Me puede.

Me puede.

Artículo publicado el domingo, 10 de Abril de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

«Me puede. Me puede la vida. La tuya, la mía y la que me das. Porque a ti de eso te sobra y decides regalármela día a día. Porque sí. Por qué no. Porque yo aún no sé lo que te doy a cambio, ni si eso que te doy es algo que tú tomas, más que algo que yo ni sabía que te podía aportar. Porque puede que me estés pudiendo también en generosidad.

Me pierde. Me pierde tu risa, tu manera de descolocarme, tu estrategia sin táctica, tu espontaneidad. Me pierdes tú. Me pierde que me busques. Me pierde que me hayas encontrado. Y todavía más, me pierde que yo te haya sabido conquistar. Con lo que eso cuesta, con lo que eso vale. Que hayas decidido dejarte ver. Quedarte aquí. Me pierde, sí, me pierde perderme así.

Me pueden. Me pueden tus ojos cada vez que me enfocan en medio de tanta oscuridad. Porque los tuyos no sólo ven, también tocan. Y hay que ver cómo tocan, madre de dios. Tocado y hundido. Veo veo. Qué tocas. Por qué tocas. Adiós Leo Romaní. Hasta siempre. Chimpún.

Me pueden los labios esos entre los que se acomoda tu boca. Me pueden abiertos, y sobre todo me puede el espectáculo de ver cómo se disponen a hablar. Estoy por pedir palomitas y algo de beber y sentarme a disfrutar. Me puede lo que eres, pero sobre todo, lo que puedes llegar a ser. Me pierde el argumento de esa novela autobiográfica que los dos sabemos que algún día publicarás. Me pierde tu inmenso potencial.

Me pierde. Me pierde pensar que algún día pueda llegar a perderte. Salir de ti. Morirme de frío bajo un sol abrasador. Tener que soltarme y caerme de ti. Seguramente muy por debajo, muy a mi pesar. Desengancharme de todo lo que me ha hecho volver a estar enganchado. Desaprender este lenguaje lleno de cosas tontas que sólo entendemos tú y yo. Abrir mi vida por la página del día después. Y comprobar que ya estaba escrita. Y volver a tachar. Que no es lo mismo que ponerse a olvidar. Porque sigues conviviendo para siempre con otro borrón sin cuenta nueva. Porque en tu caso no sería uno. Serían más.

Me parte. Me parte tu ausencia cada vez que te marcho o me marchas, da igual. Porque siempre te llevas algo así como mi cuarto y mitad. Me estás dejando en los huesos para hacer caldo. Y no estoy hablando de sexo. O bueno, sí. Qué coño. Y una polla. Todo al rojo y todo al negro. No va más. Hala, a volver a empezar.

Porque es que de verdad que me parto. Me parto con tus ocurrencias. Con tu «què vol dir això?». Con tu forma de decir «cosita». Con la manera que tienes de arrugar el entrecejo, cerrar los ojos y chistar. Me río y me haces entender que nada ni nadie es tan importante si tú y yo estamos bien. La risa es el orgasmo de las palabras. Y la envidia, una disfunción eréctil intelectual. Que eso, que me siento mucho mejor persona desde que tú estás. Que aún flipo de lo bien que te has hecho cargo y encargo de mi felicidad. Que tienes la cualidad de saber siempre dónde tienes que estar. Y desaparecer cuando notas que necesito echarte de menos. Ahí es ná.

Por ello, y porque me superas ya en casi todas las cosas, te quería decir que me puedes, sin más. Que esto siempre será eterno aunque jamás sepamos lo que puede llegar a durar. Y que aquí me tienes, rendido y entregado para hacer lo mejor que saben hacer dos que se quieren de verdad. Callar bocas a todos los que aseguraban que aguantaríamos dos telediarios, cuando ya han pasado más de seiscientos. Felicitarte públicamente por cumplir esos locos y maravillosos 20 años, sin vergüenza ni temor alguno por el qué dirán.

Qué sabrán ellos sobre lo nuestro. Qué sabrán.»

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Altagram.

Altagram.

Publicado el miércoles, 6 de abril de 2016, en ElPeriódico.com.

risto«Nosotros, los íberos, inventamos Instagram. Fue entre el 15.000 y el 12.000 a.de C. muy cerquita de Santillana del Mar, concretamente en Altamira. Claro que todavía nadie podía cargar un smartphone y hubo que echar mano de la tecnología disponible en la época para inmortalizar nuestros selfies, aplicarles un filtro monocromo y subirlos al único muro que había para compartir. Nos lo descubrió un señor muy guapo, antepasado de Antonio Banderas, y desde entonces esas instantáneas han recibido millones de likes.

Unos cuantos milenios después de ese primer post, en octubre de 2010, un par de graduados de la Universidad de Stanford lanzaban el Instagram que conocemos hoy. Una vez más, los americanos se llevaban el gato al agua ofreciendo lo mismo pero más fácil y accesible. Y este lunes pasado, un servidor ha tenido el honor de charlar un rato con Marne Levine, exejecutiva de la Casa Blanca, exdirectiva de Facebook y actual COO de la compañía de Menlo Park.

La conversación, interesante como pocas, giró entorno al uso de las redes sociales y a la evolución imparable de la plataforma, frente al evidente estancamiento o dudas sobre Twitter o Snapchat. Las razones del éxito de Instagram, para ella, son básicamente dos. La primera, el poder de la imagen para trascender fronteras y generar empatía. La segunda, que lo que fotografías, en algún momento, lo has visto. Es decir, que es más verdad. Que es más auténtico.

Consecuente consigo mismo, que se muestra tal y como es. Así define la RAE la palabra «auténtico». El valor más demandado por el consumidor. El valor que más crece, también. La autenticidad es el requisito indispensable para empezar a escuchar. Si no, ya ni me molesto.

Capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos. Así define la RAE la palabra «empatía». Porque eso es lo que genera una imagen. No necesita pasar por el filtro del lenguaje, ni mucho menos debe contar con la complicidad de nuestra imaginación. Entra directamente al esternón, nos agarra por dentro y nos sale por la boca en forma de reacción. El texto va de fuera a dentro. La imagen recorre el camino contrario, de dentro a fuera.

Creo que detrás del éxito de Instagram se encuentren las mismas razones del fracaso de nuestros políticos. Siempre he pensado que el mayor regalo que te puede hacer alguien es hacerte cambiar de opinión. Ahí es donde —paradójicamente— uno demuestra su autenticidad y su coherencia. El 20D, los votantes les dijimos alto y claro a los políticos que estuviesen dispuestos a cambiar de opinión, que olvidasen eso de gobernar solos.

Y algunos, antes de cambiar su opinión, están dispuestos a preguntarnos —otra vez— si queremos cambiar la nuestra.»

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Elogio de la ocurrencia.

Elogio de la ocurrencia.

Artículo publicado el domingo, 3 de Abril de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

«Siempre he admirado la ocurrencia. Siempre he procurado mantenerla bien cerca. La tienen muchos de mis amigos. La tiene gente a la que admiro. La tiene alguno de mis enemigos, también. La demuestran cada día sobre las tablas muchos de los mejores humoristas de este país. La tiene David Guapo. La tiene Manu Sánchez. La tiene Carlos Latre. La tiene Goyo Jiménez. La tiene Berto Romero. Y así.

Para empezar, hay que saber discernir a qué ocurrencia me refiero. La ocurrencia no como acto inoportuno, sino como habilidad. La primera como idea feliz, la segunda, como el brazo armado del ingenio. Lo mismo que ocurre con la improvisación como chapuza y la improvisación como guionista inimitable. La primera es el fruto de la mediocridad, la segunda fruto del talento y la rapidez mental. Molière la llamó «verdadera piedra de toque del ingenio».

Va a resultar que la ocurrencia es como el colesterol —o la molestia—, la hay buena y la hay mala. La hay útil y la hay perniciosa para el organismo. Ahí están Groucho Marx y ZP. Talento y talante. Ocurrencia y ocurrencias. Lo mismo que ocurre con la Historia y las historias. Basta rebajarle la mayúscula a la inicial y pierdes todo el valor que te aportaba.

Estoy hablando de la mejor. Ésa que no se puede preparar. Ésa que es imposible impostar. Esa capacidad de crear un giro donde no lo había, de dibujar curvas que conducen a lugares inesperados en la conversación, esa inquietud por aportarle algo de color a una línea de acontecimientos que se nos presenta siempre tan previsible y tan gris. Y de ahí este homenaje en forma de líneas que no pretenden ser ingeniosas, sino elogiosas.

Un homenaje que incluye a los ocurrentes anónimos, porque también los hay, y muchos. No hay más que abrir Twitter y darse cuenta de que el ingenio es una planta carnívora de exterior. La gasolina de las redes sociales es, sigue siendo, y siempre será ése. Para bien o para mal, el ingenio es una de las emociones que más nos empujan a compartir. A veces, para reírse con. Demasiadas, para reírse de. Lamentablemente, sí. Porque la fuerza, en manos del lado oscuro, es igualmente poderosa. Quizás por eso, figuras tan eternas como Jane Austen y Oscar Wilde menospreciaron públicamente el ingenio. O porque ellos, de eso, iban sobrados. A mí, que voy bastante falto de todo, siempre que sea para bien, me parece que hay que agradecerle mucho al cualquier artista de la palabra que llene de cosas inesperados destellos de brillantez nuestra predeterminada existencia.

Y hablando de cosas inevitables, me pregunto qué ocurriría si de pronto nos diera un siroco y pusiésemos todo el ingenio que somos capaces de producir como nación al servicio de fines no sé si más nobles, pero sí más comunes… igual otro gallo nos cantaría. Somos potencia emergente de ingenio en la balanza emocional del planeta. Si algo nos sobra aún, eso es sol, playa, Lazarillos e ingenio. Imagínatelo por un momento. Si todo el talento anónimo que anda por ahí desperdiciado en memes, coñas y chascarrillos de flor de un día, de pronto, se pusiera de acuerdo para favorecer un objetivo común, seguramente, muchas cosas cambiarían. O igual no, pero a mí me gusta pensarlo así. Ya no hablo sólo de las crisis que merecen nuestra atención y movilización, sino de ONGs que necesitan comunicación para seguir recibiendo financiación y aportaciones y muchas veces no pueden permitirse un plan de medios, para empezar.

Pero bueno, supongo que ahí radica la grandeza de la ocurrencia, del ingenio o de la improvisación: que son caóticas por excelencia, egoístas por definición. Que no sirven de mucho si lo que pretendes es hacer publicidad o propaganda. Y sin embargo, resultan perfectas para la conspiración.»

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Guillem.

Guillem.

Publicado el miércoles, 30 de marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

risto» 121. Son los días que quedan para el primero de agosto. Ni uno más ni uno menos. No te molestes, ya los he contado yo. Cuatro meses, se aventurarán algunos. Pero demostrarán no tener ni puñetera idea, la profesionalidad se demuestra en escaquearse con exactitud: son 2.904 horas o lo que es lo mismo, 174.240 minutos, poca broma, que es un buen rato.

121, insisto. Es llegar de vacaciones y ponernos a contar lo que queda para las siguientes. Quien no lo haya hecho alguna vez, que tire la primera piedra. Especialmente en este país, donde los jóvenes sueñan con puestos vitalicios en la Administración, los adultos sueñan con una jubilación anticipada y los más mayores sueñan con dejar de soñar de una vez, que ya están cansados hasta de eso. Y eso los que tenemos la inmensa suerte de poder trabajar. No te cuento los demás.

La jubilación, dijo Woody Allen, está pensada para quienes detestan su trabajo. Es lo que tiene vivir toda tu vida en grandes ciudades con clima de mierda. Que acabas confundiendo ocio y negocio. Pero lo peor es que cada vez estoy más de acuerdo con Woody. El problema no lo tienen los lunes, el problema es que no te dedicas a lo que te apasiona. El problema no lo tiene tu jefe, el problema es que aún dependes de un jefe para sentirte realizado. Si todavía necesitas despertador para ir al trabajo, es que sigues dormido y algún día, espero que pronto, despertarás. Pero despertar de verdad.

Y para muestra, permíteme un botón: Guillem.

Guillem es un chaval de apenas 20 años que trabaja en la estación de esquí de GrandValira, en Andorra. Su trabajo es de los más monótonos y potencialmente aburridos que se me pueden pasar por la cabeza: es uno de los encargados de facilitar el telearrastre a los esquiadores. Se pasa allí las horas del día viendo cómo los demás disfrutan mientras él se dedica a acercarles la misma percha una y otra vez. Misma acción repetida cientos de veces al día. Cualquiera acabaría harto de hacer lo que hace Guillem, aburrido, apagado y hasta amargado. Y sin embargo, él no.

En esa operación que dura apenas unos segundos, Guillem consigue crear un instante de magia. Te recibe con una gran sonrisa mientras te suelta una frase ocurrente —seguramente ensayada—, pero que logra sorprenderte cada vez. «No la pierdas, que aunque sea de metal, vale oro», fue una de las que me dijo a mí. Y me demostró una vez más que igual que Edison veía en el éxito un 1% de inspiración y un 99% de transpiración, en la mayoría de los trabajos hay un 1% de aptitud y un 99% de actitud.

Seguro que Guillem no es de los que cuentan los días que faltan para el 1 de agosto.

