Curitiba de humildad.

Curitiba de humildad.

Artículo publicado el domingo, 22 de Junio de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Soy el hombre más humilde del mundo. No hay nadie sobre la faz de la Tierra más humilde que yo. Mira si soy humilde que si yo no existiera, no habría ni siquiera que inventarme. No fuera a ser.

Me despierto cada mañana pidiendo perdón de antemano. Por la que pueda liar. Soy consciente de la molestia que provoca mi mera presencia en este mundo y pido disculpas al señor pájaro, al señor árbol y al señor Lobo, y usted quécoño hace en mi cama.

A menudo tengo dudas sobre si debo respirar el aire para no quitárselo al hueco que deja, o mejor me espero a que le sobre a alguien y me lo quiera ceder. A veces hasta me doy golpecitos en la espalda sólo para recordarme que yo también estoy.

Nada, a que no cuela.

Pues algo así me está pasando con este país.

Últimamente -y por últimamente entiéndase cualquier período incluido en los últimos 7 años- nos hemos convertido en exportadores mundiales de lo que el gran Nacho Vigalondo define como triunfracasos: tú paseas tu obra y milagros por los certámenes de medio mundo, el planeta entero te lo reconoce y se rinde a tus pies, y sin embargo tú sigues sin ver un duro en tu cuenta corriente, es más, eres objetivamente cada vez más pobre. Un triunfracaso en toda rule.

Lo hemos conseguido con la gastronomía y con el fútbol. Lo hemos intentado un año más con playa, cruceros, siesta y sangría, y parece que millones de turistas han vuelto a picar.

Sin embargo, recientemente -y por recientemente entiéndase cualquier período incluido en los últimos 6 meses- algo ha empezado a cambiar y también parece que lo haya hecho para siempre. Nuestro lastre macroeconómico ha obrado como el nivel del agua del pantano, que cuando baja lo suficiente acaba dejando al descubierto las ruinas del pueblo fantasma al que sepultó. Y si hay algo desagradable de oler son las bragas de un fantasma. Créeme. Bueno, me lo han contao.

De este modo, empezamos a descubrir que la venda de los ojos en ciertos sectores se llama cheque, que rima con jeque. Y los mejores han empezado a migrar. Bueno, de hecho lo llevan haciendo hace bastante tiempo. Pero lo cierto es que cada vez son más. Ha ocurrido en la investigación. Y en las empresas. Y entre los universitarios. Y en los deportes. Y por supuesto en el fútbol, que si en este país fuera un deporte más, lo habría incluido en mi anterior oración.

Y sin cheque ni jeque, ya se nos puede hinchar la boca, que ya no cuela. No hay mucho más donde rascar. Que se lo pregunten a Artur Mas. Con lo bonito que habría sido verle en medio del Congreso aplaudiendo en catalán. Plaix plaix plaix.

Y luego está lo del Mundial. Porque hemos ido hasta Brasil para enseñarles a esos principiantes cómo juega un Campeón del Mundo y el lunes jugaremos nuestro último partido en Curitiba con todo el rabo entre las piernas. Y nosotros venga a criticar justo al primero que dio la cara para asumir su responsabilidad. Justo al que se negó a echarle la culpa a otro. Y mira que todos sabíamos que cuando el Barça se constipa, es la Selección la que estornuda -y cuando digo todos es porque incluso yo lo sabía, y eso que soy el que menos sabe de fútbol de este país (¿no te he dicho que soy muy humilde?)-.

Aunque lo peor no es eso. Lo peor es que aquí haremos autocrítica por aspersión. Dispararemos a todo lo que se mueva en 360 grados, mataremos a varios mensajeros que pasaban por ahí y rasgaremos un par de vestiduras del ZARA, no vaya a ser que a alguien se le ocurra cambiar algo y haya que retocar la Constitución. Calla, que me he liao.

Suerte que aún nos queda gente como Rafa Nadal, gente como Marc Márquez, gente como la de nuestra Selección caída, sí, gente que definitivamente es de otro planeta, pero por alguna razón ha decidido nacer aquí y seguir siendo de aquí. Pese a cómo somos de cainitas. Pese a cuánto nos va el talar. Y el podar. Y el castrar.

Gracias a todos ellos, ya sabemos que es posible, humano y hasta perdonable, algún día, perder.

Pero jamás perderse»

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Hazte el amor.

Hazte el amor.

Artículo publicado el domingo, 15 de Junio de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Hazte el amor, receta para dos personas. Se toman un par de individuos, en adelante los amantes, que aquí consideraremos de distinto sexo, aunque si son del mismo sexo la receta quedará igual de bien. Lo importante no es eso, lo importante es que haya algo de atracción por ambas partes. Ni siquiera que se encuentren guapos o se necesiten o realmente se quieran. Si uno de los dos desearía no estar ahí, o estar con otro, o simplemente no se siente ni atractivo ni atraído, es preferible sustituirlo inmediatamente antes de que eche todo el plato a perder.

Se elige un buen entorno, entendiéndose como bueno cualquiera que vaya desde el aquí te pillo aquí te mato, hasta el picadero habitual. Es importante que se responda a las expectativas de exposición que más les ponga a los amantes, que básicamente son tres: privacidad absoluta, peligro inminente o escándalo público. Y es preferible estar de acuerdo de entrada con la elección, aunque lo ideal sería llegar a ese acuerdo sin ni siquiera haberlo acordado.

Se condimenta con algo de luz. La sensación lumínica idílica varía en función de los gustos. Yo prefiero que la luz ilumine, sí, pero que jamás nos llegue a denunciar. Y si os gusta veros por duplicado, hay que tener cerca espejos o cámaras. También se puede aderezar con algo de música, yo recomiendo en ese caso tener muy controlada la playlist, no vaya a ser que te entre un Fary o un Carlos Baute y te corte de golpe todo el rollo.

Se huele. Se huele todo el tiempo. Lo importante que es olerse durante todo el proceso. El olor corporal es al sexo lo que a la comida el sabor. Hay que ir probándose continuamente, ya que hay platos que, por muy buenos que estén, jamás te gustarán o que un día, de pronto, dejan de gustarte, o que te saturan o incluso que de pronto pueden empezar a provocarte alergias. Es todo una cuestión de feromonas. Y como animales que al final somos todos, aquí no hay nada que responda a la pura y fría racionalidad.

Y ahora, por fin, el arte de darse lo suyo entra en juego.

Porque llega el mundo de los preliminares, definido siempre por aproximación. Son esos últimos 5 centímetros antes de su piel. Retardar todo aquello que ambos deseáis que ocurra. Disfrutar del camino, hacerlo durar más que el destino. Hacer sufrir con la espera pero a base de bien. Calentar a fuego lento, lentísimo, casi marcando el tempo con cuentagotas. Cuando hayáis empezado a desprender algo de sudor, es el momento de pasar a la acción.

Y ahora sí. Se macera todo con una postura. Aquí no sólo va a gustos, sino también al estado de forma física y la dureza de ambos miembros. No es lo mismo optar por una vertical, que por una horizontal o por una postura mixta. La edad y los años que llevéis juntos acabarán haciendo el resto e incluso eligiendo por vosotros.

Se remueve bien, se bate, se mezcla y se deja haciendo chup chup. En cuanto al tiempo, de nuevo aquí va a gustos. Si lo dejas poco, seguro que te quedará crudo. Si te pasas, acabarás quemado. Al dente es un punto complicado, pero es ése en el que nada se pega y todo sabe mejor.

A partir de este momento hay amantes que se pierden porque acaban confundiendo ritmo con velocidad. No hay nada como saber sincronizarse con otro cuerpo y dejar que fluya lo que tenga que fluir. La sincronía, el sincopado, el contrapunto. Conceptos musicales que seguro que se inventaron para follar. Perdón, para hacerse el amor, quería decir.

Sírvase todo acompañado de un buen orgasmo. Ese gran desconocido. A menudo sobrevalorado. Pero tan agradecido también. Pretender glosarlos todos sería tan complicado como tratar de clasificar las gotas de agua. Cada uno es un mundo. Y está bien que así sea. Porque nos convierte a todos en exploradores novatos cada vez. Aunque lo cierto es que un orgasmo no es nunca condición necesaria, pero sí suficiente.

Hasta aquí la receta, aparentemente sencilla y sólo para dos.

Si hay más de dos, añádanse ingredientes a gusto de los comensales.

Y si hay menos de dos, entonces ya no estaremos hablando de hacer el amor.

Sino de comprarlo hecho.»

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La Mundial.

La Mundial.

Artículo publicado el domingo, 8 de Junio de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«El Mundial, tudo bem. Metáfora de guerra mundial más o menos civilizada. Excusa mediática para poner patas arriba las carencias y desigualdades del país anfitrión. Festival de marcas y empresas anunciando todo lo que se puede anunciar a precios de saldo, sólo hasta fin de mes. Y sablazo oportunista para los que se puedan permitir vivir todo eso en directo. Además, menudo morbo da ahora que vamos primeros en el ranking FIFA, a ver cuánto tiempo tardan en desbancarnos. Por fin veremos si es verdad eso de que cuando el Barça se resfría, estornuda la selección.

Pero todo eso ahora ya da igual. Qué es un Mundial al lado de la que tenemos liada aquí. Qué es el Mundial al lado de LA Mundial. A mí, sinceramente, me pone mucho más.

Veníamos de una precampaña electoral que prometía ser aburridísima, y de pronto se citaron en las urnas un comediante del siglo XVIII intelectualmente superdotado y una “señora que”. Cuando aún no nos daba la vida para analizar semejante tractatus dialéctico, y mientras ambos excandidatos rebuscaban por dónde se cayeron más de 5 millones de votos, les adelanta por la izquierda un profesor con coleta vestido con ropa hard discount que no es que hable bien, es que además dice cosas. Y entre las cosas que dice y las que otros dicen que ha dicho, de momento ya tiene en Bruselas a cinco, rima fácil incluida.

