Efectivo, eficiente o eficaz.

Efectivo, eficiente o eficaz.

Artículo publicado el domingo, 20 de Marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

“Pensamos que usamos las palabras, hasta que alguien o algo nos recuerda su verdadero significado, y entonces —y sólo entonces— nos damos cuenta de que ha sido al revés, que han sido ellas las que han estado aprovechándose de nuestra pereza y utilizándonos como peleles lingüísticos, que es en lo que realmente nos estamos convirtiendo a golpe de tuit y de whatsapp. Como ocurre con cualquier meme, las palabras también sobreviven gracias a nuestra lengua, beben de nuestra saliva y respiran con nuestra pronunciación, y de ahí que harán lo que sea por perdurar, por trascender, por llegar hasta la siguiente generación.

Así las cosas, hay palabras que siguen claramente una estrategia para sobrevivir en esta realidad miope más allá de los 140 caracteres, que consiste en agruparse en células de resistencia por asociación aunque sea engañosa y falaz. Las palabras se refugian a rebufo de otras más utilizadas, más comunes, se disfrazan de sinónimas, cuando realmente no lo son, y allí aguantan agazapadas el chaparrón de esta epidemia de comodidad que nos amenaza y nos empapa ante semejante procrastinación con tendencia a convertirse en huracán de fuerza mayor.

Es lo que ocurre con efectivo, eficiente y eficaz. Tres palabras que a priori no tienen nada que ver, sobre todo cuando nos referimos a las relaciones humanas y ya no digamos sentimentales. Tres conceptos que intercambiamos con demasiada alegría. No hay más que encender la radio, la tele o abrir cualquier periódico para darse cuenta de que no hemos reparado en ninguno de sus matices, lugar donde suele esconderse la verdad.

Con la palabra “efectivo” no hay confusión posible, pues viene claramente definida en el DRAE: real y verdadero, en oposición a quimérico, dudoso o nominal. No es de extrañar que comparta casi todas las letras con afectivo. Lo afectivo es mucho más que efectivo, porque llega incluso antes que éste, tanto en el diccionario como en el corazón. Y así demuestra que se puede ser perfectamente real y verdadero a la vez que quimérico, dudoso o nominal.

Efectivo no es eficiente. O como mínimo no debería serlo. Fíjate en la definición de “eficiente”: capaz de disponer de alguien o de algo para conseguir un efecto determinado. Disponer, utilizar, manipular y conseguir un efecto, un resultado. Y lo peor, como siempre, viene en la última palabra: determinado. Predefinido. El destino. A vueltas con el destino. Quizás por eso esté a una sola letra de deficiente. Lo eficiente consigue lo que quería. Lo efectivo lo es.

Y así llegamos a la necesaria distancia con eficaz, o lo que es lo mismo, “capaz de lograr el efecto que se desea o se espera”. Definición muy parecida a la de eficiente, pero que nos introduce en dos conceptos radicalmente disruptores. Los deseos y las esperas. Las dos condenas del ser humano para un tal Siddhartha. Y es que la vida entera son deseos y esperas. La felicidad, como defendía Punset, está en la antesala de conseguir lo que se persigue. Nos pasamos la existencia en la sala de espera de nuestros deseos. Según Lennon, lo que te ocurre mientras tú haces otras cosas. Esperar y desear. Porque ya me dirás qué somos, sino un manojo de anhelos que siempre tienen que esperar.

Así que nada, quizás hoy nos toca aprender algo sobre estas sutiles diferencias. Que cuando pretendemos ser eficaces y eficientes, no nos fijamos ni nos damos cuenta de los cadáveres que vamos dejando por el camino. Esos cadáveres llamados sorpresa, intuición, cambio de rumbo, de repente y ya. Cualquier cosa que sea contraria a la expectativa. A lo previsto. A lo que pretendimos conseguir. A la quimera, a lo dudoso y a lo nominal.

Y es que las cosas importantes, las de verdad, están ahí, en ese hueco, en ese ángulo muerto del espejo retrovisor llamado futuro. Y es que las cosas importantes, las de verdad, son siempre y necesariamente ineficientes, ineficaces, y son muy poco dadas a la previsión.

Prefieren ser efectivas.”

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Hacer caso.

Hacer caso.

Artículo publicado el domingo, 13 de Marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

“La secuencia es siempre la misma. Alguien pretende que hagas algo. Cualquier cosa que ese alguien desea que hagas, sea por su propio beneficio, sea por el tuyo, sea por un tercero, da igual. Y ante esa petición, tú tienes dos opciones. Sí, sólo dos, se trata de las pocas situaciones binarias que hay en la vida. Como embarazarse. Como equivocarse. Como ser infiel, o mejor dicho, desleal. En este caso, o le haces caso o no se lo haces. No hay punto medio. On y off. Blanco y negro. Hu há.

Hacer caso no es obedecer. Puede que se parezcan en su significado, pero sus grafías dibujan cosas muy distintas. La obediencia es seguidismo pasivo o sumisión activa, según se mire. Acatar la orden, sin más. No conlleva más mérito que seguir la norma, pactada o no. En todo caso demuestra una decisión previa de respeto ante las normas de convivencia y la legalidad. Por eso, la obediencia nace. El caso, en cambio, se hace. Se fabrica. Se moldea con las propias manos aquí y ahora. No es algo que puedas comprar hecho. Lo tienes que manufacturar para cada ocasión. Y siento cada vez más respeto por las cosas que no se pueden prefabricar.

De ahí que sienta tanto respeto ante la gente que entiende esta diferencia y, manteniéndose obediente, decide no hacer caso. Porque donde existe demasiada diferencia entre ambas es allí donde anida toda injusticia. Mandela fue obediente y acató prisión injusta durante 27 años, pero jamás hizo caso del apartheid. Gandhi fue un obediente abogado licenciado por el University College de Londres, hasta que se negó a viajar en un vagón de tercera clase por el mero hecho de ser “de color”. Y así Luther King, Claudette Colvin, Rosa Parks. Obedecer sí. Hacer caso, jamás.

Trabajo desde hace casi 20 años en el sector servicios. El sector donde un día alguien dijo que el cliente siempre tenía la razón. Cuánto daño ha hecho esa frase, dios. Imagínatela en manos de un médico, o peor aún, cirujano. El paciente siempre tiene la razón. A mí que no me ponga las manos encima ningún galeno que piense así. Pues en marketing ocurre un poco lo mismo.

El día que creces como profesional es el día en que decides darle a tus clientes lo que crees que les conviene, lo cual no siempre coincide con lo que te están pidiendo. “La gente no sabe lo que quiere hasta que se lo muestras”, mi frase favorita de cierto fundador de Apple con el que tanto nos gusta posturear. Al final, mis clientes pagarán la campaña que quieran comprar, y si no les gusta lo que les ofrezco, al que no le harán caso será a mí, me echarán a la calle, como alguna vez ha pasado, y como seguro volverá a pasar. Pero intentaré que lo hagan siempre con algo que yo creo que les convenía más que lo que me estaban pidiendo, y por supuesto con la sensación de que esta vez el equivocado puedo haber sido yo. Obedecer sí. Hacer caso, jamás.

Un amigo es alguien que te conoce tan bien y te quiere tanto que jamás te hace caso del todo. Por tu bien, por el suyo, por el de los dos. Si es amistad verdadera, resistirá el paso del tiempo, pero sobre todo el paso de ti. Los consejos, el yo de ti haría, el yo en tu lugar… están de más en un espacio de verdadera amistad. Nadie es más que nadie cuando se quiere y se piensa resistir hasta las últimas consecuencias, hasta el final. Ya no hay árboles ni bosque, los talamos todos para construir este barco sobre el que vamos los dos de igual a igual y dispuestos a naufragar. Nos equivocaremos juntos, tú dale que yo te sigo incluso en mi desacuerdo.

Y si esto es así con los amigos, imagínate con la pareja. Esa amistad de la que has decidido enamorarte. Tu pareja no es pareja si sólo te dice las cosas que sabe que te gusta escuchar. Tu pareja no es pareja si nunca te ha dicho que te equivocas. Si no has discutido y entendido la discusión como una de las formas más puras y desinteresadas de amar.

Hazme caso. Tú obedece. Pero jamás hagas caso. A mí, para empezar.”

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Be Walter, my friend.

Be Walter, my friend.

Publicado el miércoles, 9 de marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

Captura de pantalla 2015-09-03 a la(s) 19.21.55“Malos tiempos para la rigidez mental. En medio de este desgobierno en funciones plagado de no investiduras y pactos contra todos, de pronto a nuestros políticos les ha tocado jugar este improvisado Campeonato del Mundo de Contorsionismo Ideológico, y a la vista está que les ha pillado muy desentrenados. Contra toda lógica democrática, el que ha permanecido más inmóvil es justo el único que no sale en la foto. Y del resto qué decir, que donde dije digo, además de Diego, tengo que decir lo que dije mientras omito lo que los otros no quieren que diga. Se precisa urgentemente un curso acelerado de flexibilidad política, dogmática, si me apuras hasta moral, y yo con estos pelos, anda, bésame, tonto y De Guindos muerto de celos.

Hace ahora la friolera de 10 años, una mítica marca de automóviles —que por cierto acaba de convertirse en centenaria— rescataba una de las últimas entrevistas concedidas por Bruce Lee en 1971, tan sólo unos meses antes de morir: “Vacía tu mente, libérate de las formas. Haz como el agua. Si pones agua en una botella, se convierte en botella. Si la pones en una tetera, se convierte en tetera. El agua puede fluir o puede golpear. Sé agua, amigo.” Premonitorio, ¿verdad?

Por la Carrera de San Jerónimo corre hoy agua de todo tipo. Agua potable, agua sucia, agua contaminada y agua pesada. Agua que fluye y agua que golpea. Agua congelada que espera como agua de mayo a su agua hirviendo para ser aguada. Agua que mueve molino y agua que déjala correr. Cualquiera diría que las goteras del congreso han pasado del techo a los escaños vía sus señorías. Y aún así, una sequía de liderazgo lo vuelve todo insuficiente para saciar semejante sed de poder.

No es de extrañar que Zygmunt Bauman se quejara de la cultura líquida moderna en contraposición a la cultura de aprendizaje y acumulación, pues la de ahora “se nos aparece como una cultura del desapego, de la discontinuidad y del olvido”. Para fluir es necesario olvidar, desprenderse de lo de ayer y renunciar a cualquier tipo de coherencia. Y como de memoria andamos tan justitos, ya nadie resiste una hemeroteca a más de una semana vista.

Y a todas estas, los ciudadanos, con la boca más seca de lo normal, asistimos atónitos a la disolución ya no de las cortes, sino de las propuestas electorales, de los programas y de nuestras papeletas convertidas en papel mojado.

A mí, ante tanto pacto monta tanto, ante tanta concesión indiferente y tanto postureo en busca de más comicios, lo que se me viene a la boca es una sentencia del economista británico Walter Bagehot: “Puedes hablar de la tiranía de Nerón y de Tiberio, pero la tiranía real es la del vecino de al lado.”

Be Walter, my friend.”

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Cuatro pueblos.

Cuatro pueblos.

