descaradamente cada vez que se nos pone una alcachofa delante para conocer nuestras decisiones más íntimas. Como si no fuésemos mucho más miedocres ante unas urnas. Tú pregúntale a todos los matrimonios de más de 10 años de este país por sus respectivas parejas, y concluirás que en el próximo año un 99’99% se divorciará. Ahora bien, ponles la demanda de divorcio delante y conocerás la realidad. Una realidad mucho más compleja, matizada y que, seguramente, siempre nos sorprenderá. A los de arriba y a los de abajo. A los de aquí y a los de allá. A la casta y al populismo. Al que se viene arriba y al que se va.

Y es que, aunque no nos guste reconocerlo, simplificamos la realidad con la cabeza.

Pero acabamos eligiendo con el corazón.»

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La Voz.

La Voz.

Artículo publicado el domingo, 18 de Enero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Excelentísimos artistas, ilustrísimos amigos, señoras y señores, autoridades…

Querido Julio,

Te estarás preguntando por qué papá te ha traído a este sitio. Qué hacemos aquí rodeados de tanta gente importante. Y sobre todo, cuándo te voy a dar las chuches que te he prometido si te portas bien.

Hoy es un día grande por muchos motivos. Tal día como hoy nació el señor que inventó la máquina de vapor, James Watt, así como escritores y artistas de la talla de Edgar Allan Poe, Paul Cézanne, Janis Joplin, Robert Palmer o Dolly Parton. También hoy algunos países celebran el día del cervecero, otro tipo de artista sin el cual no habrían existido muchos de los primeros. Pero a ti todo eso dudo que aún te importe mucho.

Supongo que en algún momento te preguntarás por qué han elegido a papá para hablar aquí. No sé, eso tendrías que preguntárselo a ellos, pero sólo espero que no sea porque piensan que soy un experto, ni en ópera ni en ninguna otra cosa, o alguien que vaya a arrastrar multitudes, más que nada porque a mí no se me sigue, a mí más bien se me persigue.

Da igual. Ya no hay tiempo de encontrarme sustituto. Además, si estamos aquí, no es por nada de todo eso. Si estamos aquí es para celebrar la quincuagésimo segunda edición del Concurso Internacional de Canto Francesc Viñas. O dicho de otro modo, si estamos aquí es para celebrar, durante más de medio siglo, el triunfo de La Voz.

Para los de tu generación, seguramente, La Voz no pase de ser el último concurso televisivo antes de que Melendi se hiciera la permanente. Puro divertimento. Entretenimiento para el prime-time. Pero La Voz es mucho más que eso. Mucho más.

Curiosamente, La Voz es lo único que no nos ha llegado de la mayoría de los personajes que han construido nuestra manera de ver el mundo. Nos han llegado sus vidas, sus pensamientos, sus conquistas, hasta sus devaneos amorosos y más personales. Pero nadie sabe cómo era la voz de Jesucristo. O la de Buda. O la de Aristóteles. O la de Leonardo da Vinci. Y no sé por qué, pero no me imagino al sanguinario Atila, rey de los hunos, conocido en Occidente como El Azote de Dios, con voz de pito. O al general Aníbal Barca cruzando los Alpes a lomos de sus fornidos elefantes, para matar romanos con su voz dulce y aterciopelada.

La voz es muy importante. Es tan importante, que es lo primero que te llegó a ti antes incluso de que llegaras tú. Cuando eras todavía algo que crecía dentro de mamá, lo primero que fuiste capaz de reconocer fue la voz… de papá. Que conste que no me apunto el tanto yo, lo dice un tal Tomás de Andrés, del departamento de Psicología del desarrollo y de la Educación de la Universidad Complutense de Madrid, y cito: «el tono más grave de la voz del hombre es capaz de atravesar la barrera placentaria y llegar hasta el feto. Por este motivo, al nacer, el bebé distingue con más facilidad la voz de su padre que la de su madre”. Es el único momento en el que nos adelantamos a ellas. A partir de ahí, vamos siempre por detrás.

Ya irás descubriendo que a tu padre, como a cualquier publicista, le gustan mucho los aforismos, porque es una buena forma de parapetarse tras el pensamiento de otro que normalmente sabe mucho más que tú. Por eso, no paré hasta que encontré otra sorprendente cita al respecto: “Las mujeres no quieren escuchar lo que piensas. Las mujeres quieren escuchar lo que ellas piensan… con una voz más grave.” pero claro, después supe que era de Bill Cosby y lo entendí todo, decidí que quizás era mejor no utilizarla en estos momentos y menos aún en este pregón.

A lo que iba. La voz. La voz es también eso que estrenaste el día que naciste. Es nuestra primera demostración de vida, nuestro primer canto a la libertad. Berreamos para hacernos un lugar en el mundo. Anunciamos nuestra llegada con lo más propio que tenemos. Inhalamos la primera gota de oxígeno que entra en nuestros pulmones y la transformamos en poderosa llamada de atención. Es nuestro primer spot publicitario. Nuestra primera inspiración. Nuestro primer mensaje comercial.

Y digo comercial, porque a partir de ese momento descubrimos enseguida el mecanismo acción-reacción. O como decimos en marketing, problema-solución. Que quien no llora no mama. Y que el que algo quiere, algo le cuesta. Es nuestra primera herramienta, nuestro canal generalista de comunicación con el mundo. Existen apps de móvil que aseguran que son capaces de traducir el llanto de un bebé. Pero que no te engañen, NADA como la mirada atenta de una madre. Y como mirada suplente de segunda B, la de un padre.

Bueno, pues a partir de ahí, todo es evolucionar. Que es lo mismo que decir que a partir de ahí todo se complica.

Porque pronto verás que la voz no se queda en una simple vibración de las cuerdas vocales inferiores. En algún momento, la voz te empezará a cambiar. Y no sólo en ámbito. No sólo en afinación. Sino también en colocación.

Pronto descubrirás una voz interior. Es una voz callada. Sigilosa. Susurrante. Aparentemente inocua. Pero fundamental. Es la voz que aparecerá cuando no estés haciendo lo correcto. Es la voz que te dará consejos sin pedirte nada a cambio. Sin motivo aparente. Por eso has de escucharla. Porque te lo dice por tu propio interés. Por eso, y porque es la única voz que te hará triunfar de verdad. El éxito consiste en aprender cuándo hacerle caso y cuándo no.

Algunos la llaman conciencia. Otros, intuición. El señor que diseñó la tablet con la que tú juegas dijo una vez: “Jamás dejes que el ruido de los demás apague tu voz interior. Y lo más importante, ten el coraje de seguir tu corazón y tu instinto.” Otro genio llamado Vincent Van Gogh mantuvo toda su vida una competición con ella: “Si escuchas una voz dentro de ti que dice ‘no sabes pintar’, entonces debes pintar por todos los medios, y verás como esa voz acaba siendo silenciada”. Pero fíjate, ya sea para seguirla, como para acallarla, jamás dejes de tenerla en cuenta. Jamás.

Esa voz es un ser vivo. Y como todos los seres vivos, necesita alimentación. ¿Que de qué se alimenta? Pues de otras voces. Por eso has de nutrirla bien, procurarle una dieta equilibrada. Que se enriquezca bien. De las voces de un lado y de las del otro. De los que están en contra y de los que están a favor. De los de aquí y de los de allá. De las mezzos y de los tenores. De los muertos y de los vivos. De los que hablan tu idioma y de los que no. Porque sólo así crecerá tu voz sana y fuerte. Y porque quien conoce una versión, en realidad no conoce ni media.

Cuando lleves unos años en el mundo, quizás más de los que desees, empezarás a descubrir tu voz propia. Y ojo que ésta no tiene nada que ver con la que te sale de la laringe. Con ésta no se nace. Con ésta se lucha. Se influye. Se cambian las cosas. O se intentan cambiar. Por eso hace falta cierto tiempo sobre el planeta. Para ver lo que funciona y lo que no. Para ganarse el respeto ajeno, que no es otra cosa que el turno de palabra vital. Y para darse cuenta de que la única forma de ganarse la herencia recibida de manos de las generaciones pasadas es mejorar la que se entrega a las futuras.

Lo notarás enseguida, será cuando te llamen idealista, utópico o incluso traidor. “Prefiero quedarme sin estado que sin voz.” dijo un tal Edward Snowden. Y ahí está.

Tú tira, no hagas ni caso, sigue adelante, lo cual no significa que no escuches. Como dijo desde este mismo atril Eduardo Mendoza, se hace difícil dar un pregón de este tipo sin citar a Shakespeare, y si él no fue una excepción, yo no me voy a atrever a serlo: “Préstale a todo hombre tu oído, pero a muy pocos tu voz”. Fin de la cita.

Fíjate lo que dice Shakespeare. O más bien, lo que yo interpreto. Primero, que para tener buena voz hay que tener buen oído. Que para poder hablar, antes hay que saber escuchar. Y después, que hay que prestar a muy pocos tu voz. Es probable que la vida te dé alguna oportunidad para prestarla a los que no la tienen. Aprovéchala bien. Lamentablemente la voz no se le otorga siempre a quien más la merece, y si no, mira la Gran Bola que le hemos dado a un Pequeño Nicolás.