Y cuando aún no nos habíamos recuperado del subidón marxista y bolivariano, va el Rey y dimite. Perdón, dimitir sólo puede dimitir quien ostenta un cargo electo o quien haya trabajado alguna vez. El Rey no dimite, sino que abdica. O lo que es lo mismo, transfiere sus privilegios a otro. Y digo yo que se los enviará por Wetransfer, porque la lista no debe de caber ni en un pen drive. Y resulta que por encima de todos, figuran estos dos: inviolabilidad e irresponsabilidad. Que es un irresponsable no lo digo yo, sino la Constitución. Y que es inviolable no lo dictamina Corinna, sino la Carta Magna, concretamente en su artículo 56.

Así que ahí están Senado y Congreso, la voz de su monarca, apresurándose a aprobar las leyes que permitan una sucesión al trono sin fisuras, o lo que en lenguaje parlamentario significa sin ningún riesgo o posibilidad de que a algún juez le dé por esperar a su majestad a los pies del trono con una citación. Se le afora, se le blinda y se brinda por ese mensaje navideño de 2011 que aún resuena en las carcajadas de sus señorías: “La justicia es igual para todos”. A que se te ha puesto cara de súbdito. En pleno siglo XXI. Hazte así, que tienes un dragón.

Pero tranquilos, que aquí llegan los compañeros de “El Jueves”, último reducto de la sátira política y la irreverencia institucional, dispuestos a desmantelar tanta mandanga a golpe de portadón que ellos mismos se censuran y así alcanzan una difusión casi a la par con el famoso coito principesco que ya les costara el secuestro editorial.

Suerte que Rajoy no la quiere pequeñita. Y que Mas la tiene mayúscula. Hablamos de política, claro. O quizás algo de aquí al 9N nos haga pensar que no.

El caso es que, mientras Supermario Draghi continúa pasando pantallas en su particular videojuego con los principales bancos y bolsas europeas, sería bueno ir siguiendo de cerca los otros Mundiales, los que más nos tocan de verdad, de cerca. Esos en los que quedamos primeros en desempleo dentro de la UE. Segundos en pobreza infantil. Los décimos del mundo en fraude fiscal. Y en el número 142 en el de facilidades para las empresas, colocándonos entre los peores países para hacer negocios, por detrás de Kazajstán, Eslovaquia, Catar o Túnez.

Que nadie espere incentivos ni primas por participar en esos mundiales.

Aquí, como mucho, sólo habrá un primo.

Tú. «

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La vida es ya.

La vida es ya.

Artículo publicado el domingo, 1 de Junio de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Mi admirado Hematocrítico mantiene el tumblr “Vamos a morir todos” (amorirtodos.tumblr.com) que, como su propio nombre indica, es de lo más optimista y existencial. Una tras otra, las actualizaciones te van contando hace cuánto se estrenó aquella película que pensabas que es reciente, o aquél disco que creías que sólo tenía cuatro días. Y resulta que entras, lo revisas y no. Además tiene la mala leche de publicarlo siempre en el mismo orden: primero, la fecha en la que se cumple la efeméride, segundo, el contenido del que se trata, con lo que consigue emocionarte, piensas, “sí, sí, yo estaba allí”, y entonces, con una tipografía en negrilla, como recalcándote lo viejo que te has hecho, te mete el zasca de los años que esa pieza o persona acaba de cumplir. Cristina Rosenvinge, 50 años. Plasca. Human Behaviour de Björk, 21 años. Scatúmmm. Lordi, el grupo gore que ganó Eurovisión… hace 8 años. Cómotequedas. Common People de Jarvis Cocker y su Pulp, 19 años ya. Pimba. Y la definitiva, Los Vigilantes de la Playa, 25 años. Plasca plasca.

No te das cuenta, y la vida no pasa, porque en la vida se está. Pero lo que sí pasan son las cosas que creías recientes, y cuando alguien se pone a fecharlas, -gracias Miguel- de pronto y por un segundo, eres consciente de tu propia edad. Y sí, ya sé que la edad es sólo un número, pero como todos los números, es el que es, y salvo que seas un político contando manifestantes, el dato dice lo que dice. Un puñado de años que se acumulan con la única esperanza y ninguna garantía de que además de arrugas guarden también algo útil en forma de experiencia.

De repente, los futbolistas a los que admirabas son casi todos entrenadores. Ese actor rebelde e indie que te gustaba por indomable y contestatario, produce sus propias películas mainstream con una gran multinacional. Y los cantantes con los que creciste cagándote en todo ya sólo editan recopilatorios en cofre deluxe y dan giras en teatros para que el aforo esté cómodamente sentado.

Ya sólo coges borracheras con buen vino, hace años que no pisas un local de comida rápida, pues sólo mirarlo te subiría el colesterol y a la palabra joven le aplicas un lifting semántico de tal manera que abarque desde la edad que te gustaría tener hasta los años que piensas que le queda a tu líbido. Los 50 son los nuevos 40. Y los 40 los nuevos 30. Y los 30 los nuevos 20. Y los 20 los nuevos 10. Y los de 10 son neonatos, ¿eh campeón?.

Te das cuenta de que hay prendas en tu armario que ya son ridículas y piensas cómo es posible que salieses con eso puesto a la calle. Y aún así algún día lo intentas, pero enseguida desistes y acabas donando esa ropa con la sensación de que donas parte de tu historia reciente. Y de reciente nada, moñada. Amorirtodos.tublr.com

Por eso te escribo este texto, desde el buen rollo y la urgencia existencial, para recordarte simplemente que la vida es ya. Que si has de hacer algo, no lo dejes ni para después. Que lo hagas, sí, pero ya mismo. Que jamás esperes. Porque esperar es creerte la milonga que te cuenta el futuro. Un futuro que muchas veces ni llega, y para entonces ponte tú a reclamar.

Que a esta vida que tienes hay que exigirle mucho, y si no te lo da por las buenas, tendrás que tomárselo por las malas. Que hay algo bueno en la impaciencia si a lo que te lleva es a matar la inercia vital. Que no es que haya que hacerlo todo, pero sí hay que hacerlo ya.

Mira, yo no creo en las crisis de los números redondos. Hay gente que lleva en ese tipo de crisis toda su vida.

Pero sí creo que, como una vez me dijo un amigo, hay algo que será impepinable al día siguiente de cumplir 40.

Que estarás más cerca de los 60 que de los 20.»

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Escucha.

Escucha.

Artículo publicado el domingo, 25 de Mayo de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Escucha. Y no a mí, que lo que yo te diga ya ves que será siempre bastante irrelevante. Escucha tu entorno, escucha a tu alrededor. Escúchalo todo. Escúchalo bien. Porque lo que se te esta diciendo es clave para tu presente, tu futuro y tu supervivencia, que no es más que el paso fronterizo entre los dos anteriores.

Escucha. Es quizás el mejor consejo que alguien te podrá dar jamás. Escuchar es dejar que la vida te entre por todos y cada uno de tus sentidos. Escuchar es dejar de escucharse. Escuchar es dejar que tu cerebro respire. Abrir las ventanas de tu entendimiento para dejar que entre el aire fresco de las nuevas ideas. O de las buenas, que también las hay. Y claro que puede colarse algún bicho de tanto en tanto, pero para eso se inventó la indiferencia, que ya verás que si continúas con las ventanas abiertas, igual que vienen, se van.

Escucha y calla. Dos orejas por cada boca, recuérdalo, no es casualidad.

Escucha. Escucha. Escucha todo lo que se te dice. No hay libro, película o serie que no contenga al menos una delicia que llevarse a la boca, ni día del que no puedas sacar nada en claro, ni persona, por idiota que parezca, que no tenga algo que aportar. Y si te parece que no tiene interés, seguramente es porque tú no has sido capaz de encontrárselo.

No hagas un Mariano y escucha. Escucha. Escucha todo lo que se te dice. Pero también lo que no se te está diciendo. Porque está ahí. Entre líneas, entre silencios, entre miradas perdidas y entre la ausencia que dejan los que se van. No confundas lo que escuchas con lo que simplemente se te dice. Porque así, créeme que acabarás muy mal, o aún peor, de Presidente del Gobierno.

Deja de oír y escucha. Oír está sobrevalorado. Oír es de cobardes existenciales. Cuando oyes, todo es ruido de fondo y confusión. Colchón acústico que no hace más que molestar, distorsionar la realidad, que es nítida y que está ahí para quien la quiera escuchar. No me digas que hay exceso de información. Porque eso es existirse a granel. Cuánta realmente escuchas. Cuánta realmente conviertes en delicatessen y la acabas consumiendo como tal.

Por eso, no me seas sordo mental y escucha. Ése es el verdadero secreto del marketing. Y por tanto de las ventas. Y por tanto del deseo. Y por tanto de la necesidad. El mundo está lleno de cosas, grupos y personas que necesitan ser escuchadas. Lo están pidiendo a gritos, y el día que tú decidas escucharlas, seguramente te cambiará la vida. Unos lo llaman revelación, otros iluminación, la mujer de Nick Clegg y yo lo llamamos cojones.

Escucha los tres tipos de personas que se cruzarán en tu vida. Los que te ven como una amenaza. Los que te ven como una oportunidad. Y luego, por último, los que a lo mejor pueden brindarte una buena amistad. O no.

Escucha los dos tipos de proyectos que pondrás en marcha. Los que el resto del mundo necesita, y los que en realidad sólo necesitas tú.

Escucha lo que todos los mejores tienen en común: son capaces de anticiparse. Al rival, al mercado, a las necesidades del cliente. Todo porque escuchan antes que los demás. Todo porque un día aprendieron a escuchar.

Hace unos meses tuve el privilegio de empezar un programa de televisión en el que me siento sobre un sofá para escuchar a gente interesante. Y desde entonces, no sólo le he cogido el gusto a esto de escuchar. Es que además, me he vuelto un verdadero adicto.

Estoy aprendiendo aún, todavía me queda mucho, pero te aseguro que me resulta apasionante deshilachar en tiempo real las frases que recibes como se deshilacha un jersey pret-a-porter, para volverlo a tejer en forma de pregunta o comentario a medida y luego comprobar qué tal le queda a tu interlocutor, si te la devuelve deshilachada o si por el contrario, se la lleva puesta.

En fin, todo esto para recomendarte que escuches.

Nada más, ni nada menos.

Ahora sí, dejo de largar que si no, no escucho.»

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Y ahora quién.

Y ahora quién.