Artículo publicado el domingo, 6 de Marzo de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

“Si la elegancia es donde dices basta. Si plantarse es comenzar a echar raíces y por fin dar tus frutos. Si la estupidez es sólo la forma más extendida de desproporción. Como la fealdad. Como el recuerdo. Como todo lo que hoy, inexorablemente, vas a olvidar. Y si para avanzar a veces es necesario que te detengan por malvada y peligrosa. Hoy me bajo de mi propia inercia para reflexionar sobre lo que hay que hacer para pasarse de verdad. Cuáles son los cuatro pueblos que, llegado el caso, jamás hay que dejarse atravesar. Si alguna vez te pasaste cuatro pueblos o se los pasaron contigo, éste es el mapa de tu arca perdida, ahí va la hoja de ruta que como diría el poeta, nunca se ha de volver a pisar.

El primer pueblo es un lugar llamado Respeto. El principio de todos los desvaríos. El kilómetro cero de las relaciones hacia ningún lugar. Te diría que así a priori un respeto se lo merece cualquiera, pero tampoco te voy a engañar. El respeto no se exige. El respeto se gana. Y ojo con dónde lo guardas, es lo único que por mucho que tú hayas ganado, siempre te lo van a perder los demás. Basta con una palabra fuera de tono. Un todo lo que eres me da igual. O a veces, basta con tratarte como más idiota aún de lo que ya te sientes. Asumir que pueden tomarte el pelo en tu puñetera cara y encima a ti tiene que darte igual. Y a partir de ahí descender peldaño a peldaño por una herida con forma de escalera de caracol hacia la destrucción total. Créeme, sé de lo que me hablo. Lo he perdido y me lo han perdido más veces de las que soy capaz de recordar. Por eso estoy en disposición de reivindicarlo. Por eso ahora me siento con toda legitimidad. Porque nadie lo echa de menos hasta que de pronto nadie sabe dónde está. Y es entonces cuando es demasiado tarde. Es entonces cuando hay que salir del sistema y volver a entrar, o como dicen los informáticos cool, resetear.

Así llegamos al segundo pueblo que los organismos internacionales bautizaron en su día como Dignidad. La dignidad es respeto en posición de enfado. De ahí viene cualquier palabra que derive indignada. Indignada de cuando no queda ya nada de eso, de dignidad. Cuando alguien la esgrime y la reivindica, eso es que algo muy malo y muy desagradable o bien ha pasado o bien está a punto de pasar. Por eso, pasarse este pueblo sí que tiene principios, pero aún nadie le ha encontrado ningún final.

El tercer pueblo no es un lugar, sino muchos. Porque está localizado en algún lugar del Arrepentimiento, que es como el ombligo, cada uno rodea sólo al suyo, y como ocurre con los ombligos, jamás encontrarás dos iguales, todos tan feos como inútiles. Tuvieron todo el sentido en su día, pero fuimos consciente de ellos en cuanto ya no los volvimos a necesitar. Es la zona cero de la culpa, donde todos los conflictos llegan justo después de firmarse la paz.

Y así es como llegamos al último pueblo. Si te pasas éste, iba a decir que te despidieses de todo y de todos, pero me estaría equivocando, una vez más. Porque este pueblo no es otro, este pueblo eres tú. Cuando ya no te reconoces ni a ti mismo, eso es que te has perdido para siempre y de verdad. Te miras, te escuchas y dices y éste quién es. Ahí es donde tampoco debes cometer el error de rechazarte, porque eso que has encontrado también eres tú. Aunque no te guste. Aunque te dé mucho asco. Aunque tus mapas no llegaran a verlo, aunque tu concepto de ti mismo se haya quedado sin cobertura. Las cloacas de tu carácter huelen así. Son los bajos fondos de tu personalidad. El lugar al que sólo tiene sentido acceder para hacer una cosa: quedarse y ponerse a desinfectar.

Pasarse cuatro pueblos es mucho más que llegar tarde a cualquier pronto.

Pasarse cuatro pueblos es darse cuenta de lo pequeño que eres como ciudad.”

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Caer bien.

Caer bien.

Publicado el miércoles, 2 de marzo de 2016, en ElPeriódico.com.
risto“Mira que me caes mal, pero aún así coincido al cien por cien con el último artículo que has escrito, así que lo voy a compartir en mis redes sociales avisando, eso sí, de lo mal que me caes”. La escena se repite cada vez que publico algo que toca conciencias, almas, corazones o simplemente hueso. Y yo que me alegro, oye. Al final, reconocer la contradicción propia es el principio para superar tus prejuicios. No te lo tomes a mal si me importa un carajo. Sobre todo, porque yo no escribo para caerle bien a nadie. Ni aparezco en los medios para caerle bien a nadie. Ni hago nada de lo que hago para caerle bien a nadie. No soporto el sentimiento de caer bien. Ni siquiera cuando a mí me ocurra con algunos. Como a cualquier hijo de vecino me gusta gustar, pero por favor, no confundir con caer bien.

Caer bien no es gustar. Gustar supone un proceso de prueba y acierto, significa que lo que has recibido te convence aunque sea sólo al paladar. Caer bien es diferente. Una decisión irracional e independiente del entendimiento o la razón. No sé qué tiene, pero me cae bien. Mi complejo amigdalino, el mismo que hace cientos de miles de años me avisaba del peligro antes de que fuese consciente del porqué, decide por mí y yo lo expreso como si fuese algo de lo que estar orgulloso. Romanticismo retrasado hasta el pleistoceno. No tengo motivos fundados ni racionales para emitir este juicio, pero me da igual, he decidido absolver a esta persona o condenarla por las mismas no razones, si he decidido que me cae mal. Y a partir de ahí, el efecto halo que supone la atribución de todo tipo de virtudes o defectos asociados. Los magistrados saben muy bien que no pueden dejarse llevar por las filias o fobias que despierten los acusados, pues se exponen a cometer delito de prevaricación.

Caer bien ha sido y sigue siendo el mal endémico de este país. Ha sido el mal de muchos y sigue siendo consuelo de tontos. A Rajoy le caía bien Alfonso Rus. Te quiero, coño. Y Bárcenas sé fuerte. Y Rita Barberá me ha dicho que es inocente. Ahora no nos queremos acordar, pero hubo un tiempo en el que Jordi Pujol le caía bien a prácticamente todo el mundo en Catalunya. Y lo bien que nos caía el rey campechano.

Que alguien te caiga bien —o mal— es ser flojo de corazón. Andar por la vida con los ojos vendados por uno mismo. Dejar de escuchar lo que la realidad te grita. Esa realidad que dice que si coincides con alguien cuando se expresa, eso es que igual no te habías formado un juicio adecuado, y estás a punto de desterrar un prejuicio.

Pero claro, es mucho más fácil decir que sigue sin caerte bien quien piensa igual que tú. No vayas a caer mal a los que aún ni se lo han cuestionado.”

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No, hombre, no.

No, hombre, no.

Artículo publicado el domingo, 28 de Febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

“Ya no eres un hombre. Tendrás el aparato reproductor propio del género masculino, pero lo tienes ahí como adorno y deberían borrártelo ya. Serás todo lo machito que te creas delante de tus amigotes, pero desde el momento en el que le levantas la mano a una mujer, ahí perdiste la condición de hombre y pasas a ser otra cosa. Cobarde, desgraciado, o para decirlo más fino, maltratador. Pero hombre, ya no. Me niego a que nos denominen a ti y a mí igual. Así que te llamaré otra cosa, pero hombre, no.

No, hombre, no. Te estoy hablando a ti, mírame cuando te hablo, campeón. Tú y todos los que sois como tú. No sólo los 11 asesinos en lo que llevamos de año en nuestro país, al menos 57 en 2015, suma y sigue, que parece que este año vamos a más. Los que las apuñalaron, las apalearon, las dispararon y hasta las rociaron con ácido o con gasolina. No sólo ellos. Monstruos que pudieron consumar su monstruosidad. Algunos, suicidas a contratiempo, cobardes por partida doble, por no tener no tuvieron ni lo que hay que tener para recibir su merecida condena por parte de la sociedad.

También los que siguen torturando a sus semejantes sólo por el hecho de que las creen más débiles. Curioso que jamás se metan con alguien de su talla física, que les pueda atizar igual. Pero también los que controlan y presionan psicológicamente a sus parejas hasta hacerles llorar. Los que les envían mensajes vejatorios a cualquier hora. Los que no les dejan salir a la calle, dónde te crees que vas así vestida, quién te ha escrito ese mensaje, no te irás a maquillar. Los que las persiguen por las redes sociales. Los que las humillan publicando fotos comprometidas de cuando estaban juntos, violando así su legítimo derecho a la intimidad. Los que les comentan despectivamente tras dejar la relación. Los que las zarandean y humillan durante un concierto de Alejandro Sanz. Si te encuentras en este grupo de basura humana, mírame bien que esto va por ti.

No, hombre, no. Eres escoria social. Un desecho. Un error de cálculo de la naturaleza o de la civilización, da igual. Y como tal te deberíamos tratar. Un bravo bien grande por Alejandro. Y una pregunta incriminatoria para todos nosotros, para todos los demás. Cuántas muertes y palizas nos habríamos ahorrado si todos, vecinos, familiares, amigos y simples desconocidos, hubiésemos actuado igual que Sanz. Pensémoslo. Porque igual, parejo a cualquier tipo de maltrato, lleva adjunta nuestra responsabilidad como seres humanos que convivimos puerta con puerta. Pensemos si esto que tenemos se puede llamar civilización mientras la mayoría sigamos mirando hacia otro lado, si mientras no nos toque muy de cerca, parece que nos dé igual.

Pero esto no va sobre nosotros, sino sobre ti. Que no me he olvidado de tu cara, ni de lo que estás haciendo, pedazo de animal. Espera, que me perdonen los animales, siento haberte comparado con nuestros nobles compañeros de planeta, ellos sienten y actúan mejor que nosotros en muchísimas cosas, así que tú no llegas a la condición de animal.

Eres cosa. Eres algo —no alguien— que hay que erradicar. Alejandro, aparte de tener los arrestos de parar el concierto y encararse contigo, además llamó a seguridad. Y ése ha sido para mí el gran gesto, la gran lección. Quiero que sepas que, por mucho que te pienses que nadie te mira, estamos todos ahí, y cada vez somos más. Escuchamos, miramos, vemos y estamos dispuestos a parar lo que haga falta para hacer lo que hay que hacer: denunciar.

Espero que acabes tus días en una cárcel en la que te hagan pasar por todo lo que tú estabas dispuesto a hacer pasar.

Mientras tanto, ruego a todo el mundo que te llamemos lo que queramos.

Pero hombre, no.”

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Usa tus ojos.

Usa tus ojos.

Publicado el miércoles, 24 de febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

Captura de pantalla 2015-09-03 a la(s) 19.21.55“No recuerdo la cantidad de veces que nos han intentado colar la realidad virtual, aumentada o simplemente adulterada con cualquier tipo de tecnología. Parece que fue ayer que todos íbamos a tener una tele en casa con la función 3D, hasta tal punto me lo creí que aún tengo mi tele ahí, preparada con unas gafas horrorosas que habré usado —como mucho— una vez en mi vida, encima creo que fue para verme en Torrente 4 haciendo de cura. Y qué me dices de las Google Glass, ese artilugio que nos debería haber cambiado la vida hace años. Da igual, esta vez como el fundador de Facebook y archibillonario Mark Zuckerberg ha dicho en el MWC de Barcelona que el futuro son los vídeos 360º, ahora parece que por fin sí.