Si consigues llegar a tener voz propia, la gente te reconocerá aunque jamás te haya escuchado antes. Es lo que les pasa a las grandes marcas, a las grandes personalidades o a los grandes artistas. Que son reconocibles incluso en temas inéditos. Porque tienen una voz única e inconfundible. Porque nos parece que eso que estamos escuchando ya sólo lo podrían expresar ellos de esa manera.

Això és exactament el què li passava a la gran mezzosoprano Elena Obraztsova, guanyadora del primer gran premi del Concurs Viñas el 1970, y que malauradament ens ha deixat aquesta setmana, una pèrdua irreparable per a la seva estimada Barcelona, per tot el món operístic i per l’art en majúscules i en general.

Eso es justo lo que te ocurrirá si lo haces MUY bien. Que por mucho que tú te vayas, tu voz se quedará para siempre.

Desde luego que no todo será tan fantástico. Tener voz te traerá sus problemas. Si tu voz se vuelve lo suficientemente influyente, habrá gente que la hará propia. Con la responsabilidad que eso conlleva. Y si no llega a ser importante, da igual, porque habrá gente que, con mala intención o sin ella, te intentará secuestrar la voz. Hacerte decir algo que tú no has dicho. Hacerte luchar como alguien que no eres tú.

No te preocupes si por el camino haces enemigos. Preocúpate si crees que no los tienes. Porque eso significará que tú no los conoces a ellos, pero ellos a ti sí. Hubo un señor que por cierto cantaba tan bien que le pusimos el sobrenombre de La Voz, que dijo que para tener éxito hay que tener amigos, pero para tener MUCHO éxito hay que tener enemigos.

Y hablando de enemigos. Estamos viviendo tiempos difíciles para alzar la voz. A pocos kilómetros de aquí, un grupo de salvajes creen que pueden silenciarnos atentando contra nuestras libertades. Y no se dan cuenta de que la voz de un pueblo es mucho más poderosa que la voz de cualquiera de sus individuos. Que el miedo no nos mata, sino que nos hace más fuertes. Que podrán asesinar a decenas, cientos, miles de civiles, pero jamás podrán matar la civilización. Una civilización que hoy cierra filas tras un simple lápiz y la sacrosanta libertad del individuo para utilizarlo con el único límite que su talento imponga.

Para terminar, tampoco te fíes del que utilice su voz para decirte siempre lo que esperabas oír. “El político con más éxito será el que diga lo que la gente piensa, que lo diga más a menudo y que lo diga con la voz más chillona.” Esto lo dijo justamente un político, se llamaba Theodore Roosevelt y -hombre- mal no le fue. Y aunque lo dijera ahora hace más de un siglo, me temo que cada vez es más vigente en nuestro país. Mira si es vigente, que ese señor también fue famoso por luchar por la independencia de Cuba y por tratar de acabar con la corrupción.

Todo esto para que entiendas la importancia de lo que se celebra hoy aquí. No se trata sólo de congregar en espacio y tiempo a las 607 voces líricas y dramáticas más prometedoras sobre la faz de la tierra. No se trata sólo de traerlas desde sus más de 60 países, configurando así la edición más internacional en la historia de este concurso.

Se trata de celebrar todo aquello que nos hace seres humanos. La belleza de sus voces nos recuerda que, aparte de equivocarnos, aparte ser capaces hasta de ignorar nuestra propia naturaleza, y aparte de decirle y hacerle barbaridades a nuestro prójimo, también somos capaces de cosas maravillosas. La belleza de estas voces nos recuerdan que podemos mejorarnos a nosotros mismos, que todavía existe esperanza, que en el fondo, muy en el fondo, aún tenemos remedio. Eso sí, con esfuerzo, dedicación y sacrificio, dominando lo difícil para que parezca fácil, que es la condición sine qua non para que todo parezca bello.

Somos lo que hacemos con nuestra voz. Somos lo que hacemos de ella. Y sobre todo, lo que ella acaba diciendo de nosotros.

Francisco Araiza, Enedina Lloris, Vicente Sardinero, Anna Riera, Helga Müller Molinari, Dalmau González, Aquiles Machado, Elena Obraztsova y tantos y tantos otros, así como los nuevos talentos que salgan de la presente edición.

Escucha sus voces cada vez que te entren las dudas. Escúchalas hoy mientras te comas las chuches. Y no dejes de escucharlas jamás. Ellas te reconciliarán con lo que realmente eres.

Una bella voz con infinitas cosas bellas por decir.

Un bello ser humano con infinitas cosas bellas por hacer.»

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Lo que yo te diga.

Lo que yo te diga.

Artículo publicado el domingo, 11 de Enero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«Lo que yo te diga, ponlo en cuarentena otras cincuenta noches. Lo que yo te diga, acuérdate de olvidarlo por ahí. Haz oídos sordos mientras me escuchas. Y quizás así, y sólo quizás, lograrás hacerme entender. Y quizás así, y sólo quizás, lograré hacerte explicar. Que nadie te eche cuentas sobre lo que yo te diga. Porque serán palabras que fueron tomadas prestadas. Y eso es mucho más triste que pedir y mucho menos honrado que suplicar. Lo que yo te diga, sí.

Lo que yo te diga será siempre válido, que no verdadero. Es lo que pasa con la lógica, que le gusta jugar al escondite con las palabras, amagando significados hasta que ya suele ser demasiado tarde para emocionarse. O demasiado pronto, vaya usted a saber. Sofismas del corazón. Pero es que a veces, para llegar a una conclusión verdadera, es imprescindible partir de premisas falsas. Los expertos en filología natural -también conocidos como matemáticos- lo practican constantemente. Supongamos que tú y yo somos pareja. Supongamos que nos querremos para toda la vida. Supongamos que además lo cumplimos. Supongamos que no deseamos a nadie nunca más. Que evolucionamos juntos. A la misma velocidad. En la misma dirección. Y ahora, suponiendo eso, veamos qué sentimos. Porque lo que nos pase por dentro sí que será real.

Jamás busques la coherencia entre todo lo que yo te diga. Porque la coherencia es como la presencia, la vida o la libertad de expresión: sólo nos acordamos de ella cuando ya ha sido transgredida, cuando se la echa de menos, cuando ya no está. La coherencia es base, paisaje, fondo de armario. Si aún no tienes nada en tu armario que desentone, no te mereces ni segundas rebajas. Porque para ser coherente con uno mismo, a medida que te haces mayor y coleccionas pasados -que es lo mismo que ir criando hermanos pequeños que pretenden adelantarte en edad- es imprescindible ir cambiando de opinión. Corregir el rumbo. Desdecirse, pasar la vergüenza de contradecirse y rectificar. Y porque el compromiso con el destino es incompatible con el compromiso con el camino. Donde ayer dije digo acabo diciendo lo que más se parezca a lo que quiero decir hoy. La eficacia es enemiga de la eficiencia. Y el resultadismo, de la veneración del proceso. Tan absurdos los dos como imposibles de optimizar a la vez. Un conocido director de Hollywood daba a elegir a sus productores dos de las tres opciones posibles: coste, calidad o plazo. Tú elige qué dos factores pretendes controlar, porque el tercero se te disparará en el peor de los sentidos posibles.

Tampoco te importe demasiado la consistencia de lo que yo te diga. Demasiado a menudo, mis propios argumentos no se sostienen ni sobre el bastón de tu silenciosa condescendencia. Ya me doy cuenta de que no hay por dónde pillarlo, de que no te lo crees ni de coña, de que al final nada tiene demasiado sentido, de que de aquí a diez minutos podría decirte lo contrario con la misma convicción y seguridad, y tú volverás a callar y a esperar pacientemente a que me dé cuenta. Y sin embargo, igual necesito pasar por ahí. Como quien sabe que ya ha cerrado la puerta y la luz, pero necesita comprobarlo una vez más.

Por último, piensa siempre que lo que yo te diga te lo digo siempre porque creo que es lo que tú en realidad querías oír. Si no te gusta, habérmelo hecho saber, que para eso están los sondeos. Ahora es demasiado tarde, princesa. Porque este mensaje lo has pagado tú. Y éste. Y éste también. No es casualidad que lo que yo te diga lo llames propaganda. Porque propagarse, lo que es propagarse, sólo se propaga el fuego, las epidemias y cualquier elemento que todo lo queme, que todo lo vuelva cenizas o cadáver hasta consumirse incluso a sí mismo.

Por todo ello y porque durante este 2015 sobreelectoralizado te lo diré muchas veces y de muy diversas urnas, recuerda esto.

Desoye todo lo que yo te diga. Desóyelo y quédate sólo con lo realmente importante.

Y qué es lo realmente importante, te preguntarás. Te lo resumo en cinco palabras cinco.

Lo que yo te haga.»

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112 cm.

112 cm.

Artículo publicado el domingo, 21 de Diciembre de 2014 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

«112 cm. Es lo que a día de hoy levantas del suelo. Es ese punto que muy pronto vas a dejar atrás. Y a partir de ahí, tantas y tantas cosas que te irás dejando por el camino. A mí, entre ellas. Pero no es momento de ponerse triste. Al menos ahora no me apetece. Hoy, que celebramos el inicio del invierno, la noche más larga del año y el fin de una nueva cosecha de Sagitarios, hoy que también estamos de enhorabuena por tu quinta vuelta completa al sol, déjame hablarte desde la ignorancia de alguien que ha dado la misma vuelta la friolera de ocho veces esa cantidad. Déjame hacer como si tuviera la experiencia que en realidad siempre me iluminó tarde, y por tanto que jamás me sirvió.