Y no por nada, sino porque la temporada de esquí finaliza el 10 de abril.»

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Volveremos a ser ciudad.

Volveremos a ser ciudad.

Publicado el miércoles, 23 de marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

risto«Me acabo de quedar sin tema. Tenía una columna pensada superocurrente —vale, tampoco hay que exagerar—, pero de verdad que presentaba giros insospechados y un final impropio de mí de lo bueno que era. Sin embargo, nada de eso me vale ya. Se me acaba de ir el santo al cielo. Me he quedado en blanco. A mí, y a todos a los que nos ha ido llegando la noticia.

Apenas unas horas después de detener al desgraciado de París, otros desgraciados lo han vuelto a conseguir: han asesinado en Bruselas como mínimo a 34 personas, si no más. Y sí, es cierto, pocos días atrás se producía otro atentado, ya, pero no tan cerca, no tan aquí. Qué le vamos a hacer si los que nos autoproclamamos países civilizados somos así de estúpidos, si no pensamos en los niños refugiados hasta que vimos a Aylan muerto en nuestra orilla del mar, si lo del espacio Schengen no deja de ser una miopía de tamaño continental. Puede que a este paso acabemos siendo todas las ciudades europeas. Ayer fui París, hoy soy Bruselas y no quiero volver a ser ninguna más. Las ciudades no son, en las ciudades se está. Y cada vez con más miedo, debo añadir. Estamos siendo atacados en casa, y ellos saben que es la peor forma de hacernos daño, porque nos guste leerlo o no, los atentados en los que mueren sirios, libaneses o iraquíes nos dan más igual.

Hoy han vuelto a conseguir lo que buscaban. Interrumpir. Interrumpirnos. Dejarnos en silencio una vez más. Saben que quien tiene la capacidad de interrumpir cuando y donde quiera, al final tiene el poder fáctico, el poder de verdad. Por mucha ley y tratados internacionales que se les pongan delante. Ellos cuentan con el factor más contundente: aquel que no obedece a ninguna regla, aquel que no es previsible, aquel que nadie sabe dónde está, ni cuándo ni dónde nos volverá a golpear. Parece que en el siglo XXI ya no pueden ignorarse alegremente los problemas del vecino, porque sus problemas acaban siendo nuestros problemas, y porque sus muertos acaban siendo los nuestros también.

Y mientras no seamos capaces de entenderlo, reaccionar y abatirles con nuestras armas y de manera legítima y consensuada, seguiremos sufriendo pérdidas injustas o que algunos de nuestros chavales pillen el fusil por su cuenta y riesgo y se larguen a pegar tiros contra el Daesh en Irak.

Sí, un lustro de conflicto sirio es un avispero en el que ya está comprobado que tenemos nuestra parte alícuota de responsabilidad. Pero alguien debería hacerles frente a los bárbaros de manera inmediata, legitimada por el Estado de Derecho y usando el único lenguaje que entienden, antes de que sea demasiado tarde o nos convertiremos todos en otra ciudad.»

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Efectivo, eficiente o eficaz.

Efectivo, eficiente o eficaz.

Artículo publicado el domingo, 20 de Marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

«Pensamos que usamos las palabras, hasta que alguien o algo nos recuerda su verdadero significado, y entonces —y sólo entonces— nos damos cuenta de que ha sido al revés, que han sido ellas las que han estado aprovechándose de nuestra pereza y utilizándonos como peleles lingüísticos, que es en lo que realmente nos estamos convirtiendo a golpe de tuit y de whatsapp. Como ocurre con cualquier meme, las palabras también sobreviven gracias a nuestra lengua, beben de nuestra saliva y respiran con nuestra pronunciación, y de ahí que harán lo que sea por perdurar, por trascender, por llegar hasta la siguiente generación.

Así las cosas, hay palabras que siguen claramente una estrategia para sobrevivir en esta realidad miope más allá de los 140 caracteres, que consiste en agruparse en células de resistencia por asociación aunque sea engañosa y falaz. Las palabras se refugian a rebufo de otras más utilizadas, más comunes, se disfrazan de sinónimas, cuando realmente no lo son, y allí aguantan agazapadas el chaparrón de esta epidemia de comodidad que nos amenaza y nos empapa ante semejante procrastinación con tendencia a convertirse en huracán de fuerza mayor.

Es lo que ocurre con efectivo, eficiente y eficaz. Tres palabras que a priori no tienen nada que ver, sobre todo cuando nos referimos a las relaciones humanas y ya no digamos sentimentales. Tres conceptos que intercambiamos con demasiada alegría. No hay más que encender la radio, la tele o abrir cualquier periódico para darse cuenta de que no hemos reparado en ninguno de sus matices, lugar donde suele esconderse la verdad.

Con la palabra «efectivo» no hay confusión posible, pues viene claramente definida en el DRAE: real y verdadero, en oposición a quimérico, dudoso o nominal. No es de extrañar que comparta casi todas las letras con afectivo. Lo afectivo es mucho más que efectivo, porque llega incluso antes que éste, tanto en el diccionario como en el corazón. Y así demuestra que se puede ser perfectamente real y verdadero a la vez que quimérico, dudoso o nominal.

Efectivo no es eficiente. O como mínimo no debería serlo. Fíjate en la definición de «eficiente»: capaz de disponer de alguien o de algo para conseguir un efecto determinado. Disponer, utilizar, manipular y conseguir un efecto, un resultado. Y lo peor, como siempre, viene en la última palabra: determinado. Predefinido. El destino. A vueltas con el destino. Quizás por eso esté a una sola letra de deficiente. Lo eficiente consigue lo que quería. Lo efectivo lo es.

Y así llegamos a la necesaria distancia con eficaz, o lo que es lo mismo, «capaz de lograr el efecto que se desea o se espera». Definición muy parecida a la de eficiente, pero que nos introduce en dos conceptos radicalmente disruptores. Los deseos y las esperas. Las dos condenas del ser humano para un tal Siddhartha. Y es que la vida entera son deseos y esperas. La felicidad, como defendía Punset, está en la antesala de conseguir lo que se persigue. Nos pasamos la existencia en la sala de espera de nuestros deseos. Según Lennon, lo que te ocurre mientras tú haces otras cosas. Esperar y desear. Porque ya me dirás qué somos, sino un manojo de anhelos que siempre tienen que esperar.

Así que nada, quizás hoy nos toca aprender algo sobre estas sutiles diferencias. Que cuando pretendemos ser eficaces y eficientes, no nos fijamos ni nos damos cuenta de los cadáveres que vamos dejando por el camino. Esos cadáveres llamados sorpresa, intuición, cambio de rumbo, de repente y ya. Cualquier cosa que sea contraria a la expectativa. A lo previsto. A lo que pretendimos conseguir. A la quimera, a lo dudoso y a lo nominal.

Y es que las cosas importantes, las de verdad, están ahí, en ese hueco, en ese ángulo muerto del espejo retrovisor llamado futuro. Y es que las cosas importantes, las de verdad, son siempre y necesariamente ineficientes, ineficaces, y son muy poco dadas a la previsión.

Prefieren ser efectivas.»

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Cartografía ignorante.

Cartografía ignorante.

Publicado el miércoles, 16 de marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

risto«Nos reímos del Pequeño Nicolás porque admite en televisión que no sabe dónde está Australia, y las búsquedas de la palabra «Australia» se disparan en la red justo en ese momento, qué casualidad. Nos indignamos con los 5 años de conflicto sirio, cuando la mayoría no sabría ni situarlo en el mapa. Y hablando de Siria, nos abochorna el trato que reciben los inmigrantes, mientras el perfil de @hotmigrants triunfa en Instagram a base de mostrar chulazos inmigrados. Parece que el bimoralismo ha llegado para quedarse y ya podemos declarar oficialmente que somos de una pasta en público y de otra muy distinta online. Bienvenidos al paraíso del postureo hipócrita y bipolar, donde la vida íntima y la pública son nuestro Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

De todo, lo que más me fascina es nuestra gestión de la ignorancia. O mejor dicho, lo que hacemos con ella. No hace falta irse hasta Sócrates, el mismísimo Einstein reconoció que todos somos muy ignorantes, lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas. Es de nuestras primeras elecciones importantes: cuánto decides ignorar. Unos deciden ignorar mucho de muy poco, a cambio de saber muy poco sobre muchas cosas, y se llaman a sí mismos generalistas. Otros deciden hacer todo lo contrario, y se convierten en especialistas. Y aún así todos, los unos y los otros, descartamos millones de terabytes de cosas que no sabemos y seguramente no aprenderemos jamás.

Los mapamundis europeos anteriores a la conquista de América eran dibujos completos: lo que no se sabía, se lo inventaban con extraños fosos y animales mitológicos. En cuanto se supo que las Indias no eran las Indias, se descubrió la oportunidad de borrar, dejar espacios en blanco y volver a dibujar.

En algún momento la ignorancia pasó de ser el motor del sabio para pasar a ser la medalla del idiota. Y hoy en día, es casi peor que el fracaso. Morimos antes de reconocerla. El único sitio en el que podrás ver a un paisano admitiendo que no sabe nada de nada, es en un juzgado. O sea, que encima tendrá todos los números de ser mentira.

Igual te ha pasado alguna vez. Estás hablando con alguien y de repente tu interlocutor da por hecho que ya conoces aquello que te acaba de mencionar. Puede ser una película, un libro o una anécdota, da igual. El caso es que tú llegas tarde a corregirle y de pronto ya no procede hacer lo que tocaría: parar, rebobinar y aprender. Las frases se agolpan una tras otra, enterrando para siempre esa oportunidad y ahí estás tú, asintiendo cuando deberías negarte a continuar.

La ignorancia aún nos avergüenza, cuando deberíamos retomarla, abrazarla y reconocerla como lo que es: una oportunidad para borrar nuestro mapa y volverlo a dibujar.»

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Hacer caso.

Hacer caso.

Artículo publicado el domingo, 13 de Marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

«La secuencia es siempre la misma. Alguien pretende que hagas algo. Cualquier cosa que ese alguien desea que hagas, sea por su propio beneficio, sea por el tuyo, sea por un tercero, da igual. Y ante esa petición, tú tienes dos opciones. Sí, sólo dos, se trata de las pocas situaciones binarias que hay en la vida. Como embarazarse. Como equivocarse. Como ser infiel, o mejor dicho, desleal. En este caso, o le haces caso o no se lo haces. No hay punto medio. On y off. Blanco y negro. Hu há.

Hacer caso no es obedecer. Puede que se parezcan en su significado, pero sus grafías dibujan cosas muy distintas. La obediencia es seguidismo pasivo o sumisión activa, según se mire. Acatar la orden, sin más. No conlleva más mérito que seguir la norma, pactada o no. En todo caso demuestra una decisión previa de respeto ante las normas de convivencia y la legalidad. Por eso, la obediencia nace. El caso, en cambio, se hace. Se fabrica. Se moldea con las propias manos aquí y ahora. No es algo que puedas comprar hecho. Lo tienes que manufacturar para cada ocasión. Y siento cada vez más respeto por las cosas que no se pueden prefabricar.

De ahí que sienta tanto respeto ante la gente que entiende esta diferencia y, manteniéndose obediente, decide no hacer caso. Porque donde existe demasiada diferencia entre ambas es allí donde anida toda injusticia. Mandela fue obediente y acató prisión injusta durante 27 años, pero jamás hizo caso del apartheid. Gandhi fue un obediente abogado licenciado por el University College de Londres, hasta que se negó a viajar en un vagón de tercera clase por el mero hecho de ser «de color». Y así Luther King, Claudette Colvin, Rosa Parks. Obedecer sí. Hacer caso, jamás.

Trabajo desde hace casi 20 años en el sector servicios. El sector donde un día alguien dijo que el cliente siempre tenía la razón. Cuánto daño ha hecho esa frase, dios. Imagínatela en manos de un médico, o peor aún, cirujano. El paciente siempre tiene la razón. A mí que no me ponga las manos encima ningún galeno que piense así. Pues en marketing ocurre un poco lo mismo.

El día que creces como profesional es el día en que decides darle a tus clientes lo que crees que les conviene, lo cual no siempre coincide con lo que te están pidiendo. «La gente no sabe lo que quiere hasta que se lo muestras», mi frase favorita de cierto fundador de Apple con el que tanto nos gusta posturear. Al final, mis clientes pagarán la campaña que quieran comprar, y si no les gusta lo que les ofrezco, al que no le harán caso será a mí, me echarán a la calle, como alguna vez ha pasado, y como seguro volverá a pasar. Pero intentaré que lo hagan siempre con algo que yo creo que les convenía más que lo que me estaban pidiendo, y por supuesto con la sensación de que esta vez el equivocado puedo haber sido yo. Obedecer sí. Hacer caso, jamás.

Un amigo es alguien que te conoce tan bien y te quiere tanto que jamás te hace caso del todo. Por tu bien, por el suyo, por el de los dos. Si es amistad verdadera, resistirá el paso del tiempo, pero sobre todo el paso de ti. Los consejos, el yo de ti haría, el yo en tu lugar… están de más en un espacio de verdadera amistad. Nadie es más que nadie cuando se quiere y se piensa resistir hasta las últimas consecuencias, hasta el final. Ya no hay árboles ni bosque, los talamos todos para construir este barco sobre el que vamos los dos de igual a igual y dispuestos a naufragar. Nos equivocaremos juntos, tú dale que yo te sigo incluso en mi desacuerdo.

