Risto Mejide, en ‘Tú sí que vales’: «Cuando una democracia deja de ser representativa, deja de ser democracia» – Ecoteuve

El publicista Risto Mejide ha llamado la atención del público, una vez más, en la emisión del programa ‘Tú sí que vales’ de Telecinco.

Además de realizar las valoraciones de los artistas, Risto ha dejado alguna ‘perla’ en forma de comentario extrapolable a su opinión política sobre los actuales problemas de España.

Al pronunciarse el público del programa acerca de un concursante en sentido que él consideró erróneo, Risto se mostró contrario a este tipo de juicios populares.

«Cuando una democracia deja de ser representativa, deja de ser democracia», aseguró al respecto, firmando tras la frase un «ahí lo dejo» que hizo pensar que sus palabras no iban sólo por el aspecto artístico de lo ocurrido.

De hecho, no es la primera vez que Risto se pronuncia en este sentido, como ya hiciera hace unos meses en una columna periodística en la que mostró su descontento con los políticos españoles.

Vía Risto Mejide, en ‘Tú sí que vales’: «Cuando una democracia deja de ser representativa, deja de ser democracia» – Ecoteuve.es

A demás.

Artículo publicado el domingo, 31 de Marzo de 2013 en ElPeriódico.com.

«Están siempre ahí. Jamás fallan. Vayas donde vayas, ahí que van, dispuestos a darlo todo. Acuden al cine para toserte a la oreja, al teatro para disputarte el reposabrazos y a ese concierto para taparte justo el ángulo de visión donde está el cantante. Bloquean las carreteras cada fin de semana, el transporte público todas las mañanas, se llevan el último periódico y se suben al ascensor muy rápido para que no te dé tiempo a cogerlo. Crían a sus hijos para ocupar en el asiento que está justo detrás de ti cada vez que tomas un vuelo intercontinental. Roncan cuando necesitas dormir. Hablan cuando necesitas silencio. Y eso sí, en cuanto buscas su compañía, desaparecen.

Si te fijas, siempre esperan a que salgas a la calle para caminar dos metros por delante, fumando pipa. Y si te gusta la pipa, fuman puro. Y si también te gusta el olor del puro, pues fuman otra cosa. Hasta que encuentran el humo que te haga entrar náuseas. Y si no hay humo que lo consiga, entonces pasarán al plan B y probarán dándole rienda suelta a su halitosis o a su olor corporal. Y así todo el rato. Por cierto, eso que ves ahí no es que hagan cola, es que están dibujando una flecha humana que señala tu siguiente destino, el lugar donde estás a punto de perder los próximos minutos de tu vida. Ellos son así.

No se saben tu nombre, ni falta que les hace. No te confundas, no es ni siquiera ignorancia, es desinterés. Saben de sobras por dónde te mueves, y con eso les basta para hacer bien su trabajo. Si les preguntas, te dirán que no, que su función no tiene nada que ver contigo. Que son médicos, astronautas, estudiantes, alpinistas, samuráis. Pero no te creas nada, es todo una tapadera. Su misión en la vida la tienen muy clara. Están programados para ello. Y no van a parar hasta conseguirlo.

Son los demás. Cargo que les fue asignado en cuanto nacieron siendo cualquier otro menos tú. Cargo que desempeñan sin conocimiento de causa y con el que van a tener que apechugar el resto de su vida.

Los demás, por definición ese incordio, coñazo y estorbo con el que encima no tenemos más remedio que convivir. Inventamos nuevas tecnologías no para progresar, o para llegar más lejos ni siquiera para comunicarnos mejor. Inventamos chismes y servicios para estar con los demás sin tener que aguantarlos. El home cinema es un cine sin los demás. El coche revolucionó el siglo pasado porque nos permitió llegar a los sitios sin los demás. Y ya no digamos la moto. Pero es que el e-mail es el mensaje con los demás bien lejos. Las redes sociales son una conversación, sí, pero sin tener que soportar ni el olor ni la presencia de los demás. Y qué es el móvil sino una puertecita inventada por Lewis Carroll por la que entran y salen los demás. Sólo aquéllos privilegiados que pueden comer tus galletitas, claro.