112 cm. Es hoy por hoy la máxima distancia entre tu cabeza y tus pies. Una distancia que se irá haciendo cada vez más insalvable con el tiempo. Y no sólo físicamente. Porque pronto verás lo difícil que es dirigirte hacia donde realmente quieres. Y porque un día te encontrarás de pie en cualquier otro sitio, menos aquél en el que te gustaría estar. Ese día, habrá llegado el momento de cambiar de brújula. La buena noticia es que la has llevado siempre instalada. La llevas ahí, protegida entre tus costillas, junto a tus dos únicas bolsas de oxígeno y bien cerquita del estómago, para que lo pueda escuchar también. Es la que te da punzadas cuando no estás haciendo lo correcto. Es la que se te encoge ante la injusticia y la falta de humanidad. Síguela y descubrirás la necesaria distancia entre equivocarse y arrepentirse, entre una vida con sentido y una muerte consentida por quien jamás la mereció.

112 cm. No de altitud, sino de altura. Supongo que aún no habrás percibido la diferencia. No pasa nada, ya la percibirás. La altura es la distancia vertical con la superficie que pisas. Mientras que la altitud, hace referencia siempre a tu distancia con el nivel del mar. La altura es un concepto relativo, y como tal, depende de dónde partió la medición. Y tú partiste de unas condiciones más que favorables. Eres realmente un privilegiado, y espero que eso lo tengas siempre muy presente. Te pase lo que te pase en la vida, jamás olvides que lo que para ti fue normal, para muchos -pero muchos son muchos- fue una meta a la que aspirar. Y no hablo de condiciones socioeconómicas, que también. Es que encima naciste sano. Y eso ya fue un punto diferencial con respecto a tantos niños que no obtuvieron semejante regalo. Pero es que además naciste deseado. Y con una familia que -pese a todo- se quiere y se quiere mucho, de hecho se quieren tanto que hasta a veces duele. Jamás lo olvides, porque quien olvida lo que tiene, acaba perdido por culpa de lo que desea. Y tampoco te olvides de los que no tuvieron tu suerte. A los que nacieron a nivel del mar. E incluso por debajo, esos que aún no pueden ni respirar. Ellos merecen no sólo tu atención, sino tu apoyo, tu compromiso, tu dedicación. Nadie se puede sacar a sí mismo de un pozo. Y tu felicidad dependerá siempre de la capacidad para hacer felices a los demás. En realidad la felicidad es un proceso social, no somos plenamente felices hasta que aprendemos a hacer felices a los demás. Lo otro se llama satisfacción, y dura menos que cualquier garantía. Así que aunque sólo sea por egoísmo, jamás te olvides de ellos. Jamás.

112 cm. Y apuesto a que a estas alturas del texto ya habrás alcanzado los 113. Ya llego tarde. Seguro. Otra cosa que también te pasará a ti. Llegar tarde a tantas y tantas cosas. Algunos lo llamarán fracaso. Te dirán que esto y aquello era imposible. Pero tú no te dejes decir eso. Sólo hay una cosa imposible en este mundo. Que alguien te quiera más que tu madre y yo. El resto, está todo por inventar.

112 cm. Algo me dice que serás más alto que yo. Y más guapo. Y más listo. Y más todo. Pero poco a poco, descubrirás que hay algo muchísimo más importante que ser alto, guapo, listo y todo. Y ese algo es algo tan difícil y a la vez tan sencillo como ser querido. Y eso significa serlo sin condiciones y sin cobro revertido, vamos, de verdad.

Ahora sí, desde mis ya menguantes 184 cm. te lo puedo desear. Feliz cumpleaños, peke.

Feliz vida. Y feliz Navidad.»

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Tu regalo.

Tu regalo.

Artículo publicado el domingo, 14 de Diciembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Mírate bien estas líneas. Repásalas atentamente con ese par de ojazos que dios te ha dado, porque por aquí está tu regalo. Escondido entre tanta palabra, párrafo y espacio, bajo esa expresión más propia de una orgía multirracial y sodomita a la que llamamos negro sobre blanco, se encuentra lo que realmente te voy a regalar por navidad. Por favor desenvuelve con cuidado cada letra y sobre todo no rompas el silencio con su sonido, pues si no te gusta, al final guardaré mi mejor recibo por si te da por devolver.

Tu regalo no puede ni debe fabricarse. Ni mucho menos ponerse a la venta. Mereces algo que no pueda figurar en un vulgar catálogo. Algo que te mueva tanto que salgas borrosa en todas las fotos. Qué quieres, el anuncio de IKEA me ha acabado de desamueblar. Si ya me faltaban jugadores y un horneado ahí arriba en la dirección, imagínate después del maldito viral. Les pides a ellos explicaciones, que fijo que te las harán pagar para que al final te las montes tú.

Tu regalo, por tanto, jamás será expuesto. Escaparates del mundo, dejad de hacer el ridículo. Sé que no lo hacéis con mala intención, que hacéis lo que buenamente podéis. Sé que os mueve la necesidad de agradar, de mover al consumo, de ganaros el bonus, de intentar seducir nuestra cartera camino a nuestro corazón o viceversa. Pero dejadlo ya, de verdad. Terroristas del marketing, deponed las almas y salid con las mañas en alto. Y el último que pague la luz.

Tu regalo no se vende al detalle. Y mira que soy fan de la palabra detalle. Hace poco, mi hijo, que está en première continua de vocabulario, me hizo una de esas preguntas que hay que solventar con la primera respuesta que tengas a mano. Papi, ¿qué es un detalle? Y todo lo que se me ocurrió decirle fue que un detalle es algo muy muy grande que aparentemente es muy muy pequeño. Creo que se lo creyó. O igual es que no creyó que fuese a sacar nada mejor de mí. El caso es que quedó en silencio y siguió haciéndose el satisfecho.

De todos modos, tú sigue leyendo, porque te juro que tu regalo está por aquí. Tampoco lo busques en las letras de los villancicos, esas composiciones satánicas que cada año nos cuelan como tiernas sólo por el hecho de ser cantadas por niños con voz de castrati, que no dan más miedo porque están siempre acompañados de hirientes cascabeles, de producción casiotónica, de zambombas onanistas y de un adulto, que no es lo mismo que alguien mayor, porque alguien maduro y en sus cabales jamás haría pasar por semejante calvario a un menor de edad. Esos atentados sonoros contra el buen gusto sólo han sido contrarrestados con villancicos flamencos, como si ésa fuese la única forma de hacerles frente. De qué le sirve al Gobierno expulsar a Series.ly, Uber y Google News de España si la epidemia de villancicos pitufoides con sobredosis de helio sigue infectándonos a placer cada año sin que ni un mísero protocolo de la difunta Ana Mato nos proteja. Eh? De qué.

Para terminar, tampoco busques tu regalo bajo un árbol, en el saco del Olentzero o en el culo de un Tió. Ahí sólo encontrarás lo que yo llamo un tesorero del PP: raíces falsas, mucha tela que cortar y bastante mierda que repartir para todo el año.

No lo busques porque tu regalo seguro que no está ahí. Y es que la pregunta no es dónde. La pregunta es cuándo. Porque tu regalo empieza cuando sale el sol y no se acaba ni cuando desaparece al otro lado del horizonte. Porque en cada entrega, la vida te da un dos por uno. Y cuando parecía que ya se acababa, te da otro. Y otro. Y otro más. Tu regalo está cada vez que abres los ojos. Y cuando te despiertas, también. Tu regalo es eso que das por hecho que mañana volverá a pasar sin habértelo ganado. Y eso no le resta valor. Es al revés, se lo da. Así que por un día, por una vez al año, hagamos ver que nos damos cuenta de nuestro mayor regalo, del único que realmente tenemos y es nuestro y nadie aún nos ha podido quitar.

Admitamos que nuestro regalo es ahora. Celebremos que nuestro regalo es ya.»

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He perdido el tiempo.

Artículo publicado el domingo, 7 de Diciembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«He perdido el tiempo. Que alguien me ayude, porque no sé dónde lo dejé. Era un tiempo así como breve, hermoso, delicado, lleno de buenos momentos y de alguno malo también. Seguro que lo reconocerás enseguida. No tiene pérdida posible, por eso me extraña haberme despistado con tanta facilidad. No hay otro tiempo así. O al menos yo no lo recuerdo. He perdido el tiempo y necesito encontrarlo. Razón aquí y ahora. O mejor dicho, ya.

He perdido el tiempo contigo. Y la verdad, no sé cómo ha podido volverme a pasar. Porque esta vez lo teníamos todo atado y bien atado, a buen recaudo, y encima sin necesidad de pasar por ningún sitio a firmar. Sabíamos que lo nuestro era especial. Lo sentíamos, no hacía falta ni decirlo, lo sabíamos y ya está. Lo teníamos tan claro que lo único que nos daba miedo era dejarlo escapar. Y en cambio, lo tratamos como si fuese de lo más rutinario. Lo capullos que fuimos, dios. Lo irrepetible que era esta ocasión, y la oportunidad que la vida nos brindó. Como si después de lo que hemos vivido, nos mereciésemos volver a querernos bonito, volver a volar. Y tú y yo ahí, como si no fuese con nosotros. Hemos vuelto a hacer lo de siempre, darlo todo por hecho, sin darnos cuenta de que lo que se estaba haciendo en ese momento no se volvería a dar más. Nunca más.