Al fin no tendremos que soportar la realidad que nos ha tocado vivir, y podremos montarnos nuestra realidad paralela y cada uno verá sólo lo que quiera ver. Algo así como un concejal del PP, pero en versión honrada.

La historia de la tecnología parece contar la historia de la huida de la realidad. Huir de sus incomodidades. De sus imposiciones. Huir de ella para no tenerse que soportar. Primero huimos de nuestra débil condición animal sin demasiadas defensas. Después de la climatología adversa, la dictadura solar, los cambios de estación, de los accidentes geográficos y la orografía desfavorable. Y más tarde tratamos de reducir ese inconveniente llamado distancia y lo llamamos TIC. Por último, los últimos cincuenta años nos pillan huyendo de la necesidad de estar acompañados para dejar de estar solos. Una huida sin demasiado éxito, debo decir.

Hoy, si te fijas, miramos siempre de segundo ojo. Siempre a través de. Un móvil, una tele, un ordenador o un visor cualquiera que ahora quieren atar a nuestra cabeza, no vayamos a escapar. Así lucimos los asistentes a cualquier función infantil de fin de curso, babeantes padres parapetados tras nuestros móviles en modo paparazzi sin atender a lo más importante que se presenta ante nuestros ojos: el inexorable paso del tiempo reflejado en las habilidades de nuestra prole, o dicho de otro modo, la realidad. Ni virtual ni aumentada. Realidad y ya. Seguimos sin ser conscientes de que lo que no miremos directamente, jamás habrá sido visto por nuestros propios ojos. Siempre a través de una pantalla. Siempre a través de.

Usa tus ojos. No delegues siempre en los ojos de una máquina. Te podría dar muchísimas razones, pero me quedo con tres. La primera, es que tus ojos no necesitan batería para grabar en UltraHD. La segunda, que tus ojos no sólo ven, también perciben. Tienen visión más allá de lo que miran, reciben información más allá de lo que está. Sólo hay que dejarles salir de plano. Y la última, porque ellos sí saben emocionarse. Y la tecnología sin emoción es como un número suelto: por muy grande que sea, jamás sabrá lo que está contando.”

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Etimología cardíaca.

Etimología cardíaca.

Artículo publicado el domingo, 14 de Febrero de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

“Hoy que celebramos la mayor mentira del mundo jamás contada a uno mismo y la más maravillosa también. Hoy que, por unas horas, no nos hacemos más trampas que al solitario. Hoy que le ponemos nombre de santo a uno de mis pecados favoritos. Aquí y ahora me apetece mentirme del todo, darme una vuelta por las palabras que usamos y por las que no usamos tanto también. La verdad es que me da lo mismo si acierto o no con mis conjeturas. Pues qué es una relación sino la conjetura de que esta vez sí. Ni el mismísimo Popper se atrevió a falsarla. Ni siquiera él fue incapaz de dejarse atrapar.

Qué pasa si San Valentín en realidad viene de valiente. De lo apuesto todo al rojo. De me atrevo a sentir por encima de mis posibilidades. De dejadme solo, que me estoy arriesgando mucho, ya lo sé. Pero es que cuanto más me arriesgo, más estoy en disposición de querer. Tal como están las cosas, casarse empieza a ser el acto más revolucionario que existe. Y divorciarse, un acto de lo más mainstream, un acto de lo más vulgar. En breve lo cool será aguantarse toda la vida. Ya verás.

Qué ocurre si Cupido viene de esculpir. Ojo a esa L que irrumpe como buena novata y transforma cualquier vileza en una maravillosa obra de arte. Como un insulto bien dicho en la cama. Algo que de pronto ha dejado de estar mal. Y es que toda relación se estrena por el sexo y tarda algún tiempo en subirse hasta los órganos superiores, donde la permanencia es muchísimo mayor que la rotación. El problema aparece cuando uno no es capaz de moverse de ahí abajo. Que tal como viene, se acaba yendo. Se comporta un poco como el cash.

Qué pasa si el corazón es la víscera más visceral. El que toma las decisiones importantes. El que le rapta todo el protagonismo semántico al complejo amigdalino, pero en el fondo, y a todos los afectos, nos da igual. Lo importante es que nuestro organismo ya ha elegido cuando nosotros todavía lo estamos empezando a argumentar. Francamente, así nos va.

Qué ocurre si a enamorarse lo traducimos directamente del inglés. Que se transforma en algo así como caer en el amor. Como quien ha caído en la cuenta. Cuando no de un pedestal. De esto Hollywood ha construido la industria más mentirosa. Porque caerse no puede durar más de 90 minutos. La historia real empieza cuando chico realmente conoce a chica o viceversa, cuando alguno de los dos se empieza a levantar. Ahí es donde todo comienza de verdad. Caerse en el amor. En el mejor de los casos, tirarse a uno mismo a un pozo sin fondo de cuatro letras. Un sitio desde el cual se ve todo distinto. Un sitio donde la luz la pone quien mira y más recibe quien más da. Un lugar en el que caben unas cosas y otras no. Por no hablar de las personas. Es el único lugar del mundo donde siempre se queda la gente que ya no está.

Qué pasa si cursi es el diminutivo de curso. Algo que se nos acaba pasando con el tiempo, siempre y cuando seamos capaces de aprobar. Conmigo ya no hay manera, sigo repitiendo primero de emocionarse. Estoy por montar la tuna de esta puñetera Universidad.

Qué ocurre si Latino viene de latir. De estar agarrado a la vida y no querer soltarla. No es una procedencia, es una forma de entender la felicidad. Saber que vale más un abrazo que un beso, y aún así jamás tener vergüenza de abrazar. Es más, qué son las lenguas romances sino lenguas diseñadas desde sus principios para el noble arte de darse lo suyo. Por no decir de amar.

En definitiva, qué pasa si a cada palabra le imponemos el significado que nos dé la real gana. Que al fin y al cabo es lo mismo que hacemos con las personas, lo que pasa es que queda mucho más fino decir que me acabo de enamorar.”

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Sudar.

Sudar.

Artículo publicado el domingo, 31 de Enero de 2016, en ElPeriódico.com.

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Il·lustració per Leonard Beard.

“A pesar de lo que deseábamos Vanesa y yo, al final nadie fue capaz de frenar enero. Y entre la cuesta propia del mes, la vuelta masiva al gimnasio y el poco frío que nos hizo, de lo único que estuvimos sobrados fue de sudor. Un sudor no solo físico, sino también emocional, social y moral, un sudor que se manifiesta ya no solo en las axilas o en los pies, sino en el alma y el corazón. Un sudor muy churchiliano mezclado con sangre y lágrima, algo así como en los milagros, pero sin la necesidad del visto bueno papal.

Es el sudor de un cambio de armario que llegó tarde. Cuando la ropa o te sobra o te falta, pero jamás acaba de acertar. Donde casi todas las madres amenazan con que vas a pillar un sarampión, que ya, mamá. Donde ya no puedes ni disimular las calorías que te has metido durante la navidad. La operación bikini tendrá que volver a esperar.

Es el sudor que precede a las primeras agujetas del año. Las que nos recuerdan que no estábamos acostumbrados a sudar de ese modo. Un año más, otra cura de humildad. Una frecuencia que dicen que se convierte en hábito tras 21 días. Ojalá fuese tan fácil crearse un hábito como lo es caer en cualquier vicio. Ojalá.

Es el sudor de tu frente, el único que te aparece en la Biblia para recordarte que el duro trabajo te devolverá algo de dignidad como ser humano. Por eso es tan indigno el espectáculo al que tenemos que asistir cada día, esa gentuza que aprovecha su cargo para robar sin pegar golpe mientras hay millones de personas que darían su vida por conseguir un trabajo honrado. Es tan indigno que ahí ya no suda un individuo, sino toda la sociedad.

Pero es que también es el sudor combinado, la suma de varios sudores, que es el que se da cuando se juntan dos cuerpos o más. Un sudor con sabor y olor indescriptible, porque normalmente nadie que se encuentre ahí en medio está como para tomar notas. Es el sudor que recogen las sábanas, luz y taquígrafos sobre el lienzo de los que se acaban de amar. O sin ponerse estupendo, simplemente, de follar.

Es el sudor frío del que delata al que sufre miedo, escalofríos o ansiedad. Como el que te recorre por dentro cuando te enteras de que un hijo de la gran puta acaba de tirar por la ventana a un bebé de 17 meses justo cuando había sido descubierto abusando de él. Con perdón de las señoras putas. Pero ese individuo no merece ni la condición de ser humano. Merece ser tratado como la aberración que es, ni persona ni animal, es una cosa que hay que desmontar, desconectar de nuestro estado de derecho y hasta desenchufar. Sí, ya sé que no hay que desearle la muerte a nadie, y que conste que no se la estoy deseando, pues tampoco eso me convencería. Yo sería más partidario de que sufriese durante el resto de su larguísima vida. A mí me sale así, no te voy a engañar. Por suerte no soy yo el que decide estas cosas, que para eso están las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, y sobre todo nuestro sistema judicial. Pero te juro que si de mí dependiese, ese malnacido conocería el significado de la palabra dolor en todas sus variantes. Su condena debería ser desear con todas sus fuerzas la muerte, pero jamás llegar.

Pero a lo que iba, que me pierdo. Sudar. Sudar. Sudar. No, lo siento, por más que lo intento no me sale. Después de contarte esto, lo único que tengo ganas es de llorar. De impotencia. De rabia. De indignación. Por ese bebé de nombre Alicia que ya jamás visitará el país de las maravillas, porque le tocó vivir en un país con hijos de puta como el que la mató.

Sí, ya sé que muchos pensarán que me he ido del tema.

Sinceramente. Me la suda.”

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Astronotuya.

Astronotuya.

Artículo publicado el domingo, 24 de mayo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard.

“Hay amores de película y hay amores de spot. Amores de largometraje y amores que apenas llegan a los veinte segundos. Y sin embargo, aún así, algunos spots son más bellos que millones de películas juntas. La Gioconda, quizás el cuadro más universal jamás pintado, no pasa de los 55 cm de ancho. Para ser grande, para ser bello, para ser memorable, no hace falta extenderse más allá de lo necesario. El fin siempre justifica los miedos. Quizás por eso hoy me atrevo con una cosmología afectiva sacada de la manga. Quizás por eso hoy me hago trampas al solitario en este pequeño universo que cabe en un sí.

Empecemos por los cuerpos celestes. En esta vida te encontrarás, en esencia y grosso modo, dos tipos de amantes: estrellas y planetas.

Las estrellas, como todo el mundo sabe, brillan con luz propia. Es una luz nítida, sin paliativos, sin concesiones. Es una luz tan intensa que no puedes mirarla fijamente, es una luz que atraviesa la oscuridad y la destruye. Es una luz que crea vida, que te arropa, que te da calor. Y es una luz que enamora porque no depende de nada ni de nadie, porque es libre, porque es y será así esté donde esté. Pero ojo, porque es una luz que consume a quien la emite. Si nos fijamos bien, las estrellas están en permanente combustión. Se destruyen a sí mismas para proyectar su luz, y aunque nos encantaría pensar lo contrario, sabemos que lo único eterno es la oscuridad. Por eso son tan bellas. Por eso son tan únicas. Y tan raras. Y tan fungibles. Y tan especiales. Y tan inolvidables.