Y sin embargo, de tanto en tanto, un demás irrumpe en tu vida y sin saber muy bien cómo o por qué, deja de serlo. Ese día te giras y hasta puede que te preguntes cómo fue posible que vivieses pensando que esa persona era parte de los demás.

Sin embargo, de tanto en tanto, son los demás los que nos proveen de nuevos puntos de vista, ya sea a favor o en contra de lo que creemos ser. Son los demás los que jamás nos podrán decepcionar, porque antes deberían dejar de serlo. Y son los demás los que, algún día, seguramente nos sorprendan y nos hagan crecer. Gente que se convierta en personas. Y viceversa.

No sé en qué momento ocurrió, cuándo se nos fue la pinza y llegamos a creer que el verdadero lujo era un espacio cada vez más vacío. Pero cuanto más nos alejamos de los demás, más nos dimos cuenta de que ellos eran los únicos de los que podíamos aprender. Y ahora toca recuperarlos.

De un tiempo a esta parte, un grupo de demases nos está enseñando que sí se puede. Que Goliath tuvo siempre los pies de barro y que aquí el emperador jamás se vistió. Y encima, por el camino, nos recuerda palabras como el escrache, tan fea en su significante como bella en su significado. En el momento de escribir estas líneas, todavía nadie les ha dado públicamente las gracias. A demás.

Y es que, por injusto que parezca, en tu vida conocerás sólo dos tipos de personas.

Las que algún día echarás de menos.

Y todas las demás.»

RV 269

Artículo publicado el domingo, 24 de marzo de 2013 en ElPeriódico.com.

«La primavera ha venido. Nadie sabe cómo ha sido. Antonio Machado sería muy buen poeta, pero como meteorólogo no tenía precio. Pues sí, como cada año por la mismas fechas, ya está aquí, ya llegó, es la estación de Yupi que ya aterrizó.

Según el Observatorio Astronómico Nacional, desde el pasado miércoles nos hallamos de pleno en los 92 días y 18 horas más cursis del año. No, lo de cursi no lo dicen ellos, lo de cursi lo añado yo. Si hubiera que adjudicarle un protagonista a cada estación del año, seguramente el verano sería de los amigos, el otoño de los compañeros de trabajo, el invierno tiempo de aguantar familia y la primavera sería de nuestra media naranja justo antes de ser exprimida.

Nos enamoramos en plena hormona primaveral, consumamos durante apáticas siestas veraniegas e imagino que, como consecuencia, el horóscopo más multitudinario estará entre tauro y géminis, justo cuando vuelve la que la sangre altera.

El caso es que, con ñoñería o sin ella, soy fan de las cosas que vuelven sin tenernos en cuenta, sin pedirnos permiso ni opinión. Como la lluvia. Como la gripe. Como la familia Aznar. Porque nos recuerdan lo irrelevantes que somos. Porque nos hacen aún más conscientes de nuestra intrascendencia. Nos hacen mortales, pringados, machacas, nos devuelven la humildad que perdimos, como si de pronto fuésemos el mismísimo Papa Francisco. Bueno, igual no tanto.

Y es que la opinión está sobrevalorada. No porque no valga la pena opinar en todo momento sobre cualquier cosa. Eso, siempre que lo hagamos bien lejos de las urnas, es recomendable, libera toxinas y mala leche. Está sobrevalorada porque tras cada opinión, suele haber un tercero que la usa de justificante para tomar una decisión. Y ahí es donde la solemos cagar.

Una opinión es un consejo que nadie ha pedido disfrazado de un punto de vista de alguien que pasaba por ahí. Y no todos los consejos son igual de aconsejables, del mismo modo que no todos los que pasaban por ahí pasaban de estar ahí.