Y si esto es así con los amigos, imagínate con la pareja. Esa amistad de la que has decidido enamorarte. Tu pareja no es pareja si sólo te dice las cosas que sabe que te gusta escuchar. Tu pareja no es pareja si nunca te ha dicho que te equivocas. Si no has discutido y entendido la discusión como una de las formas más puras y desinteresadas de amar.

Hazme caso. Tú obedece. Pero jamás hagas caso. A mí, para empezar.»

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Be Walter, my friend.

Be Walter, my friend.

Publicado el miércoles, 9 de marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

Captura de pantalla 2015-09-03 a la(s) 19.21.55«Malos tiempos para la rigidez mental. En medio de este desgobierno en funciones plagado de no investiduras y pactos contra todos, de pronto a nuestros políticos les ha tocado jugar este improvisado Campeonato del Mundo de Contorsionismo Ideológico, y a la vista está que les ha pillado muy desentrenados. Contra toda lógica democrática, el que ha permanecido más inmóvil es justo el único que no sale en la foto. Y del resto qué decir, que donde dije digo, además de Diego, tengo que decir lo que dije mientras omito lo que los otros no quieren que diga. Se precisa urgentemente un curso acelerado de flexibilidad política, dogmática, si me apuras hasta moral, y yo con estos pelos, anda, bésame, tonto y De Guindos muerto de celos.

Hace ahora la friolera de 10 años, una mítica marca de automóviles —que por cierto acaba de convertirse en centenaria— rescataba una de las últimas entrevistas concedidas por Bruce Lee en 1971, tan sólo unos meses antes de morir: «Vacía tu mente, libérate de las formas. Haz como el agua. Si pones agua en una botella, se convierte en botella. Si la pones en una tetera, se convierte en tetera. El agua puede fluir o puede golpear. Sé agua, amigo.» Premonitorio, ¿verdad?

Por la Carrera de San Jerónimo corre hoy agua de todo tipo. Agua potable, agua sucia, agua contaminada y agua pesada. Agua que fluye y agua que golpea. Agua congelada que espera como agua de mayo a su agua hirviendo para ser aguada. Agua que mueve molino y agua que déjala correr. Cualquiera diría que las goteras del congreso han pasado del techo a los escaños vía sus señorías. Y aún así, una sequía de liderazgo lo vuelve todo insuficiente para saciar semejante sed de poder.

No es de extrañar que Zygmunt Bauman se quejara de la cultura líquida moderna en contraposición a la cultura de aprendizaje y acumulación, pues la de ahora «se nos aparece como una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido». Para fluir es necesario olvidar, desprenderse de lo de ayer y renunciar a cualquier tipo de coherencia. Y como de memoria andamos tan justitos, ya nadie resiste una hemeroteca a más de una semana vista.

Y a todas estas, los ciudadanos, con la boca más seca de lo normal, asistimos atónitos a la disolución ya no de las cortes, sino de las propuestas electorales, de los programas y de nuestras papeletas convertidas en papel mojado.

A mí, ante tanto pacto monta tanto, ante tanta concesión indiferente y tanto postureo en busca de más comicios, lo que se me viene a la boca es una sentencia del economista británico Walter Bagehot: «Puedes hablar de la tiranía de Nerón y de Tiberio, pero la tiranía real es la del vecino de al lado.»

Be Walter, my friend.»

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Cuatro pueblos.

Cuatro pueblos.

Artículo publicado el domingo, 6 de Marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

«Si la elegancia es donde dices basta. Si plantarse es comenzar a echar raíces y por fin dar tus frutos. Si la estupidez es sólo la forma más extendida de desproporción. Como la fealdad. Como el recuerdo. Como todo lo que hoy, inexorablemente, vas a olvidar. Y si para avanzar a veces es necesario que te detengan por malvada y peligrosa. Hoy me bajo de mi propia inercia para reflexionar sobre lo que hay que hacer para pasarse de verdad. Cuáles son los cuatro pueblos que, llegado el caso, jamás hay que dejarse atravesar. Si alguna vez te pasaste cuatro pueblos o se los pasaron contigo, éste es el mapa de tu arca perdida, ahí va la hoja de ruta que como diría el poeta, nunca se ha de volver a pisar.

El primer pueblo es un lugar llamado Respeto. El principio de todos los desvaríos. El kilómetro cero de las relaciones hacia ningún lugar. Te diría que así a priori un respeto se lo merece cualquiera, pero tampoco te voy a engañar. El respeto no se exige. El respeto se gana. Y ojo con dónde lo guardas, es lo único que por mucho que tú hayas ganado, siempre te lo van a perder los demás. Basta con una palabra fuera de tono. Un todo lo que eres me da igual. O a veces, basta con tratarte como más idiota aún de lo que ya te sientes. Asumir que pueden tomarte el pelo en tu puñetera cara y encima a ti tiene que darte igual. Y a partir de ahí descender peldaño a peldaño por una herida con forma de escalera de caracol hacia la destrucción total. Créeme, sé de lo que me hablo. Lo he perdido y me lo han perdido más veces de las que soy capaz de recordar. Por eso estoy en disposición de reivindicarlo. Por eso ahora me siento con toda legitimidad. Porque nadie lo echa de menos hasta que de pronto nadie sabe dónde está. Y es entonces cuando es demasiado tarde. Es entonces cuando hay que salir del sistema y volver a entrar, o como dicen los informáticos cool, resetear.

Así llegamos al segundo pueblo que los organismos internacionales bautizaron en su día como Dignidad. La dignidad es respeto en posición de enfado. De ahí viene cualquier palabra que derive indignada. Indignada de cuando no queda ya nada de eso, de dignidad. Cuando alguien la esgrime y la reivindica, eso es que algo muy malo y muy desagradable o bien ha pasado o bien está a punto de pasar. Por eso, pasarse este pueblo sí que tiene principios, pero aún nadie le ha encontrado ningún final.

El tercer pueblo no es un lugar, sino muchos. Porque está localizado en algún lugar del Arrepentimiento, que es como el ombligo, cada uno rodea sólo al suyo, y como ocurre con los ombligos, jamás encontrarás dos iguales, todos tan feos como inútiles. Tuvieron todo el sentido en su día, pero fuimos consciente de ellos en cuanto ya no los volvimos a necesitar. Es la zona cero de la culpa, donde todos los conflictos llegan justo después de firmarse la paz.

Y así es como llegamos al último pueblo. Si te pasas éste, iba a decir que te despidieses de todo y de todos, pero me estaría equivocando, una vez más. Porque este pueblo no es otro, este pueblo eres tú. Cuando ya no te reconoces ni a ti mismo, eso es que te has perdido para siempre y de verdad. Te miras, te escuchas y dices y éste quién es. Ahí es donde tampoco debes cometer el error de rechazarte, porque eso que has encontrado también eres tú. Aunque no te guste. Aunque te dé mucho asco. Aunque tus mapas no llegaran a verlo, aunque tu concepto de ti mismo se haya quedado sin cobertura. Las cloacas de tu carácter huelen así. Son los bajos fondos de tu personalidad. El lugar al que sólo tiene sentido acceder para hacer una cosa: quedarse y ponerse a desinfectar.

Pasarse cuatro pueblos es mucho más que llegar tarde a cualquier pronto.

Pasarse cuatro pueblos es darse cuenta de lo pequeño que eres como ciudad.»

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Caer bien.

Caer bien.

Publicado el miércoles, 2 de marzo de 2016, en ElPeriódico.com.
risto«Mira que me caes mal, pero aún así coincido al cien por cien con el último artículo que has escrito, así que lo voy a compartir en mis redes sociales avisando, eso sí, de lo mal que me caes». La escena se repite cada vez que publico algo que toca conciencias, almas, corazones o simplemente hueso. Y yo que me alegro, oye. Al final, reconocer la contradicción propia es el principio para superar tus prejuicios. No te lo tomes a mal si me importa un carajo. Sobre todo, porque yo no escribo para caerle bien a nadie. Ni aparezco en los medios para caerle bien a nadie. Ni hago nada de lo que hago para caerle bien a nadie. No soporto el sentimiento de caer bien. Ni siquiera cuando a mí me ocurra con algunos. Como a cualquier hijo de vecino me gusta gustar, pero por favor, no confundir con caer bien.

Caer bien no es gustar. Gustar supone un proceso de prueba y acierto, significa que lo que has recibido te convence aunque sea sólo al paladar. Caer bien es diferente. Una decisión irracional e independiente del entendimiento o la razón. No sé qué tiene, pero me cae bien. Mi complejo amigdalino, el mismo que hace cientos de miles de años me avisaba del peligro antes de que fuese consciente del porqué, decide por mí y yo lo expreso como si fuese algo de lo que estar orgulloso. Romanticismo retrasado hasta el pleistoceno. No tengo motivos fundados ni racionales para emitir este juicio, pero me da igual, he decidido absolver a esta persona o condenarla por las mismas no razones, si he decidido que me cae mal. Y a partir de ahí, el efecto halo que supone la atribución de todo tipo de virtudes o defectos asociados. Los magistrados saben muy bien que no pueden dejarse llevar por las filias o fobias que despierten los acusados, pues se exponen a cometer delito de prevaricación.

Caer bien ha sido y sigue siendo el mal endémico de este país. Ha sido el mal de muchos y sigue siendo consuelo de tontos. A Rajoy le caía bien Alfonso Rus. Te quiero, coño. Y Bárcenas sé fuerte. Y Rita Barberá me ha dicho que es inocente. Ahora no nos queremos acordar, pero hubo un tiempo en el que Jordi Pujol le caía bien a prácticamente todo el mundo en Catalunya. Y lo bien que nos caía el rey campechano.

Que alguien te caiga bien —o mal— es ser flojo de corazón. Andar por la vida con los ojos vendados por uno mismo. Dejar de escuchar lo que la realidad te grita. Esa realidad que dice que si coincides con alguien cuando se expresa, eso es que igual no te habías formado un juicio adecuado, y estás a punto de desterrar un prejuicio.

Pero claro, es mucho más fácil decir que sigue sin caerte bien quien piensa igual que tú. No vayas a caer mal a los que aún ni se lo han cuestionado.»

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No, hombre, no.

No, hombre, no.

Artículo publicado el domingo, 28 de Febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

dibujo no hombre no
Il·lustració per Leonard Beard.

«Ya no eres un hombre. Tendrás el aparato reproductor propio del género masculino, pero lo tienes ahí como adorno y deberían borrártelo ya. Serás todo lo machito que te creas delante de tus amigotes, pero desde el momento en el que le levantas la mano a una mujer, ahí perdiste la condición de hombre y pasas a ser otra cosa. Cobarde, desgraciado, o para decirlo más fino, maltratador. Pero hombre, ya no. Me niego a que nos denominen a ti y a mí igual. Así que te llamaré otra cosa, pero hombre, no.

No, hombre, no. Te estoy hablando a ti, mírame cuando te hablo, campeón. Tú y todos los que sois como tú. No sólo los 11 asesinos en lo que llevamos de año en nuestro país, al menos 57 en 2015, suma y sigue, que parece que este año vamos a más. Los que las apuñalaron, las apalearon, las dispararon y hasta las rociaron con ácido o con gasolina. No sólo ellos. Monstruos que pudieron consumar su monstruosidad. Algunos, suicidas a contratiempo, cobardes por partida doble, por no tener no tuvieron ni lo que hay que tener para recibir su merecida condena por parte de la sociedad.

También los que siguen torturando a sus semejantes sólo por el hecho de que las creen más débiles. Curioso que jamás se metan con alguien de su talla física, que les pueda atizar igual. Pero también los que controlan y presionan psicológicamente a sus parejas hasta hacerles llorar. Los que les envían mensajes vejatorios a cualquier hora. Los que no les dejan salir a la calle, dónde te crees que vas así vestida, quién te ha escrito ese mensaje, no te irás a maquillar. Los que las persiguen por las redes sociales. Los que las humillan publicando fotos comprometidas de cuando estaban juntos, violando así su legítimo derecho a la intimidad. Los que les comentan despectivamente tras dejar la relación. Los que las zarandean y humillan durante un concierto de Alejandro Sanz. Si te encuentras en este grupo de basura humana, mírame bien que esto va por ti.

No, hombre, no. Eres escoria social. Un desecho. Un error de cálculo de la naturaleza o de la civilización, da igual. Y como tal te deberíamos tratar. Un bravo bien grande por Alejandro. Y una pregunta incriminatoria para todos nosotros, para todos los demás. Cuántas muertes y palizas nos habríamos ahorrado si todos, vecinos, familiares, amigos y simples desconocidos, hubiésemos actuado igual que Sanz. Pensémoslo. Porque igual, parejo a cualquier tipo de maltrato, lleva adjunta nuestra responsabilidad como seres humanos que convivimos puerta con puerta. Pensemos si esto que tenemos se puede llamar civilización mientras la mayoría sigamos mirando hacia otro lado, si mientras no nos toque muy de cerca, parece que nos dé igual.

Pero esto no va sobre nosotros, sino sobre ti. Que no me he olvidado de tu cara, ni de lo que estás haciendo, pedazo de animal. Espera, que me perdonen los animales, siento haberte comparado con nuestros nobles compañeros de planeta, ellos sienten y actúan mejor que nosotros en muchísimas cosas, así que tú no llegas a la condición de animal.