Artículo publicado el domingo, 18 de Mayo de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Cuando el callo de la vergüenza ya no haga daño de tanto rozar. Cuando se nos caiga la venda del “sí se puede” y nos demos de bruces con la realidad. Cuando la ira se nos agote y nos saturemos ya de tanta indignación. Cuando nos agotemos de luchar con espadas de palo contra tanques de acero. Cuando veamos que los de siempre siguen haciendo lo de siempre. Que nos han ignorado como nunca. Y cuando nos demos cuenta que los culpables han vuelto a la más absoluta normalidad, que han pasado de proscritos a prescritos gracias al amigote de turno que los indultó. Ese día, que llegará pronto, no sé cuándo, pero llegará, miraremos a nuestro alrededor, nos encogeremos de hombros y nos haremos todos la misma pregunta:

Y ahora quién.

No sé tú, pero cada vez me doy más cuenta de que sólo se nos van los grandes. Los mediocres duran, se perpetúan, se apoltronan, se apolillan y enquistan sus sucias nalgas sobre los sillones forrados con el cuero cabelludo de cada uno de nosotros, de nuestra actualidad. Y los que se marchan son los que uno querría que se quedasen para cualquier cosa, desde cantar las canciones o freír un huevo hasta para gobernar.

Ojo que no hablo sólo de morirse. Que también. Ahí está Gabo. Y Tito Vilanova. Y Lou Reed. Y Luis Aragonés. Y Adolfo Suárez. Y tantos otros y tan rápidos y seguidos que tengo mi cuenta de twitter que parece un tanatorio virtual.

Hablo también de los que deciden dar un paso atrás y de la gente que -cada vez más- nos dice ahí os quedáis. Y también hablo de gente tan grande como Carles Puyol. E igual es sólo una sensación, pero por cada uno de los que se van, no hay mil de los que se quedan que lo compensen. Y no creo que tenga demasiado que ver con la edad. Vale que yo crecí con Freddie Mercury y los chavales de ahora suben escuchando a Justin Bieber. Pero no, me niego a pensar que sea sólo eso.

Creo que tiene que ver con nuestros referentes. Faros brillantes en medio de toda oscuridad. Gente por encima de sus circunstancias, vidas que son para varias TV-movies, o como se decía antes, para enmarcar. La historia ha avanzado gracias a ellos. La historia se lo debe todo a los referentes. Newton se subió a sus hombros y nos regaló la fuerza de la gravedad. Einstein se lo agradeció con la teoría de la relatividad. Picasso copió a los suyos, los plagió y los acabó volviendo locos con su arte y su genio.

Pero un referente no es sólo útil a unos pocos genios. Un referente es necesario para cualquiera de nosotros, es nuestra manera de ver el siguiente paso, es nuestro modo de subsistir: es el ejemplo vivo de que igual no siempre hay que ser un auténtico hijo de puta para triunfar. Ellos son ese alguien al que todos nos gustaría copiar de algún modo. Alguien que ha dejado un legado tan grande, tan vivo y tan eterno, es alguien con quien siempre podrás conversar. Sin referentes, estamos solos, sin referentes nos morimos antes de hora. Sin referentes, se apaga la luz. Y la verdad que no me extraña, al precio que ahora está.

En fin. No sé tú, pero a mí me faltan cada vez más referentes, porque o bien la diñan todos, o se me van. Y me di cuenta de que no estoy solo, que no soy el único que tiene esta sensación, el otro día cuando supe los candidatos al Català de l’Any. Ante candidatos que ya fueron relevantes e importantes hace más de 30 años, mi pregunta, salvo alguna excepción, era supongo la de muchos: en todo este tiempo, ¿no ha salido nadie más?

Y ahora quién. En política. Y en música. Y en el Barça. Y en la sociedad.

Por eso, cuando el callo de la vergüenza ya no haga daño de tanto rozar. Cuando se nos caiga la venda del “sí se puede” y nos demos de bruces con la realidad. Cuando la ira se nos agote y nos saturemos ya de tanta indignación. Cuando nos agotemos de luchar con espadas de palo contra tanques de acero. Cuando veamos que los de siempre siguen haciendo lo de siempre. Que nos han ignorado como nunca. Y cuando nos demos cuenta que los culpables han vuelto a la más absoluta normalidad, que han pasado de proscritos a prescritos gracias al amigote de turno que los indultó. Ese día, que llegará pronto, no sé cuándo, pero llegará, mientras todos nos encogemos de hombros, espero que alguien, alguno que haya estado callado hasta entonces, alguna que incluso puede que no haya ni nacido todavía, pronuncie estas cuatro palabras mágicas con voz bien alta y clara:

Se van a enterar.»

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Supongo.

Supongo.

Artículo publicado el domingo, 11 de Mayo de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Supongo. En realidad lo supongo todo. Porque saber, lo que es saber, cada vez sé menos, ojo que no es falsa modestia, es más bien soberbia frustrada y lo que es peor, encima me creo que voy aprendiendo, con lo que al final acabo confundiendo experiencia con sabiduría y la verdad es que así me va.

Supongo. Supongo que hago lo que me gusta, porque si no, estaría haciendo otra cosa. Aunque a veces me encuentre a mí mismo tragando sapos de tamaño copa balón. Aunque en ocasiones reniegue y mordisquee la mano que mece mi cuna y me da de comer. Aunque siempre me olvide del lujo que hoy supone tener trabajo y encima cobrar por él.

Supongo. Supongo que he cumplido cada vez más años y menos promesas. Supongo que se me va la vida en ratos idiotas y me muero esperando vivir, como todos, cosas que nunca importarán demasiado, y también supongo que si hoy fuese mi último día, en realidad me pasaría la jornada dando caza y asesinando a sangre fría a todos aquellos que alguna vez me han preguntado qué haría yo si fuese el último día de mi existencia.

Supongo. Y por suponer, oye que no quede. Supongo que la gente que me quiere lo hace sin interés de ningún tipo. Supongo que no esperan nada a cambio. Y supongo también que me quieren por lo que soy y no por lo que vaya o no vaya a tener. Porque si no lo pensase así, supongo que yo tampoco les podría querer de vuelta. Supongo también que ellos han visto algo en mí digno de su cariño, de su tiempo y atención. Pero tampoco intento preguntárselo demasiado no vaya a ser que empiecen a verme como realmente soy y se den cuenta del percal.

Supongo que ser consciente todo el tiempo es un coñazo. Que tanta intensidad al final satura, y que hay que tirarse un pedo de vez en cuando para recordarse que por muy bien que nos cuidemos por dentro, eso también existe, eso también está.

Supongo siempre un futuro mejor. Y supongo que por eso decidí en su momento ser padre. Quiero suponer y supongo que él ha venido a incrementar la felicidad media de los que ya estábamos desengañados de tanto engañar y casi hasta enfilando la puerta de atrás. Y de momento, así ha sido. Te lo puedo asegurar. Aquí ya no supongo, esto sí lo sé. También sé que él me ha enseñado más cosas en cuatro años de las que yo seré capaz de enseñarle jamás. Eso es cierto. Es dato. Es verdad.

Supongo que estoy obligado a querer a todos los que lleven mi misma sangre. Y que si eso no me ocurre en cada uno de los casos, seré un desalmado, un desarraigado, un pobre infeliz. Y sin embargo me siento bien queriendo sólo a aquellos con los que deseo estar. Debo de ser un psicópata en potencia. Es posible. Pero a veces me siento en familia incluso con gente que me acaban de presentar.

Hablando del tema. Imagino que en cualquier parte hay gente buena y buena gente. Y que no necesariamente coinciden siempre en la misma persona. Ni en el mismo círculo. Ni en la misma clase social. Y supongo que el reto está en saberlos diferenciar antes de que ellos te quieran amar, odiar o ignorar.

Y por ir acabando, supongo que todo esto que te cuento te interesa, aunque sea un poco. Porque si no, no lo habría escrito, no lo habría enviado para ser publicado y no habría intentado secuestrar tu atención pidiendo además como único rescate unos gramos de tu aprobación. Supongo que es una forma como otra cualquiera de decirte que me importas más de lo que jamás seré capaz de aceptar.

Pero todo eso que conste que sólo lo supongo.

Ahora ya podemos seguir, que hay que disimular.»

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Existen&cia.

Existen&cia.

Artículo publicado el domingo, 04 de Mayo de 2014 en ElPeriódico.com

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Il·lustració de Leonard Beard

«Reunidos mi pasado (en adelante AYER), mi presente (en adelante AHORA), mi futuro (en adelante MAÑANA) y un servidor (en adelante no, porque ya se supone que el que escribe soy YO), y sin perjuicio de que, pese a llevar ya toda la vida juntos, a estas alturas todavía ninguno pueda fiarse del otro, lo que sí hemos acordado es lo siguiente:

  1. AYER renuncia definitivamente a ejercer toda influencia sobre HOY. Y es que por la PRESENTE, y de una vez por todas, AYER se compromete a encontrar su lugar en la historia. Por supuesto que se le agradecen los servicios prestados, y se le reconoce el mérito de habernos ayudado a llegar hasta aquí. Cada una de sus medallas son los recuerdos que hemos decidido conservar, cuidar, deformar y maquillar. Hala, una plaquita conmemorativa, un homenaje en Qué Tiempo Tan Feliz y Ciao pescao.
  2. Asimismo, AYER se compromete a comportarse como lo que es, un mero punto de partida, una simple pista de despegue, o de desapego, según se mire, algo necesario para partir, para irse, para volar y viajar más lejos de lo que se está. En ese sentido, quedarse a vivir en él deja de tener sentido, pues como todo el mundo sabe, en una pista de despegue no se puede ni dormir ni follar ni ná de ná. Bueno, a lo mejor alguien sí puede, pero casi que no me lo presenten. Da igual.
  3. AYER ya no mueve molino. AYER ni lo has de beber. Pero AYER sí que cuenta cosas que siempre vale la pena escuchar y pensarse. Cuentos que hablan de aciertos y fallos. Cuentos para no soñar. Cuentos en los que a veces hasta se comen perdices. Y otras, barbas de un vecino que cortaron sin llegarse a remojar. Son ecos de los errores cometidos, viajan más rápido que el sonido para intentar evitar lo inevitable. Que caigamos en ellos dos veces. Que no ejerzamos nuestro derecho a estrenarlos en voz ajena. A estrellarnos en piel propia. Y así aprender a rectificar. O a justificarse. Qué más da.
  4. La función del MAÑANA queda relegada estrictamente al ámbito de los motivos, familiares directos de toda motivación. Está permitido que lo que nos pueda pasar nos dé cualquier cosa menos miedo. Porque el miedo es el antídoto de la ilusión, el bromuro de la vida, el Carlos Baute de la musicalidad. Que en el MAÑANA dejemos sólo aquello que nos empuje a continuar. Aquello que nos continúe empujando. Que sólo se respire esperanza. Y ya está.
  5. Aunque a priori parezca obvio, recuerda que NADIE tiene derecho a poseer tu MAÑANA. E hipotecarlo es, de alguna forma, hacerse con él. Donde digo hipoteca piensa en cualquier promesa. Cualquier cosa que sientas, la sientes HOY, pero el hecho de que no la puedas garantizar para el resto de tus días, no desmerece PARA NADA tu sentimiento actual. Más bien al contrario, lo fortalece, lo engrandece, lo hace más bello, más vulnerable y por lo tanto muchísimo más verdad. La garantía, otra gran falacia que queda derogada hasta nuevo desorden. Mi MAÑANA queda por tanto libre de todo servilismo y esclavitud. Sólo pertenece al mundo de mis sueños, de mis ilusiones, de mis ojalá. Y me pienso ocupar de que ahí no entren los yo nunca, los imposible, los yo ya te lo dije y los seguro que ya es el final. Jamás prometas. Si al final lo puedes cumplir, lo cumplirás. Y si no, ya me dirás para qué coño lo prometiste. Habrás mentido y quedarás mal.
  6. En cuanto al AHORA, en él deposito todo lo que tengo, porque eso es todo lo que hay. Al AHORA le hago acreedor y usufructuario de todos y cada uno de mis segundos, que son los primeros siempre en llegar. A él es a quien pertenezco y en él es donde pienso vivir a la voz de ya.
  7. Para terminar, todo esto lo escribo en supuesto pleno uso de mis facultades motrices, y como buen culé, justo en el año en el que el Barça lo está pasando realmente mal. Porque cuando lo ganábamos todo, a ver quién era el guapo que se ponía a filosofar. A ver si en este Mundial no vamos a pasar ni de cuartos. Miedo me da. Aunque viendo mi capacidad predictiva y las dotes adivinatorias que demostré con el Real Madrid, podéis estar todos bien tranquilos. Predije que no iba a poder con el Bayern. Y ahí está.»

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0’00003 años de soledad.

0’00003 años de soledad.

Artículo publicado el domingo, 27 de Abril de 2014 en ElPeriódico.com

«Solo. Estoy solo. Nah, no me llores todavía no me llores por favor. No es algo de lo que me sienta especialmente orgulloso, pero tampoco es algo de lo que nos tengamos que avergonzar. Nos, sí, he dicho nos. Porque por si no lo has notado aún, tú también lo estás. Cuenta cuántos punteros de ratón aparecen en tu ordenador. La pantalla es tu vida en estos momentos. Los links activos sobre los que puedes hacer click, las opciones que se te presentan. Y esa flechita siempre mirando hacia arriba como quien busca un futuro que mejorará, eres tú. Es cierto que puedes aprovechar para conectar con otros, pero ten en cuenta que siempre estarás haciéndolo solo. Y ya está.

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Il·lustració de Leonard Beard

Solo. Estás solo. Ya seas hombre, mujer, animal, tertuliano o cosa. Eres un ser solitario. Fíjate que no he dicho que estés muy solo, eso sería distinto. La diferencia entre estar solo y estar muy solo es la misma que la que existe entre que algo sea mío y que algo sea muy mío. En el primer caso, simplemente estás poseyendo, es una descripción. En el segundo, ya estás categorizando, y eso etimológicamente es muy próximo a profecía. Fueron los griegos los que inventaron la palabreja categoría, y en su origen era justamente eso, sinónimo de predicción. No deja de ser curioso, cuando categorizas, predices. Cuando clasificas, destinas. Cuando etiquetas, condenas.

Solos. Estamos todos tan solos. Y peor acompañados. Aunque nos encariñemos de vez en cuando. Aunque dejemos que nuestra soledad necesite sentirse acompañada por otra soledad. Hay siempre un momento, sea después de la fiesta o después del polvo o después de esa discusión, en el que irremediablemente volverás a sentirte contigo mismo y sin nadie más a quien agarrarte. De nuevo solo. De nuevo ahí. No hay ataúdes de dos plazas. Ni dos puntos de vista para un mismo espejo. Estás tú y lo que decides que te devuelva. Ya está. Si tú te mueves, se moverá contigo. Si tu te mueres, se morirá contigo. Si tú te mientes, te mentirá por ti.

Solos. A veces por elección, otras por selección natural. Luis Racionero siempre hace referencia a los ingleses, por lo visto ellos sí supieron diferenciar en su lenguaje entre loneliness y solitude, entre la soledad involuntaria y la buscada, entre un accidente repentino y un genocidio emocional. Nosotros, en nuestro riquísimo castellano, aún andamos creyendo que toda soledad es mala, que todo aislamiento es un castigo y que toda compañía siempre te tiene algo que aportar.

Hay que saber estar solo. Y sobre todo, hay que saber quedarse solo. Sin que la presencia propia le obligue a uno a buscar escapatoria en lo ajeno. Sin que la cháchara externa oculte y anegue la conversación que de tanto en tanto tiene que darse en tu interior. Porque no hay nada más triste que no saber ni cómo aguantarse. Porque puede que el que oiga voces este loco. Pero el que no las oiga, seguro que acaba volviéndonos locos a los demás.

Solo. Estoy solo. Igual te parece triste. Pero es muchísimo más triste no saber lo que se está.

Esto fue lo que sentí esta semana cuando se nos fue gente tan nuestra y tan grande como Tito Vilanova o como el promotor de Macondo, también constructor de Cien Años de Soledad. Pero no querría acabar con tanta tristeza, ni creo que pudiese, porque ni con mil millones de artículos como éste compensaría semejante pérdida. Mejor lo acabo con una anécdota curiosa.

Hace diez años, pude compartir con Gabo 15 minutos de charla paseando por Los Ángeles, en pleno Rodeo Drive. Fueron mis 15 minutos de Gabo. Supongo que era a eso a lo que se refería Andy Warhol. 0.25 horas charlando con todo un Premio Nobel. 0.0104 días cogido de su brazo. 0.00003 años aprendiéndolo casi todo sobre publicidad. Porque él fue redactor de una gran agencia cuando vivió en México DF. De hecho, algunos de sus eslóganes aún sobreviven en la mente de muchos de los que nos dedicamos a esto. Y cuando le pregunté por qué lo había dejado, me dijo que perdió el interés el día en que se dio cuenta de que para ser publicitario bastaba con reunir dos condiciones: una, “no cometer faltas de ortografía” y dos, “ser un poquito menos pendejo que los demás”.

También me dijo algo que no olvidaré mientras tenga una empresa.

Que adoraba hacer negocios con catalanes.

Porque sabía que al final, fuese como fuese, siempre iba a cobrar.»

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Catallunya.

Catallunya.

Artículo publicado el domingo, 13 de Abril de 2014 en ElPeriódico.com

«Pero cómo se me ocurre. Atentar así contra el proceso independentista. Dinamitar la evidente paz, entendimiento y cordialidad en la actual relación Catalunya-España con una conversación televisada entre dos personas que aman a su tierra de diferente forma.

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Il·lustració de Leonard Beard

Darle minutos al proceso un domingo en prime-time nacional y meterme así en la caverna de los indeseables de una vez por todas. Sentar al Cap de l’Oposició Oriol Junqueras en un sofá ante más de 1 millón de españoles y lanzarle a la cara las preguntas y comentarios que escucho en Madrid semana sí semana también. Pero quién me he creído que soy. Eh. Quién.

Ni que yo fuera periodista. Pero qué me he pensado. Que no, que yo no tengo el carné. Que ni siquiera me saqué el título, hombre. Lo llego a saber y elijo una carrera como Periodismo, y no la patraña esa que estudié en ESADE. Como Karmele Marchante y no como Urdangarín. Así igual podría hablar. Pero ahora ya es tarde. Ahora ya no. Si no tengo el título, a callar. Intruso, que soy un intruso.

Pero cómo le interrumpo así, cómo no le dejo hablar. Da igual que se haya insistido por activa y por pasiva que no se trataba de una entrevista, sino de una conversación. Da igual que haya tenido que venir un medio de la capital para transcribir lo dicho y nos hayamos dado cuenta de que por cada línea mía de texto, Junqueras sumaba tres. Da igual. Eso es interrumpir el proceso. Eso es blasfemar contra el Estatut. Cuál de ellos, no sé. El último, supongo. Me da igual.

Menudo montaje. De los 12 personajes que se han sentado en el programa, es la primera vez que hay gente que me exige poder visionar las 2 horas que duró la conversación. Y como no les gustaron ni los vídeos ni el montaje, enarbolan la bandera de la manipulación.

Y ya que hablamos del tema. Cómo se me ocurre hablar de manipulación informativa en un medio público como TV3, un medio que pagamos todos. Como si “aquí” no se hablase de otra cosa que de la independencia. Ja. Pues mira, justo a la hora de la emisión de esa charla, se emitía en “la teva” un interesantísimo documental sobre la Mancomunitat. Hala. Para que veas. Cambia e instrúyete un poco, anda.

Y mira que… menudas preguntitas. Que qué pone en su DNI. Pues que caduca en 2014. Badúm psst. Pero qué importará la diferencia entre decir lo que eres y que lo quieres dejar de ser. Pero qué más dará que alguien no sea capaz de verbalizar una realidad administrativa que es justo la que le impulsa a soñar otra distinta. Nah, eso es malgastar el tiro. Eso es buscar el morbo. Eh, y se lo debiste de estar preguntando durante los 40 minutos que dura la conversación, porque es de lo único que habla la inmensa mayoría de los que te critican. Muy mal, Risto, muy mal.