Esta columna, sin ir más lejos. Quien pretenda utilizarla para algo más que envolver bocadillos de chóped, que lo haga bajo su propia responsabilidad, y que me guarde un poco.

La opinión, al final, es el polen de la vida pública, necesaria para la fecundación de mentes ajenas, pero terrible para los que sufrimos algún tipo de alergia. Y ahora, en primavera, vivimos rodeados de una verdadera plaga de opiniones poco fértiles. No sé tú, pero yo me paso el día comiéndome los mocos. Claro que así me va.

Quizás por eso sea éste el período del año en el que se toman más decisiones drásticas, que luego acaban sirviendo de bien poco. El verano acecha a la vuelta de la esquina, y el invierno ya no es excusa para seguir procrastinando. A la humanidad, de pronto, nos entra la prisa histórica y pretendemos cambiarlo todo de golpe, pese a riesgo de que luego vaya a seguir igual. Ahí está la Primavera Árabe, la Primavera de Praga o la operación bikini.

Sufrimos la sensación lógica y humana de que si no decidimos, si no cambiamos, si no intervenimos, no avanzamos. De repente, queremos demostrarle a la Madre Naturaleza que nuestra intercesión es más necesaria que nunca, nos creemos imprescindibles, y ahí la volvemos a cagar.

Lo que aún no hemos entendido es que, salvo contadas y honrosas excepciones, intervenir es sinónimo de empeorar. Ahí donde el ser humano ha introducido la palabra gestión -o peor: diseño-, ha sido casi siempre para dejarlo todo aún peor de lo que estaba. Hay multitud de ejemplos. Fíjate en nuestro litoral mediterráneo, en Pepiño Blanco tras su operación de miopía o en lo que queda de Cristina Fernández de Kirchner bajo el bótox, por poner algún ejemplo de los que sientan jurisprudencia.

Últimamente, nos ocurre hasta con los países. Desde la lamentable intervención militar en Irak hasta las recientes exigencias financieras de la UE para Chipre, uno tiene la sensación de que, a veces, calladitos estaríamos más guapos y quietecitos, más felices.

Sin embargo, hay algo aún peor que decidir y cagarla estrepitosamente. Y eso es no hacer nada.

Un siglo y pico después del estreno de El jardín de los cerezos de Chéjov, esta familia arruinada y venida a menos a la que llamamos España también se ve forzada a tomar alguna decisión para salvar su puñado de hectáreas y su economía, pero sigue sin encontrar su primavera, y parece no darse cuenta de que quizás, a este paso, también lo acabe perdiendo todo.

Por cierto, que la versión original no hablaba de cerezos.

Sino de guindos.»

Los equilibrismos de los Rippel Brothers ganan «Tú sí que vales» – Vertele

El dúo de hermanos húngaros se impusieron con el 60% de votos del jurado popular en la decimosexta edición del talent show de Gestmusic para Telecinco. «Gracias una vez más por sorprendernos con solo dos tíos encima de un escenario», dijo Risto Mejide

Tú sí que vales cerró su décimo sexta edición el domingo 17 de marzo con el triunfo de los equilibristas húngaros Rippel Brothers. Este dúo de hermanos logró imponerse con su espectacular número a los otros 22 artistas que pasaron por el escenario del programa en su última gala. «He estado en muchas finales y os puedo asegurar que ésta es la mejor final de Tú sí que vales», ha asegurado Risto.

Criados en una familia de circo, los dos hermanos Rippel han ofrecido un espectacular número de equilibrio mano a mano. Ferenc y Victor poseen nueve récords mundiales de fuerza y equilibrio y han participado en más de medio millar de programas de televisión de todo el mundo como artistas invitados, tal y como se recoge en la web de Telecinco.

«Gracias una vez más por sorprendernos con solo dos tíos encima de un escenario»

En su valoración, el jurado profesional no ha dudado en ningún momento y les ha dado el pase a la súper final. «Ya no sé si hacer la valoración de pie, arrodillado, genuflexionado… es que creo que son tan buenos que deberían valorarnos ellos a nosotros. Es increíble, muchísimas gracias una vez más por sorprendernos con solo dos tíos encima de un escenario, sin nada más», ha afirmado Risto.