Eres cosa. Eres algo —no alguien— que hay que erradicar. Alejandro, aparte de tener los arrestos de parar el concierto y encararse contigo, además llamó a seguridad. Y ése ha sido para mí el gran gesto, la gran lección. Quiero que sepas que, por mucho que te pienses que nadie te mira, estamos todos ahí, y cada vez somos más. Escuchamos, miramos, vemos y estamos dispuestos a parar lo que haga falta para hacer lo que hay que hacer: denunciar.

Espero que acabes tus días en una cárcel en la que te hagan pasar por todo lo que tú estabas dispuesto a hacer pasar.

Mientras tanto, ruego a todo el mundo que te llamemos lo que queramos.

Pero hombre, no.»

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Usa tus ojos.

Usa tus ojos.

Publicado el miércoles, 24 de febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

Captura de pantalla 2015-09-03 a la(s) 19.21.55«No recuerdo la cantidad de veces que nos han intentado colar la realidad virtual, aumentada o simplemente adulterada con cualquier tipo de tecnología. Parece que fue ayer que todos íbamos a tener una tele en casa con la función 3D, hasta tal punto me lo creí que aún tengo mi tele ahí, preparada con unas gafas horrorosas que habré usado —como mucho— una vez en mi vida, encima creo que fue para verme en Torrente 4 haciendo de cura. Y qué me dices de las Google Glass, ese artilugio que nos debería haber cambiado la vida hace años. Da igual, esta vez como el fundador de Facebook y archibillonario Mark Zuckerberg ha dicho en el MWC de Barcelona que el futuro son los vídeos 360º, ahora parece que por fin sí.

Al fin no tendremos que soportar la realidad que nos ha tocado vivir, y podremos montarnos nuestra realidad paralela y cada uno verá sólo lo que quiera ver. Algo así como un concejal del PP, pero en versión honrada.

La historia de la tecnología parece contar la historia de la huida de la realidad. Huir de sus incomodidades. De sus imposiciones. Huir de ella para no tenerse que soportar. Primero huimos de nuestra débil condición animal sin demasiadas defensas. Después de la climatología adversa, la dictadura solar, los cambios de estación, de los accidentes geográficos y la orografía desfavorable. Y más tarde tratamos de reducir ese inconveniente llamado distancia y lo llamamos TIC. Por último, los últimos cincuenta años nos pillan huyendo de la necesidad de estar acompañados para dejar de estar solos. Una huida sin demasiado éxito, debo decir.

Hoy, si te fijas, miramos siempre de segundo ojo. Siempre a través de. Un móvil, una tele, un ordenador o un visor cualquiera que ahora quieren atar a nuestra cabeza, no vayamos a escapar. Así lucimos los asistentes a cualquier función infantil de fin de curso, babeantes padres parapetados tras nuestros móviles en modo paparazzi sin atender a lo más importante que se presenta ante nuestros ojos: el inexorable paso del tiempo reflejado en las habilidades de nuestra prole, o dicho de otro modo, la realidad. Ni virtual ni aumentada. Realidad y ya. Seguimos sin ser conscientes de que lo que no miremos directamente, jamás habrá sido visto por nuestros propios ojos. Siempre a través de una pantalla. Siempre a través de.

Usa tus ojos. No delegues siempre en los ojos de una máquina. Te podría dar muchísimas razones, pero me quedo con tres. La primera, es que tus ojos no necesitan batería para grabar en UltraHD. La segunda, que tus ojos no sólo ven, también perciben. Tienen visión más allá de lo que miran, reciben información más allá de lo que está. Sólo hay que dejarles salir de plano. Y la última, porque ellos sí saben emocionarse. Y la tecnología sin emoción es como un número suelto: por muy grande que sea, jamás sabrá lo que está contando.»

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Manual para superar incluso las buenas críticas.

Manual para superar incluso las buenas críticas.

Artículo publicado el domingo, 21 de Febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il.lustració per Leonard Beard.

«A lo largo de estos diez años de vida pública, si algo he cursado ha sido un Master in Critics Administration. Quizás porque yo mismo empecé dedicándome a juzgar a los demás en televisión, quizás porque realmente existe el karma, el caso es que me han llovido todo tipo de críticas y todo el tiempo. Y mira que yo tan sólo hacía mi trabajo, juzgar a concursantes que habían firmado unas bases de concurso en las que pedían ser juzgados, pero eso ahora da igual. Desde que me hice conocido siempre ha habido gente dispuesta a medirse conmigo en plan pelea de machitos alfa. Se ha criticado desde mi pelo —más bien la falta de él— hasta mi presencia en este mundo, pasando por mis gafas, mi pareja, mi estilo de vida, mi ropa, mis ideas, mi ideología y mi apoyo a algunas causas, solidarias inclusive. Así que después de todo, me ha salido un buen callo que a mí me gusta explicar que es inteligentemente permeable, pues dejar pasar algunas críticas y otras no. Después de algún tiempo de pensar que sólo me ocurría a mí, me di cuenta de que no era por ser yo quien era. Me di cuenta de que le ocurría a cualquiera que saltase a la palestra. Y hoy, de hecho, le puede estar ocurriendo a cualquiera que se abra un perfil en una red social. Por eso hoy y aquí, me gustaría compartir casi todo lo que he aprendido al respecto.Il·lustració per Leonard Beard.

Empecemos por lo menos sencillo. Alguien cargado de buena fe te profiere un piropo de lo más desproporcionado e inesperado que te deja con cara de y ahora qué digo, y del que todo el mundo encima parece esperar una respuesta. Dos opciones, o bien no te conoce lo suficiente o bien ya te conoce demasiado. Es más probable lo primero, pues de lo segundo te habrías dado cuenta, en cuyo caso además ya no deberíamos presuponer su buena fe, estarían intentando manipularte o conseguir algo de ti. Así que lo más sensato es acudir a la exageración más absoluta y hacerle caer en su error de manera —digamos— elegante. «Y porque no me has visto desnudo» suele ser mi contestación preferida. Acto seguido, tienes que borrar de tu mente lo escuchado pues corres el peligro de olvidar sólo la circunstancia en la que lo escuchaste y acabar incorporando ese piropo a la imagen que crees que se tiene de ti. Y ése es el primer paso de un inmovilismo que mata. Hay gente que ha muerto por sobredosis de cariño, ahogado en sus propios elogios y ya no ha habido forma de sacarles de ahí. Llámalo muerte, llámalo conformismo emocional, que al caso que nos ocupa, es lo mismo.

Seguimos con algo muchísimo más sencillo. Alguien te insulta, te increpa o incluso te amenaza de muerte. Normalmente lo hace de manera bien cobarde, por las redes sociales y escondido tras un alias, jamás con su nombre verdadero. Yo me suelo divertir a su costa, pero no es de buena persona. Mejor no les dediques ni medio minuto. Las redes sociales permiten algo que ojalá ocurriese en la vida real: bloquear. Bloquea cada día a algún idiota, si puedes a varios pues mejor, verás lo bien que sienta. Y luego, si se ponen muy pesados o si es una amenaza seria, además denúnciales.

Más. Los que te envidian. A estos se les reconoce enseguida. Son los que aparecen sólo cuando te va bien. Haz lo que quieras con ellos. Yo les suelo dejar ahí ahogándose en su propia bilis y contemplando el espectáculo. Intento darles más de lo que se supone que no quieren ver, pues a cada uno hay que darle siempre su merecido.

Y por último, la crítica útil. Ésta es la que debes atender y guardarte. Atender porque es fácil dejarla escapar. Guardarte porque es la que te permite mejorar. Y ojo que no sólo vendrá de tus buenos amigos, que también. A veces será un comentario fugaz de parte de un enemigo. A veces un unfollow en las redes sociales o aún peor en la vida, que duele más.

Sí, ya sé que lo que queda bien es decir sé tú mismo y un puñado de frases célebres de Kurt Cobain y compañía. Pero la verdad es que la innovación y el desarrollo de un ser humano pasa siempre por la mirada atenta del único radar plausible y fiable: los demás. No todos los demás, sino algunos de los demás. Los que emiten esa crítica útil.

Además, la manera de identificarla es muy sencilla: escuece como nunca y no necesita recurrir a la ofensa para ofender. Si estos quieren y además pueden, es porque han tocado verdad. Hay que agradecer a sus autores que se hayan tomado un momento de su tiempo para permitirnos mejorar como personas y/o profesionales. Y la manera de agradecérselo no es otra que esforzarnos hasta dejarles sin motivos y obligarles a hacer algo aún más doloroso: cambiar de opinión.»

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De tu casa al colmado

De tu casa al colmado

Publicado el miércoles, 17 de febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

Captura de pantalla 2015-09-03 a la(s) 19.21.55«Siempre me ha fascinado la gente que se resiste a dejarse llevar por lo que se lleva. Desde la gente que no utiliza móvil hasta los que se niegan a abrirse un perfil en las redes sociales. Me fascina porque aparte de que acaban siendo los más ‘cool’ de todos, creo que siempre es necesario que haya gente que se quede en tierra, que alguien nos vea zarpar ilusionados a todos los demás, a punto de surfear con entusiasmo el próximo Big Kahuna, y puedan ser testigos desde una playa llamada ‘sentido común’ cómo naufragamos una vez más, cómo se nos pasa la tontería, cómo volvemos empapados de realismo y así haya alguien que se haya preocupado por tener la comida lista para cenar.

Recuerdo que durante las deliberaciones de los Premios Jaime I, un siempre lúcido Juan Roig se ocupaba de recordarnos a los demás miembros del jurado que si todos nos dedicábamos a programar apps, ¿quién iba a producir naranjas? Sin apps podemos sobrevivir. Sin comida, no.

Mi madre es de las que se resiste a hablar de marcas. Ella les llama casas. La nevera es de la casa Fagor. El coche es de la casa Seat. Casas, siempre casas. Me encanta esa denominación tan de madre. Creo que comunica mucho más y con más acierto. Como siempre les pasa a las madres. Ni marca ni marco. Casa. Una casa es donde estás a gusto, el lugar que te inspira confianza y donde te reúnes al final del día con los tuyos, con los que consideras tu familia. Una marca también debería serlo.

Pues bien, ahora parece que las casas se han pasado de frenada. Según un estudio de la consultora americana TrackMavenrealizado los últimos 12 meses sobre 22.957 marcas y 50 millones de piezas de contenido en Facebook, Twitter, Instagram, Pinterest, Linkedin y blogs, parece que la producción de contenidos de marca durante el 2015 ha aumentado, de media, un 35%, mientras que el ‘engagement’, o dicho de manera muy burda, lo que nos importaban esos contenidos, ha disminuido un 17%. Es decir, que más es menos.

Nos están saturando. Marcas industriales, sí, pero también personales. Y si no, dígame un político del que no se haya cansado ya. El problema no son ellos -solamente- el problema es que nos están diciendo cada vez más cosas que nos importan cada vez menos. Jamás nos han dicho tantas cosas tan poco relevantes. Y es que las horas del día jamás incrementaron un 35%.

Saturar es sinónimo de colmar. Y ahí aparece otro concepto que jamás debería desaparecer: colmado. Un colmado entendido como tienda de proximidad con las cosas imprescindibles donde jamás sobrevive lo superfluo, básicamente porque no cabe. Volvamos al colmado. Volvamos a las frases que lo resumen todo, sospechosamente atribuidas a Woody Allen: las cosas no se dicen, se hacen, porque al hacerlas se dicen solas.»

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Etimología cardíaca.

Etimología cardíaca.

Artículo publicado el domingo, 14 de Febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

etimologia cardiaca
Il·lustració per Leonard Beard.

«Hoy que celebramos la mayor mentira del mundo jamás contada a uno mismo y la más maravillosa también. Hoy que, por unas horas, no nos hacemos más trampas que al solitario. Hoy que le ponemos nombre de santo a uno de mis pecados favoritos. Aquí y ahora me apetece mentirme del todo, darme una vuelta por las palabras que usamos y por las que no usamos tanto también. La verdad es que me da lo mismo si acierto o no con mis conjeturas. Pues qué es una relación sino la conjetura de que esta vez sí. Ni el mismísimo Popper se atrevió a falsarla. Ni siquiera él fue incapaz de dejarse atrapar.

Qué pasa si San Valentín en realidad viene de valiente. De lo apuesto todo al rojo. De me atrevo a sentir por encima de mis posibilidades. De dejadme solo, que me estoy arriesgando mucho, ya lo sé. Pero es que cuanto más me arriesgo, más estoy en disposición de querer. Tal como están las cosas, casarse empieza a ser el acto más revolucionario que existe. Y divorciarse, un acto de lo más mainstream, un acto de lo más vulgar. En breve lo cool será aguantarse toda la vida. Ya verás.

Qué ocurre si Cupido viene de esculpir. Ojo a esa L que irrumpe como buena novata y transforma cualquier vileza en una maravillosa obra de arte. Como un insulto bien dicho en la cama. Algo que de pronto ha dejado de estar mal. Y es que toda relación se estrena por el sexo y tarda algún tiempo en subirse hasta los órganos superiores, donde la permanencia es muchísimo mayor que la rotación. El problema aparece cuando uno no es capaz de moverse de ahí abajo. Que tal como viene, se acaba yendo. Se comporta un poco como el cash.