Y bueno, luego encima le pregunto por el párpado caído. Eso ya es el acabose. La típica pregunta que nadie se ha hecho jamás y que todo el mundo le ha preguntado antes que yo. Desde luego, qué previsible eres, Mejide. Qué facilón.

Me has decepcionado. A mí y a Mónica Planas. Que quién es esa, te preguntarás. Pues una crítica televisiva que parece que se molesta y mucho cuando le hacen una crítica a su crítica. Porque ella sí que sabe hacer televisión. A que sí. Es famosa y reconocida por tantos y tantos programas en los que ha participado. Y por sus libros. Y por sus contenidos. Mira si sabe, que hasta da clases en la universidad. Ay, cuánto me queda por aprender.

También he merecido la colleja de mi admiradísimo Sergi Pàmies. Y seguramente en este caso él tenga razón. No sólo por esta vez, sino por tantas otras. No sólo por esa mala noche, sino por todas las demás. No sólo por decir que parecí “innecesariamente agresivo, inoportunamente solemne, dialécticamente acelerado y demagógicamente inmaduro”. Sino por omitir lo que realmente soy, que es mucho peor.

Suerte que al día siguiente de la emisión del programa, Oriol y yo seguimos intercambiando mensajes con la misma cordialidad con la que lo habíamos hecho durante la charla. Yo le felicité por la conversación y por la audiencia obtenida. Un 10.3% en Catalunya. Y él me dio las gracias y me devolvió la felicitación. Con la educación y la buena fe con la que hicimos todo lo demás.

Ésa es la Catalunya que no se ve. La que no allunya.

Ésa es la Catalunya que acerca posturas. La que ahí está.

Tampoco es la Catalunya que han destacado algunos medios de la capital, tan deseosos de que nos diéramos garrotazos entre catalanes. Yo respetaré siempre las opiniones de todos. Pero les recuerdo que estoy en ese programa para dar la mía.

Que tampoco es que esté en contra de la independencia. Pero sí de que nos hagan creer que no existe alternativa. Y sí de la manipulación. De uno y de otro lado. El día que “la nostra» emita un documental con las desventajas de la independencia y Televisión Española haga lo propio apoyando las razones para la consulta, entonces entenderé esta repentina fiebre por el rigor. El día en que tapiemos todas las cavernas. El día en que nos pongamos a escuchar de verdad. Sin dogmas de fe. Y sin credos absurdos ni mesías intocables con los que comulgar.

Mientras tanto, agradecer a los exaltados tanta indignación.

Y dedicarles mi mantra, con todo cariño.

Si cuando hablas nadie se molesta, eso es que no has dicho absolutamente nada.»

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Estira la boca.

Estira la boca.

Artículo publicado el domingo, 06 de Abril de 2014 en ElPeriódico.com

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Dibuix de Leonard Beard

«Estira la boca. Hazte el favor. Contrae los mofletes, estruja el mentón, afila tus labios. Achina esos ojos. Presume de arrugas. No, con la mano no vale. Tiene que ser con la intención. Estira tu boca. Estírala ahora. Porque sí, porque tú lo vales, porque hoy es hoy. ¿Ya está? ¿Aún no?

Que te digo que estires la boca. De verdad que sí. Acerca las comisuras con suavidad hacia tus oídos, esos por los que de tanto en tanto se cuela mi voz, frecuencia que deja cada vez más secretos de confesión. Mira, ahí va otro.

Estira la boca. Y no me vengas con que te faltan motivos. Que si algún día no los encuentras, no te preocupes que los buscamos los dos. Además, cualquiera diría. Seguro que harás cosas muchísimo más absurdas todos los días por gente a la que ni siquiera conoces y que encima te da igual. Digo yo. Y sin exigir motivos a cambio. Por qué me los pides a mí. Eh. Por qué.

Estira la boca. Que sí, que dicen que es contagioso. Que ya verás. Empapa tu entorno. Inicia tú la epidemia con tan deliciosa infección. Que nos pille a todos sin vacunas. Que nadie encuentre remedio, que ni siquiera lo empiece a buscar. Huyan despavoridos los envidiosos que algún día se atrevieron a hacerte llorar. Vuelvan a sus cavernas de rabia aquellos que hicieron de tu tristeza su trofeo, su triunfo y su vergonzosa conquista. Que hoy tú vas a estirar la boca. Y con ella aplastas y aplastarás. Hoy pierden todos ellos. Porque hoy ganas tú. Dientes, dientes, Julián.

Porque yo sólo quiero que estires la boca. Me da igual si es de mentira. Me da igual cuándo sea, de verdad. Pero es que no te das cuenta. No es lo que pasa cuando tú nos regalas un estirón de boca. Es lo que ocurre con el resto del mundo cuando nos lo das.

Cuando tú estiras la boca, la vida no pasa, en la vida se está. Cuando tú estiras la boca, a todas las alegrías les da por salir a pillar. Y vaya si pillan. Se marcan un crusaíto con el primer recuerdo que agarran, y le dan otro motivo para proyectar, para acabar con el futuro y maquillados de ilusión. Sí, ya sé que igual es sólo maquillaje, pero qué coño más nos da.

Cuando estiras la boca, el pez ya no muere, sino que se le practica un bypass. Cuando estiras la boca, ya no entran ni moscas ni moscardones, y cuanto más la abres, más se van.

Y así andamos todos, en busca de alguna boca estirada con la que la nuestra se quiera acostar.

Estira la boca. Estírala ya. Pero hazlo por ambos lados. Porque estirar la boca a medias es dejar de lado la otra mitad. Abandonar la sección que quedó en la sombra por culpa de tanto traspaso emocional. Montar un fiestón con la mitad de los invitados. Y obligar a la otra mitad, simplemente, a mirar. Estirar la boca a medias no está bien, porque el aire se te acaba yendo por el lado al que no le está permitido ni emocionarse ni emocionar.

Todo esto para decirte que estires la boca. Que puede que te suene muy absurdo. Que le veas todas las pegas. Y que no le encuentres la utilidad. Pero ahí fuera hay un universo entero esperando una señal. Tu señal. Un millón de posibilidades que sólo se atreverán a dar el paso y hacerse realidad si y sólo si tú les regalas ese gesto. Ese guiño. Ese estirarla y que te dé todo igual. Y si tú no lo haces, porque decides guardártelo, nadie más lo hará. Y como tú no lo descubras, nadie más podrá. Ahí se quedarán esperando. Ahí se pudrirán. Que se jodan. Eso es lo que le estarás diciendo a tus otros destinos si hoy no estiras tu boca. Ajá.

Por un momento, atrévete a estirar la boca. Puede que después de hacerlo continúes exactamente igual que hasta ahora y hayas perdido el tiempo poniendo en práctica una sencilla expresión facial.

O también puede que un día estires tu boca y de repente empiece a levantarse todo lo demás.»

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De acuerdo.

De acuerdo.

Artículo publicado el domingo, 30 de Marzo de 2014 en ElPeriódico.com

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Dibuix de Leonard Beard

«Reconozcámoslo. Un cambio horario es una faena por no decir putada, que queda feo para empezar. Esto de andar cambiando la hora de los relojes de tu entorno me parece un cachondeo nacional. Encima, con los móviles que se actualizan solos ya no sabes cuál ha sido poseído por el espíritu de Steve Jobs y cuál sigue en la era de Bill Gates, que aunque uno haya muerto y el otro no, está claro cuál sigue vivo y cuál pasó ya a mejor vida.

El resultado, por unas horas y a veces incluso días, llegas pronto o tarde a cualquier sitio, almuerzo o reunión. Y aunque tú no llegues a destiempo, tu cuerpo sí lo hace. O tu mente, que es aún peor. Y eso es lo que cuenta. Yo no sé si de verdad ahorraremos energía con cada cambio horario, lo que sí sé es que por unos días, sufrimos cuando recordamos para qué sirve un reloj.

Y para qué sirve un reloj. Para dar la hora, responderá la mayoría. Para fardar, dirán los osea. Para chanar, dirán los chonis. Pues no. Más allá de eso. Un reloj sirve para ponernos de acuerdo. Un reloj nos sincroniza. Nos da la pauta que todo hijo de pauta sigue, incluso si nuestra intención es romperla. Nos mantiene juntos incluso cuando no lo estamos. Es un acuerdo en una muñeca. Un contrato diario con la rutina. Una antena receptora de cotidianidad.

Así funcionan las convenciones. Nos dan una base sobre la que ya no es necesario discutir. Porque donde no hay convenciones, hay caos, hay conflicto, hay discusión. Y lo que la historia ha demostrado es que o vivimos de acuerdo o de repente nos da por matarnos. Imagínate vivir en la época previa a la aparición del kilogramo, del metro, del dólar, del litro, del quilate, del segundo o de la milla. Afortunadamente, en algún momento, alguien se dio cuenta de que si establecíamos medidas oficiales y universalmente aceptadas, el mundo sería un lugar mejor para vivir. Y así fue.

O no. Porque también ha habido unas cuantas guerras mundiales desde que en teoría nos pusimos de acuerdo y hay países, como Venezuela, que hasta han creado su propio huso horario incumpliendo todas las disposiciones internacionales con diferencias enteras con respecto al GMT. Los venezolanos permanecen a 4:30h del Tiempo Universal Coordinado (UTC), es decir, que a la hora de referencia hay que restarle 4 horas y -ay Carmela- 30 minutos, algo que no tiene nada de Universal ni de Coordinado. Y cuando un país se salta las convenciones en algo tan nimio, como estamos viendo, acaba haciendo lo mismo con las cosas realmente importantes.

Las convenciones son normas de convivencia. Y como tales, hay que saber cuándo respetarlas por encima de lo que nos gustaría. Pero también hay que aprender a cambiarlas para poder adaptarlas a nuevas realidades. Porque si no vivimos igual que hace 30 años, las normas que rigen la civilización tampoco deberían ser inmutables. Aunque es verdad que tampoco podemos andar cambiando las medidas cada vez que nos venga en gana, porque entonces perderemos su razón de ser, coordinación universal y sobre todo, perspectiva histórica. Es lo que hace un gobierno que quiere mejorar la evolución del IPC: cambiar la composición de la cesta de la compra. Que es otra forma de llamarnos idiotas, pero con elegancia macroeconómica.