A su alrededor encontrarás, sí o sí, los planetas. No hay una estrella que se precie sin un planeta que la orbite. Y eso tiene una razón de ser. Los planetas necesitan de su luz para subsistir. Son incapaces de generarla por sí mismos. Así que se enganchan al primero que les dé algo por lo que estar ahí, algo que les dé visibilidad, que es otra manera de decir que les haga existir. Es cierto que es en algunos de ellos donde brota la vida, pero no nos engañemos, son una rarísima excepción. Himno generacional número 83. El resto, la gran mayoría, son lugares inhóspitos y demasiado fríos o demasiado calientes como para que surja nada.

Es cierto que luego están los satélites, escisiones de lo que un día fueron, tan pequeños y desesperados que se llegan a enganchar a cuerpos sin luz. Y ahí se quedan, atrapados en un ciclo creciente y menguante, condenados a que lo más memorable que les pueda ocurrir en la vida sea un eclipse. O los cometas, que no dejan de ser trozos de otras relaciones que vagan por el universo incapaces de comprometerse ni de sentar la cabeza. Son casos perdidos, bellos a ratos, sí, hasta ponen rumbo a ti.

Por último, se encuentran los agujeros negros, elementos peligrosísimos, pues se alimentan de materia ajena. Cualquier materia les va bien. Vampiros emocionales del tamaño de una galaxia. Si un día te ves atrapado en uno de ellos, puede significar tu final. Porque lo mejor que puede ocurrirte es que te conviertan en basura espacial.

En este complicado universo de relaciones, lo más difícil es entender que la única fuerza no es la ley de atracción. Existe la ley de correspondencia, que dice que un cuerpo te atraerá más si te enteras de que se siente atraído por ti. Existe la ley de rozamiento, que dice que hace el cariño, que deviene en confianza que da asco. Existe la ley de la fuerza centrífuga, que dice que un cuerpo que abandona una órbita libera exactamente la misma energía que le impedía seguir siendo feliz en la relación. Y la de la fuerza centrípeta, que dice que donde hubo retuvo, que siempre te atraerá algo de lo que te atrajo. Y existe la ley de los cuerpos comunicantes, sobre la que nadie aún se pone de acuerdo.

Sea como sea, yo no sé si soy estrella, planeta, o agujero negro, pero en mi camino emocional exijo estrellas. Y cuanto más mayor me hago, antes identifico las que no lo son. Es uno de los gajes de hacerse viejo, que lo ves venir todo a años luz.

Hay amores de película y hay amores de spot. Amores de largometraje y amores que apenas llegan a los veinte segundos. La diferencia es que los primeros los vives sólo una vez. Y los segundos, te guste o no, estás condenado a repetirlos tantas veces como les dé la gana a ellos, incluso en contra de tu voluntad.”

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Todo es lo que parece.

Todo es lo que parece.

Artículo publicado el domingo, 13 de abril de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

“Parezco idiota. Y seguramente lo soy. Aunque vaya por la vida pensándome que a veces no. Aunque me crea algo. O alguien. Aunque vaya por ahí dando lecciones que no se pueden aprender. Aunque vaya por ahí aprendiendo cosas que jamás se deberían enseñar. Pero no. Si parezco idiota, eso es que seguramente, lo soy. Y a los hechos me remito. A este manojo de fracasos que rodean esa flor de un día a la que llamo éxito, que ya fue.

La internacional situacionista. Junto a internet, la tele, el avión a reacción y la Thermomix, inventazos del siglo XX. Una forma de entender el mundo. Un tipo muy muy listo que se llamaba Guy Debord se junta con tipos intelectualmente peligrosos y crean un movimiento que desembocaría en el mayo del 68 francés. Sus máximas las expresaron ellos mucho mejor que yo en “La sociedad del espectáculo”, pero es que a mí me gusta así: Todo es lo que parece.

Todo es lo que parece. La apariencia es mucho más que un simple envoltorio cuando ese mismo envoltorio también se come. Con 20 años tienes la pinta que te gustaría mantener. Con 30 tienes la pinta que puedes permitirte. Con 40 tienes la pinta que te mereces. Y a partir de los 50 sólo tienes pinta de querer dejar de tener pinta de cualquier cosa.

Todo es lo que parece. Y nada es lo que realmente es. Si quieres dedicarte a lo que es, hazte científico. Pero para los demás, todo es apariencia, y normalmente muy por encima de nuestras posibilidades. Eres lo que pareces. Tú, aquél y el de más allá. Ahórrate tus platonismos sobre los límites de la percepción. Porque los límites de tu percepción son los límites de tu existencia. Porque todo es lo que parece. Y lo que no parece, ya no aparece, ya no está.

Todo es lo que parece. Tu apariencia es la que tira de ti. Los psicólogos lo llaman Efecto Pigmalión. Lo que los demás perciban te condiciona hasta el punto de hacerte actuar de manera alterada. Si sabes que piensan que eres idiota, te acabarás comportando como tal. Si sabes que piensan que eres corrupto, acabarás metiendo la mano en la caja. Total, si ya lo creen todos. Ya qué importa, qué más da.

Este es un país de chanchulleros e incompetentes. La dictadura del mediócrata. Y ahora están mal vistos, apestados, denostados, pero esos que hace mucho fueron héroes, están agazapados, y volverán. Porque malas noticias, no son otros que hayan venido a colonizarnos. Están dentro de cada uno de nosotros. Entre lo que parecemos y lo que somos, ahí están. Llevamos todos dentro un Urdangarín, un Bárcenas, un Pujol y un Correa. El problema no es que lo llevemos dentro. El problema está en que se den las condiciones idóneas para que vuelvan a triunfar. Porque no lo dudes, volverán las oscuras golondrinas. En tu balcón sus nidos a colgar.

Pero no estaba hablando de eso, sino de que hoy todo es lo que parece. Y nada importa lo dicho hasta que realmente se hace. Por eso para follar no hay que, necesariamente, follar. Por eso para abrazar no hay que, necesariamente, abrazar. Por eso para morir no hay que, necesariamente, morir. Por eso para vivir no hay que, necesariamente, vivir.

Se puede querer odiando mucho lo amado. Se puede avanzar retrocediendo a cada paso que se da. Se puede crecer haciéndose uno cada vez más pequeño. Matar de un abrazo. Nacer de una hostia. Olvidar a base de recuerdos. Y matar al prójimo dando a luz. Se puede llorar a carcajadas o reír amargamente. Acariciar a mucha distancia o fundirse en un cálido divorcio. Y se puede hacer todo eso a la vez sin estar haciendo nada en realidad. Todo es posible cuando todo es en apariencia. Y nada es imposible cuando da igual si está o no está.

Todo es lo que parece. Por eso el que crea que esto lo arregla una campaña, se está equivocando. Y no sabes cuánto. Hoy ya no basta con ser honrado. Ni siquiera bueno. Y ya no digamos normal. Hay que parecerlo también. Porque todo es lo que parece. Y porque hoy la mujer del César es como Hacienda, somos todos. Y tú, un poquito más.

Todo es lo que parece. Así que si a los Astrud todo les parece una mierda, es porque seguramente lo es. Y ojo que eso ni está bien ni está mal. Simplemente es.

Todo es lo que parece. Desconfía del próximo que venga a decirte que las apariencias engañan, seguramente te la está intentando pegar. Pídele que te cuente algo que le dé vergüenza contar y luego pregúntale si te hubiese ocultado eso de no habérselo preguntado, y entonces, piensa por qué deberías confiarle todo lo demás.

Las apariencias no engañan, es la gente la que se cree que seremos tan idiotas como para dejarnos engañar.

Y lo peor no es que hoy tengan o no razón.

Lo peor es que tarde o temprano la tendrán.”

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Yo no me hago mayor.

Yo no me hago mayor.

Artículo publicado el domingo, 1 de marzo de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

“Yo no me hago mayor. Es el mundo el que se empeña en hacerse cada vez más joven. En disimular sus arrugas. En comportarse como un chaval. Y a mí la verdad es que me da cada vez más pereza seguirle la corriente. Es como ese amigo que lejos de reconocer su edad, se gasta cada vez más dinero en engañarse a sí mismo. Un día te hace gracia. Dos, puede que hasta te sigas riendo. Y a partir del tercero ya no le encuentras el chiste por ninguna parte. Y empiezas a ponerle excusas. Y acabas por no cogerle el teléfono. A ver si quedamos un día, eso sí.

Yo no me hago mayor. Es la vida la que se hace vieja. La que se repite con cosas que ya te pasaron. Una vieja que parece que perdió la memoria. Pero sólo lo parece. Porque eres tú quien debería recordar. Que a cada vuelta de tuerca, la vida se enrosca. Que cada paso que das ya no es un paso, sino un escalón más en esta empinada escalera de caracol. Que aunque parezca que vuelves al mismo sitio, siempre te encuentras a una altura diferente de la anterior. Si estuviste arriba, volverás para verlo todo desde alguna planta inferior. Y viceversa. La vida se repite y es a ti al único que le huele el aliento. La vida se repite y a nadie más le suena lo que ya se vivió.

Yo no me hago mayor. Es mi cuerpo que ya no está en garantía. Y como cada vez les quedan menos recambios originales, mi piel es este libro abierto donde queda tatuada para siempre la fecha de cada reparación. Y el dolor es ese huésped que una vez entra, lo hace siempre para quedarse, tan sólo cambia de habitación. Yo sigo queriendo como cuando siempre podía. Así que échale la culpa a mi cuerpo, cariño, que este cuerpo hace tiempo que no soy yo.

Yo no me hago mayor. Es el corazón el que se me ha quedado pequeño. Entre la gente que estuvo, la que jamás se ha ido, la que espero que siempre se quede y la que algún día tiene que entrar, a mí no me da la vida, a mí no deberían haberme dado un corazón, sino dos. Hace años que siento desde el camarote de los hermanos Marx emocional. Y sin embargo, siempre pienso que es injusto que los nuevos se encuentren con lo que hay. Una víscera ajada, reutilizada y en ocasiones hasta maltratada que aún así reacciona y se emociona como una fiel mascota cuando llegas a casa después de trabajar.

Yo no me hago mayor. Porque en realidad me siento cada vez más pequeño. Más idiota. Menos sabio. Y sin embargo, los hay que incluso empiezan a llamarme de usted. Me pregunto si cuando ya no sabes nada es cuando ya mereces que te llamen vuecencia, usía o de vos. No sé.

Yo no me hago mayor. Tengo siempre la edad de la mujer a la que acaricio. Y ellas, como bien sabes, a partir de los treinta dejan de contar.

Hoy he decidido que yo no me hago mayor. Que la edad jamás debería ser un número cardinal, sino ordinal. El que cuenta tu posición en la vida de alguien. El que convierte tu postura ante el mundo en un lugar. El que te recuerda que si no eres algo para otro, en realidad no estás.

No, yo no me hago mayor. Y sin embargo, empiezo a sonar como un viejo. Me leo cansado. Cuando en realidad por dentro me está ocurriendo todo lo contrario. Cuanto más me atizan, mejor recibo. Cuanto menos duermo, mejor me levanto. Cuanto menos bebo, antes me emborracho. Cuanto menos practico, mejor se me da. Cuanto más escribo, menos me importa que alguien me lea. Y sin embargo, sé que si intento convencerte de que estoy mejor que nunca, pensarás que estoy fatal. Así que me callo y sonrío.

Por fin sonrío.