Pero que no cunda el pánico, porque he perdido el tiempo solo también. He creído que las cosas que no pasaban era porque no tenían que pasar. Viéndolas venir, esperando a la vida repanchingado, en vez de mover el culo e irla a buscar. Y de ese modo sólo te vienen malas noticias. Porque esa es la gran diferencia entre las buenas y las malas noticias. Que las malas siempre vienen solas, sin necesidad de que hagas nada. Las buenas, en cambio, sólo les llegan a los que se embarcan dispuestos a naufragar.

Le he exigido a la vida tantas veces una nueva oportunidad. Como si fuese algo más que un derecho, como si fuese su responsabilidad. Y ella, que ya es de por sí puta cuando no le exiges nada, imagínate cuando encima le vacilas y le vas de guays.

He perdido el tiempo dedicándoselo a gente que no valía la pena. Y echando de menos a los de verdad, diciéndoles a ver cuándo nos vemos, mintiéndoles a ellos y a mí una y otra vez, dejando sus vidas pasar. Borrándome de sus fotos futuras, comiendo en casa solo, en vez de ir a comer con mamá. Llamando a tipos y tipas irrelevantes, gastando minutos en cosas urgentes en vez de hablar de lo que de verdad importa, repasando agendas y dietarios en vez de las curvas y líneas rectas que tienden hacia la felicidad.

Por eso aquí ando, buscando de nuevo ese tiempo perdido. Otra pérdida de tiempo, pensarás. Pero la verdad es que me importa muy poco lo que pienses ahora. Necesito encontrar ese tiempo y ponerlo de nuevo a pasar. Además, habérmelo dicho entonces, cuando perdía el tiempo. Haberme avisado cuando todo me daba igual.

Hoy me queda menos que entonces, hoy el paso del tiempo se ha acelerado y ha cogido velocidad. Y sin embargo aquí estoy, como un imbécil gastándolo en algo tan improductivo como recordar. Echo de menos el tiempo perdido. Y lo quiero recuperar. Lo pienso recuperar. Y lo voy a recuperar.

Hoy quiero decir las cosas que siento cuando las sienta. Esté sentado con quien esté sentado. Y si estamos acostados ya ni te cuento. Y si cuando se lo digo no le gusta, él o ella verá. Hoy me da lo mismo caer mal o regular. Porque si para caerte bien tengo que ser otra cosa, prepárate para aguantar. Hoy, además, soy menos exigente con los demás. Porque ahora sé lo que cuesta arriesgarse y lo difícil que es acertar. Es curioso, cada vez juzgo menos y cada vez me juzgan más. Pero también soy menos transigente con la falta de inteligencia, de higiene y -sobre todo- de humanidad. Hoy creo que una conversación puede ser sanadora. Y que un silencio fuera de tiempo te puede acabar de condenar. Callarse es cada vez más peligroso. Y negarse a aceptar algo puede ser un principio para encontrar un pedazo de eso que llamamos verdad.

Quiero decir ‘te quiero’ cuando me dé por ahí, sin miedo a lo que me puedan contestar. Porque el miedo es eso que te pasa por dentro cuando estás a punto de hacer lo que tienes que hacer.

Hoy salgo de casa como quien aterriza en una ciudad que no ha visitado jamás. Con un mapa distinto cada día, con miles de monumentos a visitar. Y con una guía que se llama intuición. Y una maleta llamada recuerdo. Y una divisa que no admite cambio alguno y se llama honestidad.

No me malinterpretes, puede que todo esto te parezca una parida, una pérdida de tiempo, o puede que incluso le hayas encontrado algo de utilidad. Pero te lo digo con todo el cariño, me la suda. Como que me da igual. Con amor del rico rico. Muá.

Porque yo ya he perdido el tiempo, pero del muy bueno y en cantidad.

Puede que me haya vuelto loco, o viejo, o todo a la vez.

Y puede que eso sea lo único que me vaya a volver jamás.»

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Los 40 son los nuevos 40.

Los 40 son los nuevos 40.

Artículo publicado el domingo, 30 de Noviembre de 2014 en ElPeriódico.com

risto30-11-14
Il·lustració de Leonard Beard

«Queridos amigos, qué coño, iba a empezar con queridos amigos, pero prefiero empezar diciendo amados cabrones.

Porque sois unos cabrones. Todos.

Quería cenar con mis 40 principales. Y me he dado cuenta de que los de verdad apenas pasáis de los 30.

Quería que viniera todo el mundo sin pareja. Y sólo lo he conseguido con la mitad.

Quería montar una cena especial. Y he acabado montando la cena de siempre.

Al final, uno ya puede desear lo que quiera. Que será la vida la que te dará lo que le dé la gana.

Yo que voy por el mundo predicando eso de “Crecer es aprender a despedirse”, a la hora de la verdad lo que realmente deseo es crecer con vosotros.

Por eso, un año más, me siento orgulloso de lo que veo alrededor de esta mesa.

Estáis los de siempre, los de toda la vida. Los que corríais conmigo alrededor de la piscina de Bará. Los que os burlabais de mi primera moto en Vidreres. Los que compartíais campanas conmigo en ESADE. Los que me sufristeis cantando en un grupo de música. Y los que me enseñasteis a dejar constancia del desastre en mi primera maqueta. Los que me conocisteis en una boda extraña. Los que me pusisteis delante mi primer contrato en publicidad. Y mi primera empresa. Estáis los que vinisteis más tarde, y lo hicisteis para quedaros. A alguno de vosotros os conocí en una reunión. A otros, en una agencia. A otros, en un plató de televisión. Y al resto, mejor no lo explicamos.

Yo, que pensaba que la vida no te regalaba amistades después de los 30. Y aquí estoy, comiéndome mis palabras, estrenando comensales años después. Y todo porque la vida sigue demostrándome cada año que no tengo ni puta idea. Que el único eslogan que siempre se cumple es el que siempre me digo vayan bien o vayan mal las cosas: Y ESPÉRATE.

Os admiro. Os admiro a todos y cada uno de vosotros. Por cosas distintas, es verdad, pero os admiro tanto que no soy capaz de expresarlo sin que suene cursi. Os admiro hasta cada uno de mis límites, que como sabéis, son muchos y muy variados. Y ése es el principio de la verdadera amistad. Una profundísima admiración. Y esta necesaria inseguridad de sentirme mucho peor que vosotros en tantas y tantas cosas. Sois el tipo de personas que algún día me gustaría llegar a ser.

Este año, como sabéis todos, ha sido uno de los más intensos de mi vida. Iba a decir difíciles, pero prefiero decir intensos. Hace exactamente un año, cumplía 39 a punto de desabrochar la relación más importante de mi vida, de reestructurar mi proyecto empresarial más importante, de intentar ganar un premio literario prácticamente inalcanzable y de presentar un piloto más para un programa en el que muy pocos creían. Cualquiera diría que estaba anticipando mi crisis de los 40. Pero es que me temo que éste que tanto os quiere lleva 40 años en crisis. De hecho, la última vez que estrené década, celebraba mi cumpleaños con unos amigos colombianos, en Miami, felizmente casado y a punto de cambiar de trabajo, de residencia y de estado civil.

Y hoy, hoy digamos que todo ha complicado. Para bien y para mal. Porque la vida se complica. Sobre todo si pretendes vivirla siendo fiel a lo que sientes. Y yo me siento MUY orgulloso de lo que siento.

Me he equivocado mucho con gente a la que quiero. Y vosotros habéis estado a mi lado, aunque supierais que no tenía razón. La amistad, ese reducto del apoyo irracional e incondicional.

Por eso os llamo cabrones. Pero también porque en algo debo de haber acertado. Porque aún así, y pese a todo, aquí estáis. Porque hacéis como que me queréis. Y porque yo estoy dispuesto a creérmelo.

Esto, lo que hoy hay alrededor de esta mesa, junto a un pequeño trozo de carne que aún no levanta un metro veinte del suelo, es lo que yo llamo éxito en la vida.

Esto y saber que existís, más allá de que lo comprobemos menos de lo que quisiéramos.

Aprovechad esta cena. Conoceos un poco mejor y entenderéis por qué digo lo que digo.

Quería cenar con mis 40 principales. Y me he dado cuenta de que los de verdad, afortunadamente, apenas pasáis de los 30.

Quería que viniera todo el mundo sin pareja. Y ahora echo de menos a la otra mitad.

Quería hacer un buen discurso. Y me ha salido esto.»

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Una relación es frecuencia.

Una relación es frecuencia.

