RV 269

Artículo publicado el domingo, 24 de marzo de 2013 en ElPeriódico.com.

“La primavera ha venido. Nadie sabe cómo ha sido. Antonio Machado sería muy buen poeta, pero como meteorólogo no tenía precio. Pues sí, como cada año por la mismas fechas, ya está aquí, ya llegó, es la estación de Yupi que ya aterrizó.

Según el Observatorio Astronómico Nacional, desde el pasado miércoles nos hallamos de pleno en los 92 días y 18 horas más cursis del año. No, lo de cursi no lo dicen ellos, lo de cursi lo añado yo. Si hubiera que adjudicarle un protagonista a cada estación del año, seguramente el verano sería de los amigos, el otoño de los compañeros de trabajo, el invierno tiempo de aguantar familia y la primavera sería de nuestra media naranja justo antes de ser exprimida.

Nos enamoramos en plena hormona primaveral, consumamos durante apáticas siestas veraniegas e imagino que, como consecuencia, el horóscopo más multitudinario estará entre tauro y géminis, justo cuando vuelve la que la sangre altera.

El caso es que, con ñoñería o sin ella, soy fan de las cosas que vuelven sin tenernos en cuenta, sin pedirnos permiso ni opinión. Como la lluvia. Como la gripe. Como la familia Aznar. Porque nos recuerdan lo irrelevantes que somos. Porque nos hacen aún más conscientes de nuestra intrascendencia. Nos hacen mortales, pringados, machacas, nos devuelven la humildad que perdimos, como si de pronto fuésemos el mismísimo Papa Francisco. Bueno, igual no tanto.

Y es que la opinión está sobrevalorada. No porque no valga la pena opinar en todo momento sobre cualquier cosa. Eso, siempre que lo hagamos bien lejos de las urnas, es recomendable, libera toxinas y mala leche. Está sobrevalorada porque tras cada opinión, suele haber un tercero que la usa de justificante para tomar una decisión. Y ahí es donde la solemos cagar.

Una opinión es un consejo que nadie ha pedido disfrazado de un punto de vista de alguien que pasaba por ahí. Y no todos los consejos son igual de aconsejables, del mismo modo que no todos los que pasaban por ahí pasaban de estar ahí.

Esta columna, sin ir más lejos. Quien pretenda utilizarla para algo más que envolver bocadillos de chóped, que lo haga bajo su propia responsabilidad, y que me guarde un poco.

La opinión, al final, es el polen de la vida pública, necesaria para la fecundación de mentes ajenas, pero terrible para los que sufrimos algún tipo de alergia. Y ahora, en primavera, vivimos rodeados de una verdadera plaga de opiniones poco fértiles. No sé tú, pero yo me paso el día comiéndome los mocos. Claro que así me va.

Quizás por eso sea éste el período del año en el que se toman más decisiones drásticas, que luego acaban sirviendo de bien poco. El verano acecha a la vuelta de la esquina, y el invierno ya no es excusa para seguir procrastinando. A la humanidad, de pronto, nos entra la prisa histórica y pretendemos cambiarlo todo de golpe, pese a riesgo de que luego vaya a seguir igual. Ahí está la Primavera Árabe, la Primavera de Praga o la operación bikini.

Sufrimos la sensación lógica y humana de que si no decidimos, si no cambiamos, si no intervenimos, no avanzamos. De repente, queremos demostrarle a la Madre Naturaleza que nuestra intercesión es más necesaria que nunca, nos creemos imprescindibles, y ahí la volvemos a cagar.

Lo que aún no hemos entendido es que, salvo contadas y honrosas excepciones, intervenir es sinónimo de empeorar. Ahí donde el ser humano ha introducido la palabra gestión -o peor: diseño-, ha sido casi siempre para dejarlo todo aún peor de lo que estaba. Hay multitud de ejemplos. Fíjate en nuestro litoral mediterráneo, en Pepiño Blanco tras su operación de miopía o en lo que queda de Cristina Fernández de Kirchner bajo el bótox, por poner algún ejemplo de los que sientan jurisprudencia.

Últimamente, nos ocurre hasta con los países. Desde la lamentable intervención militar en Irak hasta las recientes exigencias financieras de la UE para Chipre, uno tiene la sensación de que, a veces, calladitos estaríamos más guapos y quietecitos, más felices.

Sin embargo, hay algo aún peor que decidir y cagarla estrepitosamente. Y eso es no hacer nada.

Un siglo y pico después del estreno de El jardín de los cerezos de Chéjov, esta familia arruinada y venida a menos a la que llamamos España también se ve forzada a tomar alguna decisión para salvar su puñado de hectáreas y su economía, pero sigue sin encontrar su primavera, y parece no darse cuenta de que quizás, a este paso, también lo acabe perdiendo todo.

Por cierto, que la versión original no hablaba de cerezos.

Sino de guindos.”



Categorías:Artículos, El Periódico de Catalunya

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