De tanto llorar.”

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Dos piedras.

Dos piedras.

Artículo publicado el domingo, 22 de Febrero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

“Sólo tropiezan los que están avanzando. O dicho de otro modo, la única forma de evitar un tropiezo es quedarse quieto. No moverse de donde se está. Tropezar, por lo tanto, es una buenísima señal. Señal de que las cosas se mueven. Señal de que te diriges hacia algún sitio. Lo que es malo en la vida no es tropezar, sino quedarse ahí, tirado en el suelo. No volverse a levantar. Y ya no digamos lamentarse. Autocompadecerse. Lloriquear.

Lo que ocurre cuando tropiezas, todo el mundo lo sabe, porque todo el mundo lo ha vivido alguna vez. Lo más humano es sentir una cierta sensación de ridículo. Ojalá que nadie me haya visto caer. Qué bochorno. Calla, que me levanto enseguida y aquí no ha pasado nada. Natural.

Lo siguiente es buscar la causante del tropiezo. Encontrar la piedra. Reconocerla. Tu cara me suena. Culpabilizarse por no haberla visto antes. Y darse cuenta de nuestra miserable e inefable humanidad. Es entonces cuando todo el mundo lo veía venir. Es entonces cuando surge el yo ya te lo dije. Maestrillos del día después, que no se dan cuenta de lo mediocre que resulta llegar tan tarde.

Y hablando de mediocres, bajo cualquier piedra aparecen siempre los gusanos. Las larvas. Los bichos. Personajillos acomplejados y torturados desde bien pequeñitos, cuando en el patio del colegio ya canjeaban su bocadillo por un par de collejas. Suelen ser los más cobardes de la clase, los que jamás se atreverían a decirte nada a la cara, gallinas que con el tiempo han desarrollado una visión deformada del mundo, pues piensan que todos estamos pendientes de sus pataletas. Por eso andan buscando a ver quién se ha caído últimamente para acudir a la merendola de buitres, porque sólo saben alimentarse del presunto derrotado, porque ellos jamás han creado nada que haya tenido éxito, porque son incapaces de triunfar por sí mismos y porque se sienten acomplejados ante el talento ajeno. En el fondo les encantaría formar parte de la fiesta, ser incluso tus amigos, vivir lo que tú has vivido, en realidad es una forma de envidia, pero claro, el rechazo sigue ahí, y como respuesta al rechazo, ellos han decidido rechazarte a ti. Pero piensa que no es contigo. Es con la vida que jamás tendrán.

Como no pudieron ser interesantes, se convirtieron en pedantes. Como las chicas se reían de ellos, se hicieron los misóginos; no es que yo no les guste a ellas, es que ellas no me gustan a mí. Como no han dado un palo al agua en su puñetera vida, se volvieron clasistas, racistas o xenófobos. Y como nadie les aguantaba ni en su propia casa, se fueron a vivir de la primera caverna mediática que les subvencionó, oye tú que luego igual esto desgrava. Por ponerle un nombre al azar, yo lo llamo Complejo de Sostres, no me preguntes por qué.

Bueno sí, pregúntamelo, va.

Pues resulta que Salvador Sostres fue mencionado en mi ya añorado Viajando Con Chester. Fue el gran chef David Muñoz, quien me contó que en años de profesión, el único comensal que se había negado a pagar la cuenta había sido justamente él, Sostres. La conversación siguió por otros derroteros mucho más interesantes, pero por lo visto, para Sostres, el hombre que no pagaba en los restaurantes, la cosa no quedó ahí. Al día siguiente, la productora del programa me hizo llegar el número de móvil y la petición de Sostres para hablar conmigo. Según me trasladó la productora, su intención era “aclararme lo que realmente sucedió”. Y a mí, que me encanta conocer gente interesante, cultivada e inteligente, no me quedó otro remedio que declinar amablemente la invitación. La explicación, le dije a la productora, se la debe al chef, no a mí.

Durante los siguientes días, los mails con las peticiones de Sostres se fueron sucediendo, hasta que al final imagino que el personaje desistió. Pero claro, supongo que el rechazo empezó a crecer de nuevo en su interior. Nos cruzamos físicamente un par de veces por Barcelona, que en realidad es un sitio muy pequeño, y el personaje en cuestión me vio, me esquivó y no me dijo ni mú. Lo que yo te diga, “semejantes invertebrados” (sic) no atacan nunca de frente. Siempre a tus espaldas. Cuando no estás. Y esta semana, tras mi salida de Viajando Con Chester, la bilis ha corrido en forma de tinta por su columna a la que por cierto, le tengo un aprecio especial, pues me parece más que cómica, hilarante. No es sólo que me haya criticado a mí, que ya ves, llega tarde, llevo años saliendo criticado de casa. Es que además se cree que puede con gigantes como Luis del Olmo o compañeros de periódico como Jordi Évole y Ana Pastor, gente que le viene tan grande que antes de ni siquiera mentarlos debería aprender a lavarse la boca con agua y jabón.

Todo esto no hace más que darle lo que él quiere, pensarás. Y es verdad. A los bichos no hay que darles visibilidad. Porque es justamente lo que buscan. Vuelve a dejarlos bajo dos piedras. Tápalos bien y deséales un algo feliz. Si hoy te los destapo no es para hablarte de ellos, sino del síndrome que lleva su nombre.

Aléjate del Complejo de Sostres. No porque sea contagioso, qué va. Sino porque nadie que sufra ese complejo ha hecho nada importante en la vida. Jamás.”

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Somos ficción.

Somos ficción.

Artículo publicado el domingo, 08 de Febrero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

“Somos ficción. Tú, yo, aquél y el de más allá. Somos mentira. Bien construida, pero mentira al fin y al cabo. Y no es sólo que no existamos como nos creemos que existimos. Productos de nuestro cogito ergo sum. Accidentes del amor y la causalidad. Es que encima a menudo se nos olvida que somos una trola muy fea con patas y acabaremos todos muertos de realidad.

Somos ficción ya viejuna. Nuestra Historia, eso que nos retrata deformados y nos enseña que es imposible no repetirse, no deja de ser un grupo de datos y hechos cronológicamente ordenados y convertidos en un relato más o menos contrastado que suele tener la manía de buscar varias causas para cada efecto, escrito encima por todos aquellos que sobrevivieron para poder contarlo, con lo cual tampoco cuenta con la opinión y el enfoque de los que en el momento de contarlo ya no están. Es el curriculum abultado de la Humanidad. Y como todo curriculum está lleno de exageraciones, mentiras y omisiones importantísimas sobre las que mejor nadie nos pregunte, porque la podríamos liar parda. Pero si incluso Fukuyama morirá algún día y pasará a ser su propia víctima. No hay mayor ironía que el propio destino. No hay destino más honesto que la sinrazón de la verdad.

Somos ficción social. Nos inventamos dioses para explicar lo que no entendíamos. Nos inventamos idiomas para entendernos entre nosotros. Nos inventamos medidas para poder coincidir en espacio y tiempo. Nos inventamos países para justificar esas distancias. Nos inventamos culturas para tener algo que defender. Nos inventamos patrias para justificar conflictos. Nos inventamos guerras para ganar más. Y nos inventamos el dinero. Y las personas jurídicas. Y las marcas comerciales. Ficciones que nos permiten hablar de cosas que en realidad no existen como si existieran aunque todos sepamos que no existen, pero como hablamos de ellas, ahí están. Y mira si están, que al final incluso hay gente que sí que existe dispuesta a morir por algo que si lo piensas bien, no ha existido jamás.

Así las cosas, no debería extrañarnos que seamos también ficción, sí, pero emocional.

Nos inventamos que nacemos acompañados. Llamamos familia a mucha gente que en el fondo nos da igual. Decimos que encontramos pareja. Que por fin abandonamos la soledad. Hacemos de nuestro hallazgo un relato y lo empezamos a estirar. Hasta que un día se rompe algo y hay que empezar a reescribir la trilogía. Y hacemos un clásico Star Wars. Ahora te explicaré lo que no te conté en su momento y debí contarte, el apasionante mundo de la precuela. Y tal como ocurre con La Guerra de las Galaxias, esa pre-historia suele ser aburrida, de cartón piedra y menos creíble, menos verdad.

A veces las incongruencias matan la coherencia de la trama, así que o bien las olvidamos o acabamos incorporando detalles que hacen que parezca todo de lo más lógico y normal. Nos dejamos por esto y aquello. Hubo ese matiz que lo cambió todo. Estas fueron las causas reales de nuestra ruptura. Estaba claro que lo nuestro no podía durar. Ahora no repetiría los mismos errores. Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir. Si hubiese sabido lo que ahora sé. Conecta los puntos. Analiza tus errores. Fracasa mejor que ayer. Unas veces se gana y otras se aprende.

Mentiras que nos contamos para que todo pueda avanzar. Porque si no ficcionamos lo que sentimos, curiosamente, nos es imposible dar un paso adelante, ni odiar lo que se consigue, ni amar lo que se deja atrás. Va a ser verdad lo que escribe Cercas, que es la realidad la que nos mata, y la ficción la que siempre nos viene a salvar.

Mañana te volverás a enamorar de quien no debes. Mañana la volverás a cagar. Volverás a arruinar ese negocio. Y las oscuras golondrinas, también volverán. Y volverás a sentirte tan estúpido como siempre has sido. Y antes de ponerte a reconocerlo, antes de echarte a ti mismo la culpa, algo que en su momento no viste te tendrás que inventar. Para que todo siga siendo coherente. Para que te puedas seguir mirando al espejo sin reconocer que sigues sin tener ni puñetera idea de nada. Que el tiempo pasa por tu cuerpo dejando de todo, menos lo que tendría que dejar. Conocimiento, sabiduría, experiencia y ganas de volverlo a probar.

Somos ficción. Y curiosamente sólo se otorga un Goya al que cobra dinero -cuando cobra- por dedicarse abiertamente a ello. Sólo te premian por mentir cuando de entrada todo el mundo sabe que no es verdad. Y bien que hacen. Pero echo en falta unos premios a la ficción de la vida cotidiana. Al hay que ver cómo te la metí doblada. Al es verdad, ahí me he vuelto a pasar. Al no, si yo no soy fiel, pero soy muy leal.

En un país que se ha inventado varias veces, estaríamos de premios todas las semanas. En un país podrido de mentiras y mentirosos, esto iba a ser un no parar.”

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Lo que tienes que hacer.

Lo que tienes que hacer.

Artículo publicado el domingo, 01 de Febrero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

“Lo que tienes que hacer es esto. Lo que tienes que hacer es aquello. No sé si te has dado cuenta, pero yo sí. Lo que tienes que hacer está muy claro, no entiendo cómo no lo ves. Da igual la experiencia que acumules, lo que tú sepas que yo no sé, las toneladas de detalles que desconozco y por tanto obviaré, las canas que peines o tiñas, las hostias que te has llevado hasta en el carné. Siempre habrá alguien dispuesto a decirte lo que tienes que hacer. Y mira, hoy me ha tocado a mí. Apártate que voy.

Lo que tienes que hacer es hacerme caso. Sí, puede que hasta ahora no te haya ido mal sin mi ayuda, pero que sepas que ha sido pura casualidad, azar bien ordenado, porque hasta aquí era fácil llegar. Te lo digo yo, que ni he estado en tus circunstancias, ni he luchado por tu vida, ni he vivido ni de lejos lo que hayas tenido que vivir tú. Eso sí, tú escúchame a mí, que si escuchas con atención este consejo improvisado en los últimos minutos, te irá todo muchísimo mejor, ande va a parar. Que si la experiencia es un grado, hoy te voy a sacar el bachillerato, el master y hasta el posgrado de la verdad.