Por otra parte, Merche ha disfrutado una vez más con Rippel Brothers, «han sido tan brutales, que han terminado la actuación y me dolían las manos de la intensidad con la que he aplaudido», ha comentado.

Ganadores con el 60% de los votos del jurado popular

De los 23 números fueron seleccionados 10 para pasar a la súper final y, de esos 10, el jurado popular tuvo que escoger a sólo cuatro artistas: Le Petite Excellence, Dasha, The House of Pose y Rippel Brothers. La labor más difícil la tenía el jurado popular que era el que decidía quién se convertía en el ganador de la edición. Y el ganador de Tú sí que vales con un 60% de los votos por parte del jurado popular… Rippel Brothers.

vía Los equilibrismos de los Rippel Brothers ganan «Tú sí que vales» | Vertele.

Belieber Shore.

Artículo publicado el domingo, 17 de Marzo de 2013 en ElPeriódico.com.

«Querido Justin. Antes que nada muy buenos días, y benvingut a Barcelona. Qué tal has dormido. ¿Bien? Te escribo estas cariñosas líneas cuando aún no has cantado en el Palau Sant Jordi, y para cuando tú las puedas ignorar, para qué engañarnos, cantar, lo que se dice cantar, tampoco lo habrás hecho. Así que a efectos prácticos, ambos nos encontramos en el mismo momento.

Jo, perdona que no pudiese asistir a tu concierto de anoche. En un principio iba a ir, pero para cuando me di cuenta, ya llegaba 25 años tarde. Qué fuerte tía. Estoy seguro de que me echaste de menos entre el público. Te imagino buscando unas elegantes gafas de sol entre las caras del respetable y cayendo en el más absoluto desconsuelo al no encontrarlas.

Discúlpame. Te lo ruego. Sobre todo porque, pese a tener vigente mi pasaporte español, jamás critico aquello que desconozco, así que encima tendrás que marcharte de mi país sin haber recibido una crítica erótico-festiva por mi parte. Desconsuelo dos.

Que conste que tampoco tengo nada en contra de tu figura. Al revés, me alegro mucho de que existas. Seguramente sea lo único en lo que coincidamos las más de 35 millones de followers que tienes en twitter y yo.

Primero, porque vendes. Y eso, hoy, en cualquier industria, es un milagro. Da igual si son entradas, cojines o esmalte de uñas con tu nombre (qué cuco). Incluso aunque hayas tenido que cancelar uno de tus dos conciertos en Lisboa por “ventas light”. Cachis.

Segundo, porque allá donde vas, la lías. Por la inconfundible humedad relativa en el ambiente de esta semana, juraría que llevas días por estas tierras, con lo que imagino que ya te habrá dado tiempo a pelearte con paparazzi, desmayarte por nuestras esquinas, vomitar nuestra rica gastronomía, y cancelar por capricho compromisos dejando a tus fans compuestas y sin novio una vez más. Eso me divierte, no dejes de hacerlo, por favor.

Y tercero, porque eres el héroe indiscutible de una nueva generación de adolescentes y el villano de sus padres, seres queridos y educadores. Esos sufridos adultos haciendo cola 15 días antes de tu concierto para que sus hijas pudiesen asistir al colegio y que luego nadie les quite la custodia… Fíjate cómo será el tema que hasta una radio en Albany ha ofrecido una recompensa por acertar el día en que la palmarás, como quien acierta el número de la lotería. En fin. Polarizas, y eso en esta época ya es sinónimo de éxito.

El caso es que aparte de alegrarme, también me preocupas. Bueno, perdón, tú no. Tú en ese sentido me das igual. Las que me preocupan son tus fans. Las beliendres, como yo las llamo: todavía pequeñas, pero tan molestas y rabiosas como un piojo. Y es que ellas sí me quedan cerca. Son hijas y sobrinas de amigos y conocidos que te han convertido en su líder espiritual y que comulgan cada día con eso a lo que tú llamas música.