Qué pasa si el corazón es la víscera más visceral. El que toma las decisiones importantes. El que le rapta todo el protagonismo semántico al complejo amigdalino, pero en el fondo, y a todos los afectos, nos da igual. Lo importante es que nuestro organismo ya ha elegido cuando nosotros todavía lo estamos empezando a argumentar. Francamente, así nos va.

Qué ocurre si a enamorarse lo traducimos directamente del inglés. Que se transforma en algo así como caer en el amor. Como quien ha caído en la cuenta. Cuando no de un pedestal. De esto Hollywood ha construido la industria más mentirosa. Porque caerse no puede durar más de 90 minutos. La historia real empieza cuando chico realmente conoce a chica o viceversa, cuando alguno de los dos se empieza a levantar. Ahí es donde todo comienza de verdad. Caerse en el amor. En el mejor de los casos, tirarse a uno mismo a un pozo sin fondo de cuatro letras. Un sitio desde el cual se ve todo distinto. Un sitio donde la luz la pone quien mira y más recibe quien más da. Un lugar en el que caben unas cosas y otras no. Por no hablar de las personas. Es el único lugar del mundo donde siempre se queda la gente que ya no está.

Qué pasa si cursi es el diminutivo de curso. Algo que se nos acaba pasando con el tiempo, siempre y cuando seamos capaces de aprobar. Conmigo ya no hay manera, sigo repitiendo primero de emocionarse. Estoy por montar la tuna de esta puñetera Universidad.

Qué ocurre si Latino viene de latir. De estar agarrado a la vida y no querer soltarla. No es una procedencia, es una forma de entender la felicidad. Saber que vale más un abrazo que un beso, y aún así jamás tener vergüenza de abrazar. Es más, qué son las lenguas romances sino lenguas diseñadas desde sus principios para el noble arte de darse lo suyo. Por no decir de amar.

En definitiva, qué pasa si a cada palabra le imponemos el significado que nos dé la real gana. Que al fin y al cabo es lo mismo que hacemos con las personas, lo que pasa es que queda mucho más fino decir que me acabo de enamorar.»

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Copy & Right.

Copy & Right.

Publicado el miércoles, 10 de febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

Captura de pantalla 2015-09-03 a la(s) 19.21.55«Escucho abochornado el discurso del presidente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, un tipo inteligente y afable con el que en su día compartí una acalorada charla sobre la piratería y que acabó como suelen acabar estas discusiones, cambiando de tema. El presidente de la academia de cine me confesó que no usaba ordenador, algo que en pleno cuarto lustro del siglo XXI suena tan coherente como un entrenador personal orgulloso de su sobrepeso, un dentista con los dientes amarillos o un adolescente sin Snapchat.

Pienso que siguen sin entender nada, porque siguen sin atacar a las fuentes del conflicto. Pienso que se equivocan y mucho al equiparar al usuario final con un delincuente, por mucho que les ampare la ley. También en la Gran Bretaña del S.XVIII fue aprobado el «Acta de la Ginebra», prohibiendo cualquier consumo de un destilado que se estaba cargando el país, y sólo sirvió para aumentar su interés, y por tanto, su contrabando. La diferencia es que aquella ley fue derogada tras sólo seis años de aplicación, en cuanto se dieron cuenta de que el consumo excesivo se debía a la depresión de sus habitantes por la insalubre vida que se había instalado en las grandes ciudades. Había que atacar la fuente del problema, no al usuario final. Sin embargo, aquí aún seguimos con la misma cantinela. Si pirateamos leyes, al menos que sea hasta el final.

La solución, —no la digo yo, la gritan desde hace años todos los expertos—, consiste en juntar ventanas de exposición legal. La experiencia de la industria de la música nos ha demostrado que se puede hacer negocio en cuanto se trabaja a favor del consumidor, y no en su contra. Facilitándole el consumo legal de los contenidos desde el mismo momento en que se estrenan. Ajustando de una vez los precios a la realidad de la distribución digital. Y cuando se pueda, dándole una razón extra para pagar más.

Y hablando de pagarla. Esta misma semana asistimos al no menos bochornoso episodio de los titiriteros procesados por «colaboración en enaltecimiento del terrorismo» en Madrid. Otro trabajo a medias que nos dejó la Transición. Una separación de poderes que se quedó corta, pues no debería haber sido entre tres, sino entre cuatro: ejecutivo, legislativo, judicial… y cultural. Independencia para la cultura y los creadores. Un espejo no depende de tus subvenciones para devolverte la imagen. Pues lo mismo ocurre con este espejo —a veces cóncavo, otras convexo— de nuestra sociedad al que llamamos cultura.

Por cierto, que Resines me debe una comida. Y yo se la debo a Pdro Snchz. Podrían quedar entre ellos y así cancelarse ambas deudas, uno a cuenta de un sueño del que sólo algunos ya despertamos, el otro a cuenta de la pesadilla que está siendo poder llegar a gobernar.»

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Corazón moco.

Corazón moco.

Artículo publicado el domingo, 7 de Febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

Corazón Moco
Il·lustració per Leonard Beard.

«Poco se habla de lo que realmente importa. Poco se habla en general. Y encima, cuando lo hacemos, seguimos hablando de sentimientos como se hacía cuando no estaba bien hablar de sentimientos. Evolucionan las formas de relacionarse y sin embargo seguimos describiendo el amor como si no hubiese más posibilidades que las que tuvieron nuestros abuelos. Cuando todos sabemos que ya no es así. Que el cómo siempre condicionó el qué. Si nuestros antepasados hubiesen tenido Tinder, muchos no estaríamos leyendo esto. Eso dalo por seguro. Así que no nos deberíamos engañar más.

Algo pasa cuando llega el momento de abrirnos y damos un paso atrás, exhibiendo un pudor absolutamente impostado y muy poco útil, muy poco fiel a la verdad. Por un lado nos morimos por abrir nuestro corazón y se nota a leguas que lo necesitamos, pero por otro manifestamos un miedo atroz a hacerlo, miedo a hacernos daño, miedo a que nos lo hagan o miedo simplemente a ser malinterpretados, como si solo pudiésemos hablar de lo que sentimos desde el amarillismo o poniéndonos cursis. Y nada más lejos de la realidad.

En qué momento se jodió lo nuestro. En qué momento confundimos vida íntima con vida interior. Abrirse con exhibirse. Un escaparate con libros abiertos. Publicar una foto en Instagram con traicionar tu privacidad. Destrozarse la vida por dentro con saber abrirse en canal. Francamente, no lo sé, pero quizás por eso hoy quiero escribirte corazón en mano. Hoy quiero reivindicar las nuevas relaciones, los nuevos tipos víscera de los que tan poco se habla, porque aunque no se hable de ellos, existen, están ahí y oh sorpresa, hoy por hoy ya son mayoría y cada vez van a más.

Existen los clásicos corazones locos. Que aman de diversas formas y todas a la vez. Poliamorosos y compartidos. Indecisos o simplemente complementarios a varias bandas. Corazones que solo se sienten felices dentro de una mayor complejidad que la que la gente considera «normal». Porque querer ser «normal» por encima de todo es la mejor forma que se me ocurre de perderse la vida de antemano, de renunciar por anticipado a toda felicidad. Cuando «normal» se convierte en «igual que los demás» lo siento pero estás jodido. Muy poco podemos hacer ya por ti.

Existen relaciones neoepistolares que solo funcionan cuando no están juntos y viven en permanente chat. Echarse de menos es más que una forma de compartir lo que se siente por alguien. Es otra forma de disfrutar. Y así deben seguir, pues cuando intentan juntarse, lo suyo es el desastre.

Existen relaciones que sólo funcionan en el recuerdo. Cuando las viviste igual hasta fueron un desastre, una guerra fría, de independencia, civil o incluso mundial. Pero eso da igual, tú ya no te acuerdas de eso, y lo que es un placer ahora es poderlas recordar. Justamente para eso fueron vividas. El error es cuando las intentas comparar con lo que tienes ahora. Pues entonces sí estás mezclando churras con merinas. Y a ver quién es el guapo que hoy por hoy las sabe diferenciar.

Existen relaciones que siempre están a punto de producirse, pero que no llegan a hacerlo jamás. Son las relaciones impasibles ante lo posible, en continua inflación del deseo y en permanente erección. Y ojo que éstas pueden provocar hasta dolor de ovarios, tengas lo que tengas, da igual.

Existen relaciones que no quieren aprender a quererse. Solo pretenden que el otro o la otra se adapte a la manera de querer propia. Y esas son las más dolorosas, pues tarde o temprano, por mucho que se quiera, se acaba queriendo mal.

Existen relaciones con el pestillo roto. Relaciones que dejan entrar a cualquiera a opinar, a juzgar, a valorar si aquello está bien o mal. Y cuando apagan la luz, se dan cuenta de lo solos que realmente se han quedado, pues todo el que opinaba lo hacía por envidia o por simple maldad colectiva, que es la más hipócrita de todas, pues cuenta encima con el beneplácito social. Lo que ocurre entre dos personas que se aman no sólo es sagrado, sino que debería ser nombrado reserva natural protegida por la ONU, por los cascos azules y por toda la Humanidad. Y hasta que no lo entiendan algunos, sólo demostrarán ser unos miserables de sentimiento, discapacitados emocionales, gente a la que solo hay que desearle que se cure algún día de lo suyo, pues sólo entonces podrá amar.

Y por último existen corazones como el mío. Corazón moco donde los haya. Corazón moco que a veces no me deja ni respirar. Corazón cada vez más pegajoso y sucio, que siempre aparece donde no debe y que vuelve con más fuerza cada vez que hace frío para recordarme que ya me he vuelto a resfriar. Y es entonces cuando pasas de los pañuelos de usar y tirar a los pañuelos de tela, que siempre visten, abrigan y duran más.

Bendito virus el nuestro. Bendita enfermedad.»

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Júzgame Deluxe.

Júzgame Deluxe.

Publicado el miércoles, 3 de febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

Captura de pantalla 2015-09-03 a la(s) 19.21.55«Por qué no lo admitimos de una vez. Los juzgados son los nuevos platós. Rato y Blesa son solo las últimas incorporaciones de la nueva temporada cargadita de sorpresas que esta vez incluirá banqueros, empresarios, políticos, tesoreros y hasta alguna Infanta. Pero ya podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que en esta edición, mientras la oligarquía patria que nos ha tocado sufrir va haciendo su paseíllo procedimental, nosotros queremos estar ahí en primera fila para verlo todo y no perder ripio. España merece verles la cara bien. Cada gesto. Cada inflexión. Que se les caiga la cara de vergüenza en HD.

Si eso es así, por qué permitimos aún esos planos. Esa realización monocámara cenital. Ese ritmo soporífero en el montaje. Esa iluminación. Por Dios. Esa iluminación. Por no hablar del sonido. Ni que esto fuera la gala de los Gaudí. Que no, hombre, que no. El mejor reality, más increíble que cualquier ficción que se haya emitido en este país se dirime en sede judicial y nosotros aquí tragándonos imágenes que no están a la altura de su contenido. Dejémonos de producciones amateurs con cámaras de seguridad y encarguémoselo a los que saben de esto, verás qué risas, verás qué bien.

Para empezar, dos formatos diferenciados. En Júzgame Diario se tratarán los temas menores, como de andar por casa. Concejales y alcaldes a lo sumo. El corrillo de sátrapas y ladronzuelos de poca monta que permitieron la corrupción de baja intensidad pero de alta frecuencia irá desfilando con pena y sin gloria hasta que de pronto demos con algún Benavent dispuesto a tirar de la manta. Ahí se paran máquinas y se empieza a cebar todo de cara al Deluxe. Una vez por semana. En prime-time. Hasta la madrugada y más allá.

Su señoría deberá saber aguantar la tensión de un interrogatorio. Poner morritos cuando no esté de acuerdo con algo. Dejar silencios incómodos que hagan que el acusado se derrumbe. Interactuar con la fiscalía o bailar un politono cuando vea que el ritmo decae. Y sobre todo, permitir que ambos lados, acusación y defensa, se descalifiquen y desplieguen su arsenal de argumentos de la forma más agresiva posible, que ya no quedan juicios mediáticos paralelos y aún hay que entretener.

Los tediosos sumarios serán sustituidos por escaletas sin tecnicismos, más reducidas en volumen y complejidad. Y a los procuradores los cambiamos por tronistas ligeritos de ropa y con número colgando del bañador para el sorteo posterior de indultos que se realizará por SMS.

No sé si así conseguiríamos mejores resultados que los actuales, si acabaría habiendo más condenados que ahora o seguirían yéndose la mayoría de rositas. Pero igual conseguimos aligerar la justicia y que las sentencias se produzcan inmediatamente. Eso sí, siempre después de la publicidad.»

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Sudar.

Sudar.

Artículo publicado el domingo, 31 de Enero de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

«A pesar de lo que deseábamos Vanesa y yo, al final nadie fue capaz de frenar enero. Y entre la cuesta propia del mes, la vuelta masiva al gimnasio y el poco frío que nos hizo, de lo único que estuvimos sobrados fue de sudor. Un sudor no solo físico, sino también emocional, social y moral, un sudor que se manifiesta ya no solo en las axilas o en los pies, sino en el alma y el corazón. Un sudor muy churchiliano mezclado con sangre y lágrima, algo así como en los milagros, pero sin la necesidad del visto bueno papal.