Lo que tienes que hacer es trascenderte. Porque la prole es el camino más rápido para disponer siempre de alguien cerca dispuesto a decirte lo que tienes que hacer. Suele ser curiosamente alguien que, o bien jamás ha tenido hijos, o si los ha tenido casi mejor que los hubiera cedido en adopción. Siempre sabe lo que estás haciendo mal, lo que deberías decirles, cómo deberías educarlos, y todo, por supuesto, sin citar más fuentes pedagógicas que la vecina del abuelo de su mejor amiga. Cuando tienes un hijo y ves lo difícil que es el día a día, el noche a noche, el año a año, o dejas de una vez de dar consejos, o te conviertes en un psicópata de andar por casa, lo que se conoce familiarmente como un cuñado.

Lo que tienes que hacer es transformarte. Porque ojo que no hace falta llegar a tener descendencia para tener que estar escuchando todo el tiempo lo que tienes que hacer. El mundo está lleno de gente sin rumbo que descubre su vocación frustrada en cuanto ve tu cara de circunstancias. Es como si un problema tuyo fuese la pregunta que estaban buscando para escupirte a la cara todas esas respuestas que nadie jamás les pidió. Y encima ay cómo eres, pues no va y me contestas mal cuando sólo quería ayudarte, anda no te pongas así.

Podemos tendría que empezar a hacer más y decir menos. Pedro Sánchez debería comportarse como el llanero solo ante el peligro rodeado de bombas de fabricación casera rellenas de gas salmorejo. Rajoy debería aprovechar su tiempo de descuento para quedarse en el convento y cagarse dentro. El PP debería habernos dicho que España sí es Grecia, y así amortizar cualquier error por acto u omisión que empezaremos a descubrir durante los próximos 100 días de Tsipras. Y así todo el rato. Y así en toda conversación. Ya sea sobre economía, deporte o política fiscal. Recetas que, como no se darán bajo ningún concepto, nadie podrá comprobarlas jamás. Soluciones de todo a cien que antes nacían y morían en la barra de un bar, y ahora sobreviven hasta los programas de radio, las columnas de opinión y las tertulias de cualquier canal de televisión.

Cuando lo difícil en este país no es opinar. Ni que se pare a escucharte un grupo de gente. Ni siquiera que te paguen por hacerlo. Y si no, échale un vistazo al personal que desfila por el debate de Gran Hermano VIP. O a esta humilde columna de opinión, sin ir más lejos. Lo difícil no es nada de todo eso, porque todo eso es de lo más común y corriente y vulgar.

Lo difícil, con tanta receta, recetario mágico y masterchef frustrado suelto, es justamente lo que hemos conseguido aquí: que todo el mundo sepa lo que se tendría que hacer, salvo los que tendrían que hacerlo.

Será que no interesa que hagamos nada, sino que sigamos distraídos con la paja del ojo ajeno.

Será que todos somos muy machitos hasta que alguien nos la devuelve con las palabras mágicas.

Hazlo tú.”

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Bimentalismo.

Bimentalismo.

Artículo publicado el domingo, 25 de Enero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

“Vivir es elegir. Decantarse por algo. Tomar partido. O tomar la decisión de no hacer nada, lo que ya se conoce como hacer un Rajoy. Por eso, si quieres que un niño coma sano, dale siempre a elegir entre dos opciones que te interesen. Qué quieres, fruta o verdura. Carne blanca o pescado azul. Agüita fresca o zumo de frutas. De este modo, se sentirá vivo. Se sentirá libre. Se sentirá bien. Le estarás creando una falsa sensación de independencia, una pecera de plástico para el alma, unas urnas en pequeñito y un entorno controlado en el que elija lo que elija, ganarás tú.

El cerebro humano, incapaz de retener más de tres opciones sin ponerse a contar, se encuentra muy cómodo entre sólo dos polos. Cada vez que le simplificamos las cosas, nos lo agradece. Tal como se estudia ya en las escuelas de negocios, una de las claves del éxito irrefutable de Mercadona fue reducir el número de referencias en el lineal. Y es que para nuestras neuronas, menos es más.

Yo lo llamo bimentalismo. El proceso por el que siempre buscamos las dos principales opciones por las que decidirnos. La decisión encubierta de no buscar una tercera, para no complicarnos la vida. El Principio de Pareto para avanzar. La reducción a la parejita, que para qué va a haber más.

Es lo que usan los magos y trileros para engañarnos. Nada por aquí, nada por allá. Para que no te plantees el acullá. Porque es acullá donde están todos los trucos, donde siempre se esconde la pelotita, donde están los matices y los detalles y las trampas que nos ayudarían a entender y a descubrir lo que no quieren que veamos, lo que nos daría algo en lo que pensar.

Bimentalismo publicitario. Porque también lo utilizamos los publicistas. O eres de los míos, o te dejas engañar por los demás. Si no compras mi solución tienes un problema. O peor, te vas con otro que crees que te lo va a solucionar. Y si encuentra algo mejor, cómprelo. Polarizar, si puede ser contra la competencia, es la manera más rápida de vender. O eres de Nocilla, o de Nutella. O eres de Nesquik, o de Cola-Cao. El gran Alex Bogusky, uno de los mejores publicitarios del último siglo, defiende que para tener una marca poderosa es necesario dividir a tu audiencia entre los que están contigo y los que están contra ti. Ojo al verbo que utiliza. No es optativo. Es necesario. Que si no lo consigues, no estás contra nada o contra nadie. Que si no polarizas, no eres marca, ya no estás.

Y por lo tanto, bimentalismo propagandístico también. Porque los políticos lo saben como si lo hubieran parido. Y porque de hecho, lo siguen pariendo cada día. En Catalunya parece que murió la tercera vía, y se llevó por delante a todos los que se atrevieron siquiera a pronunciarla. En España, tan cómodos que estábamos viviendo en una sencilla línea que dividía a las izquierdas y a las derechas, hasta que llegó un señor que nos dijo que ellos eran la casta, e introdujo en nuestras cabezas el eje vertical, descubriendo el discurso de los de arriba y los de abajo. Y ahora surge otro que nos añade la tercera dimensión, los nuevos y los viejos partidos. El tercero en discordia ya no sale en la foto, así que mejor volver a hacer la lista desde cero, y hasta el infinito y más allá.

George Lakoff hablaba de resituar el marco de referencia. Los matemáticos y los científicos hablan de un cambio en el sistema de coordenadas. Y en cine, se dice que hay que evitar el salto de eje, si no se quiere confundir al espectador. Vamos, que si alguien te quiere liar la cabeza, hacerte dudar o simplemente cambiar tu decisión, te salta de eje y listos.

Por eso, me entra la risa floja cada vez que escucho que estamos viviendo el fin del bipartidismo. Cuando creo que estamos viviendo justo lo contrario. Estamos en la edad de oro del bimentalismo. La era de los nuestros y los suyos. Los de aquí y los de allá. Moros y cristianos. Separatistas y unionistas. Casta y populismo. Blanco y negro. Sin escala de gris. No me seas aburrido, por dios.

Es el momento en el que brillan las encuestas, esa otra falacia colectiva que nos encanta agitar cada vez que alguien nos predice lo que pasará simplemente porque lo ha preguntado. Como si no mintiésemos descaradamente cada vez que se nos pone una alcachofa delante para conocer nuestras decisiones más íntimas. Como si no fuésemos mucho más miedocres ante unas urnas. Tú pregúntale a todos los matrimonios de más de 10 años de este país por sus respectivas parejas, y concluirás que en el próximo año un 99’99% se divorciará. Ahora bien, ponles la demanda de divorcio delante y conocerás la realidad. Una realidad mucho más compleja, matizada y que, seguramente, siempre nos sorprenderá. A los de arriba y a los de abajo. A los de aquí y a los de allá. A la casta y al populismo. Al que se viene arriba y al que se va.

Y es que, aunque no nos guste reconocerlo, simplificamos la realidad con la cabeza.

Pero acabamos eligiendo con el corazón.”

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La Voz.

La Voz.

Artículo publicado el domingo, 18 de Enero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

“Excelentísimos artistas, ilustrísimos amigos, señoras y señores, autoridades…

Querido Julio,

Te estarás preguntando por qué papá te ha traído a este sitio. Qué hacemos aquí rodeados de tanta gente importante. Y sobre todo, cuándo te voy a dar las chuches que te he prometido si te portas bien.

Hoy es un día grande por muchos motivos. Tal día como hoy nació el señor que inventó la máquina de vapor, James Watt, así como escritores y artistas de la talla de Edgar Allan Poe, Paul Cézanne, Janis Joplin, Robert Palmer o Dolly Parton. También hoy algunos países celebran el día del cervecero, otro tipo de artista sin el cual no habrían existido muchos de los primeros. Pero a ti todo eso dudo que aún te importe mucho.

Supongo que en algún momento te preguntarás por qué han elegido a papá para hablar aquí. No sé, eso tendrías que preguntárselo a ellos, pero sólo espero que no sea porque piensan que soy un experto, ni en ópera ni en ninguna otra cosa, o alguien que vaya a arrastrar multitudes, más que nada porque a mí no se me sigue, a mí más bien se me persigue.

Da igual. Ya no hay tiempo de encontrarme sustituto. Además, si estamos aquí, no es por nada de todo eso. Si estamos aquí es para celebrar la quincuagésimo segunda edición del Concurso Internacional de Canto Francesc Viñas. O dicho de otro modo, si estamos aquí es para celebrar, durante más de medio siglo, el triunfo de La Voz.

Para los de tu generación, seguramente, La Voz no pase de ser el último concurso televisivo antes de que Melendi se hiciera la permanente. Puro divertimento. Entretenimiento para el prime-time. Pero La Voz es mucho más que eso. Mucho más.

Curiosamente, La Voz es lo único que no nos ha llegado de la mayoría de los personajes que han construido nuestra manera de ver el mundo. Nos han llegado sus vidas, sus pensamientos, sus conquistas, hasta sus devaneos amorosos y más personales. Pero nadie sabe cómo era la voz de Jesucristo. O la de Buda. O la de Aristóteles. O la de Leonardo da Vinci. Y no sé por qué, pero no me imagino al sanguinario Atila, rey de los hunos, conocido en Occidente como El Azote de Dios, con voz de pito. O al general Aníbal Barca cruzando los Alpes a lomos de sus fornidos elefantes, para matar romanos con su voz dulce y aterciopelada.

La voz es muy importante. Es tan importante, que es lo primero que te llegó a ti antes incluso de que llegaras tú. Cuando eras todavía algo que crecía dentro de mamá, lo primero que fuiste capaz de reconocer fue la voz… de papá. Que conste que no me apunto el tanto yo, lo dice un tal Tomás de Andrés, del departamento de Psicología del desarrollo y de la Educación de la Universidad Complutense de Madrid, y cito: “el tono más grave de la voz del hombre es capaz de atravesar la barrera placentaria y llegar hasta el feto. Por este motivo, al nacer, el bebé distingue con más facilidad la voz de su padre que la de su madre”. Es el único momento en el que nos adelantamos a ellas. A partir de ahí, vamos siempre por detrás.