Artículo publicado el domingo, 23 de Noviembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Una relación es frecuencia. La frecuencia con la que hacéis cosas juntos. La frecuencia con la que no hacéis cosas por separado. La frecuencia con la que os veis y os dejáis ver. La frecuencia con la que os echáis de menos. La frecuencia con la que os estáis de más. La frecuencia con la que sentís. Con la que os reís. Y con la que lloráis, también. La frecuencia de vuestros planes. La frecuencia de vuestros recuerdos. La frecuencia de las benditas discusiones y de las malditas reconciliaciones. Frecuencias y más frecuencias. Frecuencia con la que os acostáis. Frecuencia con la que os abrís los ojos. O la cabeza. O el corazón. Frecuencia con la que os apartáis estando juntos y con la que os unís desde la distancia. Qué fácil se olvida uno de la frecuencia con que se hacen las cosas. Qué pronto se nos pudren y se tornan rutinas. Y qué fácil es olvidarse de que si no hay frecuencia, ni hay relación ni hay nada, pues puede que aún se sea, pero desde luego que ya no se está.

Un hábito es una frecuencia que nos gusta. Y un vicio es una frecuencia que nos hace mal. Cuántas relaciones que son hábito las mantenemos simplemente por vicio. Y cuántos vicios habituales acaban siendo un mero problema relacional.

Mi primera frecuencia en importancia fue, sigue siendo, y siempre será el error. Como le dije hace poco a alguien a quien aprecio, en esta vida encontrarás básicamente dos tipos de personas: la mala gente y los torpes. No hay punto medio, o vas a mala fe, o seguramente serás de los que se equivocan. Frecuentemente, sí. Por eso, hablar de frecuencias es hablar de distorsiones, de errores y de meteduras de pata. Dos veces en la misma piedra. Dos piedras de vez en vez.

Porque una vez es un punto, no tiene dirección en el espacio. Dos puntos, en cambio, marcan una línea recta. Y tres ya definen un plano. En cuanto existe más de un punto, ya intuimos un patrón. Una frecuencia. Y todo lo que se salga de ese tempo, es lo que acabamos llamando equivocadamente error.

Y hablando de errores. No hay mayor fallo que confundir frecuencias que se parecen mucho en apariencia, y sólo en apariencia. Por ejemplo, la frecuencia con la que se habla, que no tiene nada que ver con la frecuencia con la que se comunica. Porque hablar no es comunicarse. A que parece obvio. Pues no lo es. Uno puede hablarse todos los días y no decirse nada. Repasar la agenda como quien recita el listín telefónico y dejar congelado el sentimiento de hoy, por si lo recaliento precocinado para otro día. Hablar es sólo emitir. Comunicarse es preocuparse por que, además, te reciban. Y por supuesto, por la calidad de lo que se haya recibido. Y qué es la calidad sino la correspondencia entre lo que se estaba emitiendo y lo que se recibió.

Otro error básico muy pero que muy mío. Explicarme a mí mismo y a los míos por qué hago lo que hago y siempre del mismo modo. Distintas frecuencias, sí, pero siempre con la misma explicación. Y no. Así no funcionan las razones. Las razones son seres vivos. Mascotas emocionales que adoptamos tras cada acto llevado a cabo, y que desde el nacimiento mismo de nuestro recuerdo, se vienen a vivir con nosotros. Y las alimentamos, y maduran, y se desarrollan, y nos hacen compañía, y nos ayudan a estar mejor. Las razones son el mejor amigo del hombre y la más fiel amiga de la mujer. Un día, viendo la tele, te las miras por un momento y piensas cómo es posible que hayan crecido tanto, que ya no las reconozcas, con la poca cosa que eran cuando te las llevaste. Porque están vivas, y donde dijiste digo, dices Diego, y la verdad es que las dos suenan igual de bien y de adecuadas para el momento actual. No es que seas un puñetero incoherente, que también. Pero qué significa ser incoherente. Significa que tus razones crecieron y se fueron de casa. Y te dejaron solo otra vez. Las muy putas. Qué decepción.

Una relación es frecuencia. Cambia cualquier frecuencia y estarás cambiando la relación.

O mejor aún, cuida mucho tus frecuencias. Estarás cuidando tu relación.»

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Lo que faltaba.

Lo que faltaba.

Artículo publicado el domingo,16 de Noviembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Lo que faltaba. Ahora vas y me recuerdas lo que no hice. Me señalas lo que nos faltó. Lo que debería haberte hecho y no te hice. Lo que debería haberte dicho y no pronuncié. Lo que debería haber sentido y jamás sentí. O lo que no fui capaz de poner. La omisión, esa culpa por lo que no se ve, ese reproche al vacío de lo que ya se fue. Nadie debería echarse en cara lo que faltaba. Y sin embargo, cuántas ausencias fueron más causa que consecuencia, cuántas relaciones se acaban por razones ajenas a la realidad.

Lo que faltaba. Siempre lo que faltaba. Sólo y únicamente lo que faltaba. No sé qué tiene lo que faltaba, que jamás puede llegar a ser compensado por lo que sí estuvo, por todo lo que sí se dio. Es así de jodido. Así de inexorable. Así de mal. Te guste o no. Y es que por muy completa que fuese tu relación, por mucho que se exprimiese el amor, siempre habrá más cosas que se quedaron fuera. Porque todo fuera será siempre más grande que cualquier dentro. Por definición. Por eso el dentro es más precioso. Por eso hubo que protegerlo lo mejor que supimos. Por eso al cabo del tiempo se nos escapó. Por eso se nos escurrió entre los dedos. Porque se diluyó lo que sí teníamos entre todo lo que faltaba y todo lo que al final nos faltó.

Lo que faltaba. Lo que ya no puedes ni deseas cambiar. Por mucho que lo intentes, ya es tarde y ahora sería hasta de mal gusto, fatal. Como ese beso en la mejilla de cualquier ex. Como esas cartas que no son ni devueltas al remitente porque el destinatario ya cambió de dirección. Como esa llamada perdida en el móvil del que ha muerto, que nadie se molesta ni en contestar. Las cosas que llegan tarde no es sólo que estén desfasadas, es que están mal. No sólo por su momento, sino por su intención. Porque es la intención la que se nos quedó caduca. Y nos recuerda lo que sentimos y ya no está vivo. Lo que fuimos y jamás volveremos a ser. Porque volveremos a ser otra cosa. Pero eso ya no.

Lo que faltaba. Verte preciosa. Verte radiante. Verte feliz. Todo lo que siempre quise para ti. Y resulta que sólo lo consigues gracias a no estar conmigo. Esa luna llena que hoy todos admiran está patrocinada por este sol que ya se va. Justamente el único selenita que sobraba en el firmamento de tu vida. Me voy atardeciendo y tornándome rojizo, enfriándome de a poco y a sabiendas de que cuanto más me ausente, mejor estarás, mejor te irá. Para que otros puedan contemplar la belleza de lo que hicimos juntos. Lo mucho que tú eres gracias a lo poco que yo fui. Y mientras, sigo vagando por la otra cara del mundo, tratando de convencerme de que volveré a encontrar otro satélite, aunque los dos sepamos que ya no hay más.

Lo que faltaba. Encima va y me dices que ahora sí que has cambiado. Que has aprendido tanto de nuestra ruptura y de nuestra relación. Que cometerás quizá otros errores, pero esos ya nunca más. Ahora que ya aprendiste, ahora va y lo va a disfrutar el siguiente. Él, ese individuo al que aún no conoces ni tú, pero que ya puede contar con toda mi envidia y frustración. Él, sin duda algo menos capullo que yo, que te encontrará al final de nuestro camino y no tendrá que pasar por lo que pasamos los dos. Él, un cualquiera que te llevará hasta vete tú a saber dónde, y si lo consigue, si es que tiene el valor y el coraje de conseguirlo, siempre habrá sido gracias al recorrido que juntos hicimos los dos.

Dale las gracias por conseguir todo aquello que yo no supe.

Y una buena patada en los huevos.

Que eso también nos faltó.»

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De muros, tapias, tabiques y paredes maestras.

De muros, tapias, tabiques y paredes maestras.

Artículo publicado el domingo, 9 de Noviembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Veinticinco años de la caída del Muro de Berlín, veinticinco años del fin de la guerra fría y del inicio de la Europa tal como la conocemos hoy, veinticinco años de la Glasnost y la Perestroika de Gorbachov, veinticinco años de una pregunta incómoda de un periodista italiano que llegó tarde a la rueda de prensa de un alto mando del Politburó, y veinticinco años de una respuesta errónea e improvisada que cambiaría el curso de la historia.

Y sin embargo a mí, que cumplía entonces 15 años por primera vez, lo que más me inquieta ahora es la necesaria diferencia entre un muro, una tapia, un tabique y una pared maestra.

Todos parecen lo mismo, porque todos están pensados para separar. Dividir. Segmentar. Esa tarea tan humana y tan divina, digámoslo de una vez. Porque si hay algo que nos acerca a los dioses es esta manía por separar a los semejantes mediante cualquier invento, ya sea la raza, el sexo, la altura, el peso, la religión, la ideología, la procedencia, el nivel socioeconómico, la lengua o la cultura. Da igual. Cualquier excusa es buena para olvidar durante un rato lo iguales que somos todos y lo mal que a la hora de la verdad llevamos tanta igualdad.

Alguno se creerá aún que todo lo que se separa está más protegido. Suele ser quien cree que los demás son una amenaza porque cree que todos son de su condición. Él verá. Pero vayamos al lío. Veamos en qué se diferencian un muro de una tapia de un tabique de una pared maestra. Porque no sé si lo has notado, pero no tienen absolutamente nada que ver.