Es el sudor de un cambio de armario que llegó tarde. Cuando la ropa o te sobra o te falta, pero jamás acaba de acertar. Donde casi todas las madres amenazan con que vas a pillar un sarampión, que ya, mamá. Donde ya no puedes ni disimular las calorías que te has metido durante la navidad. La operación bikini tendrá que volver a esperar.

Es el sudor que precede a las primeras agujetas del año. Las que nos recuerdan que no estábamos acostumbrados a sudar de ese modo. Un año más, otra cura de humildad. Una frecuencia que dicen que se convierte en hábito tras 21 días. Ojalá fuese tan fácil crearse un hábito como lo es caer en cualquier vicio. Ojalá.

Es el sudor de tu frente, el único que te aparece en la Biblia para recordarte que el duro trabajo te devolverá algo de dignidad como ser humano. Por eso es tan indigno el espectáculo al que tenemos que asistir cada día, esa gentuza que aprovecha su cargo para robar sin pegar golpe mientras hay millones de personas que darían su vida por conseguir un trabajo honrado. Es tan indigno que ahí ya no suda un individuo, sino toda la sociedad.

Pero es que también es el sudor combinado, la suma de varios sudores, que es el que se da cuando se juntan dos cuerpos o más. Un sudor con sabor y olor indescriptible, porque normalmente nadie que se encuentre ahí en medio está como para tomar notas. Es el sudor que recogen las sábanas, luz y taquígrafos sobre el lienzo de los que se acaban de amar. O sin ponerse estupendo, simplemente, de follar.

Es el sudor frío del que delata al que sufre miedo, escalofríos o ansiedad. Como el que te recorre por dentro cuando te enteras de que un hijo de la gran puta acaba de tirar por la ventana a un bebé de 17 meses justo cuando había sido descubierto abusando de él. Con perdón de las señoras putas. Pero ese individuo no merece ni la condición de ser humano. Merece ser tratado como la aberración que es, ni persona ni animal, es una cosa que hay que desmontar, desconectar de nuestro estado de derecho y hasta desenchufar. Sí, ya sé que no hay que desearle la muerte a nadie, y que conste que no se la estoy deseando, pues tampoco eso me convencería. Yo sería más partidario de que sufriese durante el resto de su larguísima vida. A mí me sale así, no te voy a engañar. Por suerte no soy yo el que decide estas cosas, que para eso están las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, y sobre todo nuestro sistema judicial. Pero te juro que si de mí dependiese, ese malnacido conocería el significado de la palabra dolor en todas sus variantes. Su condena debería ser desear con todas sus fuerzas la muerte, pero jamás llegar.

Pero a lo que iba, que me pierdo. Sudar. Sudar. Sudar. No, lo siento, por más que lo intento no me sale. Después de contarte esto, lo único que tengo ganas es de llorar. De impotencia. De rabia. De indignación. Por ese bebé de nombre Alicia que ya jamás visitará el país de las maravillas, porque le tocó vivir en un país con hijos de puta como el que la mató.

Sí, ya sé que muchos pensarán que me he ido del tema.

Sinceramente. Me la suda.»

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Nueva Tarifa Investirruda.

Nueva Tarifa Investirruda.

Publicado el miércoles, 27 de enero de 2016, en ElPeriódico.com.

Captura de pantalla 2015-09-03 a la(s) 19.21.55«¡Candidato! ¡Número 4 de la lista! ¡O 19, da igual! ¿Cansado de estar de pie sin poltrona a la que aferrarte? ¿Harto de tanto esperar a que te llegue tu turno para trincar puestazo? ¿El cuerpo te pide presidencia y tú necesitas respuestas? ¡Qué digo respuestas! ¿Necesitas que te responda algún rival para poder pactar? Tenemos la oferta que esperabas. Especialmente creada para ti. Llega la tarifa que has estado pidiendo a gritos desde tu escaño. Llega la Tarifa Investirruda.

Con la nueva Tarifa Investirruda nadie comunica y todos se encuentran entre sí. ¡Incluso en fin de semana! Todos se ponen. Cachondos o de los nervios, pero se ponen. Es muy fácil, ya verás, compruébalo. Podrás llamar jadeando a las 3 de la mañana al candidato que quieras, solo para repetirle una y otra vez lo de sus vuelos con el avión presidencial de Maduro. También podrás preguntarle al registrador por la europea. Verás qué risas. Ya verás.

¡Con la nueva Tarifa Investirruda, hasta el Rey te recibe! Por Skype, pero da igual, eso es mucho más de lo que han conseguido otros que aún van de guays.

Con la nueva Tarifa Investirruda no tienes que jurar ni prometer por imperativo legal, que eso es una ordinariez y está ‘so out’, basta con que digas «por mis huevos» y de pronto la gente se levanta, se pone las gafas de sol, se cruza de brazos y grita «Takedownforwhat!». Y es que con la nueva Tarifa Investirruda podrás llamar al candidato que quieras sin preocuparte por las líneas rojas, cuando quieras y donde quieras, para ofrecerle pactos, alianzas, ministerios y hasta un pisito en Torremolinos. Todo sin dar cuenta a ningún comité federal y sin permanencia alguna, pues hoy puede que seas senador de un partido que defiende la unidad de España, pero mañana verás cómo ceden tu silla a los secesionistas, eh y aquí ‘napasaoná’.

Apúntate ya a la Tarifa Investirruda y disfruta desde ya de todos los megas que necesites. El megacoche. El megacargo. El megadespacho. Las megadietas. Los megachollos. La megapensión vitalicia.

Y si lo tuyo es medrar desde la sombra, si lo tuyo no es dar un paso al frente, sino que eres de los de dos pasitos ‘patrás’, tenemos para ti la nueva Tarifa Investiblanda. Un pack de llamadas de bajo coste y siempre ‘off the record’ para que los medios digan lo que te interesa hacer llegar al contrario pero sin tener que decirlo tú. Que para eso ya están los demás.

También recuerda que sigue activa la Tarifa Morcillona, que no es ni lo uno ni lo otro, el perro del hortelano en versión parlamentaria, la preferida del resto del arco parlamentario. Un dar para no tomar.

Este mes, aprovecha las ofertas solo para candidatos, que estamos que lo tiramos. El Gobierno de España está de oferta, y mientras, el país paralizado y con ganas de vomitar.»

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El mayor lo siento del mundo.

El mayor lo siento del mundo.

Artículo publicado el domingo, 24 de Enero de 2016, en ElPeriódico.com.

 

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Il·lustració de Leonard Beard.

«El mayor lo siento del mundo ya empieza mal porque llega tarde. Y tarde es lo peor que se puede llegar cuando las cosas urgen tanto como tú y yo. Tarde es lo mejor que se nos ocurre ahora, este mediocre punto intermedio entre un nunca al que nosotros jamás habríamos llegado y aquel momento en el que todo esto realmente debió haber ocurrido. Pero qué le vamos a hacer, si al menos llega no pasa nada, y si pasa oye pues se le saluda y ya está.

El mayor lo siento del mundo siempre estuvo ahí, acurrucado y protegido tras cualquier silencio de duración inesperada, aguardando a que mi ego y el tuyo se callasen un poco y dejasen de una vez de incordiar. Como dos niños pequeños en la sala de espera del despacho del director, cuando sólo les preocupa aclarar quién ha empezado, y no quién es el primero que lo puede solucionar.

Una vez ellos se sentaron, bajaron la guardia y se relajaron un poco, apareció el mayor lo siento del mundo, susurrante y con la boca entornada, dejándonos casi sin aire para pronunciar. Y hubo que dar el brazo a torcer mientras nos bajamos del burro, control zeta de casi todo lo dicho, reconocer que algo estábamos haciendo mal. O mejor dicho, que no todo lo dicho fue sentido como fue dicho. Con lo que eso cuesta cuando crees acabar teniendo la razón. Pero ya se sabe, en esta vida hay que escoger, no se puede tener a la vez la razón y la felicidad.

Y es que el mayor lo siento del mundo viene siempre después de una discusión acalorada, la única actividad humana en la que las dos partes más pierden cuanto más intentan ganar. Para empezar, capacidad de escucha, que es la única necesaria para poder comunicarse y comunicar. Cerramos compuertas, nos volvimos impermeables y confundimos empatía con justicia, que es lo mismo que creerte la mentira de que hoy estás en posesión de la verdad. Pero es que encima nosotros perdimos el tiempo, y tiempo nuestro que nadie nos ha regalado, tiempo que echaremos tanto de menos cuando nos estemos echando de menos de verdad. Tiempo para disfrutarnos, tiempo para darnos cuenta de lo bien que estamos cuando estamos bien, tiempo para estar juntos y no contra los dos. Tiempo que ya da igual porque ya no existe, tiempo que no se fue, sino que lo desechamos de nuestras vidas como si nos sobrase. Tiempo que jamás volverá. Los economistas lo llaman coste de oportunidad. Yo lo llamo joder para no follar.

El mayor lo siento del mundo es consciente de todo eso y de mucho más. Por eso, al mayor lo siento del mundo le gustaría decirte que esto no volverá. Que ya aprendimos, que la discusión sufrida jamás se repetirá. Pero el mayor lo siento del mundo no te puede engañar. Es consciente y consistente, y por eso no puede pedir disculpas, porque hemos llegado hasta aquí juntitos de la manita. Los dos deberíamos aprender y tomar medidas. Y los dos sabemos cuáles son y que no serán sencillas, sabemos que dolerán. Pero las aplicaremos a todo pasado, con más cariño y seguramente con más claridad. Nadie dijo que quererse fuese a ser fácil. Lo que pasa es que siempre es más fácil quererse mal.

Y pese a todo aquí estamos, reconciliándonos de nuevo. Cada vez tardamos menos en abrazarnos y en buscar cualquier broma absurda a la que agarrarnos para salir airosos e invertir la espiral negativa.

Salimos de ésta y lo hicimos más fuertes. Todo gracias al mayor lo siento del mundo y a la única frase con la que tiene sentido contestar.

Yo más.»

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Y para qué sirve votar.

Y para qué sirve votar.

Publicado el miércoles, 20 de enero de 2016, en ElPeriódico.com.

Captura de pantalla 2015-09-03 a la(s) 19.21.55«Y para qué sirve votar. Eh. Dígamelo por favor, que ya no me acuerdo. Eso sí, no me cuente historietas sobre democracias y dictaduras, que esas ya me las sé. La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la democracia puedes votar antes de obedecer órdenes. Jodido Bukowski, siempre dando en el clavo conceptual. Y tampoco me diga que es la herencia de un griego, que se me ocurren todo tipo de chistes para dar y tomar.

Y para qué sirve votar. Si, como zanjó Thomas Huxley, los resultados de los cambios políticos rara vez son aquellos que sus amigos esperan o que sus enemigos temen. Si los nuevos no hay para tanto ni los viejos tampoco se van. Si, como hemos visto en Catalunya, un número 4 puede cederle el puesto a un 3 para acabar siendo un 1. Y no me diga que aquí son elecciones parlamentarias, porque ya no tengo edad para que me digan qué dedo me tengo que chupar. Si usted aún se lo cree, tengo muy malas noticias. Aquí la poltrona importa mucho más que aquello para lo que te han elegido. Y si no, miren a Gómez de la Serna y díganme si alguien le quería renovar. O a Pedro Sánchez y a Mariano Rajoy en su carrera por llegar primero a la Moncloa, y vuélvanme a explicar que no son elecciones presidenciales. Já.

Y para qué sirve votar. Si cuando ellos ya tienen tu voto se dedican a traficar con él. Y así nos luce el pelo, atónitos y mudos ante este top manta electoral. Porque se dedican a pactar con aquél a quien tú jamás habrías votado. A cederles senadores clave. O incluso a modificar aquello que juraron jamás tocar. Cuando ya no tenemos voto se olvidan de nuestra voz. Y se limpian el culo con nuestro voto. Diego se llama Digo. Y aquí paz y después gloria. Todo sin el pueblo, por fin sin el pueblo. Que les den, hagamos y deshagamos cuatro años más.

Y para qué sirve votar. Aparte de para que nos digan que hemos votado mal. Que no les gusta cómo lo hemos hecho. Que así no hay manera de gobernar. Menuda sociedad democrática estamos hechos, que por no saber ya no sabemos ni depositar nuestro voto en una urna. Total, un gobierno paralizado, un país en funciones y más meses perdidos hasta la siguiente convocatoria electoral.

Y para qué sirve votar. Si al final haremos lo que ordene Bruselas. Callar muy fuerte, apretar el culo y rezar. Que para eso nos están esperando. Que lo tienen muy claro nuestros socios. Tendremos que volver a recortar. Más de diez mil millones, dicen. Presida quien nos presida. Y rapidito, lo que viene siendo ya. Así que elijan al monigote que más les guste y envíenlo bien domesticado, que ante esta fuga de capitales y esta bajada de la bolsa alguien tiene que actuar.

Que ya ha acabado nuestro simulacro de democracia.

Ya pueden volver los que jamás dejaron de gobernar.»

 

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Frío frío.

Frío frío.

