Palabra de Risto

Y ahora quién.

Y ahora qué, se preguntan todos. Y ahora quién, me pregunto yo. Porque a mí discúlpenme, pero tengo un problema previo. Y es que no me siento representado por nadie.

No me representan los que decidieron romper la baraja. Los que decidireron dejar de escuchar, de sentarse a la mesa, de negociar. No me representan los que defienden saltarse la ley, las mayorías cualificadas y los autos judiciales. No me representan quienes han inflado las expectativas de un pueblo harto de ser ignorado. Y hasta tal punto las han inflado que son capaces de despeñarlo por este barranco al que ahora llaman fractura social.

Tampoco me respresenta la violencia lanzada contra la gente cuya única arma fue una papeleta en la mano, cuyo único delito fue querer votar. De forma imperfecta, inválida, desautorizada y para nada representativa. Pero votar al fin y al cabo. No me representan los mamporreros, aunque sean aquellos a quienes les hemos otorgado el uso legítimo de la fuerza. Porque esa fuerza pierde toda legitimidad desde el momento en que se ejerce sobre el mismo pueblo que se la dio.

No me representan los que les llaman golpistas. Pero tampoco los que les llaman fuerzas de ocupación. Desconfío de los que intentan sacar rédito político del río revuelto. De los aprovechados, de los miserables que tienden puentes con pelotas de goma. Ilegales, esas sí.

No estoy con los que insultan a los que no piensan como ellos. A esos, ignoro, bloqueo, paso. Porque también es necesario pasar. Reducir el ruido, que ya hay bastante como para encima tener que aguantar a los que te pretenden insultar. No estoy con los que desobedecen órdenes de sus superiores, porque eso es muy peligroso para los que no sabremos a quién acudir cuando alguien se salte la ley. Pero tampoco con los que mandan a mis familiares y vecinos al hospital. Esos que tampoco me esperen, porque no soy de los suyos. Quién vigila al que vigila. Quién controla al que se supone que nos tendría que controlar.

No me cuenten entre los que se alegran de que una bandera, sea la que sea, se empañe de sangre. Se lo han buscado, dicen. Y más que se lo van a buscar, pienso yo. Porque esta violencia es de las que genera más. Por eso, y desde hace tiempo, mi única bandera es blanca por ambos lados. En cuanto alguien la pintarrajeó, empezaron todos nuestros problemas.

Algunos me llaman equidistante como si eso fuese un insulto. Me ven del lado de los que menos gritan. Y claro, eso molesta a los que quieren que gritemos todos más. Yo estoy con los que están tristes. Con los que no entienden nada. Y cada vez menos. Los que ponemos la tele con inquietud y la quitamos con desesperanza. Los que ya ni abren los periódicos por miedo a lo que tocará hoy. Los que cambiamos de tema en cuanto aparece la cuestión. No por desinterés, ni por desidia, sino por miedo a hacer más daño. A hacernos más daño. A ver más dolor. A provocarlo.

Soy de los que lloramos por las noches a solas, cuando nuestros hijos ya se han acostado. De los que nos apretamos fuerte de la mano cuando nuestra pareja intenta explicarse. Los que ahora recordamos las historias para no dormir que nos contaban nuestros padres. Esas mismas historias que juramos que no volverían jamás. Yo estoy con la gente que siente impotencia y rabia, mucha rabia. Yo estoy con los que desearían que nada de esto hubiera pasado. Y sí, también soy de los que busca que mi gente sonría, aunque sea por el motivo más ridículo, que siga sonriendo. Gente que cree que hay que seguir remando, aunque nos vayan dejando entre todos sin barcaza, sin río y sin mar.

En definitva, y sobre todo, estoy con los que se hacen en voz alta la gran pregunta. Y ahora quién.

Porque lo que ha quedado claro es que ninguno de los que hay ahora ha sido capaz de evitar meternos en este hoyo. Que nadie espere que alguno de ellos sea capaz de sacarnos de él.