Qué hacemos con las convenciones. Es lo que se nos está planteando desde todos los ámbitos. Es la pregunta del Siglo XXI. Lo que aún no hemos aprendido a gestionar. En qué momento una convención se nos convierte en convencionalismo. La primera significa consenso. La segunda, mentira. Desconexión de una realidad que ya no es así.

Qué hacemos con la Constitución. Qué hacemos con Catalunya. Qué es y qué no es soberanía. Qué debería serlo a partir de ahora. Qué hacemos con la noción de país. Y con la de frontera. Qué hacemos con la noción de inmigrante. Qué hacemos con Gallardón. Qué hacemos con su noción de aborto. Dónde ponemos la línea entre doctrina y derecho fundamental. Qué hacemos con la noción de familia. Y con la de matrimonio. Y con la de amor. Y con la de fidelidad. Y con la de dignidad, la de trabajo y la de vivienda. Qué hacemos con las decisiones arbitrales. Qué hacemos con el peinado de Sergio Ramos. Como proyecto de calvo, esto último me preocupa especialmente.

El caso es saber en qué nos tenemos que poner de acuerdo de manera urgente. Si hasta la hora se adapta dos veces al año para que sigamos yendo a la vez. O el calendario a cada bisiesto para que siga saliendo el sol por donde debe. Porque si no lo hiciéramos, tarde o temprano el desfase entre la medida y lo medido se haría tan evidente que resultaría insufrible y hasta doloroso. Porque la realidad jamás se rompe. Lo que se rompe es nuestra manera de explicarla.

Por eso necesitamos ponernos de acuerdo, para seguir conviviendo en un mundo real.

Y necesitamos hacerlo ya.

Da igual que ahora no escuches.

Que no te adaptes.

Que no estés dispuesto a negociar.

Lo que la naturaleza y la historia nos han demostrado una y otra vez es que no hay excepciones.

Si tú hoy no acuerdas, algún día te acordarás.»

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Fue a por trabajo y le comieron lo de abajo.

Fue a por trabajo y le comieron lo de abajo.

Artículo publicado el domingo, 23 de Marzo de 2014 en ElPeriódico.com

risto23-3-14«Podría escribir los versos más bonitos tras un titular como ése. El cuerpo como que me pide darle rienda suelta al monosílabo romántico, ese gran desconocido por las generaciones posteriores al “ola ke ase”, ese gran guionista que tantos buenos momentos le ha dado a mi mano izquierda. Pero no. La verdad es que es sólo uno de los estados que he descubierto en mi lista de contactos del whatsapp. Y además es el de alguien muy conocido, tan prestigioso, admirado y respetado que jamás dirías que tiene ese estado en su whatsapp. Sí, sí, a ti te voy a decir quién. Da igual, ahora eso es lo de menos.

El caso es que los estados de whatsapp son la ropa interior de las redes sociales. Porque son lo que nos acaba de delatar, sí, pero en la intimidad. Es lo que le queremos decir a la gente que tiene nuestro móvil, la última barrera tecnológica ante la que ya sólo queda nuestra voz y el encuentro real, la última llave que abre la puerta a nuestro tiempo, a la llamada al mismo tiempo, la que te hace parar, dejarlo todo y tener que oír y a veces, hasta escuchar. Pertenece al ámbito público más privado. La última barrera de nuestra piel, nuestro olor y nuestra verdad más verdadera.

Una piel que crece a un ritmo de 1 millón de usuarios al día y ya acumula la nada despreciable cantidad de 450 millones de usuarios en todo el mundo, una epidermis social que dicen que este año pasará de los 900 millones de poros, todos en pelotilla picada. Imagínatelos ahí junticos. Qué cucos eh.

Y tú los tienes a todos en tu bolsillo, menuda sensación: poder consultar el estado de tus amigos, el de tus conocidos, el de tus enemigos, de tus ex, o de aquéllos que por alguna extraña razón aún conservas el número, de cuando todavía creías que podríais llevaros bien, o de cuando aún no os conocíais lo suficiente, yo qué sé. Y que levante la mano quien se resistiría a ver a sus enemigos en gayumbos o peor, con las braguillas esas de papel que te hacen usar los masajistas.

Ahí andan todos. El que te dice que está siempre “Disponible” y sabes que es siempre mentira. Tú llámale ahora, ya verás. Y si te miente así como de garrafón y a granel, imagínate cuando le necesites para un delicatessen. Nada. No te fíes. Bah.

Luego está el que siempre está “Ocupado”. No nos liemos, nos está diciendo que es un “Estado Ocupado”. Algo así como una república exsoviética pseudoindependiente, pero en versión Juan Palomo. Si estás todo el tiempo ocupado, para qué leñe tienes whatsapp. Eso es tan ridículo como apuntarte a una orgía para así contarle a todos los asistentes que piensas seguir virgen hasta el matrimonio. No sé si es correcto, pero bien bien no está.

Después aparecen siempre los que han sofisticado su grado de ocupación y te dicen que “No puedo hablar, sólo whatsapp”. O dicho de otro modo, tengo una vida tan soberanamente coñazo que te suplico a la desesperada que me escribas algo y me distraigas, pero eso sí, no esperes que reúna el valor para coger una triste llamada y detener eso tan apasionante que me está pasando en estos momentos.

Seguimos para bingo, porque siempre me han fascinado los que te describían lo que ya debería ser evidente. “Estoy usando whatsapp” o su versión guiri-guay, “Hi there, I’m using Whatsapp!”. Cojonudo. Menos mal que me lo has dicho, no me lo llegas a avisar y pienso que estabas usando la Thermomix.

Dios, paciencia.

Peor andan los que no dicen nada por querer decirlo todo: “Varios mensajes de estado”, y los que tienen tantas cosas que decir, que dejan su estado en blanco. Votos nulos y en blanco. La forma que tiene toda democracia de reírse de la disidencia. O no saben, o no contestan. Poderosas razones ambas para abrirse un canal de comunicación al exterior. Y si no, que se lo pregunten a la  simpática teleoperadora de cualquier teleco. Hace mucho que no llamas, Jaqueline. ¿Fue algo que dije?

En fin. Para terminar, el que va de creativo y llena su estado de iconitos tan cucos como infantiloides o peor, el que te pone algo así como “Juraré que no lo he dicho” para zafarse de toda responsabilidad sobre lo escrito.

Si aún crees que son buena gente, estén en el estado que estén, espérate a que te ocurra lo que si no te ha ocurrido aún, algún día sí o sí te va a ocurrir.

Espérate a que alguien te añada a un grupo.

Y me lo cuentas.

Eso sí, por whatsapp, que voy muy liao.»

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No somos nadie.

No somos nadie.

Artículo publicado el domingo, 16 de Marzo de 2014 en ElPeriódico.com

risto16-3-14«Cómo se nota que se acercan comicios. Comicios, comicios, comicios, si lo pronuncias lo suficiente en medio de cualquier plaza, acabas rodeado de ratas voladoras, frutos secos y globos de helio con forma de Bob Esponja. En este caso son europeos, que es ese limbo político al que van a acabar de pudrirse las carreras que ya empezaban a oler por aquí. Patada hacia arriba con patada en la boca y voladora. Reduce ras.

Se acercan comicios. Lo notarás porque parece que de repente, se nos hace caso. Parece. Lo notarás porque de repente todo aquello que parecía imposible ya no lo es. Parece. Y lo notarás enseguida porque ya se empieza a escuchar por todos los medios de comunicación justamente lo que querías escuchar, lo que necesitabas oír. Qué casualidad, oye. Y si encima tienes la suficiente ingenuidad, fe, juventud, o una peligrosa combinación de las tres, de pronto te encuentras diciéndote a ti mismo las palabras mágicas: por fin.

Nada más lejos de la realidad. La realidad es que eres un engorroso trámite por el que han de pasar algunos -ni siquiera todos- para renovar sus apolilladas poltronas. La realidad es que eres un peaje incómodo, un bajón en el camino, un burdo miembro del populacho representado en un mísero voto al que hay que volver a embadurnar, embaucar y atontar para poder seguir viviendo de tus impuestos e ignorándote durante cuatro años más. Y si no vas a votar, oye, pues mejor, que ya votarán los que me interesa que voten.

Eh, pero no me pongas esa cara. Que es la fiesta de la democracia. Diviértete, va y pensemos en positivo: por unas semanas, de pronto, ya no somos nadie.

No somos nadie. A que ya no. A que de pronto interesamos. Qué maravilla. Dejad que las señorías se acerquen a mí. Que me digan lo importante que soy para ellos. Que me doren la píldora del día después. Que me hagan la cama, el desayuno y el café para todos. El salto del tigre. El día de la marmota. El rabo de toro con pie de rey. Botswana mon amour.

No somos nadie. Ya no. Y cada vez menos. Ya verás. ¿Apostamos? Lo que está ocurriendo es algo muy parecido a un divorcio histórico y traumático entre poder, influencia y notoriedad.

La notoriedad es impacto, repercusión, la bala de fogueo de la comunicación. Cuando estalla todo el mundo se gira, sí, pero acto seguido todos siguen con su vida, y aquí no ha pasado nada y a otra cosa, Ana Rosa. Noticias que duran lo que tardas en olvidar un tweet. Y pensar que aún hay gente que se vanagloria por tener más seguidores que otros, por ser más conocido en las redes sociales, por tener más amigos dándose de posts contra un muro o por ser reconocido por la calle de su pueblo o circunscripción.

Luego están los que en teoría ejercen el poder, que cuanto más se preocupan por ganar en notoriedad, más pierden en influencia. Ni auctoritas ni potestas, ni ná de ná. Sólo coerción, titular fácil, “y tú más” y decreto ley. Y a veces, ni siquiera eso. No sientas pena, que ya te veo sufrir por ellos, piensa que se lo han ganado. Y que una vez iniciado el proceso de deslegitimación, es muy difícil, por no decir imposible, darle la vuelta a semejante tortilla. O realizan un borrón y cuenta nueva o seguirán de mal en peor. Pobrecitos oye.