Artículo publicado el domingo, 17 de Enero de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Frío frío. Por fin hace frío. Y no eso que había hasta ahora, sino frío del de verdad. Bajaron las temperaturas, nos faltó epidermis y todos acudimos al armario a por más. Eso sí, seguimos con labios cortados y pañuelos de usar y tirar. Porque por mucho que avance la ciencia, los mocos siguen siendo mocos y ahí están. Pillándonos un año más desprevenidos. Asomándose cada vez que pueden dejarnos en ridículo, haciéndonos quedar mal. A sabiendas de que tarde o temprano volverían como oscuras golondrinas, de nuestras narices sus nidos a colgar. Que «el Niño» se nos acabaría haciendo mayor. Y así hasta dentro de tres o siete años. Qué más da.

Frío frío. Y sin embargo, buenos tiempos para los que amamos el frío. El seco que nos recuerda que somos seres incompletos, el húmedo que nos hace tan permeables como el que más. Frío como el mejor y más antiguo detector de vulnerabilidad. O peor aún, de clase social. Porque por mucho que avancemos, el frío no elegido sigue siendo patrimonio de pobres. Pobreza energética lo llaman, por no llamarlo como realmente se llama: desigualdad. Una vergüenza para todos los que aún podemos abrigarnos. Incluyendo aquellos que han estrenado curso y escaño, aquellos a los que acabamos de votar.

Frío frío. Termómetro en caída libre en un país de temas candentes. Pedazos de este toma y daca meteorológico, fotogramas de ciclo climático para descongelar. Porque parece que las estaciones son cada vez más cortas. Más repetidos los partes. Menos pronunciadas las caídas. Y más confuso todo, tanto el termómetro en la calle como el panorama electoral. En definitiva, un invierno que nos acabará quedado de lo más primaveral. Inundaciones históricas aquí y allá. Huracanes de los que se lo llevan todo por delante. Temperaturas inéditas de las que no existe registro escrito. Anuncios de que nos cargamos el planeta. Preparativos mayas para otro punto y final.

Frío frío. Y cuando digo frío me quedo corto. Porque hay otro frío que se añade al que viene, y es el que jamás se va. Es el que pasa por dentro, del que poco o nada se habla, pero que es muchísimo más perjudicial. Es el frío de las cosas que jamás nos dijimos. Es el frío que se siente siempre demasiado tarde. Cuando parece que todo ya está. Es el frío que provoca más muertes al año, el que deja a más gente a la intemperie, el que nos hace dejar de ser civilizados. Es el frío de las cosas que no volverán.

Un gélido abrazo es muchísimo peor que un bofetón en toda la cara, que como mínimo te calienta la mejilla, a la vez que te informa de que a la otra persona le das de todo, menos igual. Y dónde pretendo llegar, te preguntarás. Pues justamente donde ahora no puedo. Pues justamente donde ahora tú estás. El caso es que hoy aquí hace mucho frío. Y el caso es que te echo aún más de menos, el caso es que tú, hoy, no estás.

Y no vi llover. Ni me dieron las diez. Ni tampoco te pienso llamar. Me voy a quedar disfrutando de este frío intenso. Dejaré que me envuelva de tu ausencia. Que me cale la tristeza hasta los huesos. Y me pienso dejar llevar por esta hipotermia sentimental. Así cuando llegues igual hay suerte y me encuentras al borde del colapso. A punto de echarte la culpa en una nota de despedida. Dejándote todo tipo de teorías conspiranoicas y varios reproches, habiéndome llevado toda hipótesis hasta el final.

Y será entonces cuando llegues tú y me enciendas la vida de un beso. Y me deje de tanta hostia y de tanto intentar llamar tu atención. Y seguro que me preguntas qué tal. Y yo te contestaré con un nada, aquí, descansando un poco. Todo bien. Todo normal.»

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Hacienda eres tú.

Hacienda eres tú.

Publicado el miércoles, 13 de enero de 2016, en ElPeriódico.com.
Captura de pantalla 2015-09-03 a la(s) 19.21.55«Hacienda no somos todos. No lo digo yo, lo ha dicho en sede judicial la representante de la Hacienda Pública Dolores Ripoll con la intención de que fuese archivada la acusación contra la infanta Cristina en el caso Nóos y se le aplicase la doctrina Botín. Según la Abogacía del Estado, se trata de una expresión creada en su día para el ámbito publicitario y no puede ser aplicada a derecho. Un decir, hombre, que os lo tomáis todo al pie de la letra, cómo sois.

Pues no sé tú, pero yo la verdad que me quedo mucho más tranquilo. Por fin sabemos que, cuando hace publicidad, el Estado nos miente como un bellaco y aquí no pasa nada. O igual es que además, para la Administración, hacer publicidad y faltar a la verdad son básicamente la misma cosa. Lo que viene siendo la idea de Marketing para Podemos. Qué felicidad, oye. Y la cara de gilipollas -perdón, de contribuyentes- que se nos queda a todos los que hemos financiado todas esas campañas, piénsalo, desde los años 80, que fue creado ese eslogan, hasta ahora. Los millones de euros que habremos invertido en mentirnos a nosotros mismos en nuestra puñetera cara. ¿Cornudos y apaleaos? No hombre, publicidad no aplicable a derecho. Que no entiendes nada.

En cualquier caso, ahora que hablamos a calzón bajado, me gustaría saber a quién se excluye de entrada de cumplir con Hacienda. Quién no está obligado a cumplir por defecto con sus obligaciones tributarias. Y ya puestos, ahora que se han decidido a jugar sin cartas marcadas, que como mínimo ya sabemos a qué jugamos, qué hay que interpretar del resto de eslóganes creados en este país durante los últimos cuarenta años.

Si bebes, no conduzcas. Recuerda, fue creado en su día para el ámbito publicitario y no puede ser aplicado a derecho. Así que nada, os espero a todos cocido por la M-30 y si me para la Benemérita, le diré que haga como en la canción y pregunte por la Dolores.

Pónselo, póntelo. También creado en su día para el ámbito publicitario y tampoco aplicable a derecho. Apréndete esa frase y recítala esta noche en cualquier garito en cuanto tengas ocasión, que algo me dice que pillas, igual lo que pillas es una ETS, pero pillar, pillas fijo.

Y así, hasta ese Hacienda no somos todos. Pues va a tener razón, oiga. Somos sólo aquellos que asistimos atónitos al desmoronamiento del putrefacto sistema que hemos estado pagando con nuestro dinero y que ni iba dirigido a financiar escuelas, ni a hospitales, ni a carreteras, sino a los bolsillos de los cuatro de siempre. Y ahora, encima, nos lo dicen a la cara para que puedan irse de rositas y así acabar de descojonarse de todos nosotros. Que te lo has creído, pringao. Que Hacienda no somos todos, hombre. ¿Y quién es entonces?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul…»

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Perder la costumbre.

Perder la costumbre.

Artículo publicado el domingo, 10 de Enero de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«De eso han ido estas vacaciones. De perder una costumbre. Y de ganar otra. Un intercambio de vidas tan asimétricas como complementarias. Un canje de rutinas entre lo personal y lo profesional. Salirse de uno mismo para volverse a meter después, con todo el drama que supone darse cuenta de que ya no se cabe igual de bien, turrones y comilonas mediante. Pero da igual, aprovechas y te ves desde fuera, y vas alejándote del mundanal ruido cotidiano para así volver a afinar el único instrumento que jamás deberías haber dejado de interpretar: tú.

Vuelves a tu yo de antes y lo primero que te preguntas es por dónde ibas. Cuando no acabas preguntándote hacia dónde vas. No es extraño que se disparen los divorcios. Y los cambios drásticos en la carrera laboral.

Perder la costumbre. Porque hay que perderla de tanto en tanto. Es necesario. Es higiénico. Es sano. Dejar de hacer todo aquello a lo que estábamos acostumbrados y permitir que la falta de costumbre nos vuelva a pillar por sorpresa. Y es que cuando nos acostumbramos, dejamos de pensar las cosas. Las automatizamos y dejamos de cuestionárnoslas. Las hacemos porque siempre las hicimos de ese modo. Embrague, cambio, gas. Así, cuando nos falta la costumbre, nos vuelve a funcionar el coco. Tomamos distancia y todo se piensa mucho más claro. O digamos que se piensa de verdad.

Perder la costumbre. Abandonar todo aquello que ya no se cuestiona. Y por lo tanto, dado el suficiente tiempo, todo aquello que acaba volviéndose muy peligroso. No se cuestiona porque sí. No se cuestiona porque no. Es así de aleatorio. Así de mentira. Así de falaz. Las leyes, los pactos, la constitución, la monarquía, las fiestas, los festejos y hasta la indumentaria de los Reyes Magos. Todo está bien revisarlo, para dejar bien claro qué mantenemos y qué nos cargamos, para dejar constancia de que salimos a la calle libres de caspa, convenientemente actualizados, y habiéndonos descargado la última versión de nosotros mismos.

En la pareja, a la falta de costumbre se le llama echarse de menos. De pronto, la otra persona se va. Y la vida te da otra oportunidad para recordar lo bonita que era su ausencia. Cuando recién os acababais de conocer. Cuando aún no os podíais ver con ganas, que era siempre. Cuando aún os teníais tanto que contar. Bendita ausencia, la parte de cualquier persona que sólo se hace visible cuando ya no está. Una ausencia llena de matices, de sentimientos que crecen y vuelven a rellenar de oxígeno la que se queda. Porque las horas de ausencia de alguien querido van amontonándose en forma de ganas de verse. Ganas que, te lleves como te lleves, nunca está de más acumular. Y justo cuando te estabas acostumbrando a estar solo, lo maravilloso que es reencontrarse y requererse, eso es imposible de superar.

Creo que he perdido la costumbre de escribir cada semana. Y de pronto me siento aún más torpe de lo habitual. Pero lejos de sufrirla, estoy disfrutando de esta torpeza. Me hace volver a cuestionármelo todo. Por cierto, al techo no le iría nada mal una mano de pintura. Para empezar, qué tengo nuevo que contar, para qué sirve escribir si no es para desenmascarar algún tipo de verdad. Y la verdad es que noto que he perdido esa costumbre. No pasa nada, ya volverá. O quizás sea otra nueva, es posible, por qué no. Como cuando se nos escapó la gata callejera que teníamos adoptada en Roda de Bará. Volvió tal como se había ido al cabo de pocas semanas. Y todos supimos desde el principio que no era ella. Era otra muy parecida. Porque tenía alguna mancha de más. Y sin decirnos nada, a todos sin excepción nos dio más o menos igual. Volvió enseguida a ser de la familia. Volvimos a quererla como a la que más. Porque si algo se le da bien a cualquier familia, es disimular.

Perder la costumbre. Necesario para que algo te importe de veras. Para volver a valorar las cosas. Para sentir que todo vuelve a empezar. Es nuestra casilla de salida en el Monopoly. Nuestro borrón y cuenta nueva en la sociedad. Nuestra goma de borrar existencial.

Parafraseando al filósofo Ricky Martin. Para que haya un pasito palante, María. Tiene que haber un pasito patrás.»

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Llámeme tonto.

Llámeme tonto.

Lunes 4 de Enero de 2016.

Captura de pantalla 2015-09-03 a la(s) 19.21.55«Soy tonto. Sí, ya sé que para muchos, hasta aquí, ninguna novedad. Los que mejor me conocen ya lo tienen más que sufrido y comprobado. Pero es que ahora, además, he sido recalificado -imagino que con intención peyorativa- por Carlos Herrera, conocido periodista que ha utilizado su columna en el XL Semanal para llamarme tonto, y por si fuera poco, le ha añadido ‘en serie’ para lucirse con su original juego de palabras. Soy un tonto en serie. Llega tarde, pero llega.

El ocurrente jueguecito viene porque hace poco llamé a la cara “asesino en serie” a un torero. Bueno, de hecho ha sido a dos “maestros”, el otro fue hace casi un año, aunque el señor Herrera se haya enterado ahora. Y qué le voy a hacer, como soy tonto lo pienso volver a hacer cada vez que se me presente la ocasión. Me gusta calificar a la gente cuando la tengo delante, no desde lejos, a sus espaldas o a través de un broche final en un artículo sin siquiera atreverme a dar el nombre y apellido de quien estoy hablando. Seré tonto, sí, pero no cobarde.

A lo que iba, que soy muy tonto. Eso sí, no considero que la especie humana sea la mejor del reino animal. Más bien creo que somos de lo peorcito. No hay más que escuchar de tanto en tanto a gente como Jonas Salk, prestigioso virólogo estadounidense y desarrollador de la vacuna contra la polio: “Si desaparecieran todos los insectos de la tierra, en menos de 50 años desaparecería toda la vida. Si todos los seres humanos desaparecieran de la tierra, en menos de 50 años todas las formas de vida florecerían”. Otro tonto, imagino.

Precisamente por eso, y aún sin salir de mi tontería, puedo atisbar que matar a otro animal con el único propósito de entretenernos resulta un acto de barbarie anacrónico y repugnante, impropio de una sociedad que se considera a sí misma civilizada. Y justificarlo me sigue pareciendo tan inmoral como ridículo, por más razones que se me den. A saber.

La primera, la económica. Porque el artículo del señor Herrera, titulado “El impacto económico de la tauromaquia”, aparte de incurrir en varias inexactitudes desmentidas desde hace tiempo por sucesivas encuestas Gallup, se tira su buena página intentando justificar la existencia de “la fiesta” por su aportación a la economía local y estatal. Imagino que si ése es su argumento, el señor Herrera estará a favor de legalizar el tráfico de drogas, el de armas y el de personas. Juntas suponen más de 680.000 millones de euros en total, nada más y nada menos que el 1’5% del PIB mundial. Si la aportación a las arcas del estado legitima moralmente cualquier actividad, no sé por qué no empezamos por ahí y nos dejamos de hostias.