Un muro es una vergüenza levantada con la piedra del prejuicio y sostenida con el cemento más resistente que existe, esa amalgama compacta de miedo e ignorancia a partes iguales. La mayoría de muros son de exterior, aunque los más altos e infranqueables se encuentran dentro de nosotros. Son los que no se ven, pero se notan. Caray si se notan. Basta con fijarse en que al construirlo, se crean automáticamente dos bandos, y siempre ocurre lo mismo, a un lado crece la mala hierba de la demagogia, y al otro la de la contradicción. A un lado la casta, al otro el populismo. A un lado la tarjeta black, al otro la cartilla del paro. No hay que preocuparse mucho por su durabilidad: ninguno resiste ante la suficiente dosis de sentido común y humanidad.

Una tapia, en cambio, es alguien que parece que oye, pero no escucha. Como Rajoy a Catalunya. Como Mas a Madrid. Como Monago a las Islas Canarias. Como Esperanza Aguirre a su número dos. El runrún está al otro lado, pero no deja de ser ruido. Molesta, pero no mueve a la acción. Alimenta, pero no engorda. Yo a lo mío, y a los del otro lado que les den.

Un tabique no deja de ser muy parecido a un muro, pero es como más fino, más sutil y encima de interior. Afecta a lo que creemos, a lo que pensamos, a nuestra manera de actuar de puertas para adentro. Es algo que hemos levantado porque antes no estaba ahí, y sin embargo lo pusimos nosotros consciente o inconscientemente, y ahí se quedó. Es algo que podríamos derribar y seguir funcionando perfectamente. Y sin embargo, siempre nos da miedo hacerlo, vete tú a saber por qué. La verdad es que el día que lo hacemos, que lo tiramos abajo, de pronto, nuestro espacio es más amplio, ganamos en metros y qué coño, hasta se respira mejor. La infanta al banquillo, oye pues por qué no. Que ya va siendo hora.

Para terminar, están las paredes maestras. Parte fundamental de la estructura de nuestra vida. Esqueleto de lo que sabemos o creemos saber. Principios básicos de funcionamiento. Para pasar por ahí, debería mudarme de habitación, de casa y hasta de edificio, pues cualquiera se queda a vivir después de agujerearlo. Puede haber un antes y un después, y seguramente hacerlo nos deje abocados al derrumbe. Un por ahí no paso. Un hasta aquí hemos llegado.

Al final, hace veinticinco años no éramos mejores personas, pero igual sí más felices.

Hace veinticinco años derribamos un muro y hoy todavía lo celebramos.

Como si no hubiéramos levantado ninguno más desde entonces.»

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Un artículo de los de antes.

Un artículo de los de antes.

Artículo publicado el domingo, 2 de Noviembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Quiero dejar de vivir después. Quiero que mi vida sea siempre antes. Un antes continuo. Uno que no se acabe jamás. Quiero con todas mis fuerzas que nada de lo que haya ocurrido pueda seguir ahí simplemente para hacerme daño. Vivir después es una mierda. Vivir después es lo que nos mata. Lo que nos hunde. Lo que nos hace mal. Causa y defecto. Acción preocupación.

La vida es antes, porque la felicidad está siempre antes. Antes de llegar. Antes de conseguirlo. Aunque haya sacrificio. Aunque cueste. Sobre todo si cuesta. Conseguir algo es el primer paso para dejar de desearlo. Porque el deseo es antes, también. Porque vivir después ya no vale. Vivir después ya está.

En cambio, vivir después es vivir donde está el recuerdo, la nostalgia, el dolor y el resentimiento. Los resultados de tu analítica. El divorcio. El desengaño. La experiencia, dirás. Y una mierda, te digo yo. Por cierto, la mierda es siempre después. Antes se le llamó comida.

Antes hay anhelo, antes puede que haya hambre y haya sed, vale, pero es que después hay empacho o gastroenteritis en el mejor de los casos, o más hambre y más sed en el peor de ellos. Así que ya me dirás.

La distopía, esa sensación continua de que pase lo que pase vamos a peor, la inefable regla del 3, ésa que asegura que a partir de los 30 años, de las 3 de la mañana y de los 3 gintonics, todo siempre es susceptible de empeorar. Un poco lo que nos pasa en este país. Un poco lo que pasa cuando ya has llamado mujer de tu vida a tres mujeres. Y te das cuenta de que lo fueron. Aunque ocuparan sólo su trozo. Porque ése trozo es suyo. Y siempre lo será. Y no por eso has de dejar que lo llamen mentira. Porque la mentira es la única actividad humana que convierte cualquier antes en un después.

Y ahora qué. Preguntarás. Y ahora hacia dónde.

Pues yo qué sé. De mí no esperes respuestas. Ni mucho menos sentido. Ni muchísimo menos dirección. Que yo soy de los de antes. De los que busca siempre vivir antes, que ya te lo he dicho. Porque no hay nada más peligroso que lo que alguien te vende como un antes y un después. Desconfía de quien quiere sacarte de tu antes para llevarte a su después. Porque no hay malo conocido peor que malo por conocer.

Claro que es bueno ir haciendo cosas. Y necesario. E inevitable. Y esas cosas son ellas mismas las que se ordenan en el tiempo. Pero eso no las hacen mejores por el hecho de estar más acá o más allá. Porque si así fuera, sólo iríamos a mejor. Y ya me dirás.

Yo prefiero perseguir antes como quien persigue la luz del sol y no quiere saber nada de ese después al que llamamos sombra. Y así me va. Acumulo ya más finales de los que jamás he empezado. Comienzo a menudo por el final para no tener que enfrentarme tanto a mis principios. Y sonrío de tanto llorar. Y me enamoro sin quererme enamorar.

Seguramente debería ahora hacer una apología del momento, del carpe diem de toda la vida, de aprovechar el momento, cambiarle las letras a vivir por beber y acabar este artículo por todo lo alto provocando en ti una sonrisa, y en mí la desazón de siempre.

Pero es que esta línea es justo la que va después de la anterior. Y ya no se me ocurre cómo mejorarla. Ya está escrita, ya está después. Lo que yo te diga. Seguramente habré perdido el tiempo escribiéndolo, y lo peor de todo, te lo habré hecho perder a ti.

Haberlo pensado antes.»

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Semanas de 7 vías.

Semanas de 7 vías.

Artículo publicado el domingo, 26 de Octubre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Que a quién voto. O a quién he votado. O a quién votaría si se celebrasen hoy las elecciones. Menuda preguntita. Sobre todo ahora, que la mayoría del país se arrepiente de haber votado a los que luego se lo llevaron crudo, y encima tampoco se vislumbra una alternativa ya no útil, sino simplemente decente.

Claro que se podría votar en blanco, pero mientras la ley electoral no cambie, eso es ponérselo más fácil al poder, al status quo, a los partidos mayoritarios y más difícil a las minorías, o lo que es lo mismo, a los que se supone que les tendrían que dar una patada en el culo. En este país, votar en blanco significa respaldarles con los ojos en el mismo color.

Y por tanto, en qué quedamos. No me rehuya la preguntita. Que a quién voto. Que a quién he votado. Que a quién votaría si se celebrasen hoy las elecciones. Venga, va, valiente, democratícese y mójese, que no está el país para medias tintas.

Pues mireusté. Depende del día de la semana. Sí, sí, llámame chaquetero, pero es que igual que me cambio todos los días, la política para mí no tiene dos vías o tres como algunos nos intentan hacer creer, sino, como mínimo, siete. Y porque no hay más días. Que si no, me faltarían partidos.

La semana de 7 vías comienza con un día negro. Los lunes al sol en los que se encuentra más de una quinta parte del país. Por eso, los lunes votaría muy fuerte a Podemos. Es el día que más estoy cabreado y me da igual hacia dónde vayamos, me da lo mismo si no tiene proyecto, ni dirección, siempre y cuando nos saquen de donde estamos. Un aplauso en toda la cara a los que nos han llevado hasta aquí. Un desahucio en toda regla, pero por fin en sede parlamentaria.

Claro que de Guatemala siempre podríamos acabar en Venezpeor. Así que los martes, que ni te cases ni te embarques, votaría a Izquierda Unida, que no se sabe si va o si viene, si es casta o novia sumisa del anterior. Los martes además tienen algo del cabreo del lunes, pero ya se va matizando. Que si no hay que ser tan rupturistas, que si veamos cómo avanzan las encuestas, que si refundemos semana a semana, que si Inmoral Santín, que si tenemos más historia que los nuevos lunes, que si ni contigo ni sin ti…

Enseguida nos encontraríamos en un miércoles cualquiera. A medio camino de la semana laboral. Un gris de lo más fondo de armario. El día del espectador en los cines. Una jornada ideal para que nos cuenten películas. Un PSOE en toda regla. Una alternativa tan creativa que no es capaz de exigir la dimisión de Ana Mato al día siguiente de su extraordinaria gestión del ébola, pero eso sí, igual te propone acabar con el ministerio de defensa, como que se realicen funerales de estado cada fin de semana. Y cada día una nueva desilusión.