Y por último, los que ganan en influencia, que ya no son políticos, ni siquiera individuos, sino comportamientos. Comportamientos que, por primera vez en la historia, es muy difícil asignarles un líder, un único representante. Y es que la única política en la que la gente sigue creyendo es la política de los hechos. De ahí que los políticos estén tan preocupados por la crítica cargada de influencia. Porque los hechos los dejan a todos en pelotas.

Si de pronto, alguien con más credibilidad que ellos -ya, ya sé que eso es muy difícil- les envía un mensaje que no les gusta, lo tildan enseguida de demagogo o populista. Normal. La política hay que dejársela a los políticos, que son los profesionales, los preparados, los expertos en el tema. Los demás no debemos opinar, no tenemos ni de lejos la formación, competencia y experiencia contrastada que ellos han demostrado imputación a imputación.

Y en mi opinión, ahí es justo donde deberíamos estar todos. Y cuando digo todos, es todos. Opinando, sí, con la información que cada uno tenga. Con la opinión que cada uno sea capaz de construirse. O de tomar prestada, da igual. Eso es lo que realmente temen. El intrusismo en su mamoneo profesional. Y es que el asunto se nos jodió en cuanto dejamos la política en manos de los políticos. Ahí es donde todo empezó a irnos mal.

Se acercan comicios y no somos nadie.

Pero que no pánica el cundo.

Después de las elecciones lo volveremos a ser.»

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Aquí Paz y después Gloria.

Aquí Paz y después Gloria.

Artículo publicado el domingo, 9 de Marzo de 2014 en ElPeriódico.com

risto9-3-14«Ya no es el Día Internacional de la Mujer. Ya no es 8 de marzo. Así que nada, supongo que ya se habrá acabado la farsa, ya nos podemos relajar. Disuelvan sus postureos y sigan haciendo como si fuésemos todos muy igualitarios, sufragistas y paritarios. Aquí Paz y después Gloria. Y Rita. Y Blanca. Y Paula. Y Candela. Y Cecilia. Y Nieves. Y también tú.

Ya no es el Día Internacional de la Mujer. Imagino que los 62 millones de víctimas europeas de violencia de género ya no la volverán a sufrir nunca más. Que las 12 mujeres asesinadas en lo que va de año en nuestro país volverán a la vida de forma milagrosa y que los cobardes, capullos, cerdos y miserables que las mandaron al otro barrio entrarán en el trullo por su propio pie para quedarse. Y que el 80% de las víctimas que jamás los denunciaron, se atreverán a marcar por fin el 016. Y aquí Paz y después Gloria. Y Cristina. Y Ana. Y Silvia. Y Lucía. Y también tú.

Ya no es el Día Internacional de la Mujer. Los 3 millones de niñas en el mundo que sufren cada año algo tan aberrante como la ablación ya podrán respirar tranquilas y volver a jugar, porque nadie las va a torturar más. Los 125 millones de genitales femeninos que han sido mutilados alguna vez también están de enhorabuena. Y las niñas de 5 a 10 años, que aún hoy padecen la mitad de las violaciones en la India. Y las palizas. Y las vejaciones. Y las leyes vigentes que permiten castigos tan ejemplares como semienterrarlas en un agujero y apedrearlas hasta la muerte. Ya todo eso acabó. A que sí. ¿Se lo dices tú?

Ya no es el Día Internacional de la Mujer. Que ya se ha acabado. De los más de 2.500.000 de personas con las que se trafica cada año en el mundo, supongo que a partir de ahora la aplastante mayoría dejarán de ser mujeres y niñas. Es más, yo creo que la explotación sexual se tomará un respiro y dejará de mover millones de dólares en todo el mundo hasta que llegue el próximo Día Internacional de la Mujer. Hala, hasta el año que viene, machotes.

Porque ya no es el Día Internacional de la Mujer, ¿no? Digo yo que se habrán extinguido los agentes patógenos neuronales que prohibían al hombre contratar mujeres para cualquier puesto directivo de cierta responsabilidad. Qué alegría, qué bien. Las 78 consejeras en empresas del IBEX 35 ya tienen algo bueno que celebrar con sus 393 homólogos, que estarán encantados, felices y orgullosísimos de poder ceder por fin sus poltronas en pos de una paridad que perdió su segunda D en cuanto a algún político se le ocurrió usarla para ganar las elecciones. Aquí Paz y después Gloria. Y Claudia. Y Mireia. Y Sofía. Y también tú.

Ya no es el Día Internacional de la Mujer. Seguramente ya habrán descubierto cuál era el gen que hacía que ellas cobrasen un 15% menos, o dicho de otra forma, que en igualdad de aptitudes, ellos cobrasen un 15% más. Habrán llegado por fin a la conclusión de que la brecha salarial era producto de una brecha craneal, o quizás ausencia de una necesaria brecha testicular. E imagino que ya habremos acabado con la discapacidad mental que impedía facilitar la elección libre y sin remordimientos de la baja por maternidad, así como la tan ansiada conciliación laboral. Qué maravilla. Qué ganas tenía de volver a la normalidad. Aquí  Paz y después Gloria. Y Marta. Y Gabriela. Y también tú.

Ya no es el Día Internacional de la Mujer. El día más vergonzoso para cualquier hombre. Y para Luis. Y Carlos. Y Marc. Y Jorge. Y Risto. Y Sergio. Y Paco. Y Toni. Y Álex. Y Gustavo. Y Darío.

Y sí, también tú.»

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No eres tú, soy dos.

No eres tú, soy dos.

Artículo publicado el domingo, 2 de Marzo de 2014 en ElPeriódico.com

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«No me mires así. Ni me pongas esa cara de error. No sé por quién me has tomado. Sí sé por quién te he tomado yo. Y por eso no quiero engañarte. Es lo último que querría hacer contigo. Y menos aún desde este principio tan lleno de algo que parece tan de verdad. Porque ahora sé que no eres tú. Ahora sé que soy dos.

No eres tú, soy dos. El que después de mucho esfuerzo ha logrado conquistarte y el que desde ese mismo momento se ha visto obligado a dejar de conquistar a las demás. El que estrena piropos recién sacados del horno y el que los devuelve en secreto a su envoltorio para cuando los vuelva a necesitar. El que pone toda la carne en el asador y el que siempre se guarda algo para el congelador.

No eres tú, soy dos. El que sólo quiere dormir a tu lado y el que sólo pretende acostarse contigo. El que siempre te habla del futuro y el que jamás creyó en él. El que ha empezado este texto con toda su ilusión y el que se aburre de escribir porque forma parte del pasado ya.

El que se conforma y el que te inquieta. El que te pone y el que se desquita. El que disfruta del aquí y el ahora, y el que jamás lo entenderá. Equilibrista y funambulista. Domador amaestrado y lobo feroz. El que encuentra lo que quería y el que sólo conoce el verbo buscar. El que se fascina con tus virtudes y el que cada vez detecta tus defectos con mayor rapidez. Al que emocionas y al que decepcionas exactamente por las mismas razones. Al que te agradece que hayas cautivado y al que no te perdonará cualquier tipo de cautiverio. Jamás.

Da rabia admitirlo, pena e incluso frustración, pero ambos soy yo. Y a ambos me debo más de la cuenta. La única forma de alimentar a uno es hacer que el otro pase hambre. Hasta que tanta desnutrición me vuelva un desalmado y acabe devorando todo lo que me encuentre, incluso lo que podría sentarme mal.

No eres tú, soy dos. Por eso no soy capaz de disfrutar del equilibrio. Por eso nunca hallaré la paz. Es como quedarse e irse a la vez. Como salir de todas partes cada vez que se entra. Como decir hola y escuchar adiós. Como follar para hacer el amor. Como crecer sin aprender ni a despedirse, ni ná de ná.

No eres tú, soy dos. Y no es que uno fuese más mío que el otro. Ni más real. Los dos fracasan cuando el otro triunfa. Los dos se odian, se aman, se necesitan y en el fondo lo que más desearían en este mundo es que el otro le dejase amar.

Pero no es así. Ahí están. Y ahí seguirán, conmigo, siempre por detrás. No puedo darles consuelo a la vez, pero la verdad es que no los puedo dejar de querer. Entre los dos me han dado los mejores momentos de mi vida. Entre los dos casi me lo quitan cuando ya creía estar bien. Y si algún día uno muere, yo sé que el otro me matará.

Por eso no quiero engañarte. Por eso no quiero que te enamores de uno de los dos. Porque sea cual sea, al otro lo conozco bien: es celoso, posesivo y rencoroso, y no parará hasta que nos acabe separando y queriéndonos mal.

Si me vas a querer, haznos un favor y acógenos.

Conozcámonos los tres. O los cuatro. Probémoslo.

Porque no eres tú, soy dos. Porque no sois tú, sois vos.

La buena noticia es que no soy el único. Que soy legión.

Y el que te diga que no, mi niña, igual no te miente.

Pero te aseguro que no te está diciendo la verdad.»

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Feliz Sant Jordi.

Feliz Sant Jordi.

Artículo publicado el domingo, 23 de Febrero de 2014 en ElPeriódico.com

risto23-2-14.jpg«Feliz Sant Jordi. El calendario asegura que todavía faltan dos meses, pero creo sinceramente que deberíamos empezar a celebrarlo hoy. Porque mañana lunes cumple 6 años un programa de televisión que mientras todos los demás son contingentes, sólo él es necesario. Necesario para incomodar a un gobierno de derechas en mayoría absoluta y minoría intelectual y moral. Necesario para ridiculizar al rico que pretende seguir partiéndose el culo a costa del pobre. Necesario para poner al verdadero poder entre la espada de una pregunta y la pared de una opinión. Y necesario para entender las razones y los culpables de semejante cabreo y estafa en la que aún seguimos enfangados.

Estoy hablando del enclenque y renacuajo periodista catalán que empezó haciendo de brillante guionista, siguió como incómodo follonero en un show de humor y que hoy ya ha sido elevado a los pequeños altares domésticos, esos a los que se encomienda la gente normal, los de a pie, los que no pueden hacer de Robin, ni de Batman, ni mucho menos de Hood. Esos sobre los que se piden las cosas de verdad. Las que hacen falta. Las de la lista de la compra. Las de los cirios de iglesia. Las de las uvas de fin de año. Las que uno le pide a una estrella fugaz.