Vale, todos hemos tenido ídolos de pubertad. Claro que muchos de mi generación empezamos a seguir a un jovencísimo Michael Jackson con el álbum Thriller. Pero para entonces, Michael ya llevaba años y tablas siendo el pequeño de los Jackson Five y Thriller puede que aún hoy siga siendo el mejor disco –y el más vendido- de la historia del pop.

Las que te siguen desde tu salto a la fama en 2008, no siguen una carrera musical, siguen un reality-show. Ni siquiera un talent-show, porque aún ahí habría algo de talento y un jurado para impartir algo de criterio.

Lo tuyo es Belieber Shore. Un reality las 24h que genera la adicción de millones de fans -de fanatismo- que no pueden ni quieren desengancharse. Y como en todo reality, no hay cultura del esfuerzo, sino del pelotazo. Como en todo reality, no importa el trabajo duro y paulatino durante años, sino la fama abrupta y repentina. Como en todo reality, no interesa el prestigio, sino la popularidad. Como en todo reality, no interesa el talento, sino el volumen. Como en todo reality, no importa la calidad de lo que haces, sino la cantidad de veces que das la nota. Y como en todo reality, el producto asociado no está pensado para el largo plazo, sino para el consumo inmediato y perecedero.  Créeme, sé de lo que hablo.

Últimamente tus beliendres me dedican palabras de amor sencillas y tiernas, piropos que no hacen más que confirmar lo que están consumiendo en Belieber Shore. Me dicen que cómo me atrevo, que tú has hecho más por la humanidad que muchos otros (sic), y que tú ganas más en un día que lo que yo seré capaz de ganar en toda mi vida.

Igual son gajes de tener criterio, arrugas, o cierta cultura musical.

Oye igual me convencen, y acabo siendo tu fan.

Mira, creo que voy a empezar por seguirte en twitter.

Como dijo el filósofo, Never Say Never.»

Nada muere.

Artículo publicado el domingo, 10 de marzo de 2013 en ElPeriódico.com.

«Hay películas malas, muy malas, pésimas, infumables y por último están las que puedes ver gratis e íntegras por Youtube. Yo creía que “Están Vivos” (1988) de John Carpenter era de estas últimas, adaptación del relato de Ray Nelson condenada a amenizar la siesta dominical y el sexo de sobremesa.

Pero no. La historia de Carpenter es una genialidad que se avanzó a su tiempo 25 años, ya que es casi superada por otra realidad infumable: la de España de 2013. Y hoy, por fin, lo puedo demostrar.

Para empezar, tanto en la versión original como en la que nos meten doblada, el protagonista se llama John Nada. Nada como los 198 pre-ex-trabajadores de Ercros, Nada como los 4.500 pre-ex-trabajadores de Iberia, Nada como los 5 millones y pico de parados que siguen buscando trabajo, Nada como los casi 18 millones que aún obramos el milagro de poder cobrar a fin de mes, total para seguir pagando cada vez más impuestos mientras grandes empresas como Apple realizan malabarismos financieros entre filiales y declaran pérdidas en nuestro país, evitando la tributación y riéndose en la cara de gilipollas que se nos queda.

Los que no vivimos en El Pardo para estar cerquita de la Zarzuela nos apellidamos Nada, ni siquiera Nadie, porque para que haya un Nadie, tiene que haber otro Alguien que lo certifique, que lo esté contando, un Alguien que se preocupe por estar ahí, que nos escuche y nos tenga en cuenta.

En la historia, John Nada se encuentra unas gafas de sol. Son las gafas oscuras de la crisis, unas gafas fabricadas a golpe de moroso, de promesa incumplida, de traición hecha pública y de ruptura de pactos de silencio. Son las gafas que hacen aflorar la mierda incómoda, la que seguiría oculta si no fuera porque ya no hay dinero para mantenerla bajo la alfombra.