Una vez desengañado de tanto soufflé, llegaría el jueves. El día que está en medio de todos los saraos. Desde la Gürtel hasta la Falla que tienen montada en Valencia o los papeles de Bárcenas, pasando por el gobierno del plasma, que no le pregunta a nadie ni acepta ser preguntado. Si me da por estar en el epicentro del mamoneo, de la soberbia parlamentaria y del desgobierno generalizado, me daría de pronto por votar al PP. Hala, ahí la llevas. Cuatro años más a comulgar con ruedas de molino del tamaño del Aeropuerto de Castellón. O de las gónadas de Rodrigo Rato. No sé cuáles pesarían más.

Y por fin es viernes. El día que llevabas toda la semana esperando. Es momento de desmadre. Del descontrol. Ahí hay que votar a los verdes. A los naturistas. A los veganos. Hala, a follar todos bajo un árbol. Y que le den a las estructuras, todos a pillar las bicis, a dejarse los pelos del sobaco y a comer tofu.

Y no abandonamos el sexo, porque el sábado sabadete, votaría a alguien simplemente para joder. Un UPyD, un Esquerra Republicana, o mejor, un CiU con Jordi Pujol al frente de nuevo. Aunque también les puedes dar a muchos por detrás con un Ciutadans, un Guanyem o un PNV. Siempre que no hagan como las telecos o como las parejas: que ni te exijan compromiso de permanencia ni te llamen a media siesta para preguntarte si estás satisfecho con tu actual relación.

Qué maravilla sería tener siete días para votar. O quince, como en la consulta de Mas. El problema es que nos suelen hacer votar en domingo. Y ése es justo el día en el que tengo que escribir.

Eso sí es una papeleta.»

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Palabrotas.

Palabrotas.

Artículo publicado el domingo, 19 de Octubre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Dicho ofensivo, indecente o grosero. Así lo define el diccionario de la RAE. Así deberíamos empezar a utilizarlo todos. Y sin embargo, aún creemos que esto va de evitar palabras malsonantes. Los Pujol, los Bárcenas, los Urdangarín y los Fabra jamás tiraron de palabros vulgares. Y sin embargo, indecentes, groseros y ofensivos lo han sido un Rato. Por eso, te invito a que hoy actualices tus palabrotas. Porque decir tacos no es lo mismo que ofender, ser indecente o resultar grosero. Porque decir palabrotas ya no es lo que era, me cago en diez.

Palabrota es tarde. No hay nada más palabrota que la palabra tarde. La castración voluntaria de cualquier futuro. Toda una autolimitación resignada en el tiempo. La sensación de que todo esto ya no toca. La convicción de que todo aquello ya no es. Que hasta un reloj de muñeca puede más que tú. Y sin embargo, cuánta gente la sigue desafiando más allá de los 40 y de los 50 y de los 60 también. Gente que descubre al amor de su vida, gente que monta su primera empresa, gente que decide tener su primer hijo, gente que vuelve a estudiar por primera vez. Gente que vive sin contar las vueltas que haya dado al sol. Y lo disfruta todo como si fuera ayer. Porque lo es.

Palabrota es fácil. Me lo contó hace poco un Gabilondo, uno de tantos y tan buenos, y realmente me convenció. Cualquiera que te venda algo fácil, te estará mintiendo. Aprenda inglés fácil, mentira. Adelgace fácil, mentira cochina también. Lo fácil es el alpiste favorito de los necios. Y el caldo de cultivo de todo timo, estafa y frustración. Nadie da duros a cuatro pesetas. Y si lo hace, ya me dirás tú qué coño haces con cinco pesetas hoy.

Palabrota es culpa. La guarida de todos y cada uno de los reproches. La cueva donde van a refugiarse las sombras de cualquier relación. En cuanto se deja de buscar soluciones para buscar culpables, se está tapiando la salida, se está emparedando un sueño en vida, se está cerrando toda esperanza por defunción. Aprender a avanzar sin culpa es la asignatura pendiente de tantas parejas rotas que no cabrían ni en su propia tristeza.

Palabrota es lejos. Porque la distancia es la religión que practican los vagos. Sea la distancia a una meta, o al prójimo, da igual. Quien pone unos kilómetros por medio como motivo para no hacer algo, se está limitando a sí mismo, ya sea su altura moral o la talla de su vida, y siempre se verá superado por algo tan sencillo como una cinta métrica. O un triste GPS, qué más da.

Palabrota es falso. Porque la credibilidad ha sustituido al resto de los valores. Tú ya puedes ser lo que quieras, que si nadie te cree, estás jodido. Y esto hay demasiada gente que aún no lo ha entendido. La credibilidad es el cemento de todo prestigio. Y el prestigio es lo único que te puede salvar de la mediocridad, del olvido y de la nada. El largo plazo es la única esperanza para el que pretende crear valor. Pan para mañana y hambre para hoy. Dejemos de encumbrar a los honestos sólo porque hacen lo que deberían hacer todos los demás. Y prescindamos de los que no lo son, porque simplemente no nos merecen. Ya está.

Y para terminar, la más palabrota de todas, es imposible. La madre bastarda de todos los retos. El no hay huevos del corazón. Detrás de cada imposible está esperándote una nueva vida, algo que jamás llegaste a imaginar. Lo hicimos porque no sabíamos que era imposible. Lo conseguimos porque jamás lo dejamos de intentar.

Dejemos de decir palabrotas. Dejemos de creérnoslas. Eliminémoslas de nuestro vocabulario. Y a lo mejor, de ese modo, volveremos a ser personas bien educadas. Qué coño. Joder ya.»

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Por qué no volvemos.

Por qué no volvemos.

Artículo publicado el domingo, 12 de Octubre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Por qué no volvemos. Recuérdamelo, por favor. Por qué no nos queremos de vuelta, de segunda mano o de ocasión. Por qué. A ver, si es que había tantas razones, es que te juro que las había. Es que hasta las llegué a apuntar en algún sitio. Y ahora va y no las encuentro. Justo cuando más las necesito. Justo cuando sólo recuerdo todo aquello que juré olvidar. Así que si no te es mucha molestia, recuérdame por qué no nos dejamos de hostias. O por qué me las sigo dando yo.

Por qué no volvemos. Por qué me despierto y lo primero que hago es pensar en tus fotos. Pero si las metí en el fondo del cajón ese que ya ni abro. El de las cosas perdidas aposta. El de los recuerdos que son demasiado grandes para llevarlos encima. Malditas fotografías. Malditas emulsiones enmarcadas en vidrio. Escaparates de 15×9 que ya sólo te venden saldos, instantáneas con retraso de lo que pudo ser y no fue. Por qué las escondí allí, si se me agarran a la retina día sí día también. Por qué hago ver que no las veo, si no me hace falta ni mirarlas, si ya me las sé.

Por qué no volvemos. Por qué no dejo de seguir tus pasos. Por qué entro de puntillas en las redes sociales como quien entra a por algo que se dejó. Por qué analizo tus fotos, tus gestos, tus lugares y tus palabras. Por qué veo en cada nuevo amigo o contacto tuyo un potencial enemigo. Por qué me da miedo que me olvides con ellos, que me entierres sin mí. Por qué busco señales que al fin y al cabo tú ya no emites. Por qué. Eh. Por qué.

Por qué no volvemos. Por qué no he sido capaz de volver a sentarme en la única mesa maldita de nuestro restaurante. Por qué salgo todas las noches como si nada, como si jamás te hubiese conocido. Y por qué les acabo pidiendo a todas que hagan de ti. Que les gusten tus mismas cosas. Que se rían como lo hacías tú. Por qué las comparo siempre contigo. Qué culpa tendrán ellas de no alcanzarte. De no saber que me exististe. De no poder acabarse este final.

Por qué no volvemos. Por qué sigo mirando el móvil cada dos horas simplemente para ver si estás en línea. Por qué empiezo a escribir siempre el mismo mensaje. Uno que arranca con un por qué no volvemos. Uno que sigue explicándote cuánto te echo de menos. Que ya casi olvidé tus defectos. Que me quedé solo a soportar los míos. Que ya es mucho soportar para una sola persona. Y por qué, cuando acabo el mensaje perfecto, le doy siempre al borrado completo en vez de al enviar. Por qué no te llamo cuando tengo tantas ganas de hablar.

Por qué no volvemos. Dímelo, de verdad, tan sólo recuérdamelo una vez más. Aunque te cueste algún que otro esfuerzo. Hazlo por este pedazo de vida tuya que sigue a la deriva de los recuerdos. Por los viejos tiempos. Por este mal sabor de boca después de algo tan dulce. Por lo que fuera yo en tu vida. Por lo que sea. Por lo que fui.

Yo la verdad es que no he aprendido. Sigo estando igual. Me siguen haciendo daño las mismas cosas. Me siguen emocionando las canciones de siempre. Sobre todo ahora, que sé que en realidad todas me hablaban de ti. Me sigo haciendo muchas trampas al solitario. Me veo con los mismos amigos a los que les ruego que no me hablen de ti. Hasta que les acabo preguntando yo. Ah, y he vuelto al microondas, que cocinar para uno ya sabes que no vale la pena. Supongo que soy aún más difícil. Imagino que el gas noble de mis manías se habrá expandido hasta ocupar parte del hueco que dejaste tú. Y seguramente, a base de vivir conmigo, me habré vuelto mucho más yo.

Por eso, te podría decir que he cambiado. Que ahora sí que sí. Que ahora entiendo por qué no funcionó lo nuestro. Que por qué no volvemos. Que por qué no intentarlo, sabiendo lo que sabemos. Pero te estaría mintiendo, y lo haría simplemente para conseguirte de nuevo, para volverte a tener, para volverme a dar a ti.