La segunda, la ontológica. Es que si no existiera la fiesta, el toro bravo hace tiempo que se habría extinguido. Ahá. El mismo argumento que utilizaban los racionalistas liberales del siglo XVII para justificar la esclavitud -y recordemos que para ellos, los esclavos tampoco eran precisamente “seres humanos”-. Vamos, que traer a este mundo a un ser vivo -o salvarle excepcionalmente de la extinción- te autoriza automáticamente para matarlo cuando y como tú quieras. Bueno es saberlo. Idea de negocio: montar un parque natural para quemar linces vivos mientras se graban sus gemidos en CD y otro para asfixiar pandas en cámaras de gas y regalar los esqueletos a los visitantes. Que se jodan, si yo los reproduzco, yo me los cargo cómo y cuando quiero. Cobraré buena entrada, eso sí. Que hay que contribuir al PIB.

La tercera, la instrumental. Si estás contra la tauromaquia, estás contra el consumo de carne. Gente que pone al mismo nivel supervivencia y espectáculo. Y yo me pregunto, por qué en vez de agua y alimentos durante el resto de su vida, les damos sólo entraditas para ir a ver sus toros. Igual así al animal muerto y calentito empiezan a mirárselo con otros ojos.

Y la cuarta, la más peregrina. La tradición. Hemingway, Picasso y un sinfín de artistas que avalan desde sus tumbas que sigamos torturando a nuestros compañeros de viaje por el universo. Oigan, Sir Arthur Conan Doyle, el genial creador de Sherlock Holmes, también era un ferviente devoto del espiritismo, así que aún no entiendo por qué en vez de calculadora a los chavales no les educamos con una ouija. Claro que estos jamás se acuerdan de eminencias como Cicerón, que se opuso enérgicamente a los espectáculos de circo con fieras, o como el gran Unamuno, a quien las corridas de toros literalmente le repugnaban.

Dicho esto, mientras esa “fiesta” que no es mía sea legal en nuestro país, no concibo combatirla con otras herramientas que las que nos otorga la ley. Ni amenazas, ni coacciones, y por supuesto, jamás aceptar que nadie coarte mi libertad de expresión. Y mientras, con el permiso de todos, seguiré disfrutando de las amistades que no piensen como yo, pues en la disensión está la riqueza. Incluso a riesgo de ir quedando de tonto ante gente como Carlos Herrera, el periodista que se hace selfies donde acaba de haber atentados, cosa que tampoco entiendo, debe de ser cosa de listos y yo no llego.

De cualquier modo, qué quiere que le diga, si al final ser tonto en serie significa coincidir en argumento y posición con gente como José Saramago, Salvador Pániker, Francisco Umbral, Eduard Punset, Jesús Mosterín o Jorge Wagensberg, por favor llámeme tonto.

Pero en serio.»

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Al Rincón · Temporada 2 · Capítulo XXI · Carlos Jean, Bebe, Pablo López, Tote King y De la Purísimma.

‘Al Rincón’,  22 de Diciembre de 2015,  Antena 3.

Ojalá te haya tocado el gordo.

Pero no hoy. Hoy, mañana y todos los días.

Ojalá estés escuchando esto sin que nada te duela.

Ni en el cuerpo ni el alma.

Ojalá te hayas emocionado alguna vez este año. Aunque sólo sea una.

Y ojalá vuelvas a hacerlo pronto.

Ojalá tengas un trabajo al que no te atrevas ni a llamarlo así de lo bien que te lo pasas haciéndolo.

Y que tengas algún aprendiz.

Alguien que quiera ser como tú, y no por lo que tienes, sino por lo que eres capaz de hacer.

Ojalá no desees jubilarte jamás.

Ojalá te esperen en casa para preguntarte qué tal te ha ido el día.

Ojalá tengas algún sitio al que quieras volver y decidas llamarlo hogar.

Ojalá tengas a alguien a quien llamar cada vez que aterrizas aunque sólo sea para decir que estás bien.

Y a alguien a quien poder llamar para decirle acércame a un hospital.

Ojalá te amen. Como amas tú.

Ojalá sientas que aún tienes tanto por hacer.

Ojalá rompas muchos planes. Propios y ajenos.

Ojalá improvises y ojalá te sorprendan todos para bien.

Ojalá te superen los que suben. Que hay que ver cómo suben.

Ojalá te sientas tan orgulloso de ellos como ellos algún día de ti.

Ojalá pierdas la cabeza por no perder la esperanza.

Ojalá se pongan a trabajar de una puñetera vez los que siempre tanto hablan.

Y ojalá nos dejen vivir en paz.

Ojalá tus deseos no sólo se cumplan, sino que se actualicen.

Ojalá sonrías cada vez que recuerdes.

Y ojalá lo hagas también cada vez que pienses en lo que está por venir.

Ojalá te mantengas siempre con la edad de tus sueños.

Y si me lo permites, ojalá, algún día, dejen de existir todos los ojalá.

Y si me lo permites, ojalá, algún día, volvamos todos Al Rincón.

Ver el programa completo:

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Carta abierta a un candidato.

Carta abierta a un candidato.

Artículo publicado el domingo, 20 de Diciembre de 2015, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

«Estimado candidato,

Perdón por lo de estimado. Vaya por delante que no le tengo ningún aprecio especial más allá del que le profeso a quien no conozco de prácticamente nada. Pero como lleva usted unos cuantos meses metiéndose a todas horas en mi casa, en mi trabajo, en mis conversaciones y en mi vida, al final no vamos a decir que el roce hace el cariño, pero sí la familiaridad. Le escribo esta carta abierta en el día crucial para usted, el único día en el que dicen que se me va a hacer caso. A mí y a los treinta y pico millones de españoles que estamos llamados a las urnas. Hoy es mi día para escribírsela. Hoy es mi día para hacérsela llegar.

Para empezar, perdóneme si de entrada no le creo. No me creo nada de lo que me ha ido explicando durante estos días. Sea usted rojo, morado, naranja, azul o verde, da igual. Y no me lo tenga en cuenta, a lo mejor no es ni siquiera culpa suya directamente. Igual es por culpa de alguien de su partido que ha metido la mano donde no debía, igual es su inexperiencia la que me hace desconfiar, o igual es que me la han metido doblada tantas veces ya, que me han robado la inocencia, la cartera, el mes de abril, el de mayo, el de junio y así hasta la suciedad.

Por lo tanto, entienda que no haya tenido ganas ni de leerme su programa. Ya me tomé esa molestia en el pasado y sólo me sirvió más que para indignarme cada vez que incumplían lo que prometieran quienes se llevaron el voto al agua. Cada vez que recortaron donde dijeron invertir. Cada vez que subieron impuestos que dijeron que debían bajar. Cada vez que eliminaron prestaciones que debían cubrir. Cada vez que hicieron exactamente lo contrario de lo que me habían dicho que iban a hacer. Cada vez que le echaron la culpa a esa herencia recibida a la que habían prometido jamás culpar. Cada vez que nos hicieron morir de vergüenza por haberles votado. Entienda que, después de todo, encuentre siempre algo más interesante que hacer que leer su mentira en diferido, o vamos a llamarla su propuesta de media verdad.

Le escribo básicamente para pedirle dos cosas.

La primera, que si usted gana, cumpla. No ya con el programa, que ése ya hemos visto que no sirve más que para medir su grado de ingenuidad, o mejor dicho el que usted cree que tenemos los demás. Tampoco le pido que cumpla con España, que eso a estas alturas de nuestra Historia alcanza el grado casi de ficción, como acaba ocurriendo con cualquier entidad. Le ruego que cumpla con los españoles. Por si no lo ha notado en campaña, los españoles no sé si somos mucho españoles, pero somos buena gente, incluso los más capullos tenemos nuestro aquél, y en realidad nos daríamos con un canto en los dientes si el próximo inquilino de La Moncloa se limitara a dejar de dar lecciones sobre cómo jodernos la vida y se pusiera simplemente a trabajar. Y que lo hiciera no sólo de manera honrada, le pediría que lo hiciera de manera ejemplar. Merecemos un presidente en el que poder mirarnos como hacemos con Andrés Iniesta, con Pau Gasol o con Rafa Nadal. Merecemos un presidente del que estar orgullosos incluso los que no le votaron. Sé que suena fantasioso, pero ha llegado el momento de que usted al menos nos lo parezca de verdad. Que esté dispuesto a dimitir y que no le tiemble la mano al cesar a quien lo haya hecho mal. Y si no sabe por dónde se empieza, rodéese de gente extraordinaria, olvídese de los dedazos y fiche a gente mucho más lista que usted, manténgalos cerca y verá como incluso lo bueno se pega, que hasta le será más fácil disimular.

Y la segunda cosa que le tengo que pedir es que si usted no gana, cumpla. Que nos enseñe de una vez cómo es una oposición responsable, que se olvide para siempre del y tú más. Que se acuerde de la gente que aun sabiendo que no iba a ganar, le votaron. Ellos merecen alguien que les dé su voz en el Congreso. Igual están dispuestos hasta a perdonarles que no se hayan leído a Kant. Sáquenle los colores al Gobierno que no cumpla, pero sobre todo, ayúdenle a gobernar. Hagan que su partido consiga ya no pactos de estado, sino unas cortes más sabias, más eficientes, más cercanas a la ciudadanía, y sobre todo, que jamás pierdan capacidad de escuchar. Recuerden que mucha gente aún no votará en estas generales, y el objetivo de todos debería ser que volviesen a sentirse representados, que volviesen a creer que esto de la política es cosa de todos y que volviesen, sobre todo, a confiar. E idealmente, la próxima vez, a hacerles ganar.

Y a los dos, no olviden que hoy empieza un debate de estos que tanto les gustan, pero éste sí es definitivo. El que confronta lo que se dice y lo que se hace, aquél en el que dejamos el mundo de las ideas y aterrizamos en el momento de ponerlas en práctica.

Es la hora de llevarlas a la realidad.

Y a todos los efectos, deposito este voto nulo a 20 de diciembre de 2015 en la correspondiente urna de mi colegio electoral.»

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Miénteme, Pablo, miénteme.

Miénteme, Pablo, miénteme.

Publicado el miércoles, 16 de diciembre de 2015, en ElPeriódico.com.

Captura de pantalla 2015-09-03 a la(s) 19.21.55«Estudiantes del mundo que estáis cursando alguna asignatura relacionada con marketing, comunicación o publicidad. Dejadlo ya, sois unos falsos. Profesionales de cualquier industria que ostentéis cargos relacionados con ventas o departamentos comerciales, deponed las falacias, creo que os han pillado. Marcas, todas sin excepción, empresas grandes y pequeñas que en cualquier momento hayáis tenido que gestionar desde vuestra imagen corporativa hasta un simple logotipo, dejad de engañarnos con vuestras patrañas. ONGs que organizáis campañas de comunicación para recaudar fondos, se os acabó el chollo. Hasta aquí hemos llegado. El último que apague la luz.

El marketing es mentira. O mejor dicho, el marketing es lo contrario a la autenticidad. Así lo ha hecho saber durante la última semana el líder de Podemos. Y no lo ha dicho una vez, sino varias. Y no lo ha dicho de una sola forma, sino de muchas. Así que no puede tratarse de un desliz. Pero claro, tampoco podemos elevarlo a la categoría de eslogan, porque entonces deberíamos dudar de su autenticidad.

Menudos prendas los Kotler y Keller, Ries y Trout, Bernbach y Reeves, Ogilvy y Dru. Toda una vida haciéndonos creer que esto iba de hallar necesidades insatisfechas y beneficios relevantes para el consumidor para establecer conversaciones y relaciones a largo plazo con él, y ahora resulta que no. Que con mentir, basta. Haberlo dicho antes, la de dolores de cabeza que nos habríamos ahorrado.

Pero lo más curioso no es eso. Lo más curioso es que cuando uno lo argumenta desde el respeto que siento por Pablo, pero desde la sospecha de que se trata de una campaña que no va de campaña, y por tanto muy poco auténtica, quien responde no es él, sino los suyos. Es la primera vez que me veo inmerso en una polémica con alguien sin ese alguien. Como si Pablo no supiese defenderse por sí mismo. Como si necesitase de acólitos para subsistir.

Unos acólitos que, aparte de demostrar públicamente su ignorancia, me han insultado, me han “acusado” de votar hasta a 6 partidos diferentes, o incluso de estar detrás de alguna campaña. Da igual. Lo importante es que esa gente necesita ayuda urgentemente. Y hoy voy a poner mi granito de arena. Y gratis.

Primera lección: una marca es una promesa consistente en el tiempo. Segunda lección: la cumplen -o desmienten- sus productos y servicios. Y por último, tercera lección por hoy: el marketing es como tener hijos, simplemente potencia lo que ya había. Si el producto es malo, lo convertirá en algo aún peor. Si el producto es bueno, lo mejorará.

Como se ha dicho por ahí, si ellos pueden decir que todos los que nos dedicamos al marketing mentimos, imagino que no les molestará que diga que todos los que se dedican a la política roban.

Abro paraguas. Hijo mío, te amo.»

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