Y es que cuando Nada se pone esas gafas, de pronto puede ver que los humanos estamos rodeados de alienígenas que utilizan los medios de comunicación para manipularnos, pero no como lo hacen los tertulianos, no, sino a través de mensajes subliminales.

Las primeras palabras que alcanza a leer Nada son claras: Cásate y reprodúcete. Una indirecta de lo más sutil, -serían extraterrestres de derechas-, con la que supongo comulgará Monseñor Jorge Fernández Díaz. Oye, vete a saber, ahora que la lucha contra ETA ya no cosecha tantos votos, igual dedican tiempo y recursos al exterminio de aquellas parejas desviadas, relaciones sucias y perturbadas y uniones pecaminosas “que no garanticen la continuidad de la especie”, que no fabriquen votantes católicos, apostólicos y romanos. Alguien debería haberle explicado al señor ministro -o al mono del que desciendan él y sus congéneres- la tesis darwiniana de la selección natural, según la cual sobreviven aquellos ejemplares que mejor se ADAPTAN. O pensándolo bien, mejor no, que no se la expliquen.

Siguiente mensaje: No al pensamiento independiente. No en voz alta, se entiende. Porque si tú piensas diferente y te lo callas, está todo bien. Si crees que preguntar jamás debería ser anticonstitucional, está genial si no se lo cuentas a nadie. Pero si haces como Martín Rodríguez-Sol y lo largas por esa boquita, prepárate para sufrir un episodio de maltrato nacional, nada que ver con la violencia de género o el maltrato animal, porque aquí los instigadores se convierten en mártires, las razones en creencias y el diálogo democrático en bulla de barrio.

El tercer mensaje aparece escrito sobre un puñado de dólares: Éste es tu Dios. Menuda herejía. Desde el Padrino III sabemos que el Instituto para las Obras de Religión acepta prácticamente cualquier divisa, venga de donde venga. Y ahora encima algunas investigaciones apuntan a que lava más blanco. Pero eso no ocurre en España. A que no, Bárcenas.

Por último, por encima de todos estos mensajes, hay un concepto que se repite durante toda la película. Una sola palabra que resume la orden fundamental en cualquier invasión de conciencias: Obedece. No cuestiones la autoridad. No utilices tu imaginación. Sigue durmiendo.

Mientras Benedicto XVI ofrece obediencia incondicional a su sucesor, bomberos españoles se enfrentan a expedientes sancionadores por negarse a desahuciar a sus conciudadanos. A ver cuándo toman nota los empleados de sucursales bancarias y nadie teme los disparos de Sazatornil si sale el sol por Antequera. Que cuando los únicos que obedecen son los de arriba, somos los de abajo los que debemos aplaudir la insumisión.

En fin. No voy a contarte el final de la película, porque ya lo he hecho en el título de este artículo, pero sí las 5 últimas palabras que pronuncia Nada justo antes del final.

“Ahora te toca a ti”.»

Tenerife: Conferencia en Tecnológica13 «Unfollow Me» (VÍDEO)

Tenerife: Con Alfonso Alcántara (@Yoriento) en Tecnologica13 (VÍDEO)

Nieva a destiempo

Artículo publicado el domingo, 3 de marzo de 2013 en ElPeriódico.com.

«Nieva a destiempo. Qué potito. Febrero se marcha arropando a la península bajo un manto de moco, y marzo entra así como de golpe, despertándonos con su jarro de gota fría, soplándonos las legañas y patrocinando las últimas recaídas de la temporada.

Uno, que es más de letras que de caldo, se pregunta dónde se escondía tanta crudeza, cómo se conservaron las frigorías y desde dónde llegará tanta intemperie. Si es que hasta dan ganas de repetir la navidad, oye espera, que la última no nos salió del todo bien, trae pacá la carne de caballo, que esta vez nos querremos de verdad.