Nos estaríamos engañando de nuevo.

Y volveríamos dispuestos a ello, tan sólo por lo mucho que nos queremos.

Tan absurdo como cuando estábamos juntos y tras cada silencio resonaba siempre la misma pregunta.

Por qué no lo dejamos.»

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La república de plató.

La república de plató.

Artículo publicado el domingo, 05 de Octubre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«En su libro “Comunicación y poder”, el profesor Manuel Castells explicaba que el poder se ejerce esencialmente a través de dos vías: la coacción (o la posibilidad de ejercerla) y la construcción de significado. Alguien que nos mande, sí, pero también alguien que le dé sentido a nuestra obediencia. Necesitamos saber hacia dónde tenemos que ir, cierta dosis de liderazgo, y necesitamos alguien que nos lo diga, aunque ese alguien sea la mayoría. Pero sobre todo, necesitamos saber por qué debemos hacerle caso.

Digan lo que digan los estupendos, la televisión es el nuevo ágora. Esa plaza pública de las polis griegas, ese espacio abierto a los ciudadanos, accesible a prácticamente cualquiera, donde confluyen todos los días de la semana comercio, cultura, política y vida social. El televisor (a no confundir con la televisión) es el único electrodoméstico instalado en el 99% de los hogares, es decir, existen hogares que han optado por tener un televisor antes que un frigorífico. Y su consumo medio por habitante está muy por encima de las cuatro horas diarias en nuestro país. O lo que es lo mismo, por cada uno de nosotros que casi no puede ver la tele, hay alguien que se calza ocho horas. Al día, sí.

Está mal que lo diga aquí, pero con una prensa impresa en franca retirada y unos números cada vez más exiguos en lo que a inversión publicitaria se refiere, no es de extrañar que los medios masivos se concentren para ser cada vez más masivos.

Por todo ello, y a día de hoy, una estrategia política que sólo ejerza la coacción y que se olvide de la tele es una política coja, deficiente y tremendamente peligrosa. Porque no construye discurso. Porque lo deja todo en manos de la fe. Porque nos dice que hay que obedecer simplemente porque sí. Porque yo lo mando. Nos trata como a niños pequeños, tú simplemente obedece a papá, que sabe lo que más te conviene. Es una regresión democrática. Y convierte a los políticos en verdaderos tiranos que secuestran nuestra voluntad, por muy legítimo que haya sido el mecanismo de asignación de su escaño.

Si la política no está en televisión, la política no está donde está la gente. Y si no está donde está la gente, corre el serio peligro de prescindir de ella, que es justo lo que nos ha venido pasando en estos últimos años. Las cifras del CIS nos cantan a la cara las principales preocupaciones de los ciudadanos, y ahí siguen estando entre los primeros puestos los que deberían ser justamente parte de la solución: los políticos, los partidos, y sus “cositas”.

Si a todo esto añadimos que los espacios donde tradicionalmente se han concentrado las noticias políticas, los informativos, se han visto inundados por los cientos de casos de corrupción que nos hemos visto obligados a presenciar, no nos extrañará que cuando se hable de ellos dentro de esos espacios, no sea precisamente para hacer llegar un mensaje, sino para dar a conocer a un imputado más.

Estamos viviendo un relevo generacional. Para los que se van, comunicar era una actividad. Algo que había que preparar, controlar, acotar y convocar en una rueda de prensa para emitir un mensaje de una forma puntual, hermética y unidireccional. Para los que llegan, comunicar es una actitud. Algo que se hace de forma tan natural como respirar, algo que depende de un ecosistema de mensajes que cambia y evoluciona y que hay que saber modificar, modelar y adaptar según el momento, porque forma parte de un diálogo, de una conversación en continuo flujo, que es esto que llamamos actualidad.

Hace poco, el líder de Podemos me admitía que había críticos que pensaban que se debería leer a Marcuse o a Gramsci, pero que si esos mismos críticos leyesen a Marcuse o a Gramsci, verían que “la televisión es la que configura nuestra manera de pensar, y es la que le da nombre a las cosas”.

No es que entren en Sálvame. No es que vayan a los programas del prime-time. No es que se entreviste a Pablo Iglesias. No es que se entreviste a Artur Mas. No es que entre los dos reúnan a más de 5 millones de espectadores. Es que, para empezar, si no hicieran audiencia, nadie los volvería a invitar. Así que son los espectadores (=votantes) los que les reclaman en esos programas.

La política es el nuevo entretenimiento. Y quien no entienda eso, eso es que ese alguien es de los que se va.

Y por favor, señores periodignos, no me vuelvan a confundir entretenimiento con frivolidad. El entretenimiento es algo muy serio. Frivolizar la política sería volver a dejarla en manos de élites. Sería volver a un voto de calidad y otro que no lo es. Sería ignorar dónde está el pueblo que vota igual que los demás. Y su voto vale lo mismo. Les guste o no a los que preferirían mantener el oligopolio del rigor y la seriedad. Pero si hasta Sócrates consideró frívolos los libros, porque “no les puedes preguntar nada”. Mira, como a Rajoy.

La política no ha de ser aburrida, ni tediosa, ni críptica, ni elitista. Ha de ser creíble. Y desde luego, para ello es esencial que el político cumpla lo que promete. Pero primero alguien tendrá que escuchar esas promesas. Decidir esta vez en quién desconfiará.

Por eso me atrevo a pedir una mayor república de plató.

Más políticos en la tele, por lo que más quieran.

Que la audiencia soberana los vaya nominando uno a uno.

De su escaño, de nuestra vida y de cada canal.»

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Y si soy Risto.

Y si soy Risto.

Artículo publicado el domingo, 28 de Septiembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Y si soy Risto. Y si me he dado de alta en una red social de contactos. Y si me he inscrito justamente con esas cuatro palabras: Y si soy Risto. Y si aún nadie me cree cuando les digo quién soy. Y si todo eso me ha ocurrido la misma semana. Y si me sigue pasando hoy. Eh. Qué pasa. Qué.

Y si lo primero que he debido afrontar es el prejuicio del entorno. Pero si tú no lo necesitas. Pero si eso no es para ti. Pero si es sólo para desesperados. Pero qué haces tú en ese lío. Pero si es que te vas a meter en un follón. Y si al principio te dan ganas de justificarte, de encontrarle una explicación racional, como si tu vida fuese la primera edición de Gran Hermano, un mero experimento sociológico con fines humanitarios y en el que al final seguro que a base de descartes, encuentras a un ganador que se quede en la casa.

Y si pronto te das cuenta de que todo eso no es cierto. Que ya no es verdad. Que ni todos son desesperados -aunque alguno hay- ni estás haciéndolo tan mal. Que si lo haces es justamente porque no lo necesitas. Como si sólo fuese lícito actuar por necesidad. Y dejas de engañarte a ti mismo y a los demás. Lo que te mueve es el acierto o error. El mismo que te movió en tu vida personal, que no es que tampoco lleve una tasa de aciertos como para echar cohetes.

Y si soy Risto. Y si me divierte mucho entrar en el mercado de la carne digital. Aquél en el que los errores son detectados por un antivirus. Aquél en el que siempre existe la función de bloquear. Y si quiero tener siempre a mano un control z. Y si no pienso avanzar en nada que ya no tenga marcha atrás.

Y si desde el principio te hacen elegir si quieres hacer nuevos amigos, tener una relación o simplemente chatear. Vaya. Y si uno quiere follar, qué responde. Resulta que tengo que pasar por una mentira de todo menos piadosa. Por disfrazarme de otra cosa. Por ocultar mis verdaderos intereses. Y si todos mentimos. Y si todos van a lo que van. Y yo no, qué va.

Y si alucino con las fotos que la gente sube. Fotos hechas con la sana intención de gustar. Una foto de una chica sentada en el water. Otra de una maquillada por su peor enemiga. Muchas fotos en aseo de plato de ducha con postura de portada de Intervíu. Pasillos de casa de los padres convertidos en improvisada alfombra roja. Camas deshechas con actitud gatuna para alguna ocasión. Diosas de mercadillo buscando lentillas a cuatro patas en una sala de estar.

Y si me empiezan a contactar chicas. Y si alguna incluso me gusta. Y si casi todas me preguntan por qué me he reemplazado a mí mismo. Y si con ninguna sé muy bien que decir. Y si mi timidez se ha digitalizado y de pronto encuentra su propia expresión online.

Y si la mayoría se acaba aburriendo porque nunca paso a la acción. Y si me convierto en un triste mojabragas de las redes sociales. Y si todo siempre se va al traste porque no me atrevo a quedar. Y si lo que de verdad me pasa es que no me apetece mucho conocer gente nueva. Porque con la antigua hace demasiado que no me veo, y cada vez tengo menos tiempo al que encima le exijo una mayor calidad. Y si lo que me pasa es que follar me da igual. Dios, no puede ser que me haya hecho tan de mi edad. Con lo que yo he sido. Con lo que no fui.

Y si después un día sale la noticia: Risto se ha dado de alta en una red social de contactos.

Y si todo lo anterior en realidad me importa una mierda.

Y si me rechaza otra chica que vale la pena.

Y si me vuelvo a enamorar.»

 

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