Ya irás descubriendo que a tu padre, como a cualquier publicista, le gustan mucho los aforismos, porque es una buena forma de parapetarse tras el pensamiento de otro que normalmente sabe mucho más que tú. Por eso, no paré hasta que encontré otra sorprendente cita al respecto: “Las mujeres no quieren escuchar lo que piensas. Las mujeres quieren escuchar lo que ellas piensan… con una voz más grave.” pero claro, después supe que era de Bill Cosby y lo entendí todo, decidí que quizás era mejor no utilizarla en estos momentos y menos aún en este pregón.

A lo que iba. La voz. La voz es también eso que estrenaste el día que naciste. Es nuestra primera demostración de vida, nuestro primer canto a la libertad. Berreamos para hacernos un lugar en el mundo. Anunciamos nuestra llegada con lo más propio que tenemos. Inhalamos la primera gota de oxígeno que entra en nuestros pulmones y la transformamos en poderosa llamada de atención. Es nuestro primer spot publicitario. Nuestra primera inspiración. Nuestro primer mensaje comercial.

Y digo comercial, porque a partir de ese momento descubrimos enseguida el mecanismo acción-reacción. O como decimos en marketing, problema-solución. Que quien no llora no mama. Y que el que algo quiere, algo le cuesta. Es nuestra primera herramienta, nuestro canal generalista de comunicación con el mundo. Existen apps de móvil que aseguran que son capaces de traducir el llanto de un bebé. Pero que no te engañen, NADA como la mirada atenta de una madre. Y como mirada suplente de segunda B, la de un padre.

Bueno, pues a partir de ahí, todo es evolucionar. Que es lo mismo que decir que a partir de ahí todo se complica.

Porque pronto verás que la voz no se queda en una simple vibración de las cuerdas vocales inferiores. En algún momento, la voz te empezará a cambiar. Y no sólo en ámbito. No sólo en afinación. Sino también en colocación.

Pronto descubrirás una voz interior. Es una voz callada. Sigilosa. Susurrante. Aparentemente inocua. Pero fundamental. Es la voz que aparecerá cuando no estés haciendo lo correcto. Es la voz que te dará consejos sin pedirte nada a cambio. Sin motivo aparente. Por eso has de escucharla. Porque te lo dice por tu propio interés. Por eso, y porque es la única voz que te hará triunfar de verdad. El éxito consiste en aprender cuándo hacerle caso y cuándo no.

Algunos la llaman conciencia. Otros, intuición. El señor que diseñó la tablet con la que tú juegas dijo una vez: “Jamás dejes que el ruido de los demás apague tu voz interior. Y lo más importante, ten el coraje de seguir tu corazón y tu instinto.” Otro genio llamado Vincent Van Gogh mantuvo toda su vida una competición con ella: “Si escuchas una voz dentro de ti que dice ‘no sabes pintar’, entonces debes pintar por todos los medios, y verás como esa voz acaba siendo silenciada”. Pero fíjate, ya sea para seguirla, como para acallarla, jamás dejes de tenerla en cuenta. Jamás.

Esa voz es un ser vivo. Y como todos los seres vivos, necesita alimentación. ¿Que de qué se alimenta? Pues de otras voces. Por eso has de nutrirla bien, procurarle una dieta equilibrada. Que se enriquezca bien. De las voces de un lado y de las del otro. De los que están en contra y de los que están a favor. De los de aquí y de los de allá. De las mezzos y de los tenores. De los muertos y de los vivos. De los que hablan tu idioma y de los que no. Porque sólo así crecerá tu voz sana y fuerte. Y porque quien conoce una versión, en realidad no conoce ni media.

Cuando lleves unos años en el mundo, quizás más de los que desees, empezarás a descubrir tu voz propia. Y ojo que ésta no tiene nada que ver con la que te sale de la laringe. Con ésta no se nace. Con ésta se lucha. Se influye. Se cambian las cosas. O se intentan cambiar. Por eso hace falta cierto tiempo sobre el planeta. Para ver lo que funciona y lo que no. Para ganarse el respeto ajeno, que no es otra cosa que el turno de palabra vital. Y para darse cuenta de que la única forma de ganarse la herencia recibida de manos de las generaciones pasadas es mejorar la que se entrega a las futuras.

Lo notarás enseguida, será cuando te llamen idealista, utópico o incluso traidor. “Prefiero quedarme sin estado que sin voz.” dijo un tal Edward Snowden. Y ahí está.

Tú tira, no hagas ni caso, sigue adelante, lo cual no significa que no escuches. Como dijo desde este mismo atril Eduardo Mendoza, se hace difícil dar un pregón de este tipo sin citar a Shakespeare, y si él no fue una excepción, yo no me voy a atrever a serlo: “Préstale a todo hombre tu oído, pero a muy pocos tu voz”. Fin de la cita.

Fíjate lo que dice Shakespeare. O más bien, lo que yo interpreto. Primero, que para tener buena voz hay que tener buen oído. Que para poder hablar, antes hay que saber escuchar. Y después, que hay que prestar a muy pocos tu voz. Es probable que la vida te dé alguna oportunidad para prestarla a los que no la tienen. Aprovéchala bien. Lamentablemente la voz no se le otorga siempre a quien más la merece, y si no, mira la Gran Bola que le hemos dado a un Pequeño Nicolás.

Si consigues llegar a tener voz propia, la gente te reconocerá aunque jamás te haya escuchado antes. Es lo que les pasa a las grandes marcas, a las grandes personalidades o a los grandes artistas. Que son reconocibles incluso en temas inéditos. Porque tienen una voz única e inconfundible. Porque nos parece que eso que estamos escuchando ya sólo lo podrían expresar ellos de esa manera.

Això és exactament el què li passava a la gran mezzosoprano Elena Obraztsova, guanyadora del primer gran premi del Concurs Viñas el 1970, y que malauradament ens ha deixat aquesta setmana, una pèrdua irreparable per a la seva estimada Barcelona, per tot el món operístic i per l’art en majúscules i en general.

Eso es justo lo que te ocurrirá si lo haces MUY bien. Que por mucho que tú te vayas, tu voz se quedará para siempre.

Desde luego que no todo será tan fantástico. Tener voz te traerá sus problemas. Si tu voz se vuelve lo suficientemente influyente, habrá gente que la hará propia. Con la responsabilidad que eso conlleva. Y si no llega a ser importante, da igual, porque habrá gente que, con mala intención o sin ella, te intentará secuestrar la voz. Hacerte decir algo que tú no has dicho. Hacerte luchar como alguien que no eres tú.

No te preocupes si por el camino haces enemigos. Preocúpate si crees que no los tienes. Porque eso significará que tú no los conoces a ellos, pero ellos a ti sí. Hubo un señor que por cierto cantaba tan bien que le pusimos el sobrenombre de La Voz, que dijo que para tener éxito hay que tener amigos, pero para tener MUCHO éxito hay que tener enemigos.

Y hablando de enemigos. Estamos viviendo tiempos difíciles para alzar la voz. A pocos kilómetros de aquí, un grupo de salvajes creen que pueden silenciarnos atentando contra nuestras libertades. Y no se dan cuenta de que la voz de un pueblo es mucho más poderosa que la voz de cualquiera de sus individuos. Que el miedo no nos mata, sino que nos hace más fuertes. Que podrán asesinar a decenas, cientos, miles de civiles, pero jamás podrán matar la civilización. Una civilización que hoy cierra filas tras un simple lápiz y la sacrosanta libertad del individuo para utilizarlo con el único límite que su talento imponga.

Para terminar, tampoco te fíes del que utilice su voz para decirte siempre lo que esperabas oír. “El político con más éxito será el que diga lo que la gente piensa, que lo diga más a menudo y que lo diga con la voz más chillona.” Esto lo dijo justamente un político, se llamaba Theodore Roosevelt y -hombre- mal no le fue. Y aunque lo dijera ahora hace más de un siglo, me temo que cada vez es más vigente en nuestro país. Mira si es vigente, que ese señor también fue famoso por luchar por la independencia de Cuba y por tratar de acabar con la corrupción.

Todo esto para que entiendas la importancia de lo que se celebra hoy aquí. No se trata sólo de congregar en espacio y tiempo a las 607 voces líricas y dramáticas más prometedoras sobre la faz de la tierra. No se trata sólo de traerlas desde sus más de 60 países, configurando así la edición más internacional en la historia de este concurso.

Se trata de celebrar todo aquello que nos hace seres humanos. La belleza de sus voces nos recuerda que, aparte de equivocarnos, aparte ser capaces hasta de ignorar nuestra propia naturaleza, y aparte de decirle y hacerle barbaridades a nuestro prójimo, también somos capaces de cosas maravillosas. La belleza de estas voces nos recuerdan que podemos mejorarnos a nosotros mismos, que todavía existe esperanza, que en el fondo, muy en el fondo, aún tenemos remedio. Eso sí, con esfuerzo, dedicación y sacrificio, dominando lo difícil para que parezca fácil, que es la condición sine qua non para que todo parezca bello.

Somos lo que hacemos con nuestra voz. Somos lo que hacemos de ella. Y sobre todo, lo que ella acaba diciendo de nosotros.

Francisco Araiza, Enedina Lloris, Vicente Sardinero, Anna Riera, Helga Müller Molinari, Dalmau González, Aquiles Machado, Elena Obraztsova y tantos y tantos otros, así como los nuevos talentos que salgan de la presente edición.

Escucha sus voces cada vez que te entren las dudas. Escúchalas hoy mientras te comas las chuches. Y no dejes de escucharlas jamás. Ellas te reconciliarán con lo que realmente eres.

Una bella voz con infinitas cosas bellas por decir.

Un bello ser humano con infinitas cosas bellas por hacer.”

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Lo que yo te diga.

Lo que yo te diga.

Artículo publicado el domingo, 11 de Enero de 2015 en ElPeriódico.com.

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Il·lustració de Leonard Beard

“Lo que yo te diga, ponlo en cuarentena otras cincuenta noches. Lo que yo te diga, acuérdate de olvidarlo por ahí. Haz oídos sordos mientras me escuchas. Y quizás así, y sólo quizás, lograrás hacerme entender. Y quizás así, y sólo quizás, lograré hacerte explicar. Que nadie te eche cuentas sobre lo que yo te diga. Porque serán palabras que fueron tomadas prestadas. Y eso es mucho más triste que pedir y mucho menos honrado que suplicar. Lo que yo te diga, sí.

Lo que yo te diga será siempre válido, que no verdadero. Es lo que pasa con la lógica, que le gusta jugar al escondite con las palabras, amagando significados hasta que ya suele ser demasiado tarde para emocionarse. O demasiado pronto, vaya usted a saber. Sofismas del corazón. Pero es que a veces, para llegar a una conclusión verdadera, es imprescindible partir de premisas falsas. Los expertos en filología natural -también conocidos como matemáticos- lo practican constantemente. Supongamos que tú y yo somos pareja. Supongamos que nos querremos para toda la vida. Supongamos que además lo cumplimos. Supongamos que no deseamos a nadie nunca más. Que evolucionamos juntos. A la misma velocidad. En la misma dirección. Y ahora, suponiendo eso, veamos qué sentimos. Porque lo que nos pase por dentro sí que será real.