Nieva a destiempo. Qué ricura. Sí, ya sé que aún es invierno, y que mientras sea invierno, puede hacer con nuestros armarios lo que le dé la gana. Que ya, que lo que no era normal era ver gente tomando el sol en la playa en plena cuesta de enero, en vez de estar haciendo lo que había que hacer: pasear por las rebajas sin poder ni siquiera mirar, por no gastar ni lo que se miraba. Pero es que cuando uno se acostumbra a la excepción, a ver quién es el guapo que avisa cuando ya se ha transformado en norma.

Nieva a destiempo. Pero nieva sobre mojado. Los informativos contagian su meteorología y las calles de nuestras ciudades se vuelven a colapsar, dejando en evidencia una vez más que seguimos siendo líderes en infraestructura solar, pero no de la renovable sino de la otra, de la que sólo funciona cuando hace sol.

Nieva a destiempo. Y hay que ver cómo llama la atención. Como cualquier cosa que se vaya de tempo y pierda el compás, chana, mola, da la nota.

El Papa se marca un Esperanza Aguirre y renuncia antes de tener que enfrentarse al mayor lío que se haya visto jamás. ¡Pang! El Barça, presunto favorito en todas las apuestas y supuesto mejor equipo del mundo,  se juega la Copa del Rey y acaba perdiendo contra sí mismo. ¡Ping! La independencia de Catalunya la inicia, sin quererlo, la escisión interna de un partido federalista. ¡Pumba! A la “amiga” del Rey la seguimos llamando “amiga” del Rey. ¡Timón! El dedo corazón de Bárcenas anuncia nueva gira por los juzgados y listas del paro. ¡Grrrinch! Y Michelle Obama, que nada tiene que ver con este artículo, pero también le hacía ilusión aparecer aquí. ¡Buzz Lightyear!

Son discontinuidades. Fracaso de toda planificación, pesadilla de todo buen matemático, muerte de cualquier tendencia, vergüenza de todo experto que se precie y el cisne negro en toda historia sobre cualquier cosa.

Son las razones por las que la vida deja de volverse previsible cuando todo apuntaba justamente a lo contrario. Motivos por los que siempre vale la pena levantarse bien pronto, bien pronto, bien pronto y comprobar que aún seguimos sin entrenador.

Y es que nuestra existencia, como cualquier formato audiovisual, necesita su tempo para respirar. El vídeo se consume al ritmo que decide un director, la música al que crea su intérprete y el texto es el único cuyo ritmo lo impone el que lo consume. Quien controla el tempo, tiene el poder: finaliza la obra, la redondea y le dota de pulso cardíaco que le da la vida. Y no es casualidad que cada vez leamos menos y miremos más… para ver menos, claro.

El caso es que nieva a destiempo. Y los que tenemos la azotea cada vez más despoblada, tratamos de reforestarla, cultivándola con semillas de todo tipo. A mí me vienen ahora a la cabeza un libro, una promesa y una canción.

El libro, “Las Aventuras de un Guionista en Hollywood”, de William Goldman, gran novelista y consultor que escribió, entre otras obras legendarias, “Dos hombres y un destino” o “Marathon Man”. El libro lo acabé olvidando a medias, pero recuerdo que me impactó mucho la primera frase: “Nadie sabe nada”. Al igual que los elementos más importantes en cualquier éxito cinematográfico rara vez fueron premeditados, las cosas más importantes de nuestra vida siguen siendo aquellas que jamás podremos planificar.

La canción, “Sometimes It Snows In April”, quizás el mejor tema del Prince de los ochenta, y mi balada favorita de todos los tiempos. Supongo que me acuerdo de ella porque es una bellísima oda al final de las cosas bellísimas, con la aparición de un acorde inesperado e incorrecto en medio del estribillo que empieza siendo muy molesta y acaba haciéndose tan imprescindible e inefable como un The End.

Y la promesa, porque es de las pocas que siempre se cumplen.

Algo que puede resumirse en una sola palabra.

Algo que surge sólo cuando nieva a destiempo.

Discontinuará.»