Por eso hoy, queridos creyentes, os deseo un Feliz Sant Jordi.

Feliz Sant Jordi. Un Jordi al que he podido conocer bastante bien en persona, y con el que he tenido el gusto de compartir más de una vez mesa y mantel. Un Jordi tímido, empático, humilde y sencillo. Pero también ágil, irónico y mordaz como pocos saben aguantar en un cuerpo a cuerpo que siempre se me plantea como un reto excitante e interesante a la vez. Siempre aprendo algo de nuestros encuentros. Y nunca algo que me hubiera esperado aprender.

Feliz Sant Jordi. Porque aunque a él le sigo desde hace años, no soy muy de la cuerda de su programa. Me parece demasiado evidente dejar siempre tan mal al villano y tan bien al héroe, sin matices de grises, sin contrarréplica incómoda, sin opción a explicarse más allá del montaje, que por muy bien que se haga, siempre es tendencioso y algo tramposo también. Pero sí reconozco que, como he dicho antes, es un programa hoy más necesario que nunca. Un programa que es tildado de demagógico por quienes más practican la demagogia es un programa que está haciendo lo que tiene que hacer: aplicarles su propia medicina. Un programa que crea imputados y reabre casos que parecían archivados debería emitirse por decreto ley.

Feliz Sant Jordi. Porque esta noche emite un especial sobre el 23F que estoy seguro que, además de hacernos reflexionar, no dejará indiferente a nadie. Un especial que yo no podré ver. Porque estaré viendo otra cosa.

Los caprichos del destino que manejan las cadenas y grupos mediáticos, han querido que estrene mi nuevo programa exactamente a la misma hora en otra cadena. Un programa que, pese a ser de los contingentes, creo que es lo mejor que he hecho hasta la fecha en televisión. Un programa en el que veremos a un Zapatero y a un Jorge Lorenzo como nunca antes se les había visto. No tengo por qué venderte algo que no es. Si decides verlo, ya me dirás.

Me hace gracia los que nos han comparado a raíz de la coincidencia horaria. Choque de trenes, lo han llegado a llamar. Lo único que tenemos en común es una franja de emisión, una columna en este periódico y nuestro año de nacimiento. Por lo demás, a mí me falta todo lo que a él le sobra, empezando por el talento, la inteligencia, la carrera de periodismo y la humildad. Todo lo que yo le supero en altura, él me lo saca en grandeza. Y los programas, ni en forma ni en fondo tienen nada que ver, ya lo veréis. Pero lo peor no es eso, lo peor es que habrá algún illuminati que pensará que todo esto es una estrategia de falsa modestia para preparar mi golpe contra el tren.

Me la suda, sinceramente. Admiro profundamente a Jordi y deseo que le vaya bien. Necesito que le vaya bien. Lo necesitamos todos. Esté en la cadena que esté. Hoy está en la competencia. En mi competencia directa. Qué se le va a hacer. Pero cualquier día estará en otro sitio y ojalá siga pinchando como sólo él sabe.

Mañana, cuando se publiquen las audiencias, otro illuminati asociado a otro grupo mediático buscará el titular simplista de vencedores y vencidos. De ganadores y perdedores. Pero el verdadero éxito sería que, a partir de hoy, los domingos a las 21:30 no hubiese un programa incómodo para los de arriba. Sino que hubiera dos. Ahí sí que ganaríamos todos.

Por eso, hoy te deseo un Feliz Sant Jordi.

Y pase lo que pase mañana, recuerda que sólo existen dos formas de perder.

Con dignidad, o contra ella.»

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Me ignoro encima.

Me ignoro encima.

Artículo publicado el domingo, 16 de Febrero de 2014 en ElPeriódico.com

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«Todos somos muy ignorantes, lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas. Nada como una cita de Einstein para encabezar un texto, quedar como muy estupendo y encima parecer listo. Pero no. La verdad es que, además de ignorante, los estupendos son los que me daban más collejas en el cole y de listo tengo lo que de monja benedictina. Lo que pasa es que muchas veces me creo que lo soy. Y ahí es donde empiezan todos mis problemas. O bueno, al menos parte de ellos.

Me ignoro encima. Como me creo muy listo, me creo también muy inquieto. Mi insaciable astucia necesita nutrirse cada ocho horas, replantearse grandes preguntas detrás de pequeñas cosas y entornar los ojos y ladear la cabeza ante datos inútiles y experiencias nuevas todos los días. Observar los pelillos de un kiwi, pensar que nadie los habrá contado jamás, como estrellas en el universo, decir “interesante” y poner cara de estar resolviendo una ecuación diferencial de segundo orden, mientras mi más profundo yo está completando la lista de la compra del Mercadona o recordando la partida que dejé a medias del Candy Crush.

Me ignoro encima. Como me creo tan inquieto, también necesito sentirme continuamente informado. Un tsunami de noticias acude a mí a borbotones, como una riada de datos y opiniones que se desborda todos los días a la misma hora por todo tipo de vías y medios de comunicación. Si paso un par de jornadas sin informarme, la presa de la actualidad ha ido acumulando tal cantidad de últimas horas que mi cabeza revienta de sólo pensar lo que me habré perdido, así que vuelvo a abrir las esclusas y me dejo inundar hasta que se me arrugan las yemas de los sesos y ya no puedo ni pensar.

Por si eso no fuese suficiente, en ocasiones incluso leo periódicos. Mira si estoy mal, que a veces hasta pago por ellos. Y ya que los he pagado, los amortizo. Cada semana invierto como mínimo un día entero de mi vida en leerme al menos un diario de pe a pa. Y cuando lo acabo, siempre me doy cuenta de que aún me faltan los suplementos. Seguro que ahí estaba lo que no me podía perder. Los dejo para mañana. Un mañana que se transforma en semana. Y ahí aparecen más suplementos. Y ahora qué coño hago con los antiguos.

Llego el lunes al trabajo presuntamente actualizado, pensando que me he bajado la última versión de mí mismo y siempre hay esa entrevista, esa película, ese libro, ese programa de televisión que me perdí y me doy cuenta de que todo el mundo habla de ello. Trato de que alguien me dé su punto de vista sobre algo a lo que le dediqué mi fin de semana, pero nada. Lo que yo estuve viendo no es nunca lo relevante. Pongo las entendederas en dique seco y me dedico a escuchar. Una semana más que no he dado en el clavo. Me cago en los trending topic.

Asumo que en esta carrera, siempre estaré por detrás, por debajo y con el culo al aire. Ignorándome encima delante de toda la clase. Y me miro la industria, los grupos mediáticos, los fines de comunicación. Empresas privadas que nos venden lo que nos quieren vender. Oligopolio de conversaciones en manos de muy pocos. Los que deciden lo que se supone que nos tiene que importar para que a ellos les salgan los números.

Y a medida que me ignoro encima y me ahogo en mí mismo, nombro mi propio comité de crisis editorial: un par de neuronas dedicadas a discernir entre lo que me da igual, lo que no me interesa y lo que no quiero saber. Me da igual todo lo que ocurre demasiado lejos, a la mierda con la globalización. No me interesa lo que alguien decide que me tiene que interesar tanto como para ponerlo en portada, a tomar viento las cinco columnas. Y en estos momentos no quiero saber nada que no tenga que ver con la palabra solución.

Sí, ya lo sé, de esta manera igual acabo todavía más desinformado.

Puede que incluso más ignorante.

Pero seguro que no más infeliz.»

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Lo que duele no es el dolor.

Lo que duele no es el dolor.

Artículo publicado el domingo, 26 de Enero de 2014 en ElPeriódico.com

risto26-1-14«Lo que duele no es el dolor. El dolor es sólo una consecuencia. El efecto secundario de algo que nos hizo sufrir y que todavía hoy sigue haciéndolo. Me gustaría que esto que tanto duele fuese lo que me aplasta el pecho y me araña las vísceras y el corazón. Esto que se puede paliar poco a poco, con consejos, amigos, medicamentos, horas, sobremesas y tazas de té. Pero algo me dice que no. Que lo que duele no es el dolor.

Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es la ausencia. El hueco que deja alguien que ya no está. Echar de menos con contrato indefinido. Y saber que quería llevársela y se la ha llevado, que ya está, que le han ganado la vida esas malditas seis letras que no pienso volver a juntar en mi boca nunca más.

Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es conocer un vivo menos. Borrar su número del móvil. Tener que frenarme cuando la iba a llamar y recordarme a mí mismo que ya no puedo, que un día pude, que lo hice menos de lo que debía y que ya nadie podrá.

Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es recoger los pedazos de quien se queda. No saber consolar a quien más quieres en este mundo. Tratar de estirarle los labios. Con una broma, un chascarrillo, una tontería. Fracasar.

Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es la distancia. Este saberse lejos de ti, este llevarte conmigo, ese llevarme contigo y aún así, ser incapaces de llevarnos más. Haber caído con nuestro mayor triunfo. Haber sucumbido ante nuestro mayor logro. Lo mejor que habremos hecho en nuestra vida. Algún día él nos lo explicará.

Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es no saber volverlo a intentar. Matar el nervio y dejar que se desangre la encía. Hablarlo tantas veces y acabarlas todas en ese silencio de punto final. Darnos por imposible. Constatar nuestra propia incompetencia. Seguir doliéndonos. Seguir mal.

Lo que duele no es el dolor. Es todo lo que dejamos atrás. El remolque desbocado de los recuerdos que nos perseguía al mismo ritmo y velocidad. Ahora sólo sabemos que le ha fallado el enganche, los frenos y no tenemos ni idea de en qué momento nos va a atropellar. Ni con qué.

Lo que duele no es ni siquiera llorar. Lo que duele es tener tantas razones para tener que hacerlo. Es esta maldita sequía de lágrimas. Es el miedo a quedarse solo y en pareja. Y esta cochina culpabilidad.

Lo que duele no es que la gente opine. Es que lo haga como quien habla del tiempo, alegremente y buscando de todo, menos ayudar. Que nos den consejos que no hemos pedido. Que inventen razones. Qué sabrán ellos. Qué sabrán.

Lo que duele no es el dolor.

Porque el dolor es esto que me viene aquí y ahora.

Lo que más duele es todo lo que vendrá

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