Jamás busques la coherencia entre todo lo que yo te diga. Porque la coherencia es como la presencia, la vida o la libertad de expresión: sólo nos acordamos de ella cuando ya ha sido transgredida, cuando se la echa de menos, cuando ya no está. La coherencia es base, paisaje, fondo de armario. Si aún no tienes nada en tu armario que desentone, no te mereces ni segundas rebajas. Porque para ser coherente con uno mismo, a medida que te haces mayor y coleccionas pasados -que es lo mismo que ir criando hermanos pequeños que pretenden adelantarte en edad- es imprescindible ir cambiando de opinión. Corregir el rumbo. Desdecirse, pasar la vergüenza de contradecirse y rectificar. Y porque el compromiso con el destino es incompatible con el compromiso con el camino. Donde ayer dije digo acabo diciendo lo que más se parezca a lo que quiero decir hoy. La eficacia es enemiga de la eficiencia. Y el resultadismo, de la veneración del proceso. Tan absurdos los dos como imposibles de optimizar a la vez. Un conocido director de Hollywood daba a elegir a sus productores dos de las tres opciones posibles: coste, calidad o plazo. Tú elige qué dos factores pretendes controlar, porque el tercero se te disparará en el peor de los sentidos posibles.

Tampoco te importe demasiado la consistencia de lo que yo te diga. Demasiado a menudo, mis propios argumentos no se sostienen ni sobre el bastón de tu silenciosa condescendencia. Ya me doy cuenta de que no hay por dónde pillarlo, de que no te lo crees ni de coña, de que al final nada tiene demasiado sentido, de que de aquí a diez minutos podría decirte lo contrario con la misma convicción y seguridad, y tú volverás a callar y a esperar pacientemente a que me dé cuenta. Y sin embargo, igual necesito pasar por ahí. Como quien sabe que ya ha cerrado la puerta y la luz, pero necesita comprobarlo una vez más.

Por último, piensa siempre que lo que yo te diga te lo digo siempre porque creo que es lo que tú en realidad querías oír. Si no te gusta, habérmelo hecho saber, que para eso están los sondeos. Ahora es demasiado tarde, princesa. Porque este mensaje lo has pagado tú. Y éste. Y éste también. No es casualidad que lo que yo te diga lo llames propaganda. Porque propagarse, lo que es propagarse, sólo se propaga el fuego, las epidemias y cualquier elemento que todo lo queme, que todo lo vuelva cenizas o cadáver hasta consumirse incluso a sí mismo.

Por todo ello y porque durante este 2015 sobreelectoralizado te lo diré muchas veces y de muy diversas urnas, recuerda esto.

Desoye todo lo que yo te diga. Desóyelo y quédate sólo con lo realmente importante.

Y qué es lo realmente importante, te preguntarás. Te lo resumo en cinco palabras cinco.

Lo que yo te haga.”

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Los 40 son los nuevos 40.

Los 40 son los nuevos 40.

Artículo publicado el domingo, 30 de Noviembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Queridos amigos, qué coño, iba a empezar con queridos amigos, pero prefiero empezar diciendo amados cabrones.

Porque sois unos cabrones. Todos.

Quería cenar con mis 40 principales. Y me he dado cuenta de que los de verdad apenas pasáis de los 30.

Quería que viniera todo el mundo sin pareja. Y sólo lo he conseguido con la mitad.

Quería montar una cena especial. Y he acabado montando la cena de siempre.

Al final, uno ya puede desear lo que quiera. Que será la vida la que te dará lo que le dé la gana.

Yo que voy por el mundo predicando eso de “Crecer es aprender a despedirse”, a la hora de la verdad lo que realmente deseo es crecer con vosotros.

Por eso, un año más, me siento orgulloso de lo que veo alrededor de esta mesa.

Estáis los de siempre, los de toda la vida. Los que corríais conmigo alrededor de la piscina de Bará. Los que os burlabais de mi primera moto en Vidreres. Los que compartíais campanas conmigo en ESADE. Los que me sufristeis cantando en un grupo de música. Y los que me enseñasteis a dejar constancia del desastre en mi primera maqueta. Los que me conocisteis en una boda extraña. Los que me pusisteis delante mi primer contrato en publicidad. Y mi primera empresa. Estáis los que vinisteis más tarde, y lo hicisteis para quedaros. A alguno de vosotros os conocí en una reunión. A otros, en una agencia. A otros, en un plató de televisión. Y al resto, mejor no lo explicamos.

Yo, que pensaba que la vida no te regalaba amistades después de los 30. Y aquí estoy, comiéndome mis palabras, estrenando comensales años después. Y todo porque la vida sigue demostrándome cada año que no tengo ni puta idea. Que el único eslogan que siempre se cumple es el que siempre me digo vayan bien o vayan mal las cosas: Y ESPÉRATE.

Os admiro. Os admiro a todos y cada uno de vosotros. Por cosas distintas, es verdad, pero os admiro tanto que no soy capaz de expresarlo sin que suene cursi. Os admiro hasta cada uno de mis límites, que como sabéis, son muchos y muy variados. Y ése es el principio de la verdadera amistad. Una profundísima admiración. Y esta necesaria inseguridad de sentirme mucho peor que vosotros en tantas y tantas cosas. Sois el tipo de personas que algún día me gustaría llegar a ser.

Este año, como sabéis todos, ha sido uno de los más intensos de mi vida. Iba a decir difíciles, pero prefiero decir intensos. Hace exactamente un año, cumplía 39 a punto de desabrochar la relación más importante de mi vida, de reestructurar mi proyecto empresarial más importante, de intentar ganar un premio literario prácticamente inalcanzable y de presentar un piloto más para un programa en el que muy pocos creían. Cualquiera diría que estaba anticipando mi crisis de los 40. Pero es que me temo que éste que tanto os quiere lleva 40 años en crisis. De hecho, la última vez que estrené década, celebraba mi cumpleaños con unos amigos colombianos, en Miami, felizmente casado y a punto de cambiar de trabajo, de residencia y de estado civil.

Y hoy, hoy digamos que todo ha complicado. Para bien y para mal. Porque la vida se complica. Sobre todo si pretendes vivirla siendo fiel a lo que sientes. Y yo me siento MUY orgulloso de lo que siento.

Me he equivocado mucho con gente a la que quiero. Y vosotros habéis estado a mi lado, aunque supierais que no tenía razón. La amistad, ese reducto del apoyo irracional e incondicional.

Por eso os llamo cabrones. Pero también porque en algo debo de haber acertado. Porque aún así, y pese a todo, aquí estáis. Porque hacéis como que me queréis. Y porque yo estoy dispuesto a creérmelo.

Esto, lo que hoy hay alrededor de esta mesa, junto a un pequeño trozo de carne que aún no levanta un metro veinte del suelo, es lo que yo llamo éxito en la vida.

Esto y saber que existís, más allá de que lo comprobemos menos de lo que quisiéramos.

Aprovechad esta cena. Conoceos un poco mejor y entenderéis por qué digo lo que digo.

Quería cenar con mis 40 principales. Y me he dado cuenta de que los de verdad, afortunadamente, apenas pasáis de los 30.

Quería que viniera todo el mundo sin pareja. Y ahora echo de menos a la otra mitad.

Quería hacer un buen discurso. Y me ha salido esto.”

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Una relación es frecuencia.

Una relación es frecuencia.

Artículo publicado el domingo, 23 de Noviembre de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

“Una relación es frecuencia. La frecuencia con la que hacéis cosas juntos. La frecuencia con la que no hacéis cosas por separado. La frecuencia con la que os veis y os dejáis ver. La frecuencia con la que os echáis de menos. La frecuencia con la que os estáis de más. La frecuencia con la que sentís. Con la que os reís. Y con la que lloráis, también. La frecuencia de vuestros planes. La frecuencia de vuestros recuerdos. La frecuencia de las benditas discusiones y de las malditas reconciliaciones. Frecuencias y más frecuencias. Frecuencia con la que os acostáis. Frecuencia con la que os abrís los ojos. O la cabeza. O el corazón. Frecuencia con la que os apartáis estando juntos y con la que os unís desde la distancia. Qué fácil se olvida uno de la frecuencia con que se hacen las cosas. Qué pronto se nos pudren y se tornan rutinas. Y qué fácil es olvidarse de que si no hay frecuencia, ni hay relación ni hay nada, pues puede que aún se sea, pero desde luego que ya no se está.

Un hábito es una frecuencia que nos gusta. Y un vicio es una frecuencia que nos hace mal. Cuántas relaciones que son hábito las mantenemos simplemente por vicio. Y cuántos vicios habituales acaban siendo un mero problema relacional.

Mi primera frecuencia en importancia fue, sigue siendo, y siempre será el error. Como le dije hace poco a alguien a quien aprecio, en esta vida encontrarás básicamente dos tipos de personas: la mala gente y los torpes. No hay punto medio, o vas a mala fe, o seguramente serás de los que se equivocan. Frecuentemente, sí. Por eso, hablar de frecuencias es hablar de distorsiones, de errores y de meteduras de pata. Dos veces en la misma piedra. Dos piedras de vez en vez.

Porque una vez es un punto, no tiene dirección en el espacio. Dos puntos, en cambio, marcan una línea recta. Y tres ya definen un plano. En cuanto existe más de un punto, ya intuimos un patrón. Una frecuencia. Y todo lo que se salga de ese tempo, es lo que acabamos llamando equivocadamente error.

Y hablando de errores. No hay mayor fallo que confundir frecuencias que se parecen mucho en apariencia, y sólo en apariencia. Por ejemplo, la frecuencia con la que se habla, que no tiene nada que ver con la frecuencia con la que se comunica. Porque hablar no es comunicarse. A que parece obvio. Pues no lo es. Uno puede hablarse todos los días y no decirse nada. Repasar la agenda como quien recita el listín telefónico y dejar congelado el sentimiento de hoy, por si lo recaliento precocinado para otro día. Hablar es sólo emitir. Comunicarse es preocuparse por que, además, te reciban. Y por supuesto, por la calidad de lo que se haya recibido. Y qué es la calidad sino la correspondencia entre lo que se estaba emitiendo y lo que se recibió.

Otro error básico muy pero que muy mío. Explicarme a mí mismo y a los míos por qué hago lo que hago y siempre del mismo modo. Distintas frecuencias, sí, pero siempre con la misma explicación. Y no. Así no funcionan las razones. Las razones son seres vivos. Mascotas emocionales que adoptamos tras cada acto llevado a cabo, y que desde el nacimiento mismo de nuestro recuerdo, se vienen a vivir con nosotros. Y las alimentamos, y maduran, y se desarrollan, y nos hacen compañía, y nos ayudan a estar mejor. Las razones son el mejor amigo del hombre y la más fiel amiga de la mujer. Un día, viendo la tele, te las miras por un momento y piensas cómo es posible que hayan crecido tanto, que ya no las reconozcas, con la poca cosa que eran cuando te las llevaste. Porque están vivas, y donde dijiste digo, dices Diego, y la verdad es que las dos suenan igual de bien y de adecuadas para el momento actual. No es que seas un puñetero incoherente, que también. Pero qué significa ser incoherente. Significa que tus razones crecieron y se fueron de casa. Y te dejaron solo otra vez. Las muy putas. Qué decepción.

Una relación es frecuencia. Cambia cualquier frecuencia y estarás cambiando la relación.

O mejor aún, cuida mucho tus frecuencias. Estarás cuidando tu relación.”

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